¿Compra tortillas que hago, señor? Están calientitas. Apenas salieron del comal y si no le gustan, no me las paga, pero le juro que están buenas porque mi tata me enseñó a palmearlas antes de que me quedara oscuras para siempre. Y el olor a maíz es lo único que me guía en este mundo donde todos los demás ven pero nadie mira.
La voz infantil, quebrada por una mezcla de esperanza comercial y resignación profunda, flotó en el aire denso y sofocante de aquel paradero perdido en la carretera secundaria que conecta Culiacán con los pueblos fantasmas de la sierra de Badirahuato. Era mediodía y el sol caía a plomo, derritiendo el asfalto y haciendo que el aire vibrara con ondas de calor que distorsionaban el horizonte.
El niño de unos 11 años, flaco como una vara de mimbre y con la piel curtida por la intemperie, extendía una canasta de mimbre cubierta con un paño bordado con flores desilachadas hacia la ventana de la camioneta Chevrolet Cheyen doble cabina color blanco que acababa de detenerse frente a la pequeña fonda de techo de lámina.
Sus ojos eran dos nubes lechosas, blancas y vacías, fijas en un punto indeterminado del espacio, moviéndose erráticamente, como buscando una luz que se había apagado hacía mucho tiempo. Llevaba una camiseta de fútbol de la selección mexicana que le quedaba tres tallas grande y unos guaraches de llanta que dejaban ver sus pies llenos de tierra roja.
esa tierra sagrada y de Sinaloa que ha bebido tanta sangre como lluvia. Dentro de la camioneta, el aire acondicionado zumbaba manteniendo una temperatura polar de 18 ºC, creando una burbuja de confort inalcanzable para el exterior. Joaquín Archivaldo Guzmán lo era, sentado en el asiento del copiloto con su gorra de béisbol calada hasta las cejas y un radio de comunicación en la mano, se quedó helado al escuchar la oferta, no por las tortillas, sino por la frase antes de que me quedara a oscuras.
El Chapo, el hombre que movía toneladas de cocaína a través de continentes, el estratega que había burlado a la DEA, al FBI y a la Marina Mexicana, bajó lentamente el sándwich de jamón que estaba a punto de morder. hizo una seña con la mano izquierda a su chóer y jefe de seguridad, el Cholo Iván, quien ya tenía la mano puesta sobre la empuñadura de su pistola escuadra calibre 45, listo para neutralizar cualquier amenaza que se acercara al perímetro de seguridad.
“Baja el vidrio”, ordenó el Chapo con voz queda casi un susurro. Pero jefe, protestó el cholo entre dientes, escaneando los matorrales y las azoteas cercanas a través de sus gafas oscuras de aviador. Es un riesgo innecesario. El niño puede ser un halcón, puede traer una carga o puede ser una distracción para que nos caigan los contras.
Mira sus manos, cholo”, insistió el Chapo, observando con detenimiento los dedos del pequeño, llenos de quemaduras pequeñas, las marcas inconfundibles del comal caliente. “Esas manos son de trabajo, no de guerra. Baja el vidrio, te digo. El cristal blindado de 5 cm de espesor descendió con un zumbido eléctrico suave, permitiendo que el calor infernal y el olor a polvo y diésel entraran a la cabina mezclándose con el aroma a cuero nuevo de los asientos.
El niño, al escuchar el motor del vidrio, dio un paso adelante, guiándose por el sonido, y levantó la canasta. Huelen rico, ¿verdad, jefe? Mi mamá dice que el secreto es la cal, que hay que ponerle la medida justa para que la masa no se ponga agria. Son a 10 pesos la docena o a cinco si me compra las que se me quemaron un poquito de la orilla.
El Chapo se quitó las gafas de sol y miró directamente a esos ojos ciegos. Sintió una punzada en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre. Él conocía la pobreza. Él había nacido en la tuna, en una casa donde el suelo era de tierra y el techo dejaba ver las estrellas. Él había vendido naranjas para comer, pero él siempre tuvo sus ojos.
Él siempre pudo ver venir el peligro o la oportunidad. Este niño estaba jugando el juego de la vida en modo difícil, sin ver las cartas. “¿Cómo te llamas, hijo?”, preguntó el Chapo sacando su cartera del bolsillo trasero del pantalón de mezclilla. Me llamo angelito, señor. Bueno, me llamo Ángel, pero mi abuela me dice angelito porque dice que Dios me quitó la vista para que no viera las cochinadas que hacen los hombres en este pueblo.
El Chapo sintió el peso de esas palabras como si fueran ladrillos. Dame tres docenas, angelito, y quédate con el cambio. Le extendió un billete de 500 pesos, una pequeña fortuna para un vendedor ambulante en esa zona olvidada de la mano de Dios. El niño tanteó el billete con sus dedos sensibles, reconociendo la textura y el tamaño. Señor, esto es un billete grande.
Es de 500. No tengo cambio para esto. Apenas llevo vendidos 40 pesos en todo el día. No quiero cambio, repitió el Chapo. Es para que le compres algo a tu abuela. Y dime una cosa, ¿qué te pasó en los ojos? ¿Naciste así? Si quieres saber la terrible verdad detrás de la ceguera de este niño y cómo la furia del Chapo desatará una tormenta de justicia en la sierra, suscríbete al canal ahora mismo y activa las notificaciones, porque esta historia apenas está encendiendo la mecha.
El niño bajó la cabeza apretando el billete contra su pecho, como si temiera que el viento se lo arrebatara. No, señor. Yo veía bien. Veía los colores de las guacamayas y veía cuando el río crecía. Pero hace 2 años, hace 2 años llegaron unos hombres a la casa. Buscaban a mi papá. Mi papá no estaba, se había ido al norte, a la pisca de tomate. Ellos se enojaron.
Dijeron que mi papá les debía dinero de una carga que se perdió. Agarraron a mi mamá y el niño se detuvo tragando saliva, su garganta haciendo un ruido seco. Yo quise defenderla, señor. Tenía 9 años. Agarré un palo y le pegué a uno en la pierna. El jefe de ellos, un hombre que huele a azufre y que siempre trae botas de piel de víbora, se ríó.
me agarró del pelo y me dijo que si tanto me gustaba ver lo que no me importaba, me iba a enseñar a ver la oscuridad. Me echaron ácido, señor, ácido del que usan para las baterías de los carros. Me lo echaron en la cara mientras mi mamá gritaba. Y desde ese día ya no veo nada. Solo oigo las voces y huelo el miedo de la gente.
El Chapo Guzmán, el líder de la Federación de Sinaloa, el hombre más poderoso del narcotráfico mundial, sintió como la sangre se le helaba en las venas y luego comenzaba a hervir con una temperatura que superaba el calor del desierto. Sus manos se cerraron en puños tan fuertes que los nudillos se le pusieron blancos.
El cholo Iván, que había escuchado todo, se quitó las gafas y miró al patrón. Sabía lo que venía, conocía esa mirada. Era la mirada de la sentencia de muerte. En el código del Chapo, en el viejo código de la Sierra, había reglas sagradas. Se respeta a la familia, se respeta a los niños. La violencia es para los combatientes, para los traidores, para los que están en el negocio.
Quemarle los ojos a un niño de 9 años con ácido no era negocio, era sadismo. Era una aberración que manchaba la tierra que el Chapo consideraba suya. ¿Quién fue, angelito?, preguntó el Chapo con una voz tan suave y peligrosa como el siseo de una serpiente de cascabel antes de atacar. ¿Quién es el hombre de las botas de víbora? El niño tembló.
No puedo decirlo, señor. Si digo su nombre, él se entera. Él lo sabe todo aquí. Él es el dueño del pueblo. Cobra piso hasta a las señoras que venden tamales. Nos cobra a nosotros por vender tortillas. Dice que es la cuota para la protección. ¿Protección de quién?, preguntó el Chapo sabiendo la respuesta.
De él mismo, susurró el niño. Le dicen el alacrán. Se llama Rogelio. Vive en la hacienda grande que está en la salida, la que tiene muros altos y portones de fierro negro. Él dice que trabaja para la empresa, que es compadre del Chapo Guzmán y que por eso nadie lo puede tocar. Cuando el Chapo escuchó su propio nombre usado como escudo para cometer semejante atrocidad, algo se rompió dentro de él. Era la ofensa suprema.
usar su nombre, su reputación construida a base de sangre, estrategia y alianzas para justificar la tortura de un niño y la extorsión a los pobres. Eso no solo era un crimen, era un insulto personal. El Chapo abrió la puerta de la camioneta y bajó. Sus botas de trabajo golpearon la tierra.
Se ajustó el cinturón donde llevaba su pistola favorita, una Colt super.38 con cachas de diamante incrustadas con sus iniciales. Un regalo de su socio, El mayo Sambada. Caminó alrededor de la camioneta y se puso de rodillas frente al niño, quedando a su altura. No tengas miedo, angelito. Ese hombre es un mentiroso.
Él no es compadre del Chapo Guzmán. El Chapo Guzmán no tiene compadres que quemen niños. Y te voy a prometer una cosa aquí y ahora delante de Dios. que no te deja ver, pero que te está escuchando. Ese tal alacrán no va a volver a cobrarte ni un peso. Y tus ojos, tus ojos van a ser los últimos que él va a recordar antes de irse al infierno.
El Chapo se levantó y se volvió hacia el Cholo Iván y el resto de su escolta, que viajaba en otras tres camionetas blindadas estacionadas detrás. Eran 20 hombres en total. El grupo de élite fantasmas, sicarios entrenados para la guerra de alta intensidad. “Señores”, dijo el Chapo con voz firme y clara. “Se acabó el almuerzo. Tenemos trabajo de limpieza.
Hay una basura en el pueblo que se hace pasar por gente nuestra y está ensuciando la plaza. Quiero que averigüen todo sobre este tal Rogelio, el alacrán, en los próximos 10 minutos. Quiero saber cuántos hombres trae, qué armas tienen y si tiene familia dentro de la casa. Y quiero que manden a un médico para este niño y su abuela, que los lleven a una clínica en Culiacán y que los revise el mejor oftalmólogo que el dinero pueda comprar.
Tal vez no recupere la vista, pero no va a vivir con dolor nunca más. Los hombres asintieron y se dispersaron para cumplir las órdenes. Los radios comenzaron a crepitar con claves y órdenes. El niño, confundido por el cambio de tono y la autoridad que emanaba de aquel extraño cliente, preguntó con voz temblorosa, “Señor, ¿quién es usted? ¿Es usted de la policía?” El Chapo sonrió tristemente y le puso una mano en el hombro. No, hijo.
La policía a veces se tarda o se vende. Yo soy alguien que arregla los problemas que la policía no puede. Vete a tu casa con el dinero, enciérrate con tu abuela y si escuchas truenos, no te asustes. Es que va a llover limpieza en el pueblo. El Chapo subió de nuevo a la Cheyén. Su rostro ya no tenía la expresión relajada del viajero, ahora era el rostro del capo.
Sacó su teléfono satelital y marcó un número. Bueno, contestó una voz al otro lado. Licenciado, necesito que me cheque un nombre en la nómina de la zona de Badirahuato. Un tal Rogelio, alias el Alacrán, dice que trabaja para nosotros. Hubo un silencio de unos segundos mientras se escuchaba el tecleo de una computadora al otro lado de la línea.
Señor, aquí no me aparece ningún Rogelio con ese alias en la estructura oficial. Espere, tengo un reporte de inteligencia de hace tres meses. Es un chapulín, un expolicía judicial que formó una bandita de secuestradores y extorsionadores. Se mueven por la zona serrana aprovechando que nosotros tenemos poca presencia fija en esos pueblos chicos.
Se hacen pasar por gente del cártel para que nadie los denuncie. Han tenido problemas con la gente del mayo. También son independientes, señor. Basura sin bandera. Eso era todo lo que el Chapo necesitaba saber. No era un malentendido interno, no era un sobrino descarriado de algún socio, era un parásito, un impostor.
Y el castigo para los impostores en Sinaloa es la muerte. Y debe ser una muerte ejemplar, pública, que sirva de mensaje para cualquiera que piense que puede usar la marca CDS para abusar. ¿Crees que el Chapo debería tener piedad con alguien que lastimó a un niño o aplicará la ley del talón ojo por ojo? Deja tu like si apoyas la justicia del Chapo y comenta qué harías tú con el alacrán.
La columna de vehículos se puso en marcha, moviéndose como una serpiente de acero por la carretera principal del pueblo. La gente se apartaba al ver pasar las camionetas sin placas, con los vidrios polarizados y las antenas de radio vibrando en el techo. Sabían que algo grande iba a pasar.
El aire se sentía pesado, cargado de presagios. El cholo Iván conducía con una mano en el volante y la otra sosteniendo su fusil de asalto AR15 modificado. Jefe, los halcones locales nos confirman la ubicación. La hacienda está a 2 km. Tiene muros de 3 m y garitas en las esquinas. Dicen que trae como 15 pistoleros, puro matón de poca monta, armados con cuernos de chivo viejos y pistolas.
No son profesionales, pero están atrincherados. El Chapo miró por la ventana viendo pasar las casas humildes de adobe y lámina. 15 hombres contra mis 20 fantasmas. No van a durar ni 10 minutos, pensó. Pero no quería una masacre rápida. Quería ver a la lacrana a los ojos. Quería que supiera por qué moría. No entren disparando a lo loco, ordenó el Chapo por el radio general.
Quiero que rodeen el perímetro, bloqueen las salidas, que nadie salga vivo de esa ratonera y quiero que usen el camión blindado, el rinoceronte, para tirar el portón. Vamos a entrar por la puerta grande como dueños de la casa. Llegaron a las afueras de la hacienda de larán. Era una construcción grotesca pintada de un color amarillo chillón con estatuas de leones de yeso en la entrada y cámaras de seguridad baratas apuntando a la calle.
Era el típico palacio de un narco de bajo nivel que quiere aparentar más de lo que es. Dentro se escuchaba música de banda a todo volumen. Seguramente estaban borrachos o drogados celebrando alguna fechoría reciente. El Chapo sintió asco. Mientras el niño ciego vendía tortillas bajo el sol para comer, este cerdo gastaba el dinero de la extorsión en fiestas.
Rinoceronte al frente”, ordenó el cholo. Una camioneta Ford F50 modificada con placas de acero soldadas en el frente y en las ventanas avanzó rugiendo, separándose de la columna. Aceleró en la recta final hacia el portón de hierro forjado negro. El impacto fue estruendoso. El metal gimió y se dobló como papel.
Las bisagras cedieron ante las cinco toneladas de acero y potencia en movimiento. El portón cayó hacia adentro, levantando una nube de polvo. Inmediatamente las camionetas del Chapo entraron al patio central, desplegándose en abanico. Los hombres de lacrán, sorprendidos en plena fiesta, corrieron a agarrar sus armas que tenían recargadas en las paredes o tiradas en las mesas junto a las botellas de whisky.
“Sinaloa, Sinaloa, tiren las armas o se mueren!”, gritaban los hombres del Chapo a través de los altavoces de las patrullas. Los disparos no se hicieron esperar. Los pistoleros de la lacrán, impulsados por la cocaína y el miedo, abrieron fuego desordenado contra los vehículos blindados. Las balas rebotaban en el blindaje nivel siete haciendo chispas inofensivas.
Fue un error fatal. El cholo Iván bajó un poco su ventana y sacó el cañón de su rifle. Dos disparos certeros. Pum, pum. y dos de los guardias de la lacrán cayeron fulminados antes de poder apuntar bien. Los francotiradores del Chapo, que ya se habían posicionado en los techos de las casas vecinas, comenzaron a eliminar a los vigías de las garitas con una precisión quirúrgica.
Uno a uno, los hombres de la lacrán fueron cayendo como muñecos rotos. El patio se llenó de humo, gritos y el olor acre de la pólvora quemada. El Chapo permanecía dentro de su camioneta. observando la batalla con la frialdad de un general. No disparó ni una sola bala todavía. Estaba esperando. Esperaba ver al jefe.
Esperaba ver las botas de víbora. La resistencia duró poco. Los hombres del laacrán, viendo que estaban superados en táctica y armamento, comenzaron a rendirse, tirando las armas y levantando las manos. No disparen, nos rendimos”, gritaban aterrorizados al ver los parches con las letras CDS en los chalecos tácticos de sus atacantes.
Sabían que habían cometido el error de sus vidas al meterse con la gente del Señor. El fuego cesó. El silencio volvió al patio, solo roto por los gemidos de los heridos y la música de banda que seguía sonando en un estéreo que nadie había apagado, tocando un corrido alegre que contrastaba macabrente con la escena de muerte.
“Apaguen esa chingadera!”, gritó el cholo Iván bajando de la camioneta. Uno de sus hombres disparó una ráfaga al equipo de sonido, silenciándolo para siempre. El Chapo abrió la puerta de su unidad y bajó. Caminó despacio hacia el centro del patio, sus botas haciendo crujir los casquillos percutidos que cubrían el suelo como una alfombra metálica.
Los sicarios rendidos estaban de rodillas con las manos en la nuca, custodiados por los fantasmas. El Chapo los ignoró y miró hacia la puerta principal de la casa, una puerta de madera tallada ostentosa. ¿Dónde está?, preguntó en voz alta, sin dirigirse a nadie en particular, pero a todos a la vez. De repente, la puerta de la casa se abrió y salió un hombre empujando a una mujer joven con una pistola apuntándole a la cabeza. Era él, Rogelio, el alacrán.
Vestía una camisa de seda con estampados de Versaches falsos, pantalones negros ajustados y, efectivamente, unas botas de piel de víbora pitón que brillaban bajo el sol de la tarde. Tenía el rostro sudoroso y los ojos desorbitados por el pánico y la droga. “No se acerquen, me la quiebro.
Juro que me la quiebro!”, Gritaba usando a la muchacha que lloraba histéricamente como escudo humano. El alacrán no sabía quién estaba al mando, solo veía hombres uniformados. Pensaba que eran federales o marinos. Quiero un helicóptero. Quiero salida libre o esta vieja se muere. El Chapo dio un paso adelante, saliendo de la protección de sus hombres, quedando a descubierto en medio del patio.
Se quitó la gorra para que el alacrán pudiera verle bien la cara. “Hola, Rogelio”, dijo el Chapo con tranquilidad absoluta. “No necesitas un helicóptero, necesitas un milagro.” El alacrán se quedó paralizado, reconoció el rostro. Lo había visto en las noticias, en los carteles de Sebusca, en los altares de algunos narcosinados. Se le cayó el alma a los pies.
Era el Chapo, el verdadero, el hombre cuyo nombre había estado usando para robar gallinas y quemar niños. La pistola le tembló en la mano. “Señor, don Joaquín”, tartamudeó tratando de sonreír. Una mueca grotesca de terror. “¡Qué honor! Yo yo soy admirador suyo. Yo trabajo para la causa. Esto es un error. Sus muchachos se confundieron.
El Chapo negó con la cabeza despacio. No hay confusión, Rogelio. Vengo de comprar tortillas. Unas tortillas muy ricas que hace un niño llamado Ángel. ¿Te suena el nombre? El color desapareció de la cara de la lacrán. Angelito, el niño ciego, recordó el día, recordaba el ácido, recordaba la sensación de poder que le dio marcar a la familia de un deudor, pero nunca, ni en sus peores pesadillas, imaginó que ese acto de crueldad insignificante le traería al a su puerta dos años después.
Señor, eso fue fue un accidente. El chamaco se metió. Yo no quería. ¡Cállate! gritó el Chapo y el grito resonó como un trueno. Suelta a la muchacha. El alacrán, temblando empujó a la mujer hacia delante y ella corrió hacia los hombres del Chapo, quienes la protegieron de inmediato. Ahora el alacrán estaba solo, solo con su pistola y sus botas de víbora frente al hombre más peligroso del mundo.
Tiró la pistola al suelo y levantó las manos. Me rindo, Señor, me rindo. Por favor, perdóneme. Le doy todo lo que tengo. Tengo dinero enterrado. Tengo kilos. Todo es suyo. El Chapo comenzó a caminar hacia él. No quiero tu dinero, Rogelio. Tu dinero está manchado de sangre de inocentes. Quiero tus ojos.
El alacrán retrocedió tropezando con sus propios pies. ¿Qué? ¿Qué dijo el Chapo? siguió avanzando paso a paso, inexorable. “Dijiste que te gustaba enseñar a ver la oscuridad, ¿no? Pues hoy vas a tener tu propia lección.” El alacrán intentó correr hacia la casa, pero el cholo Iván fue más rápido. Le disparó a las piernas dos tiros, uno en cada rodilla.
El alacrán cayó gritando, arrastrándose por el suelo, dejando un rastro de sangre. El dolor era insoportable. Pero el miedo a lo que venía era peor. El Chapo llegó hasta donde estaba el hombre herido y lo miró desde arriba. No sentía piedad, solo sentía la necesidad de equilibrar la balanza del universo. “Cholo, trae el ácido”, dijo el Chapo.
El Cholo Iván corrió a una de las camionetas y regresó con una botella de plástico que habían comprado en una ferretería del pueblo mientras hacían la inteligencia. ácido muriático industrial. El Chapo tomó la botella, pesaba en su mano, miró a lacrán, que lloraba y suplicaba por su madre, por Dios, por todos los santos.
No llores, Rogelio. Sé hombre, tú no tuviste piedad con un niño de 9 años. ¿Por qué debería tenerla yo contigo? El Chapo destapó la botella. El olor químico picante llenó el aire, levantó la mano. El alacrán cerró los ojos y gritó un grito desgarrador, esperando el ardor, esperando la oscuridad eterna. Pero el Chapo no vertió el ácido, se detuvo.
La botella quedó suspendida en el aire. Algo en la mente del Chapo lo frenó. No era piedad, era estrategia. Si lo dejaba ciego, sería un mendigo más. Si lo mataba, sería un cadáver más. Necesitaba que fuera un mensaje, un mensaje vivo, un mensaje que gritara a los cuatro vientos que en Sinaloa no se tocan a los niños. El Chapo volvió a tapar la botella y se la tiró al pecho al lacrán. No, dijo el Chapo.
No te voy a dejar ciego. Eso sería demasiado fácil. Te voy a dejar ver. Vas a ver cómo destruyo todo lo que construiste. Vas a ver cómo reparto tu dinero entre la gente que robaste. Vas a ver como tu nombre se convierte en sinónimo de cobardía. Y luego, luego te voy a entregar, no a la policía. Te voy a entregar a la gente del pueblo, a los padres de los niños que asustaste, a los dueños de los negocios que extorsionaste.
Ellos van a decidir tu destino, Cholo. Levántalo y tráiganme un mazo. Vamos a empezar por remodelar su casa. El cholo y dos sicarios levantaron al lacrán que gemía de dolor. El Chapo tomó un mazo de construcción que habían encontrado en la caja de herramientas de una camioneta. se acercó a las estatuas de leones de la entrada y con un golpe brutal decapitó al primero.
“Así se trata a los falsos reyes”, gritó. Luego se volvió hacia la casa. “Quiero que saquen todo lo de valor, muebles, joyas, dinero, todo. Lo vamos a llevar a la plaza del pueblo y quiero que traigan gasolina. Esta casa de la infamia va a arder hoy mismo. Mientras sus hombres comenzaban a saquear la mansión del Alacrán, sacando televisiones gigantes, cuadros horribles y bolsas de dinero en efectivo que encontraban escondidas en los muros falsos, el Chapo se quedó pensando en Angelito.
El niño nunca recuperaría la vista. El daño estaba hecho, pero al menos recuperaría su dignidad y el pueblo recuperaría la paz. El Chapo sacó su radio. Pariente, comunícame con el médico que mandamos con el niño. Quiero saber cómo está. Segundos después, la voz del médico contestó, “Patrón, ya estamos en camino a la clínica.
El niño está estable, pero patrón, el niño me dijo algo antes de subir a la ambulancia.” Me dijo que el alacrán no estaba solo. Me dijo que había otro hombre con él ese día, un hombre que hablaba raro, como gringo, y que tomaba notas en una libreta amarilla mientras le echaban el ácido. Dijo que ese hombre le preguntó a su papá sobre unos túneles viejos en la frontera antes de que se lo llevaran.
El Chapo se quedó inmóvil, el mazo colgando de su mano. Un gringo preguntando por túneles. La historia acababa de dar un giro de 180 gr. Esto no era solo extorsión local. El alacrán no era solo un bandido independiente. Alguien lo estaba usando para buscar información estratégica, información sobre la infraestructura más secreta del cártel de Sinaloa.
El alacrán era un peón en un juego mucho más grande. El Chapo miró al hombre herido que seguía llorando en el suelo. “Rogelio”, dijo el Chapo acercándose de nuevo con una mirada inquisitiva que daba más miedo que el ácido. Se me olvidó preguntarte algo. ¿Quién es el gringo de la libreta amarilla? El alacrán dejó de llorar de golpe.
Sus ojos se abrieron con un terror nuevo, un terror diferente. Si le digo, “me matan ellos”, susurró. “Y si no me dices, “te mato yo, pero más despacio.” Contestó el Chapo. ¿Quién es? El alacrán tragó saliva y miró a los lados como si las paredes tuvieran oídos. Es es una gente, pero no de la DEA, es de la CIA.
Buscan los túneles antiguos de la época de la contra, dicen que quieren reactivarlos para mover armas hacia el sur. Me pagan por encontrar a los viejos constructores y sacarles la información. El papá del niño, el papá del niño era uno de los albañiles que construyó el primer túnel en Douglas en el 90.
El Chapo sintió un golpe de realidad. El padre de Angelito no era un piscador de tomate, era un activo retirado del cártel, un constructor, y ahora estaba desaparecido en manos de la sía o de alguien que se hacía pasar por ellos, siendo torturado para revelar los secretos de la ingeniería subterránea de Sinaloa.
La misión de rescate acababa de subir de nivel. Ya no se trataba solo de vengar a un niño ciego, se trataba de proteger la seguridad nacional del cártel. “Suban a este infeliz, a la camioneta!”, gritó el Chapo. “Nos lo llevamos y quemen esta casa ya. Tenemos que encontrar al gringo antes de que saque la información.” El Chapo corrió hacia su camioneta mientras las llamas comenzaban a devorar la mansión amarilla.
La tarde caía y las sombras se alargaban. Sombras que escondían espías, traidores y secretos enterrados bajo la tierra. El Chapo subió al vehículo, su mente trabajando a 1000 por hora. Angelito le había vendido tortillas, pero le había entregado la clave para salvar su imperio. Y ahora la cacería real.

El resplandor anaranjado de la hacienda del laacrán ardiendo se reflejaba en el espejo retrovisor de la camioneta Chevrolet Suburban blindada, tiñiendo de un tono apocalíptico el interior de la cabina donde el aire acondicionado luchaba contra el calor humano y el olor ferroso de la sangre que manchaba la tapicería de cuero color beige.
Joaquín Guzmán lo era, iba sentado en el asiento del copiloto con la mirada fija en la carretera oscura que serpenteaba hacia las montañas. Esa carretera que él conocía mejor que las líneas de su propia mano, porque cada curva y cada bache tenían una historia de cargas pasadas, de huidas nocturnas y de pactos sellados bajo la luna.
Atrás, en el asiento trasero, iba Rogelio, alias el Alacrán. gimiendo con un ritmo constante y desesperante, apretándose las rodillas destrozadas por los balazos del cholo Iván con trapos sucios que apenas contenían la hemorragia. A su lado, dos sicarios de los fantasmas lo mantenían quieto con los cañones de sus fusiles de asalto cortos, pegados a sus costillas, listos para terminar su sufrimiento si el patrón daba la orden.
Pero el Chapo no daba la orden. El Chapo necesitaba que esa basura humana siguiera respirando, al menos el tiempo suficiente para escupir la ubicación exacta de ese gringo misterioso. Y lo más importante, el paradero de Ramón, el padre de Angelito, el albañil de los túneles sagrados. La revelación de que la CIA o alguien operando bajo su sombra estaba buscando reactivar la infraestructura subterránea de los años 90. para traficar armas hacia el sur.
Era una amenaza de seguridad nacional para el cártel de Sinaloa. Esos túneles viejos, muchos de ellos colapsados o sellados con concreto, eran el mapa genético de la organización. Si los gringos los mapeaban, entenderían la geología, las rutas de ventilación, los puntos ciegos de los radares y eso pondría en riesgo los túneles nuevos.
Los que estaban activos ahora mismo moviendo toneladas de producto hacia el norte. No era solo un rescate humanitario, era una operación de contrainteligencia de alto nivel. “Cállate, el cico, o te lo callo con la culata”, gruñó uno de los sicarios traseros, harto de los yoriqueos de la lacrán.
El herido soltó un soyo, ahogado. “Señor Guzmán, me duele mucho. Me voy a desangrar. Por favor, llévenme a un doctor. Yo les digo todo, pero no me dejen morir así. El Chapo se giró lentamente en su asiento, el movimiento del cuero crujiendo en el silencio tenso. “Rogelio, te voy a explicar cómo funciona esto”, dijo con esa voz calmada que elaba la sangre.
“Tú ya no tienes derechos. Tú perdiste el derecho a pedir piedad cuando decidiste quemarle los ojos a un niño. Ahorita lo único que te mantiene con vida es la información que tienes en esa cabeza podrida. Si te mueres, te mueres y yo busco al gringo por mi cuenta. Pero si quieres ver el amanecer, más te vale que empieces a hablar claro y fuerte.
¿Dónde tienen a Ramón? ¿Y dónde está el gringo de la libreta amarilla? El alacrán tragó saliva mezclada con lágrimas. Están están en la mina del tecolote. Es una mina vieja de plata que cerraron en los 80. Está pegada a la frontera con Durango por el lado de Tamazula. Ahí tienen el campamento base. El Chapo procesó la información.
La mina del Tecolote. Conocía el lugar. Era un terreno difícil, lleno de barrancos y cañadas, ideal para esconderse, pero también una trampa mortal si te rodeaban. ¿Cuántos hombres trae el gringo?, preguntó el Chapo. El alacrán dudó un segundo. Trae, trae como 12. Pero no son sicarios normales, señor. Son soldados. Hablan inglés entre ellos.
Traen equipos raros, visores nocturnos de cuatro lentes, drones que parecen insectos y traen perros, perros grandes que no ladran. Son contratistas, señor, mercenarios. El Chapo se volvió hacia el frente y miró al Cholo Iván, que conducía concentrado, esquivando baches a 120 km porh. Mercenarios, cholo, contratistas privados, Blackwater o alguna de esas empresas que cambian de nombre cada año.
Esto se pone interesante. No son agentes federales oficiales, son paramilitares operando en suelo mexicano. Eso significa que no tienen respaldo oficial. Si las cosas se ponen feas, son fantasmas igual que nosotros. El cholo asintió apretando el volante. Si son contratistas, jefe, traen equipo de primera.
Chalecos nivel cuatro, miras térmicas, comunicaciones encriptadas. Nuestros cuernos de chíbol les van a hacer cosquillas si no les pegamos bien. Necesitamos ventaja táctica. El Chapo asintió. Tienes razón. No podemos llegar echando bala a lo loco como en la hacienda. Esto requiere visturí, no mazo. Agarró el radio satelital.
Pariente, comunícame con el R5. Dile que mueva a su gente de la sierra. Necesito tiradores selectos. Necesito gente que sepa moverse en la oscuridad sin hacer ruido. Y dile que traigan los Barret con munición perforante. Vamos a ir a cazar gringos a la mina. Si te hierve la sangre al ver como extranjeros vienen a operar impunemente en nuestra tierra y lastiman a nuestra gente y quieres ver como el Chapo les enseña respeto a la mexicana, suscríbete al canal ahora mismo y deja tu like porque la batalla en la mina va a ser épica. El convoy se desvió de la
carretera principal y tomó una brecha de terracería que subía hacia la sierra profunda. El cambio de altitud se notó de inmediato. El aire se volvió más frío y ligero, y la vegetación cambió de matorrales secos, pinos y encensinos que se alzaban como gigantes negros contra el cielo estrellado.
La luna estaba en cuarto menguante, ofreciendo poca luz, lo cual era bueno para la aproximación. Pero malo para la conducción. El Chapo iba pensando en Ramón, el padre de Angelito. Recordaba vagamente a un Ramón de los viejos tiempos, un hombre callado, trabajador, que tenía un talento natural para calcular la resistencia de la tierra sin usar computadoras.
Esos hombres eran los verdaderos arquitectos del imperio. Sin ellos, el Chapo no sería nadie. Y ahora ese hombre estaba siendo torturado por extranjeros para traicionar a su gente. La lealtad del Chapo hacia sus trabajadores era legendaria y esa noche la iba a poner a prueba una vez más. Rogelio dijo el Chapo sin voltear.
El gringo tiene nombre o solo le dicen gringo. El alacrán respondió con voz débil. Le dicen, le dicen el arquitecto en español, pero en inglés le dicen Miller. Mr. Miller es un hombre alto, hero, con los ojos azules muy fríos. habla español perfecto, pero con acento y tiene tiene una cicatriz en el cuello, como si alguien le hubiera intentado cortar la garganta hace mucho tiempo.
Miller, un nombre común, podía ser cualquiera, pero la cicatriz era un buen detalle. Llegaron a un punto de reunión preestablecido en medio del bosque, una cabaña de madera utilizada por los halcones de la zona alta. Allí ya los esperaban tres camionetas más llenas de hombres del R5, la facción armada que controlaba la frontera con Durango.
Eran hombres de la sierra, duros, barbudos, vestidos con ropa de camuflaje tipo militar y armados hasta los dientes. Al ver bajar al Chapo, se cuadraron con respeto. El comandante del grupo, un hombre apodado, el lince, se acercó. Señor, estamos listos. Conocemos la mina del tecolote. Tiene tres entradas. La principal, que es un túnel grande donde caben camiones, la ventilación norte, que es un tiro vertical de 50 m, y una salida de emergencia secreta por el arroyo seco que está medio derrumbada.
Si los gringos están ahí, seguro tienen vigiladas las tres. El Chapo desplegó un mapa topográfico sobre el cofre de la camioneta. iluminado por una linterna roja para no perder la visión nocturna. Quiero que un equipo de tres tiradores se posicione en el peñasco frente a la entrada principal, dijo el Chapo señalando el mapa con el dedo índice.
Que no disparen, solo quiero ojos. Quiero saber cuántos son y dónde están parados. El lince. Tú y tu gente van a bloquear la salida del arroyo. Si intentan huir por ahí, lo retachan a plomo. Y nosotros, el Chapo miró al Cholo Iván y a sus fantasmas. Nosotros vamos a entrar por la ventilación norte, por el tiro vertical, jefe, preguntó el cholo sorprendido.
Eso requiere rapel y si nos escuchan bajando, somos patos de feria. Exacto”, dijo el Chapo. “Por eso no nos van a esperar por ahí. Nadie espera que el Chapo Guzmán baje por una cuerda a un agujero negro de 50 m. ¿Creen que voy a mandar carne de cañón por el frente? Vamos a usar la sorpresa. ¿Traen equipo de descenso?” El linse asintió. Sí, señor.
Traemos cuerdas estáticas y arneses. Perfecto. Equípense. Y al laacrán, al laacrán, déjenlo amarrado aquí en la cabaña. Si regresamos, decidimos qué hacer con él. Si no regresamos, bueno, que se pudra ahí hasta que se lo coman los coyotes. El alacrán gritó cuando lo bajaron a empujones y lo encadenaron a un poste de la cabaña, dejándolo solo en la oscuridad de la montaña, herido y aterrorizado.
El Chapo no miró atrás, su mente ya estaba en la mina. El grupo de asalto se movió a pie a través del bosque en silencio absoluto. El olor a pino y tierra húmeda llenaba el aire. Caminaron durante 40 minutos hasta llegar al borde del área de la mina. El Chapo se agazapó detrás de unas rocas y usó unos binoculares de visión nocturna de última generación que el cholo le pasó.
La imagen se iluminó en un tono verde fantasmal. Abajo, en la explanada de la mina se veían vehículos. No eran camionetas normales, eran homers militares modificados de color arena, con antenas satelitales en el techo y hombres. Se veían siluetas patrullando el perímetro. El Chapo ajustó el enfoque. El alacrán no había mentido. Esos hombres se movían con disciplina táctica perfecta.
No fumaban, no hablaban por celular, no estaban recargados en las paredes. Patrullaban en binomios, cruzando sus sectores de tiro. Llevaban cascos con monturas de visión nocturna y rifles que parecían M4 con supresores. Eran profesionales. Y en el centro de la explanada había una carpa de campaña grande iluminada por dentro donde se veían sombras moviéndose.
Allí debía estar el puesto de mando, allí debía estar Miller y Ramón. Cholo susurró el Chapo. Mira a los perros. El cholo miró. Había dos pastores belgas malinois sentados junto a la entrada del túnel principal, alertas con las orejas erguidas. Esos perros nos van a oler antes de que lleguemos al tiro de ventilación si el viento cambia.
Necesitamos neutralizarlos. El francotirador tiene tiro. El lince habló por el radio con voz apenas audible. Afirmativo. Sierra uno. Tiene visual en los caninos. Distancia 300 m, viento cruzado de cinco nudos. Puedo eliminarlo simultáneamente con Sierra dos. “Esperen mi orden”, dijo el Chapo. “Primero vamos a rodear hasta llegar al punto de descenso.
” El grupo se movió rodeando la cañada para llegar a la parte alta del cerro donde estaba la boca del tiro de ventilación. Era un agujero oscuro en la tierra, protegido por una reja oxidada que había sido cortada recientemente. Los gringos también habían inspeccionado esta entrada. Pero no habían dejado guardia, confiando en la dificultad del acceso y en sus sensores electrónicos, el cholo sacó un dispositivo detector de señales.
Jefe, hay sensores de movimiento sísmico alrededor del agujero. Si pisamos fuerte, se activa la alarma abajo. El Chapo sonríó en la oscuridad. Tecnología contra astucia. Cholo, pasa el inhibidor de frecuencia. El mismo aparato que habían usado en la presa, el que casi falla con Larios, ahora era su mejor amigo.
Encendieron el inhibidor en modo de corto alcance para crear una burbuja de silencio electrónico alrededor del agujero. El lince y dos de sus hombres montaron los anclajes en las rocas y lanzaron las cuerdas negras hacia la profundidad del abismo. El Chapo se puso el arnés. A sus y tantos años, sus huesos protestaban, pero su espíritu estaba más fuerte que nunca.
Iba a bajar él mismo. No iba a mandar a nadie a rescatar al padre del niño ciego. Era una cuestión de honor personal. “Bajamos en 3 minutos”, ordenó. “Sierra uno, sierra dos. A mi señal, duerman a los perros.” El Chapo se deslizó por el borde, quedando suspendido en el vacío. La oscuridad lo tragó. El descenso fue rápido y controlado.
El aire se volvía más viciado y caliente conforme bajaban. Olía a mineral viejo, a murciélago y a algo más. Café. Olía a café recién hecho. Eso significaba que estaban cerca de la zona habitada. aterrizaron suavemente en un piso de roca 50 m bajo tierra en una galería lateral de la mina. El cholo Iván fue el primero en soltarse de la cuerda.
Fusil en mano, escaneando el túnel con su visor térmico. Despejado, susurró, pero veo cables en el suelo, trampas. El Chapo aterrizó a su lado, desenganchándose en silencio. Avanzaron con cuidado extremo, siguiendo los cables que corrían por la pared. Llegaron a una intersección que daba al túnel principal. Desde ahí podían ver la luz artificial que venía de más adelante y escucharon voces.
Voces en inglés. Tell him to speed up. Tell him the blueprints for the Tijuanaor. Midnight. I start cutting off fingers. Dile que se apure. Dile que quiero los planos del sector Tijuana para medianoche. O empiezo a cortar dedos. La voz era fría, metálica, con ese acento americano que el alacrán había descrito. Era Miller.
Luego se escuchó un golpe seco y un quejido de dolor en español. No me pegue, ya no me acuerdo. Han pasado 20 años. Esos túneles ya no existen. Era Ramón. Estaba vivo. El Chapo sintió una oleada de furia. Estaban golpeando a un hombre desarmado, a un anciano por información obsoleta. Hizo una señal a sus hombres. Seis fantasmas se alinearon en el túnel, listos para asaltar la cámara principal que estaba a 20 m.
El Chapo tomó su radio y susurró la clave de ejecución. Sierra uno, fuego. Afuera, en la superficie, dos disparos silenciados sonaron como estornudos. Los dos perros malinuis cayeron muertos al instante, sin ladrar. Adentro, la alarma no sonó gracias al inhibidor. El elemento sorpresa seguía intacto. “Adelante!”, gritó el Chapo rompiendo el silencio.
Los seis hombres del cártel irrumpieron en la cámara principal de la mina. lanzando granadas aturdidoras. Flashbang. Bang, bang. La luz blanca cegadora y el estruendo desorientaron a todos en la sala. Los mercenarios gringos, a pesar de su entrenamiento, tardaron un segundo en reaccionar cegados por sus propios visores nocturnos que se saturaron con la luz intensa. Ese segundo fue su sentencia.
Los sicarios del Chapo abrieron fuego con precisión letal. Tres mercenarios que estaban de pie junto a una mesa llena de mapas cayeron abatidos antes de poder levantar sus armas. Miller, el jefe, demostró ser más rápido. Se lanzó detrás de un escritorio metálico y comenzó a devolver el fuego con una pistola táctica, gritando órdenes en inglés. Contact front. Contact front.
Defensive positions. Contacto al frente. Posiciones defensivas. ¿Crees que los mercenarios gringos podrán resistir la furia de los sinaloenses en su propio terreno? ¿O el Chapo les enseñará que en la oscuridad de la mina es el único rey? Deja tu like ahora mismo y comparte este video para que todos vean la batalla subterránea.
El tiroteo en el espacio confinado de la mina era ensordecedor. El sonido de los disparos rebotaba en las paredes de roca, amplificándose hasta niveles dolorosos. El aire se llenó de polvo y humo inmediatamente. El Chapo, cubierto detrás de un vagón minero oxidado disparaba su escar hacia la posición de Miller. “Ramón, al suelo, tírate al suelo”, gritaba el Chapo.
En medio del caos, vio a Ramón, un hombre flaco y canoso, atado a una silla en el centro de la sala, encogido de miedo mientras las balas zumbaban a su alrededor como abejas furiosas. Un mercenario intentó usar a Ramón como escudo humano, agarrándolo por el cuello de la camisa, pero el cholo Iván, con una puntería milagrosa, le metió un tiro en el ojo al gringo, salpicando a Ramón de sangre y cesos.
El mercenario cayó hacia atrás liberando al reen. “Recuperen al objetivo”, ordenó el Chapo. Dos fantasmas corrieron bajo el fuego cruzado, agarraron a Ramón y lo arrastraron hacia la seguridad del túnel lateral. Quedaban cuatro mercenarios y Miller. Estaban bien atrincherados detrás de equipo pesado y cajas de suministros. Tenían ventaja posicional.
Miller lanzó una granada de fragmentación hacia la entrada del túnel donde estaba el Chapo. “Granada!”, gritó el cholo, empujando al Chapo hacia atrás. La explosión sacudió el suelo y llenó el aire de esquirlas de roca. El Chapo sintió un golpe en el hombro, una piedra que le pegó fuerte, pero no era bala. “Se sacudió el polvo.
Estos cabrones no se rinden,” pensó. Son fanáticos. Miller gritó desde su cobertura. Guzmán, give up. Empire. Guzmán, sé que estás ahí, ríndete. No tienes idea de en qué te estás metiendo. Esto es más grande que tu pequeño imperio de drogas. El Chapo ríó, una risa seca en la oscuridad. Ah, sí, gringo, más grande que mi imperio.
Tú estás en mi tierra respirando mi aire y escondido en mi mina. Aquí nada es más grande que yo. Lince, ahora. La orden al Lince era el plan B. Desde la entrada principal de la mina que los mercenarios habían descuidado para concentrarse en el ataque interno, entró una camioneta blindada a toda velocidad, conducida por un suicida del cártel con las luces apagadas.
La camioneta recorrió los 200 m del túnel principal y se estrelló contra la barricada trasera de los mercenarios, atropellando a uno de ellos y creando el caos total en su retaguardia. Atrapados entre dos fuegos, los mercenarios colapsaron, los hombres del lince bajaron de la camioneta disparando. En cuestión de segundos, los tres mercenarios restantes fueron neutralizados.
Solo quedaba Miller. El gringo, viendo que estaba rodeado, tiró su pistola vacía y levantó las manos saliendo lentamente de detrás del escritorio. Estaba herido en un brazo, sangrando, pero mantenía una arrogancia desafiante. El Chapo salió de su cobertura caminando hacia él con el fusil apuntando al pecho del americano.
El humo se disipaba lentamente. El silencio volvía a la mina, denso y pesado. El Chapo se detuvo a 2 met de Miller. Lo observó alto, rubio, ojos azules fríos, cicatriz en el cuello, tal como lo describió el alacrán. “Hablas español, ¿verdad, Miller?”, dijo el Chapo. Miller asintió, escupiendo al suelo.
“Hablo mejor español que tú, campesino.” El cholo le dio un culatazo en la espalda que lo hizo caer de rodillas. Más respeto, perro”, gruñó el cholo. El Chapo hizo un gesto para que lo dejaran hablar. “¿Para qué quieres los túneles, Miller? ¿Amas quién? ¿Para los contras? Eso fue hace 30 años. ¿Para quién trabajas hoy?” Miller sonríó, una sonrisa sangrienta.
No son armas para guerrillas, Guzmán. Es algo más valioso. Y no trabajo para la CIA. Las son boy scouts comparados con mis empleadores. Buscamos los túneles porque necesitamos mover algo que no puede ser detectado por radiación, algo que tú ni te imaginas. Radiación. La palabra activó una alarma en la cabeza del Chapo. Material nuclear biológico.
Esto se estaba saliendo de control. Ya no era narcotráfico, era terrorismo. ¿Dónde está el material? preguntó el Chapo poniéndole el cañón del rifle en la frente. Miller ríó. Ya está en camino. Por eso necesitábamos a tu ingeniero para abrir la ruta del sector 4. Y adivina qué, Guzmán. El temporizador ya empezó. No puedes detenerlo.
El Chapo sintió un escalofrío. Miró a Ramón, que estaba siendo atendido por los sicarios. Ramón, ¿qué les dijiste? ¿Qué ruta abrieron? El anciano, temblando y llorando, levantó la vista. Patrón, me obligaron. Les dije cómo abrir el túnel de la mesa de Otai, el que pasa por debajo de la aduana vieja. Dijeron que iban a meter un camión, un camión con contenedores de plomo.
El túnel de Otai, un túnel legendario, profundo, ventilado, capaz de paso vehicular. Si metían algo radiactivo por ahí y detonaba en San Diego o en Tijuana, sería el fin de la frontera, sería el fin del negocio, el fin de todo. Los gringos cerrarían la frontera herméticamente para siempre. invadirían México.
Miller no era un traficante de armas, era un terrorista que quería provocar una guerra o un agente provocador diseñado para destruir al cártel, culpándolo de un ataque catastrófico. El Chapo miró a Miller con una mezcla de odio y comprensión. ¿Quieres que nos culpen a nosotros, verdad? ¿Quieres meter una bomba sucia por mi túnel para que el mundo diga que el Chapo es un terrorista nuclear? Miller no dijo nada, pero su sonrisa lo confirmó todo.
Cholo, amarra a este cabrón y súbelo a la camioneta. Nos lo llevamos. Ramón, vienes con nosotros. Tienes que decirnos cómo sellar ese túnel o cómo interceptarlos. ¿Cuándo cruza el camión? Ramón miró su reloj roto. Dijeron que al amanecer faltan 2 horas. Estamos a 3 horas de Tijuana en avioneta. No llegamos. El Chapo sintió la presión del tiempo aplastándole el pecho.
Dos horas para evitar el apocalipsis, pero el Chapo Guzmán nunca se rinde. Si no llegamos en avioneta, llegamos por la red. Cholo, contacta a la gente de Tijuana. Contacta a los Arellano. A los Arellano, jefe. A los enemigos. Sí, Cholo. Hoy no hay enemigos. Hoy somos todos mexicanos tratando de que no nos borren del mapa. Dile a los arellanos que tengo un regalo para ellos y que necesitamos una tregua de 6 horas y mándales la ubicación del túnel que muevan a toda su gente.
Nosotros salimos para allá ahora mismo. Miller, tú vienes de copiloto. Vas a ver cómo se unen los mexicanos cuando viene un invasor. Y si esa cosa explota, te juro que te voy a amarrar a la bomba para que la abraces. El Chapo dio media vuelta y corrió hacia la salida de la mina.
su mente ya trazando el plan imposible. Tenía que coordinar a dos cárteles rivales que llevaban 20 años matándose para detener una amenaza invisible con un reen gringo, un ingeniero traumatizado y el reloj corriendo en contra. Subieron a las camionetas bajo la luz de la luna que se ocultaba. El convoy arrancó a toda velocidad, dejando atrás los cuerpos de los mercenarios y el silencio de la mina profanada.
Iban hacia la pista clandestina más cercana. El vuelo a Tijuana sería el más largo de su vida. Y en el asiento trasero, Miller dejó de sonreír al ver la determinación en los ojos del capo. Quizás había subestimado al campesino. Quizás el imperio de drogas tenía más recursos de los que la inteligencia americana había calculado.
El Chapo agarró el radio y miró a Ramón. Viejo, aguanta. Vas a ver a tu hijo angelito, te lo prometo, pero primero tenemos que salvar al mundo o al menos a nuestro mundo. Y lo que el Chapo vio en esa pantalla lo dejó más helado que el cadáver de un muerto olvidado en la morgue, porque la imagen satelital que el hacker le acababa de enviar a su teléfono mostraba un camión de carga de 18 ruedas, color blanco y sin logotipos, entrando ya al patio de maniobras de la bodega en Otai, justo encima de donde Ramón había dicho que estaba la entrada
del túnel viejo, la hora de la verdad se había adelantado. Miller no había mentido sobre el plan, pero había mentido sobre el tiempo, una táctica clásica de contrainteligencia para que los equipos de respuesta llegaran siempre cuando el polvo ya se había asentado. Joaquín Guzmán lo era. sintió una descarga de adrenalina mezclada con el pánico frío de quien ve un tsunami formándose en el horizonte y sabe que solo tiene un balde para detenerlo. El camión ya estaba ahí.
Si lo metían al túnel y lo detonaban a mitad de camino debajo de la garita internacional, la contaminación radiactiva cerraría la frontera más transitada del mundo, no por días, sino por décadas. San Isidro y Tijuana se convertirían en zonas de exclusión tipo Chernó. El negocio del narcotráfico, que depende del flujo constante de vehículos y personas, moriría instantáneamente.
Pero eso era lo de menos. Millones de personas inocentes, la misma gente que compraba las tortillas de angelito, sufrirían envenenamiento por radiación. El Chapo miró a Miller, que iba sentado a su lado en la parte trasera de la camioneta, que corría hacia la pista clandestina, y vio en los ojos del mercenario esa chispa de fanatismo que no tiene cura.
Miller no lo hacía por dinero, lo hacía por ideología. Era un aceleracionista, uno de esos locos que quieren ver arder el mundo para construir uno nuevo sobre las cenizas. Más rápido, cholo, písale hasta que el motor reviente”, gritó el Chapo golpeando el respaldo del asiento delantero. La camioneta blindada volaba sobre la terracería, dando saltos que hacían castañar los dientes de todos los ocupantes.
Llegaron a la pista clandestina en la sierra de Durango en tiempo récord. La avioneta Cesna Turbo 206 ya tenía el motor encendido, la hélice girando y cortando el aire frío de la madrugada. El piloto, un joven nervioso, pero capaz, los vio llegar y aceleró las revoluciones. Bajaron a Miller a empujones, con las manos atadas a la espalda con cinchos de plástico industriales.
Subieron a Ramón, que seguía en estado de shock, murmurando oraciones y mirando sus manos como si fueran las culpables de la catástrofe inminente. El Chapo subió el último cerrando la puerta con fuerza a Tijuana. Y no me importa si rompes el motor, quiero estar allá en dos horas o menos. El piloto asintió pálido y soltó los frenos.
La avioneta corrió por la pista irregular y se elevó hacia el cielo negro, dejando atrás la seguridad relativa de la sierra para adentrarse en la boca del lobo. Una vez en el aire, nivelados a 12,000 pies para aprovechar las corrientes de chorro, el Chapo sacó el teléfono satelital encriptado. Era el momento más difícil de la noche.
Tenía que hacer la llamada que juró nunca hacer. tenía que pedirle ayuda a los arellanos félix. La guerra entre el cártel de Sinaloa y el cártel de Tijuana había dejado miles de muertos en las últimas dos décadas. Había odio personal, sangre familiar derramada, traiciones imperdonables, pero la necesidad tiene cara de hereje y la radiación no distingue entre cárteles.
El Chapo buscó en su memoria un número antiguo, un número de emergencia que se usaba para negociar intercambios de rehenes de alto nivel. Marcó uno, dos, tres timbrazos largos. Una voz femenina, seca y autoritaria contestó. ¿Quién tiene este número? Preguntó la voz. Era ella, la jefa Enedina, la mujer que había tomado las riendas después de que sus hermanos cayeron o murieron.
El Chapo tragó saliva. Señora, soy Joaquín. Hubo un silencio sepulcral al otro lado de la línea, tan profundo que se escuchaba la estática del satélite. “Tienes agallas para llamar aquí, chaparro”, dijo finalmente ella con un tono que destilaba veneno. ¿Quieres despedirte antes de que mis muchachos te localicen la señal? Escúchame, Nedina.
No te llamo para pelear. Te llamo porque tenemos un problema. Un problema que va a acabar con tu negocio y con el mío si no hacemos algo en las próximas 3 horas. Hay un camión con una bomba sucia entrando a una bodega en Otta. Es gente externa, mercenarios gringos quieren reventarla debajo de la garita.
Si eso explota, se acabó Tijuana, se acabó la frontera, se acabó todo. No habrá cruces, no habrá mercancía, no habrá dinero. Solo habrá gringos con trajes antiradiación y tanques ocupando tu ciudad. La risa de Enedina fue corta y escéptica. Una bomba sucia. Ahora escribes guiones de películas, Joaquín. Eso suena a cuento para que te deje entrar a mi plaza.
No es cuento en Edina. Tengo al gringo que armó el operativo aquí conmigo en la avioneta. Tengo al ingeniero que construyó el túnel. Es el túnel viejo de la bodega de importaciones, el que usaba tu hermano Benjamín en el 90. Ellos lo reabrieron. Si no me crees, manda a tu gente a la bodega de Transportes del Norte en el parque industrial.
Vas a ver mercenarios armados con equipo militar. No son federales, no son soldados, son extranjeros. Si entran al túnel, estamos muertos. Necesito aterrizar en Tecate. Necesito que no me dispares y necesito que tu gente me ayude a tomar esa bodega. Te doy mi palabra de honor, la palabra de un sinalo que en cuanto esto termine me retiro y te dejo al gringo para que hagas con él lo que quieras.
El silencio volvió a la línea. El Chapo sabía que Enedina estaba calculando. Era una mujer de negocios, fría y matemática. Si Joaquín mentía, ella lo mataba al aterrizar y ganaba la guerra. Si Joaquín decía la verdad y ella no hacía nada, perdía su imperio por la radiación. El riesgo de no actuar era infinito.
“Está bien, Joaquín”, dijo ella, “Aterriza en la pista de la rumorosa. Mis hombres te van a estar esperando, pero si veo un solo movimiento en falso, si veo que traes más gente de la acordada, te bajamos del avión a balazos. Tienes tregua por 6 horas.” Ni un minuto más. La llamada se cortó. El Chapo soltó el aire que tenía contenido. Miró a Miller.
Ya oíste, gringo. Acabas de lograr lo imposible. Uniste a Sinaloa y Tijuana. Deberían darte el Premio Nobel de la Paz antes de que te arranquemos la piel a tiras. Miller no se veía tan arrogante ahora. Sabía lo que significaba caer en manos de los Arellano. Ellos no tenían el código de honor campesino del Chapo. Ellos eran urbanos, crueles y creativos en el dolor.
Miller miró por la ventanilla hacia la oscuridad. It doesn’t matter. The timer is set. Even if you kill me, the truck goes in. No importa. El temporizador está puesto. Aunque me mates, el camión entra. El Chapo lo ignoró y se concentró en el plan de ataque. Ramón, le dijo al ingeniero, “necesito que dibujes el plano de la bodega.
¿Dónde están las entradas? ¿Dónde está el túnel? ¿Dónde están los ductos de aire?” Ramón, temblando tomó una servilleta y una pluma que le pasó el cholo. Sus manos viejas trazaron líneas temblorosas, pero precisas. La memoria del miedo es exacta. Aquí está la oficina, aquí el patio de carga y el túnel. La entrada del túnel está debajo de una prensa hidráulica falsa en la esquina noreste.
Hay que mover la prensa con un mecanismo eléctrico para ver el agujero. Si te parece increíble que dos enemigos mortales tengan que unirse para salvar a millones de inocentes de una catástrofe, suscríbete al canal ahora mismo y activa las notificaciones, porque la operación conjunta que estás a punto de ver es algo que nunca saldrá en las noticias oficiales, pero que salvó tu vida.
El avión comenzó el descenso hacia la rumorosa. Las luces de Tecate y Tijuana brillaban a lo lejos. como un mar de diamantes falsos. La pista era corta, de tierra y viento cruzado peligroso por la geografía de la montaña. El piloto luchó con los controles mientras las turbulencias sacudían la nave. Aterrizaron rebotando, levantando polvo.
Al final de la pista, una hilera de luces de camioneta se encendió de golpe, cegándolos. Eran ellos, los de Tijuana. El avión se detuvo y el Chapo bajó primero con las manos en alto, pero sin soltar su fusil colgado al hombro. Frente a él, a 20 m, había 10 camionetas llenas de hombres armados. El líder del grupo avanzó.
Era un hombre alto, flaco, conocido como el flaco, jefe de sicarios de Enedina. Llevaba una gorra negra y un chaleco con las siglas CAF, cártel Arellano Félix. Detrás de él, sus hombres apuntaban sus armas directamente al pecho del Chapo. El aire se podía cortar con un cuchillo, una palabra equivocada, un movimiento brusco y se desataría una masacre ahí mismo.
El flaco escupió al suelo y se acercó despacio con la mano en la pistola. Así que tú eres el famoso chapo, te ves más viejo en persona y tú te ves más feo, flaco, respondió el Chapo sin bajar la mirada. Pero no vine a un concurso de belleza. ¿Dónde está la gente para el operativo? El flaco sonríó con zorna. Aquí estamos. La señora dio la orden.
Pero te advierto, Guzmán. Yo voy atrás de ti. Si intentas algo raro, te meto un tiro en la nuca. Trato hecho”, dijo el Chapo. “Vamos a Ota”. El reloj corre. Subieron a las camionetas de Los Arellano. Fue una situación surrealista. El Chapo Guzmán, sentado en una camioneta de sus peores enemigos, rodeado de hombres que habían jurado matarlo, yendo a pelear una guerra que no era suya, Miller iba en medio, callado, observando la dinámica.
La caravana bajó la montaña a toda velocidad, entrando a la zona urbana de Tijuana por el corredor industrial. Eran las 4 de la mañana. La ciudad dormía ajena a que su destino se decidía en un convoy de narcos. Llegaron a la zona de Otai, un laberinto de bodegas, fábricas maquiladoras y patios de camiones. La neblina del Pacífico había entrado cubriendo las calles con un manto gris y húmedo que difuminaba las luces de las farolas.
El flaco ordenó apagar las luces y usar visores nocturnos. Se detuvieron a dos cuadras de la bodega Objetivo, Transportes del Norte, un edificio gris, anónimo, rodeado de una reja ciclónica con alambre de púas. En el patio, bajo la luz de reflectores halógenos, se veía el camión blanco. El motor estaba encendido, echando humo por el escape vertical y alrededor del camión hombres, muchos hombres.
Miller no había mentido sobre la fuerza de ataque, pero se había quedado corto. Había al menos 20 mercenarios patrullando y en el techo se veían siluetas de francotiradores y algo más. Tenían un vehículo blindado ligero, un barcat como los que usan los equipos SWAT gringos estacionado frente a la entrada del almacén.
El Chapo y el flaco observaron desde la azotea de una maquiladora vecina. Están pesados. dijo el flaco reconociendo la calidad del equipo enemigo. Esos no son cholos de barrio. Traen visión térmica y rifles de asalto FN Scar. Si entramos por el frente nos hacen pedazos. El Chapo asintió. Tienen el perímetro asegurado, pero no saben que conocemos el edificio.
Ramón, ven acá. El ingeniero se acercó temblando de frío y miedo. Ramón, dijiste que había ductos de ventilación. ¿Dónde salen? En el techo, señor. Hay unas unidades de aire acondicionado industriales en la parte de atrás. Los ductos son grandes. Cabe una persona arrastrándose. Bajan directo al área de oficinas que está conectada con la bodega. Bien”, dijo el Chapo.
“Vamos a hacer esto, flaco. Tú y tu gente van a hacer ruido por el frente. Quiero que le peguen a ese BRCAT con todo lo que tengan. RPGs, granadas, lo que sea, que piensen que es un ataque frontal masivo. Mientras ellos se distraen defendiendo la puerta, yo entro con mis fantasmas y el cholo por el techo.
Bajamos por los ductos y les caemos por la espalda, ¿te parece?” El flaco lo miró con desconfianza. ¿Me estás pidiendo que sea el cebo? Te estoy pidiendo que seas el yunque mientras yo soy el martillo. Corrigió el Chapo. O si quieres entras tú por los ductos y yo hago el ruido. Me da igual, pero tenemos que decidir ya. El camión se está moviendo.
Efectivamente, abajo en el patio, el camión blanco comenzó a avanzar lentamente hacia el interior de la bodega. Las puertas enrollables grandes se estaban abriendo. Iban a meterlo para acceder a la rampa del túnel oculta adentro. Una vez que el camión entrara y bajaran la cortina, sería imposible detenerlos desde fuera.
Tienen 5 minutos antes de que ese camión desaparezca bajo tierra. El flaco escupió. Está bien, Chapo. Hacemos tu plan, pero si te pelas, te busco hasta debajo de las piedras. Plevada!”, gritó el flaco a sus hombres por el radio. “Preparen los tubos, vamos a despertar a estos gringos”. La operación Frontera Unida comenzó con el sonido sordo de un cohete RPG7 disparado por un sicario de los arellano desde la calle.
El proyectil cruzó el aire húmedo dejando una estela de humo y se impactó contra el costado del vehículo blindado Bearcat de los mercenarios. La explosión sacudió el barrio industrial. El blindado resistió la penetración, pero la fuerza del impacto aturdió a la tripulación y activó las alarmas de todos los coches en tres cuadras a la redonda.
Inmediatamente los hombres del flaco abrieron fuego con ametralladoras pesadas montadas en las camionetas, barriendo el patio y obligando a los mercenarios a buscar cobertura. Los francotiradores enemigos en el techo respondieron y se desató un infierno de trazadoras verdes y rojas cruzando la neblina.
Mientras el caos reinaba en el frente, el Chapo, el Cholo Iván y seis de sus mejores hombres corrían por los techos de las naves industriales vecinas, saltando de edificio en edificio como sombras letales. Llegaron al techo de la bodega objetivo. El ruido de la batalla abajo era ensordecedor, lo que cubría sus pasos.
Encontraron las unidades de aire acondicionado. El cholo sacó unas cisallas y cortó los candados de las rejillas de mantenimiento. Ramón tenía razón, los ductos eran amplios. El Chapo se metió primero, deslizándose por el metal frío y grasiento. El olor a polvo y a rata muerta era intenso. Avanzaron gateando, guiados por la luz tenue de sus lámparas tácticas.
Escuchaban los gritos y los disparos amortiguados por las paredes de lámina. Llegaron a una rejilla que daba al interior de las oficinas. Desde arriba el Chapo vio a tres mercenarios que estaban disparando por las ventanas hacia la calle, defendiendo la posición contra los Arellano. No miraban hacia arriba y mucho menos hacia atrás.
El Chapo empujó la rejilla con cuidado, cayó al suelo con un estruendo metálico que se perdió entre las explosiones de afuera. Saltó, aterrizó en el piso alfombrado de la oficina y antes de que los mercenarios pudieran girarse, abrió fuego. Tres disparos a la cabeza, rápidos, precisos. Los tres hombres cayeron. Despejado gritó.
El Cholo y los demás bajaron detrás de él. Salieron de la oficina hacia el pasillo que conectaba con la bodega principal. Al abrir la puerta hacia la nave principal se encontraron con una escena dantesca. El camión blanco estaba a la mitad de la bodega. La prensa hidráulica gigante que ocultaba el túnel ya había sido movida, revelando una rampa de concreto oscuro que descendía hacia las entrañas de la tierra.
El camión estaba maniobrando para entrar de reversa. Varios mercenarios estaban dirigiendo la maniobra mientras otros disparaban hacia la entrada principal donde los arellanos intentaban romper el perímetro. El Chapo vio a un hombre parado junto a la cabina del camión hablando por radio. No era Miller. Miller estaba con los Arellano como prisionero reeno al mando, un tipo barbudo con cicatrices de quemaduras.
“Paren ese camión!”, gritó el Chapo y su equipo abrió fuego desde la pasarela elevada de las oficinas. Los mercenarios en la bodega, sorprendidos por el ataque desde su retaguardia, cayeron en el pánico momentáneo. Varios fueron abatidos, sus cuerpos cayendo sobre las cajas y palets, pero el conductor del camión, protegido por el blindaje de la cabina, aceleró.
El motor diésel rugió y el camión se lanzó hacia atrás, entrando en la rampa del túnel. “Se nos va, Cholo. El lanzagranadas!”, gritó el Chapo. El yolo Iván disparó una granada de 40 mm hacia las llantas del camión, pero falló por poco explotando contra el marco de concreto de la entrada del túnel. El humo y el polvo cubrieron la entrada.
Cuando se disipó, el camión ya no estaba. Había entrado y lo peor estaba pasando. Las puertas blindadas del túnel, unas compuertas de acero hidráulico que Ramón había diseñado para evitar inundaciones y redadas se estaban cerrando lentamente. Si esas puertas se cerraban, el camión estaría sellado adentro, libre para avanzar hasta el punto de detonación bajo la garita y nadie podría entrar ni salir. Corran.
Hay que entrar antes de que cierre. El Chapo no lo pensó dos veces. Saltó desde la pasarela una caída de 3 m que le hizo crujir las rodillas al aterrizar en el concreto y corrió hacia la boca del túnel que se cerraba como las mandíbulas de un monstruo. Los mercenarios restantes intentaron detenerlo disparando, pero los fantasmas los barrieron con fuego de cobertura.
El Chapo corrió como nunca había corrido en su vida. Viendo có la rendija de luz se hacía más pequeña. El cholo iba detrás de él. “Jefe, espere, es una trampa”, gritaba el cholo. Pero el Chapo sabía que no había opción. Si el camión detonaba, morían todos de todas formas. Era mejor morir intentando detenerlo que morir de cáncer por radiación dos semanas después.
se lanzó en un deslizamiento de béisbol, justo cuando la compuerta estaba a medio metro del suelo. Su cuerpo pasó raspando el concreto. Sintió el aire comprimido de la puerta cerrándose sobre sus talones. El cholo se lanzó detrás de él y logró pasar justo antes de que el metal chocara contra el suelo con un clan definitivo y resonante que los dejó en la oscuridad absoluta y el silencio repentino, aislados del mundo exterior, aislados de la batalla, encerrados en un tubo de concreto con una bomba nuclear sucia y un equipo de mercenarios
suicidas. ¿Crees que el Chapo cometió un error al entrar al túnel sin salida o es el único acto de valentía que puede salvar la frontera? Deja tu comentario diciendo, “Si tú hubieras entrado y suscríbete, porque lo que pasa bajo tierra en el próximo capítulo te dejará sin aliento.” El Chapo encendió su linterna montada en el fusil.
El az de luz cortó la oscuridad viciada. El túnel era amplio, reforzado con vigas de acero y concreto, con luces de emergencia tenues en el techo que parpadeaban. El aire olía a diésel quemado, el rastro del camión que iba adelante. No se escuchaba el motor, lo que significaba que el túnel era largo y profundo. Estaban solos, él, el Cholo y dos sicarios más que habían logrado entrar.
Cuatro hombres contra la bomba. Jefe, estamos atrapados”, susurró el cholo, su voz resonando con eco. “La puerta no abre desde adentro sin código y el código seguro lo cambiaron. Solo hay una salida el otro lado, en San Diego, o detener el camión aquí.” El Chapo se levantó sacudiéndose el polvo. “Vamos con cuidado.
El camión no puede ir muy rápido aquí abajo, es estrecho. Los vamos a alcanzar.” Avanzaron trotando pegados a las paredes. El túnel descendía. Ramón había dicho que pasaba por debajo del canal del río Tijuana y luego subía hacia Otay Mesa en el lado americano. Era 1 km y medio de recorrido. Avanzaron 500 m. El calor aumentaba.
De repente vieron las luces traseras del camión a lo lejos. Se había detenido. ¿Por qué se detuvo? una falla mecánica o una emboscada. El Chapo hizo una señal de alto. Escucharon voces. Voces en inglés. Estaban bajando del camión. Arm the device, set timer for 10 minutes. We leave through the maintenance hatch. Armen el dispositivo. Temporizador a 10 minutos.
Salimos por la escotilla de mantenimiento. Iban a dejar el camión ahí a mitad del túnel. justo debajo de la línea divisoria internacional y escapar por una salida de servicio vertical que daba a algún alcantarillado pluvial. Iban a detonarlo ahí para colapsar la frontera desde abajo y contaminar los mantos freáticos. 10 minutos. El Chapo miró al cholo.
Ya no hay sigilo. Al ataque corrieron hacia el camión disparando. Los mercenarios que estaban manipulando unos cilindros metálicos en la parte trasera del camión abierto se sorprendieron. No esperaban que nadie hubiera entrado. Se desató un tiroteo a quemarropa en el túnel estrecho. Las balas rebotaban en las paredes de concreto haciendo un ruido infernal.
chispas volando por todas partes. Uno de los sicarios del Chapo cayó con un tiro en el pecho. El cholo abatió a un mercenario. El Chapo disparó contra otro que intentaba subir por una escalera de mano hacia una escotilla en el techo. El cuerpo cayó pesadamente. Quedaban dos mercenarios y el conductor se cubrieron detrás de las llantas del camión. “Ríndanse!”, gritó el Chapo.
“No tienen salida. El conductor, un hombre con cara de loco, sacó un control remoto. For the cause, por la causa, gritó y presionó un botón. Un pitido agudo comenzó a sonar desde la carga del camión. Bip, bip, bip. El temporizador no era de 10 minutos, eso era mentira para sus propios hombres. Era de mucho menos.
El Chapo vio un display digital rojo en uno de los contenedores de plomo. 03.0. 3 minutos. 3 minutos para la detonación. Los mercenarios restantes, al darse cuenta de que su propio jefe les había mentido sobre el tiempo para asegurar su suicidio, vacilaron. En esa vacilación, el cholo los mató. Pum, pum. Silencio.
Solo el bip, bip bip. El Chapo corrió hacia la parte trasera del camión. Había tres contenedores grandes con el símbolo de radiación y un dispositivo explosivo plástico C4 conectado a ellos con cables y una placa electrónica compleja. El Chapo no era ingeniero. Sabía de túneles, sabía de logística, sabía de personas, pero no sabía desactivar una bomba nuclear sucia.
Cholo, ¿sabes moverle a esto? El cholo negó con la cabeza pálido, con los ojos fijos en el contador. 0245. No, jefe, esto es tecnología militar. Si cortamos el cable equivocado, volamos. Necesitamos a Ramón. Ramón está fuera. sea. El Chapo miró a su alrededor. No podían desactivarla. No podían sacarla porque la puerta estaba cerrada y no podían huir lo suficientemente lejos.
En 2 minutos estaban muertos. El hombre más poderoso del narco iba a morir como una rata en su propio túnel. Pero entonces su mirada cayó sobre la cabina del camión. El motor seguía encendido, el camión funcionaba y la pendiente el túnel subía hacia el lado gringo. “Yolo”, dijo el Chapo con una idea loca formándose en su mente.
¿Dónde está la salida del lado gringo? En una bodega de alfombras en Otaia, California. Jefe, ¿a qué distancia? Como a 800 m. La puerta de allá está abierta o cerrada. Normalmente la tienen abierta cuando esperan carga para ventilación. Si está cerrada, nos estrellamos y explotamos aquí. Si está abierta salimos disparados hacia el estacionamiento gringo.
Y si explotamos allá arriba en el aire libre, la contaminación se dispersa con el viento, no se concentra en la tierra y el agua. Y salvamos el túnel y salvamos Tijuana. Es un riesgo suicida, jefe. Los gringos nos van a coser a balazos en cuanto salgamos. Prefiero morir peleando con gringos que morir por radiación aquí abajo. Dijo el Chapo. Súbete.
El Chapo subió al asiento del conductor del camión de 18 ruedas. El cholo subió al copiloto. El Chapo metió primera, soltó el freno de aire y pisó el acelerador a fondo. El camión rugió y comenzó a moverse, lento al principio, pesado por la carga de plomo. 021. Vamos, chatarra, corre!”, gritaba el Chapo cambiando de velocidades como un camionero experto.
El camión ganó velocidad en el túnel estrecho, los espejos laterales arrancándose contra las paredes de concreto, chispas volando, el motor aullaba. 0150. Iban a 80 km porh en un tubo subterráneo. El cholo se agarraba del tablero rezando. El Chapo tenía la mirada fija en la oscuridad. esperando ver luz, esperando ver la salida.
Si la puerta gringa estaba cerrada, se estrellarían a 100 por hora contra acero reforzado y la bomba detonaría por impacto. Sería el fin. 0130. De repente, una luz, un punto blanco al final del túnel. Está abierta. Está abierta, Cholo! Gritó el Chapo riendo con la euforia de la muerte burlada. Pero entonces vieron algo más.
En la luz de la salida había siluetas, vehículos, patrullas. Eran los gringos, CBP, Aise, SWAT. Estaban esperando la carga. Miller o alguien los había alertado. O quizás estaban ahí para interceptar la droga sin saber de la bomba. El camión salió disparado de la rampa del túnel hacia el interior de la bodega de alfombras en el lado americano, rompiendo palets y estantes, y siguió su inercia.
imparable hacia la puerta de cortina metálica que daba a la calle. Agárrate. El camión atravesó la cortina metálica como si fuera papel y salió volando hacia el estacionamiento exterior bajo el sol naciente de California. El camión aterrizó pesadamente, rompiendo la suspensión y se deslizó chillando hasta detenerse en medio de un círculo de patrullas americanas.
0045 45 segundos. Los policías gringos apuntaron sus armas gritando, “¡Hands up! H up!” El Chapo miró el contador, no había tiempo de explicaciones, abrió la puerta y saltó del camión jalando al cholo. “¡Corran! ¡Bomba! ¡Run! ¡Bom! Gritó en su inglés básico señalando el camión. Los policías, al ver el pánico genuino en los ojos de los dos mexicanos y ver los símbolos de radiación en la carga expuesta por el choque, entendieron el terror es un lenguaje universal. El círculo se rompió.
Los policías corrieron hacia sus patrullas retrocediendo. El Chapo y el Cholo corrieron hacia un muro de contención de concreto a 50 m. se lanzaron detrás de él justo cuando el contador llegó a 0000. El estruendo no fue una explosión de fuego hollywoodense, fue una detonación seca, potente, que rompió los contenedores y dispersó una nube de polvo grisáceo y brillante a gran velocidad.
La onda expansiva rompió los vidrios de las patrullas y de las bodegas cercanas. El polvo radiactivo se elevó en una columna sucia hacia el cielo, pero estaban al aire libre. El viento del oeste comenzó a empujar la nube hacia el desierto, lejos de la ciudad densa. Habían evitado lo peor. Habían sacado el veneno de la tierra. El Chapo, aturdido, cubierto de polvo, se levantó lentamente detrás del muro.
Escuchaba sirenas por todos lados, helicópteros. Estaba en suelo americano. Estaba desarmado. Estaba rodeado. Miró al Cholo. Lo logramos, compadre. Salvamos la plaza. El cholo sonrió débilmente, sangrando de la nariz. Pero nos van a agarrar, jefe. Estamos en el otro lado. El Chapo miró hacia la línea fronteriza, a solo 500 m, esa barda de metal oxidado que dividía sus dos mundos, tan cerca y tan lejos.
De repente, un vehículo civil, una camioneta Ford Bronco vieja frenó chillando junto a ellos. La puerta se abrió. “Súbanse rápido”, gritó el conductor en español. Era un hombre joven con tatuajes en el cuello, tatuajes del CAF. Los Arellanos tenían gente en el otro lado también. La tregua seguía vigente.
El flaco había cumplido su palabra hasta el final. Había mandado extracción de contingencia. El Chapo y el Cholo saltaron a la Bronco. El vehículo aceleró perdiéndose en las calles industriales de Otay Mesa, antes de que los federales pudieran cerrar el perímetro. Iban hacia una casa segura, iban hacia un túnel de regreso, uno que los gringos no conocían.
Mientras la camioneta se alejaba de la zona cero, el Chapo miró por la ventana, la nube tóxica que se alejaba. Había salvado a Angelito, había salvado el negocio y había sobrevivido a una bomba nuclear, pero sabía que esto no se iba a quedar así. Miller tenía jefes y esos jefes iban a estar muy muy enojados. La guerra contra la sombra acababa de empezar y lo que el Chapo encontró en el asiento trasero de esa Bronco, una carpeta olvidada con el logo de una corporación energética multinacional y una foto de la camioneta Ford Bronco de color rojo
oxidado con las placas de California vencidas y una suspensión que rechinaba como una cama vieja se deslizaba por las calles laberínticas de Otai Mesa como un fantas asma que huye del amanecer, esquivando las patrullas del Departamento de Policía de San Diego y las unidades negras tácticas de seguridad nacional que convergían hacia la columna de humo grisáceo que se elevaba perezosamente hacia el cielo.
Un monumento tóxico a la catástrofe que acababa de ser evitada por un pelo de rana calva. Joaquín Guzmán lo era, sentado en el asiento trasero junto a una caja de herramientas grasienta y una llanta de refacción desinflada, intentaba controlar su respiración sintiendo como el polvo radiactivo real o imaginario le picaba en la garganta y en los ojos.
A su lado, el Cholo Iván miraba por la ventana trasera con la paranoia de un animal acorralado, su mano aferrada a una pistola Glock 17 conductor del cártel de Tijuana le había pasado sin decir una palabra al subir. El conductor, un muchacho joven con la cabeza rapada y tatuajes de la Santa Muerte asomando por el cuello de su camiseta blanca, conducía con una calma sobrenatural, respetando los límites de velocidad y los altos para no llamar la atención en medio del caos de sirenas que aullaban por toda la ciudad.
La radio del vehículo estaba sintonizada en una estación de noticias local en inglés, donde una voz frenética reportaba una explosión química industrial mayor en el sector de bodegas y urgía a los residentes a cerrar ventanas y permanecer en sus casas. Nadie hablaba de bomba sucia todavía, nadie hablaba de terrorismo nuclear.
El mundo aún no sabía lo cerca que había estado de apagarse, pero el Chapo sí lo sabía y lo que más le inquietaba no era la radiación ni el FBI pisándole los talones, sino la carpeta de piel azul marino que había encontrado tirada en el asiento. una carpeta que evidentemente pertenecía al dueño original del vehículo o al contacto que coordinó el rescate y que llevaba impreso en letras doradas el logotipo de Orion Energy Corp, una multinacional energética con sede en Houston y Londres.
El Chapo abrió la carpeta con manos que todavía temblaban por la adrenalina del túnel. Lo que vio dentro hizo que se olvidara momentáneamente de que estaba en territorio enemigo siendo rescatado por el cártel rival. Había fotografías satelitales de alta resolución de la Sierra Madre Occidental, específicamente de la zona de Sonora y los límites con Sinaloa.
Había mapas geológicos marcados con zonas rojas y había un memorándum interno fechado hacía dos semanas dirigido al director de operaciones especiales, un tal Mr. Miller. El texto, en inglés técnico detallaba un plan llamado Proyecto Eclipse. El objetivo no era el terrorismo por el terrorismo mismo. El objetivo era provocar un cierre total de la frontera por tiempo indefinido mediante un incidente radiológico, lo cual colapsaría las acciones de las empresas mineras locales y permitiría a Orion Energy adquirir los derechos de explotación de los
yacimientos de litio más grandes del mundo a precio de remate, bajo la excusa de seguridad y remediación ambiental. El Chapo leyó y releyó el documento sintiendo una náusea profunda. No eran fanáticos religiosos, no eran ideólogos políticos, eran empresarios, eran hombres de traje y corbata que estaban dispuestos a irradiar una ciudad entera y matar a miles de personas solo para bajar el precio de una acción en la bolsa de valores de Nueva York.
Miller, el alacrán, el túnel, todo era parte de una adquisición hostil corporativa llevada al extremo genocida. El narco mataba por territorio y poder. Sí, pero esto esto era una maldad aséptica calculada en una hoja de cálculo. Una maldad que hacía parecer a los cárteles mexicanos como simples pandilleros de barrio.
Si quieres saber cómo el Chapo planea enfrentarse a una corporación global que tiene más dinero y poder que muchos gobiernos y ver si logra regresar a México para cumplir su promesa con el niño ciego, suscríbete al canal ahora mismo y activa las notificaciones, porque el final de esta historia te dejará helado. Bronco se detuvo frente a una casa de apariencia suburbana y aburrida en San Isidro, a escasos 2 km de la línea fronteriza.
El jardín estaba cuidado. Había una bicicleta de niño en la entrada y una bandera americana ondeando en el porche. La cobertura perfecta. Bájense rápido ordenó el conductor del CAF. Directo al garaje. El portón eléctrico se abrió y la camioneta entró, ocultándolos de la vista de un helicóptero policial que pasaba zumbando a baja altura.
Dentro del garaje no había herramientas de jardinería. Había un equipo de hombres armados con rifles de asalto cortos y chalecos antibalas. Eran gente de los Arellano Félix. El ambiente se tensó de inmediato. El Cholo Iván levantó su pistola, pero el Chapo le puso una mano en el brazo bajándosela. Tranquilo, Cholo. Si nos quisieran matar, ya lo hubieran hecho en la calle. Estamos aquí por negocios.
Un hombre mayor con canas y lentes se acercó a ellos. Bienvenidos al otro lado, señores. La jefa manda saludos. dice que el túnel de retorno está listo, pero que el peaje ha subido. El Chapo asintió. Dígale a Enedina que no se preocupe por el peaje. Lo que traigo en esta carpeta vale más que todo el dinero que hemos peleado en 20 años.
Los llevaron al sótano de la casa, donde detrás de una lavadora industrial se ocultaba la entrada a un túnel estrecho, mucho más modesto que el de Otai, un agujero de topo usado para mover dinero en efectivo hacia el sur. El descenso fue claustrofóbico. El aire olía a tierra húmeda y miedo. Tuvieron que arrastrarse sobre carritos de mecánico por un tubo de PVC reforzado de apenas 60 cm de diámetro durante 300 m interminables.
El Chapo sentía el peso de la tierra sobre su espalda, el peso de la edad y el peso de la verdad que acababa de descubrir. Al salir del otro lado, emergieron en el baño de una casa de seguridad en la colonia Libertad de Tijuana. El olor a drenaje, a tacos de asada y a smoke mexicano nunca le había parecido tan dulce.
Estaban en casa, o al menos en su país, en la sala de la casa sentada en un sillón de piel negra, estaba Enedina Arellano Félix, la narcomami, la contadora financiera que se convirtió en reina. Tenía una copa de vino tinto en la mano y una tablet en la otra, monitoreando las noticias. Joaquín, dijo sin levantarse, mirándolo con esos ojos fríos que habían visto caer imperios.
Veo que sobreviviste a tu excursión nuclear y veo que me debes un favor del tamaño de la catedral. El Chapo, sucio, cubierto de polvo radiactivo y sudor, se acercó y tiró la carpeta azul sobre la mesa de centro. No te debo nada, Enedina. Te acabo de salvar el negocio y te traje esto. Léelo. Es la razón por la que casi brillamos en la oscuridad hoy.
Enedina dejó la copa y abrió la carpeta. Mientras leía, su expresión cambió de la indiferencia a la ira contenida. Litio susurró, estos hijos de querían cerrar mi frontera por litio así es, confirmó el Chapo. Miller y sus mercenarios trabajan para Orion Energy. El alacrán era solo un idiota útil. Ellos nos ven como peones en Edina.
Nos dejan matarnos entre nosotros mientras ellos se llevan los recursos. Esta guerra ya no es entre tú y yo, es entre nosotros y ellos. Enedina cerró la carpeta de golpe. Tienes razón. Por esta vez te voy a dar paso libre hasta Sinaloa. Llévate a tu gente. Pero Joaquín, si vuelves a pisar Tijuana sin invitación, te mato.
El Chapo sonrió levemente. No te preocupes. Tengo suficiente trabajo en la sierra. Y en Nedina, gracias. El Chapo y el Cholo salieron de la casa escoltados por los hombres de Tijuana hasta una pista privada en las afueras de la ciudad, donde una avioneta limpia y con plan de vuelo falso ya los esperaba. El despegue fue suave y mientras el avión ganaba altura sobre el desierto de Baja California, el Chapo miró hacia abajo pensando en cómo el mapa del poder había cambiado en una sola noche.
Ya no bastaba con controlar las plazas. Ahora había que defender la soberanía del subsuelo. El regreso a Sinaloa fue silencioso. El Chapo durmió por primera vez en 48 horas. Un sueño profundo y sin sueños. Aterrizaron en la pista de la tuna mediodía. El sol brillante de la sierra los recibió.
Bajaron del avión y el aire limpio de la montaña llenó sus pulmones. Sus hombres, los que se habían quedado en la retaguardia, los recibieron con vítores discretos, aliviados de ver al patrón vivo. Pero el Chapo no fue a su casa, no fue a ver a sus mujeres ni a contar su dinero. Fue directo a las camionetas. Vamos al pueblo”, ordenó. “Vamos a buscar a Angelito y traigan a la quiero que esté presente.

” El convoy se dirigió hacia la clínica de Culiacán, donde habían llevado al niño y a su abuela. Pero el médico les informó por radio que ya habían sido dados de alta y trasladados de regreso a su casa, ahora protegida por sicarios del cártel, porque el niño insistía en que quería estar en su hogar. El Chapo ordenó cambiar el rumbo hacia el pueblo polvoriento donde había empezado todo.
Al llegar, la escena era muy diferente a la del día anterior. La casa de lámina y cartón de angelito estaba rodeada de gente, vecinos, curiosos y hombres armados del cártel que montaban guardia. Pero también había albañiles trabajando, hombres del pueblo que, al saber que el Chapo había apadrinado al niño, se habían puesto a levantar muros de ladrillo, a colar un techo de concreto, a construir una casa digna donde antes había miseria.
Cuando la camioneta del Chapo se detuvo, el silencio se hizo total. El Chapo bajó, esta vez sin armas visibles, vestido con una camisa limpia que le habían traído en el avión. caminó hacia la entrada. Angelito estaba sentado en una silla de plástico nueva con unos lentes oscuros que le cubrían los ojos quemados escuchando el ajetreo de la construcción.
A su lado estaba su abuela y un hombre, un hombre flaco con marcas de golpes recientes en la cara, que lloraba en silencio abrazando al niño. Era Ramón. Había llegado antes en otro vehículo de seguridad. La familia estaba reunida. El Chapo se acercó. Angelito dijo suavemente. El niño levantó la cabeza reconociendo la voz al instante. Señor, señor Joaquín regresó.
Angelito intentó levantarse, pero el Chapo le puso una mano en el hombro para que se quedara sentado. Sí, hijo. Regresé y te traje a tu papá. Ramón se puso de pie y miró al Chapo con una mezcla de gratitud y vergüenza. Patrón. Yo yo les dije del túnel, perdóneme, me quebraron los dedos. El Chapo negó con la cabeza y abrazó al hombre.
No pidas perdón, Ramón. Hiciste lo que tenías que hacer para sobrevivir y gracias a lo que dijiste, salvamos a mucha gente. Eres un héroe, no un traidor. Ramón rompió a llorar, soltando toda la tensión acumulada. El Chapo se volvió hacia el niño. Angelito, te prometí que el hombre de las botas de víbora no te volvería a molestar y te prometí justicia.
Cholo, tráelo. Dos sicarios arrastraron a Rogelio el alacrá desde la camioneta trasera. Estaba deshecho, sucio, ensangrentado, con las rodillas vendadas, un espectro del hombre arrogante que había sido. Lo tiraron al suelo frente al angelito. El niño percibió el olor. Olía a miedo, a sangre seca y a esa loción barata que se le había quedado impregnada en la memoria olfativa junto con el ácido.
Es él, susurró angelito retrocediendo en su silla. Es el alacrán. El Chapo sacó su pistola, pero no para disparar. Se la puso en la mano a Ramón. Ramón, este hombre quemó los ojos de tu hijo. Este hombre te vendió a los extranjeros. La ley de la sierra dice que la sangre se paga con sangre. Es tu derecho. El pueblo entero contuvo la respiración.
Ramón sostuvo el arma pesada, le temblaba la mano, miró a la lacrán que lloraba suplicando piedad en silencio, con los ojos desorbitados. Ramón miró a su hijo ciego, miró su casa en construcción y luego miró al Chapo. Patrón, si lo mato, mi hijo va a oler la pólvora y la sangre en mis manos para siempre.
Yo no soy un asesino, yo soy un constructor. No quiero que mi hijo crezca con un padre manchado. El Chapo asintió respetando la decisión. Ramón tenía una dignidad que muchos reyes envidiarían. Está bien, Ramón, tú construyes. Nosotros limpiamos. El Chapo tomó el arma de regreso. Se volvió hacia la multitud de vecinos que observaba. Señores”, gritó el Chapo.
“Este hombre abusó de su pueblo, les cobró piso, les robó, lastimó a sus hijos. La justicia oficial no existe aquí. Aquí la justicia somos nosotros. ¿Qué hacemos con él?” Un murmullo recorrió la multitud. Alguien gritó, “¡Quémenlo.” Otro gritó, “¡Cuélguenlo, pero una anciana, la abuela de angelito, se levantó.” No, dijo con voz firme, que trabaje, que trabaje hasta que se le caigan las manos, que reconstruya todo lo que rompió, que sea el esclavo del pueblo hasta que se muera. El Chapo sonríó.
Era una sentencia más cruel que la muerte para un hombre vanidoso como el Alacrán. Así sea, dijo el Chapo. Cholo, encadénalo. Ponle un grillete en el pie. A partir de hoy, este hombre es propiedad de la comunidad de Badirahuato. Va a mezclar cemento, va a cargar piedras, va a limpiar corrales y si intenta escapar, entonces sí que se lo coman los perros.
¿Crees que el castigo del laacrán fue justo o merecía algo peor? Deja tu opinión en los comentarios y dinos crees en la justicia del pueblo. El Chapo se acercó a Angelito una última vez. Hijo, hablé con unos doctores en Europa. Hay un tratamiento nuevo con células madre y retinas electrónicas. No te prometo que vas a ver como antes, pero tal vez puedas ver sombras, luces, formas.
El avión está listo cuando tú digas, “Yo pago todo.” Angelito sonríó. una sonrisa pura que iluminó su rostro marcado por las cicatrices. Gracias, señor Joaquín, pero primero quiero aprender a hacer bien las tortillas. Mi tata ya volvió y me tiene que enseñar el punto exacto de la masa. Después vemos lo de los ojos.
El Chapo sintió un nudo en la garganta. Ese niño tenía más sabiduría en su oscuridad que todos los políticos en sus palacios de cristal. Está bien, hijo. Aquí voy a estar. Cuídate. El Chapo subió a su camioneta. El convoy se alejó dejando atrás al pueblo que celebraba, a la familia reunida y al laacrán, cargando su primer saco de cemento bajo la vigilancia de los vecinos armados con palos.
Mientras la camioneta subía de nuevo hacia el refugio inexpugnable de las montañas, el Chapo sacó la carpeta de Orion Energy una vez más. Miró el mapa de los yacimientos de litio. Miró los nombres de los ejecutivos. Miller era solo un contratista. Los verdaderos jefes estaban en rascacielos en Nueva York y Londres. Esta gente había intentado destruir su país y su negocio por una ganancia trimestral.
El Chapo sacó un teléfono encriptado nuevo y marcó un número que solo usaba en casos de guerra total. Era el número de sus contactos en Asia. los proveedores de precursores químicos, pero también los expertos en ciberguerra y sabotaje industrial. “Señor Guzmán”, contestó una voz en mandarín. “Necesito un favor”, dijo el Chapo.
“quiero que investiguen a una empresa llamada Orion Energy. Quiero saber dónde están sus oleoductos, sus refinerías, sus minas en Sudamérica y quiero saber quiénes son sus directores y dónde viven sus familias.” Sí, señor. ¿Cuál es el objetivo? El objetivo es enseñarles que nadie juega con Sinaloa, respondió el Chapo mirando el atardecer rojo sangre sobre la Sierra Madre.
Vamos a hacer que sus acciones bajen, pero no por el mercado. Van a bajar porque vamos a desmantelar su empresa tornillo por tornillo. Empiecen la operación. El Chapo colgó y cerró los ojos, escuchando el zumbido de los neumáticos sobre el asfalto. La vida del narco nunca termina. resuelves un problema y aparecen dos más grandes.
Pero mientras tuviera la lealtad de la gente como angelito, mientras tuviera el respeto de sus enemigos como Enedina, y mientras tuviera la astucia para sobrevivir a bombas atómicas y mercenarios, Joaquín Guzmán lo era, seguiría siendo el rey. La lacrán había aprendido a ver la oscuridad, pero el Chapo, el Chapo había aprendido a ver a través de ella y lo que veía venir era una guerra nueva, una guerra corporativa donde los sicarios usarían trajes y las balas serían digitales, pero la sangre, la sangre seguiría siendo tan roja y real como
siempre. y él estaba listo. Si te ha impactado esta historia de supervivencia, justicia y poder oculto y quieres seguir descubriendo los secretos más profundos del mundo del narco, suscríbete al canal ahora mismo, deja tu like y comparte este video con todos tus conocidos. Nos vemos en la próxima historia. La leyenda continúa.