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ATAHUALPA: THE LAST INCA AND THE END OF AN EMPIRE

En las cumbres de los Andes, donde el aire se vuelve delgado y las montañas parecen tocar el firmamento, se extendía un imperio que dominaba territorios inmensos desde el actual Ecuador hasta el centro de Chile. Antes de comenzar con esta épica historia que cambió el destino de la humanidad, recuerda suscribirte para apoyar nuestro canal y seguir creando documentales.

Así continuemos. Este vasto dominio, conocido por sus habitantes como Tawuantinsu, los cuatro suyos unidos, representaba una de las civilizaciones más sofisticadas del continente americano. Su red de caminos atravesaba geografías imposibles. Sus terrazas agrícolas desafiaban la gravedad en las laderas montañosas y su organización social permitía alimentar y administrar a millones de personas sin conocer la escritura alfabética ni la rueda.

Sin embargo, en las primeras décadas del siglo XV, este poderoso imperio enfrentaría una serie de calamidades encadenadas que conducirían a su desintegración. Primero una epidemia devastadora, después una guerra civil fratricida y finalmente la llegada de extranjeros barbudos montados en animales desconocidos que traerían consigo el colapso definitivo de un mundo milenario.

La historia del último gobernante Inca comienza paradójicamente con la prosperidad. Hacia el año 1493, Waina Kapak asumió el trono del Twantinsu como el duodécimo emperador de una dinastía que se remontaba al legendario Manco KAC. Durante su largo reinado, Juainak expandió las fronteras imperiales hacia el norte, incorporando territorios en lo que hoy constituye Ecuador y estableció una segunda capital en Quito que rivalizaba en importancia con el sagrado Cuzco.

Este emperador conquistador pasaba largas temporadas en sus campañas militares del norte, donde conoció a Tupakpacia, una princesa de Quito, de quien se enamoró profundamente. De esta unión nació alrededor del año 1500 un niño que recibiría el nombre de Atahualpa. El nacimiento de Atahualpa en Quito, lejos de la capital sagrada del Cuzco, tendría consecuencias trascendentales para su futuro y para el destino del imperio.

Según las costumbres sucesorias incas, el título de Sapa Inca, el emperador no se transmitía automáticamente al hijo mayor, sino que el gobernante elegía entre sus numerosos vástagos a aquel que consideraba más capaz para dirigir el imperio. Esta flexibilidad en la sucesión pretendía garantizar que los gobernantes más competentes accedieran al poder, pero también creaba incertidumbre y rivalidades potenciales entre los múltiples hijos que cada emperador tenía con sus numerosas esposas y concubinas.

Guain Kak tenía otro hijo, Hascar, nacido en el Cuzco de Raura Oyo, quien era considerada su esposa principal. Según algunos cronistas, la legitimidad de Hascar como heredero parecía más sólida debido a su nacimiento en la capital sagrada y al estatus de su madre. Mientras Atahualpa crecía en los Palacios de Quito, acompañando frecuentemente a su padre en las campañas militares del norte, desarrollaba las habilidades de un guerrero y estratega.

Las crónicas señalan que participó activamente en las batallas contra los Caranguis, pueblos rebeldes del norte que ofrecían feroz resistencia a la expansión inca. Esta educación militar práctica forjaría el carácter de Atahualpa y le ganaría la lealtad de los veteranos ejércitos del norte, especialmente de generales experimentados como Calcuchimac, Kisk y Rumiñawi, quienes se convertirían en sus más fieles comandantes durante los conflictos venideros.

Sin embargo, en 1525, cuando Atahualpa tenía aproximadamente 25 años, una calamidad inesperada sacudió los cimientos del imperio. Wainakapacak, el poderoso emperador que había expandido las fronteras del Tahuantinsu, más allá de lo que ningún gobernante anterior había logrado, enfermó repentinamente de una dolencia desconocida que lo consumió en pocos días.

Los síntomas que describen las crónicas con erupciones cutáneas y fiebres altísimas sugieren que se trataba de Viruela, una enfermedad europea que había llegado al continente con los primeros conquistadores en el Caribe y que se propagaba como un incendio invisible mucho antes de que los propios españoles pisaran territorio inca.

La epidemia no solamente se llevó la vida del emperador, sino que devastó a la población del Tantinsuyu. En un territorio que carecía de inmunidad contra las enfermedades del viejo mundo, la viruela se extendió siguiendo los mismos caminos que habían sido construidos para facilitar la administración imperial. Los chasquis, los veloces mensajeros que corrían de un tambo a otro llevando noticias y órdenes, transportaban ahora, sin saberlo, un enemigo microscópico que resultaría más mortífero que cualquier ejército. Las estimaciones sugieren que

aproximadamente la mitad de la población del imperio pereció durante los años siguientes a causa de esta primera oleada epidémica. Comunidades enteras fueron diezmadas. La producción agrícola se desplomó al faltar brazos para trabajar los campos y la estructura administrativa del imperio comenzó a resquebrajarse.

La partida de Wiinapac desencadenó inmediatamente el problema sucesorio que había permanecido latente. Según algunas versiones, el emperador moribundo había expresado su deseo de que el imperio se dividiera, dejando a Huáscar el gobierno del Cuzco y del sur, mientras que Atahualpa recibiría Quito y los territorios del norte.

Sin embargo, esta división resultaba profundamente problemática. El tauantín Suyu se había construido sobre el principio de unidad bajo un solo sapa incaficaba la conexión entre los mundos divino y humano. Dividir este imperio no era simplemente repartir territorios, sino fracturar la concepción misma del orden cósmico que sustentaba la civilización Inca.

Inicialmente después de la ceremonia fúnebre de Waina Capac, cuya momia fue trasladada desde Quito hasta el Cuzco en una procesión que paradójicamente continuó esparciendo la epidemia, ambos hermanos parecieron aceptar un arreglo provisional. Hascar fue coronado como sapa inca en el Cuzco con todos los rituales tradicionales, mientras que Atahualpa gobernaba el norte desde Quito con cierto grado de autonomía.

Durante aproximadamente 4 años, esta situación se mantuvo en un equilibrio precario, aunque las tensiones aumentaban progresivamente. Las causas profundas del conflicto que eventualmente estallaría entre los hermanos trascendían las ambiciones personales. El Imperio Inca enfrentaba tensiones estructurales que la epidemia había exacervado dramáticamente.

La expansión rápida de las décadas previas había incorporado numerosos pueblos que mantenían resentimientos contra el dominio cuzqueño  y que esperaban cualquier signo de debilidad para revelarse. Las distancias enormes entre el Cuzco y las provincias más remotas dificultaban la comunicación y el control a pesar de la eficiencia del sistema de chasquis.

Por otra parte, las panacas, los linajes nobles descendientes de los emperadores anteriores, competían entre sí por poder e influencia en el Cuzco. Y cada una de estas familias aristocráticas tenía sus propias preferencias sobre quién debía gobernar. Hascar, instalado en el Cuzco, aparentemente comenzó a implementar reformas que amenazaban los privilegios tradicionales de las panacas.

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