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Antes de morir, su nieto le dejó una llave y dijo Lleva el frasco, ve sola — lo que encontró no…

En la calle de las Magnolias, en la parte alta de Tlalpuja, donde el empedrado se vuelve más viejo y las casas de cantera tienen los techos a dos aguas cubiertos de teja roja, oscurecida por las lluvias del vajío, había una casita de muros encalados con una puerta de madera de tejocote ennegrecida por los años.

La ventana del frente tenía una reja de hierro forjado con dos vueltas torcidas, una grieta finita en el dintel y al lado del escalón de entrada una maceta vieja de barro donde alguna vez hubo geranio y ahora apenas quedaba la tierra apelmazada. Atrás de la casa, bajando una pendiente de piedra suelta, se abría un patio chico con un nogal viejísimo, una pila de cantera con musgo verde por los lados y más allá los tejados rojizos del pueblo, que iban resbalando ladera abajo hasta perderse en la bruma de las minas viejas.

Desde el patio, en las mañanas claras de noviembre se alcanzaba a ver el campanario de la parroquia de San Pedro y San Pablo, y más lejos, recortados contra el cielo limpio, los cerros donde antes hubo extracción de oro y plata, y donde ahora no más quedaban las cicatrices del socabón hundido, fue en esa casita, en 1952, cuando ella tenía apenas 16 años, que edubiges Resendis Quintana llegó a vivir tras casarse con Macario Mendoza.

un muchacho del taller de ojalatería de la calle del Carmen que le llevaba 7 años y que la quiso desde el primer baile de la fiesta del Señor del Monte. Ahí parió a sus tres hijos, a Albina, la mayor, a Procopio, el de en medio, que se fue a Morelia y no más regresaba en Navidad, y al chiquito, que se llamaba Maximiliano, y que se le murió de pulmonía a los 4 años, en el invierno duro del 68, cuando todavía no había carretera buena para bajar al hospital de Marabatío, Macario murió en 1999 de un infarto fulminante mientras

soldaba una pieza de cobre en el taller. 25 años llevaba viuda Edues. La casa siguió igual. Los muros encalados se siguieron encalando cada año en marzo. La maceta del geranio se fue secando despacio y en la mesa de la cocina, junto al fogón de leña que ella todavía prefería al de gas, siempre estuvo el mismo frasco de vidrio, un frasco grande y panzón, de los que antes traían dulces enchilados con la tapa metálica oxidada en los borges.

Adentro guardaba los pedazos. La mañana del lunes 14 de noviembre, Edubijes estaba sentada en la silla de palo de la cocina, mirando la pared sin mirarla. Tenía 72 años cumplidos en septiembre. Tomaba un café de olla aguado, endulzado con piloncillo y mordía despacio un pedazo de cocol que había comprado el sábado en la panadería de doña Viviana.

Los dientes ya no le aguantaban la corteza dura, así que mojaba el Col en el café antes de llevárselo a la boca. Afuera en la calle se oía el rebuznar de un burro que subía cargado de leña y más lejos el campaneo desganado de la parroquia anunciando las 7: el frasco de los pedazos estaba donde siempre, en la repisa de arriba del fogón, al alcance de la mano, si se subía al banquito, adentro, juntados a lo largo de 19 años, había cientos de pedacitos de esferas de Navidad rotas, trozos de vidrio soplado, escarchados, dorados, plateados,

rojos, azul cobalto, verde botella, algunos con el listoncito todavía pegado, otros no más esquirlas de la mitad de una esfera quebrada en el suelo. Pesaba el frasco, eso lo sabía bien. Lo había levantado el sábado para limpiar la repisa y había sentido el peso muerto del vidrio acumulado como si fueran piedras chiquitas de río.

Faltaban dos días para los 40 días. Hilario Bartolomé Mendoza Resendis, su nieto, había muerto el 6 de octubre en la carretera que va de Tlalpuja a El Oro, cuando la camioneta de Redilas en la que viajaba con un compadre se salió en la curva del kilómetro 12. El compadre se salvó. Bartolo, como le decían en la familia desde que estaba chiquito, no tenía 27 años.

Era el hijo mayor de Alvina, el primer nieto de Edues y el que más se le pegaba a la abuela desde que aprendió a caminar. Cuando Alvina entraba a trabajar al expendio de pan a las 5 de la mañana, dejaba a Bartolo en la casa de la calle de las Magnolias y ahí se quedaba el niño hasta que iba a la escuela. Después, ya saliendo, regresaba a comer con la abuela porque a Albina le tocaba turno doble.

Así durante toda la primaria. Bartolo aprendió a partir tortillas en el comal de la abuela, a bajar el café del trastero alto, a juntar el agua del algiibe cuando se iba la del tubo y aprendió también a romper esferas. Pasó un sábado de noviembre cuando Bartolo tenía 8 años recién cumplidos. Edubijes estaba sacando del baúl las cajas de esferas para armar el árbol.

En Talpuyahwa todo mundo sabe que las esferas son el orgullo del pueblo. En los talleres del Carmen, de las tinajas y de la calle Allende se soplan a mano desde hace más de medio siglo. Y cada casa de por aquí tiene cajas y cajas de esferas guardadas, algunas heredadas de los abuelos. La que se le cayó a Bartolo era una esfera vieja de un rojo profundo con escarcha dorada en espiral que Macario le había regalado a Edubijes en el primer año de casados.

El niño la sostuvo un momento, se le resbaló de los deditos sudados y reventó en el piso de mosaico con un ruidito seco que sonó más feo de lo que en verdad sonó. Bartolo se quedó parado, las manos abiertas, la cara descompuesta, mirando los pedazos como si hubiera matado algo. Edubijes no le dijo nada, se hincó.

recogió los pedazos uno por uno en el cucharón de la basura y cuando ya iba a tirarlos, el niño le agarró el brazo y le dijo con esa seriedad rara que tenía a veces, que no los tirara, que ella los guardara, porque él iba a juntar todos los pedazos de las esferas que se rompieran de aquí en adelante.

Todos, para algo, no sabía para qué, pero que se los guardara. Edubiges enjuagó un frasco de Herber que tenía en la alacena, demasiado chico. Buscó otro, un frasco grande de dulces enchilados que había estado vacío detrás del refrigerador. Ese sí echó adentro los pedazos de la esfera roja. Bartolo se quedó tranquilo.

La abuela tapó el frasco y lo puso en la repisa del fogón. Pensó que se le iba a olvidar al niño al día siguiente. No se le olvidó. Cuando se rompía cualquier esfera en la casa, ya fuera por descuido, por un golpe del gato o porque las viejas se ponían frágiles con el tiempo, Bartolo recogía los pedazos, los soplaba para quitarles el polvo y los echaba en el frasco.

Cuando iba a casa de su mamá o de su tía Florencia y se rompía algo allá, también traía los pedazos en una servilleta de papel. En la escuela, alguna vez un compañero rompió una esfera en el festival de sembrino y Bartolo se llevó los pedazos. Le decía a la abuela, “Es para cuando esté grande, a Bué. Voy a hacer algo con todos los pedazos.

” Y ella, que no creía que el muchacho fuera a hacer nada con esos vidrios rotos, le contestaba, “Sí, mi hijo. Sí, mientras lo dejaba ponerlos en el frasco. Porque quitárselos hubiera sido decirle al niño que sus cosas no valían. Pasaron los años, Bartolo terminó la secundaria en Talpuja.

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