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TESTIMONIO: Hijo de pastor anticatólico… lo que vi en esa iglesia no tiene explicación

Pero la luz que yo tenía era fría, no calentaba nada por dentro. A medida que fui creciendo, esa rigidez empezó a agrietarme. En Texas el calor del verano te agota, pero el calor de una religión basada en el no hagas, no mires, no sientas te termina secando el alma. Yo cumplía.

 Iba a los cultos, levantaba las manos, cantaba los himnos que conocía de memoria, pero por dentro era como esos campos de pasto quemado que rodean nuestro pueblo, amarillento, seco, esperando un incendio que terminara de arrasar con todo. Mi madre era la única nota distinta en esa sinfonía de prohibiciones. Ella nunca discutía con mi padre.

 Ella se sentaba en la primera fila con su Biblia desgastada en el regazo y asentía cada palabra que él lanzaba desde el estrado. Pero a veces, cuando estábamos solos en la cocina o cuando me arropaba de niño, yo sentía en ella una suavidad que no venía de los sermones de mi padre. Había algo en su forma de mirar las flores o de consolar a una vecina que no encajaba con la severidad de nuestra doctrina.

 Ella tenía un secreto, un espacio en su corazón que mi padre no había podido colonizar con su rigidez. Llegué a los 25 sintiéndome un extraño en mi propia piel. Trabajaba en el rancho, lidiaba con animales, con la tierra. Y me gustaba porque el ganado no te juzga, no te pide que seas un ejemplo de santidad. Pero los domingos seguían siendo esa tortura silenciosa de aparentar lo que ya no sentía.

 Mi fe se había convertido en un traje que me quedaba chico, que me apretaba las costuras y me impedía respirar. Aquel domingo de agosto, el cielo se despertó con un color extraño. Era un gris plomo, pesado como si las nubes estuvieran cargadas de plomo en lugar de agua. El calor era sofocante, de esos que te hacen sentir que el aire no llega a los pulmones.

 Mi padre ya se había ido temprano a preparar el templo. Yo me estaba calzando las botas cuando vi a mi madre parada en el marco de la puerta. No tenía su vestido habitual de los domingos para el culto. Tenía puesto un chal sencillo y en sus ojos había una determinación que nunca antes le había visto. Javier me dijo y su voz no tembló. Hoy no voy a ir con tu padre.

Quiero que me acompañes a la misa de las 10. Se me cayó el alma a los pies. Si mi padre se enteraba, no solo sería una discusión, sería una declaración de guerra. ¿Estás loca, mamá? ¿Sabes lo que él dice? ¿Sabes lo que pensamos de ese lugar? Es idolatría. Es no me dejó terminar.

 Se acercó y me puso una mano en la mejilla. Estaba fría a pesar del calor afuera. No te pido que creas, Javier. Te pido que me acompañes. Siento que hoy, hoy necesito estar allí y no quiero entrar sola. No sé que vi su mirada. Quizás fue mi propio cansancio reflejado en ella. Quizás fue el deseo inconsciente de romper algo, de ver qué pasaba si por una vez desafiaba la gravedad de mi educación. Acepté.

 Lo hice con un nudo en el estómago, sintiéndome como un traidor, como alguien que camina voluntariamente hacia el precipicio. Caminamos las cinco calles que separaban nuestra casa de la parroquia católica en un silencio absoluto. El viento empezaba a levantarse, arrastrando remolinos de polvo por las aceras. La gente se apuraba a entrar en los edificios presintiendo la tormenta que se avecinaba.

Cuando llegamos a la puerta de madera pesada de la iglesia de San Judas, me detuve. El olor a incienso salió a recibirme. Ese olor que mi padre siempre describía como el perfume del engaño. Entré con la cabeza baja, tratando de ser invisible, con los hombros tensos, esperando que un rayo cayera del cielo para castigar mi osadía.

 Me senté en el último banco, lo más cerca posible de la salida. Miré a mi alrededor con ojos críticos, buscando confirmar todos mis prejuicios. Vi las imágenes en las hornacinas, las velas encendidas que parecían pequeños gritos de luz en la penumbra y al fondo, presidiéndolo todo, esa figura de la Virgen que tanto me habían enseñado a rechazar.

 Me sentía sucio, me sentía fuera de lugar. Observaba a las personas persignarse y sentía una mezcla de irritación y curiosidad. ¿Qué buscaban aquí? ¿Por qué se veían tan en paz mientras yo sentía que me estaba desintegrando por dentro? Mi madre a mi lado se arrodilló con una naturalidad que me asustó. Parecía que llevaba toda la vida esperando ese momento.

Afuera, el primer trueno sacudió las paredes de piedra. No fue un trueno cualquiera, fue un estallido que pareció nacer del suelo mismo. La luz de las vidrieras se oscureció de golpe, dejando el interior de la iglesia sumido en una luz violácea y extraña. Empezó a llover, pero no era lluvia, era un diluvio que golpeaba el techo con una violencia animal.

 En ese momento, entre el sonido del agua y el murmullo de los fieles que empezaban la oración, sentí que algo se rompía. No era solo la tormenta fuera, era algo dentro de mí. una presión en el pecho que no me dejaba estar sentado, una inquietud que me decía que ese domingo no terminaría como todos los demás. Yo pensaba que el peligro estaba en las imágenes o en el rito que no comprendía.

No tenía idea de que el verdadero peligro, la verdadera sacudida, estaba a punto de entrar por la puerta principal, galopando entre los truenos. Porque mientras el sacerdote salía al altar, un ruido distinto se filtró por encima del vendaval, un sonido de cascos golpeando el asfalto con furia, un relincho que no sonaba miedo, sino a una agonía salvaje.

Y yo, que conocía bien a los animales del condado, supe antes que nadie que lo que se acercaba a la iglesia no era un milagro, sino una tragedia con cuatro patas que nadie, absolutamente nadie, podría detener. Aquel caballo, el mismo que había dejado a tres hombres liciados en el rancho de los Miller, estaba suelto y venía directo hacia nosotros.

El piso de madera de la parroquia, que ya crujía con el peso de los años, empezó a vibrar de una forma que no tenía nada que ver con el viento. Era una percusión rítmica, pesada, un galope que se sentía en las plantas de los pies antes de escucharse con claridad. Yo me quedé petrificado.

 En mi casa, mi padre siempre decía que los templos católicos eran lugares de tinieblas. Y en ese segundo de pánico, mi mente infantil y prejuiciosa pensó que quizá el viejo tenía razón. Pensé que el juicio de Dios estaba cayendo sobre nosotros o que algo maligno estaba reclamando ese espacio. La gente a mi alrededor empezó a murmurar.

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