La música popular colombiana atraviesa uno de sus capítulos más oscuros y dolorosos. La noticia que nadie quería escuchar se confirmó, dejando un vacío inmenso en los escenarios, en las carreteras que tanto recorrió y, sobre todo, en el corazón de su familia y sus millones de seguidores. Yeison Jiménez, el joven que pasó de los mercados de abastos a convertirse en el máximo exponente de su género, se ha ido de manera repentina, dejando tras de sí un legado de superación y canciones que ahora resuenan con una melancolía profunda.
En medio del caos y la tristeza que embarga al país, la voz de su madre, Luz Mary Galeano, ha surgido para ofrecer un testimonio que estremece hasta los huesos. No se trata solo de la pérdida de un artista de talla internacional, sino del adiós de un hijo sensible que, según sus propias palabras, parecía presentir que su tiempo en este mundo estaba contado. Luz Mary, con la fortaleza que solo una madre puede encontrar en la tragedia, reveló que su hijo venía experimentando sueños recurrentes y p
erturbadores que hoy cobran un significado aterrador.
Según el relato de Luz Mary, Yeison le había confiado en varias ocasiones que soñaba con un accidente aéreo. En sus visiones, se veía a sí mismo como protagonista de una tragedia que luego aparecía en todos los noticieros. Lo que el artista intentaba manejar como un miedo pasajero fruto del cansancio y de los constantes viajes en avioneta, para su madre era una señal de alerta constante. Esa angustia en el pecho, esa corazonada que nunca la abandonaba, se convirtió en una realidad devastadora el día que el destino decidió cerrar el camino del intérprete de “Aventurero”.
El día del accidente, Yeison viajaba como siempre: con la responsabilidad de quien sabe que miles de personas lo esperan para cantar. Acompañado por su manager y su equipo de confianza, personas que eran más que trabajadores, eran su familia de ruta, emprendió ese trayecto sin imaginar que los aplausos de la noche anterior serían los últimos. La noticia de su partida detuvo el tiempo para una nación que vio en él un ejemplo vivo de que los sueños, con disciplina y verdad, se pueden alcanzar.

Desde muy joven, Yeison entendió que cantar música popular era contar realidades. Su voz rasgada y su honestidad absoluta lo conectaron con la gente común porque él mismo venía de ahí. Luz Mary recuerda con orgullo cómo su hijo se abrió camino a pulso, grabando sus primeras canciones con la incertidumbre de quien no sabe si será escuchado, pero con la fe inquebrantable de quien ha nacido para esto. Temas como “Te deseo lo mejor” fueron solo el inicio de una carrera meteórica que lo llevó a llenar el Estadio El Campín, un hito histórico para un género que durante décadas fue subestimado por las élites.
Sin embargo, detrás del brillo de la fama y las luces de los estadios, existía un hombre que sentía el peso de la responsabilidad. Yeison vivía a un ritmo acelerado, entregado por completo a su público, pero siempre regresaba al refugio de los consejos de su madre. Luz Mary cuenta que, en la intimidad de su hogar, su hijo le confesaba que la fama no lo hacía sentir invencible. El miedo también lo acompañaba, y quizás por eso buscaba la protección de la voz materna antes de cada vuelo, como si en ese contacto telefónico encontrara un amuleto contra el destino que tanto temía.
La tarde en que se confirmó el siniestro, una oscuridad profunda cayó sobre el alma de sus fanáticos. Las redes sociales se inundaron de mensajes de incredulidad y dolor. No era solo la pérdida de un cantante, era la partida de un referente para la juventud, de un hombre que se ganó el cariño de la gente porque nunca fingió ser alguien distinto. Su disciplina era legendaria; era incapaz de fallarle a su público, y fue precisamente en el cumplimiento de esa labor donde la vida se le escapó en cuestión de instantes, lejos de los escenarios que tanto amaba.
Hoy, las autoridades continúan con las investigaciones para determinar las causas técnicas de lo sucedido, pero para su familia, los detalles mecánicos importan poco frente al vacío del hogar. Luz Mary prefiere recordar al niño inquieto que ayudaba en la casa, al compositor que transformaba las historias de la calle en versos inmortales y al hijo que siempre la llamaba para decirle que todo el sacrificio había valido la pena. La imagen de Yeison perseverante, del hombre que nunca dejó de ser quién era a pesar del éxito, es la que quedará sembrada en la memoria colectiva.
Las imágenes del lugar del accidente, esas que nadie quisiera ver, se han quedado grabadas en la retina de un país que hoy llora a uno de sus hijos más queridos. Para Colombia, fue un golpe seco; para su madre, fue el instante en que el mundo se partió en dos. Yeison se fue siendo joven, en la plenitud de su carrera y con proyectos que ya no verán la luz. Pero aunque su voz se haya apagado de forma inesperada, su historia y su música seguirán viviendo en cada rincón donde alguien encuentre refugio en una de sus letras.
La partida de Yeison Jiménez nos recuerda la fragilidad de la vida y la fuerza del destino. Se fue un capítulo irrepetible de la música colombiana, un artista que demostró que se puede llegar a lo más alto sin perder la esencia. Como dice su madre, él vivió persiguiendo lo que amaba y se fue en movimiento, fiel a su pasión hasta el último segundo. El eco de sus canciones seguirá resonando en las tarimas vacías, recordándonos que lo que se hace con el corazón, ni siquiera la muerte puede borrarlo. El silencio que hoy duele tanto es, en realidad, el prólogo de una leyenda que apenas comienza a escribirse en la eternidad.