Posted in

CORTÉ LAS CADENAS DE PLATA DE UN LOBO HERIDO — Y, ANTE MIS OJOS, EL REY ALFA ME LLAMÓ SU REINA

Un lobo enorme, negro como una noche sin luna, clavado al suelo por cuatro cadenas que brillaban con un fulgor pálido. Plata. Plata pura. Las cadenas le quemaban la piel. Donde tocaban su cuello y sus patas, la carne humeaba.

Me tapé la boca para no gritar.

Y él abrió los ojos.

Dios mío.

No eran ojos de animal.

Eran dorados. Con rabia. Con dolor. Con una inteligencia tan viva que me atravesó el pecho.

Di un paso atrás.

El lobo gruñó, pero no como amenaza. Más bien como advertencia. Como si dijera: “Vete. Si te quedas, morirás conmigo”.

Entonces oí voces.

Hombres.

Se acercaban desde la ladera, riendo, rompiendo ramas con las botas.

—El Alfa no pasará de esta noche —dijo uno.

—Cuando su manada vea la cabeza, se arrodillará.

Sentí que la sangre se me congelaba.

El Alfa.

No era una leyenda. No era un cuento de borrachos junto al fuego.

El Rey Alfa existía.

Y estaba agonizando frente a mí.

Read More