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UN MILLONARIO CRUEL LA COMPRÓ POR CONTRATO — PERO TERMINÓ ENAMORÁNDOSE DE ELLA

—Papá… dime que no es verdad —susurró Clara, con el vestido empapado pegado al cuerpo, aún con las manos manchadas de harina de la panadería donde trabajaba hasta la madrugada—. Dime que no firmaste nada.

Esteban levantó lentamente la cabeza.

Sobre la mesa había un contrato de veinte páginas, un bolígrafo de lujo y un sobre negro con el sello dorado de Blackwood Holdings, la empresa más poderosa del estado. La misma empresa que había comprado terrenos, hospitales, bancos, supermercados… y ahora, al parecer, también compraba personas desesperadas.

—No tenía opción —dijo su padre con una voz tan baja que casi se perdió entre los truenos.

Clara sintió que el piso se abría debajo de sus pies.

—¿Qué hiciste?

Su madre soltó un gemido.

—Clara, hija… perdóname…

La puerta principal se abrió antes de que alguien pudiera explicar más. Dos hombres de traje negro entraron sin pedir permiso. Detrás de ellos apareció él.

Damián Blackwood.

El millonario que todos temían.

Alto, impecable, con un abrigo oscuro cubierto de gotas de lluvia, ojos grises como acero y una expresión fría que no parecía pertenecer a un ser humano. Se decía que había destruido familias enteras con una sola firma. Que despedía empleados el día de Navidad si las cifras no cuadraban. Que jamás sonreía. Que había enterrado a sus enemigos sin ensuciarse las manos.

Y ahora estaba en la sala de Clara, mirándola como quien revisa una propiedad recién adquirida.

—Señorita Reyes —dijo él—. Llegó tarde.

Clara apretó los puños.

—¿Tarde para qué?

Damián dejó caer una carpeta sobre la mesa.

—Para su nueva vida.

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