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Su Madrastra La Obligó A Servir En La Boda De Su Hermana… Pero El Duque No Dejó De Mirarla

Pero Elena, la primogénita del difunto dueño de la casa, no estaba sentada entre los invitados.

No llevaba vestido.

No llevaba joyas.

No llevaba ni siquiera su apellido con dignidad.

Llevaba un uniforme gris de sirvienta, prestado por la cocinera, con el cabello recogido a toda prisa y las manos temblando bajo el peso de una bandeja. Nadie debía reconocerla. Nadie debía recordar que aquella muchacha que servía vino a los ricos era, en realidad, la hija legítima de Rafael Valcourt, el hombre que había construido aquella mansión con sus propias manos.

—Sonríe —ordenó Beatriz, su madrastra, apretándole el brazo con tanta fuerza que Elena sintió las uñas clavarse en su piel—. Esta es la noche de tu hermana. No la arruines con esa cara de mártir.

Elena miró hacia el altar improvisado al fondo del salón. Camila estaba allí, envuelta en encaje francés, riendo como si el mundo entero hubiera nacido para aplaudirla. A su lado, el novio, un banquero joven de familia poderosa, sostenía su mano con orgullo. Todos decían que era la boda del año.

Nadie sabía que el vestido que Camila llevaba había sido diseñado originalmente para Elena.

Nadie sabía que las perlas en su cuello pertenecieron a la madre de Elena.

Nadie sabía que, tres meses antes, Beatriz había encerrado a Elena en la habitación del servicio y la había obligado a firmar una carta renunciando a cualquier reclamo sobre la herencia familiar.

Y nadie sabía que el duque de Ashborne, invitado de honor aquella noche, acababa de entrar por la puerta principal con una expresión tan fría y tan imponente que las conversaciones se apagaron como velas bajo la lluvia.

Elena lo vio apenas un segundo.

Alto. Elegante. Ojos oscuros. Rostro serio. Un hombre que no necesitaba levantar la voz para que todos lo obedecieran.

El duque Nicolás Harrington no miró a la novia.

No miró al novio.

No miró las flores, ni la música, ni el lujo.

La miró a ella.

A la sirvienta.

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