El 14 de febrero de 2024, mientras millones de personas en México y en el mundo celebraban el Día de San Valentín con promesas de amor eterno, cenas románticas y regalos ostentosos, una mujer que alguna vez encarnó el mayor símbolo del deseo nacional expiraba su último aliento lejos del clamor de las multitudes y el flash de las cámaras. Su nombre real era Alexandra Achimovic Popovic, pero la historia política y del espectáculo del país la recordará por siempre como Sasha Montenegro. A sus 78 años de edad, un fulminante derrame cerebral, que llegó para ensombrecer y agravar un cuadro clínico ya devastado por el cáncer de pulmón, cerró el telón de una existencia extraordinaria, vertiginosa y profundamente trágica.
Sin embargo, su partida física no fue simplemente el adiós de una actriz consagrada; fue el doloroso y silencioso epílogo de un relato oscuro donde se entrelazaron de manera perversa el poder presidencial absoluto, los impúdicos excesos financiados con dinero público, las traiciones familiares más implacables y una faraónica mansión de proporciones ridículas que, irónicamente, terminó convertida en una asfixiante prisión de oro para la propia diva.
Para lograr entender cómo una deslumbrante estrella del llamado cine de ficheras logró infiltrarse hasta la médula del poder político mexicano —y cómo ese mismo poder terminó escupiéndola al vacío—, es imperativo retroceder hasta el origen de su trauma y su herida más profunda. La historia de Sasha no dio inicio bajo los deslumbrantes focos de los estudios de grabación en la Ciudad de México, sino en las ruinas del continente europeo. Nació en el año 1946 en Bari, Italia, en un mundo que aún olía a muerte, escombros y desesperanza inmediata tras la culminación de la Segunda Guerra Mundial.
Proveniente de una familia de férreas raíces yugoslavas con antiguos y comprobados antecedentes aristocráticos, la pequeña Alexandra aprendió desde la cuna lo que significaba el despojo absoluto. Su linaje había sido desprovisto de sus vastas tierras, de su estabilidad financiera y de todo sentido de pertenencia bajo la bota militar de las guerras que destrozaron la región. La psicolo
gía humana es implacable: cuando una familia es arrancada de su hogar con tal violencia, los niños que sobreviven crecen con una obsesión silente pero feroz clavada en el pecho: la imperiosa necesidad de encontrar, al precio que sea, un lugar seguro del cual absolutamente nadie los pueda volver a echar en el futuro. Esa pequeña semilla de miedo, esa profunda e insaciable necesidad de protección inquebrantable, fue el verdadero y trágico motor que dictó las decisiones más polémicas de la actriz a lo largo de su vida adulta.
Tras un prolongado paso por Argentina buscando refugio familiar, una bellísima joven de apenas 23 años aterrizó en territorio mexicano en el año 1969. Llegaba a un país vibrante, caótico, que no le pertenecía, pero que estaba sediento de nuevos rostros y fantasías visuales. La industria cinematográfica nacional, en plena transformación, la absorbió rápidamente como una esponja. Ella poseía un atractivo hipnótico y atípico: una belleza gélida, distante y con tintes europeos, una presencia magnética que la lente de la cámara adoraba incondicionalmente y que el público masculino consumía con voracidad feroz. Fue en ese exacto instante cuando nació la leyenda, el inconfundible personaje de Sasha Montenegro.
Durante la polémica década de los setenta, el cine popular de ficheras experimentó un estallido masivo, sirviendo como una necesaria válvula de escape de las presiones diarias para una sociedad mexicana sumida en el conservadurismo y la doble moral. Afuera de las salas, los padres de familia predicaban las buenas costumbres; adentro, llenaban las butacas para observar a mujeres como Sasha caminar y dominar el encuadre con una libertad escandalosa. No obstante, la industria del entretenimiento es conocida por ser una trituradora implacable que no perdona el paso del tiempo. Sasha amasó fama internacional, acaparó cientos de portadas de revistas y construyó una fortuna considerable, pero en el fondo carecía de lo único que realmente anhelaba desesperadamente: el respeto, la clase y la legitimidad frente a los altos mandos. Sentía sobre sus hombros el peso del rechazo silencioso de la élite, que la consumía a escondidas pero la repudiaba en las recepciones de gala. Necesitaba hallar un refugio imponente que no se derrumbara cuando la juventud física se desvaneciera, un blindaje impenetrable que la resguardara de la mirada crítica y hostil de la sociedad.
Esa ambiciosa búsqueda la condujo de forma inevitable al epicentro mismo del Estado. En el México de finales de los setenta, ninguna figura gozaba de un halo de divinidad y mando más aplastante que la del Presidente de la República. José López Portillo no era tan solo un funcionario público; era un auténtico tlatoani sexenal, un hombre investido de un poder tal que podía decretar el futuro de la nación mientras ordenaba callar a la prensa. Mientras el país se emocionaba con la promesa gubernamental de “administrar la abundancia” que llegaría gracias al petróleo, una historia muchísimo más turbia se tejía tras las cortinas presidenciales. El explosivo romance entre el poderoso líder político y la seductora estrella de cine desencadenó un nivel de escándalo social sin precedentes. López Portillo aún se encontraba en matrimonio vigente con Doña Carmen Romano. Sasha no era simplemente la mujer en la sombra; ante los ojos de millones de mexicanos, era la intrusa extranjera que profanaba la imagen de la sagrada familia presidencial. Creía firmemente que el imponente apellido López Portillo serviría como un escudo divino, pero trágicamente confundió el amparo con la entrada a un cautiverio sin salida.
El monumento definitivo y físico a esta relación fue la bautizada popularmente como “La Colina del Perro”. En el mismo preciso instante histórico en que la economía nacional se hacía añicos, dejando en la ruina y la quiebra a familias enteras, y el propio presidente aparecía en cadena nacional sollozando y jurando que defendería el peso mexicano “como un perro”, se levantaba en las mejores zonas del país una propiedad majestuosa y ofensiva. Una colosal extensión de más de doce hectáreas dotada de cuatro residencias, bibliotecas desbordantes de decenas de miles de volúmenes exclusivos y un derroche de excentricidad incomprensible. Lejos de garantizar la paz, aquellos enormes muros que la aislaban del pueblo escondían resentimientos venenosos, humillaciones susurradas y el eco doloroso del repudio popular que a diario pesaba sobre ellos.
Tras el doloroso deceso de la primera dama, Carmen Romano, López Portillo y Sasha intentaron lavar la imagen de la relación al consumar su matrimonio, primero en una corte civil en 1991, y luego bendecidos por la religión en 1995. Dos hijos, Nabila (1985) y Alexander (1987), fueron el fruto de este controversial compromiso legal. Podría pensarse que los papeles oficiales garantizarían la aceptación de Sasha en la dinastía; sin embargo, las trincheras ya estaban cavadas mucho tiempo antes de su llegada. Los hijos del primer matrimonio —José Ramón, Carmen y Paulina—, conformaban una infranqueable resistencia que observaba a Sasha con recelo, desprecio puro y constante sospecha. Conforme pasaban los años, la colosal Colina del Perro se iba transformando lentamente de una residencia de lujo a un gélido campo minado, donde cada comida familiar y cada interacción estaba manchada de tensión y odio solapado.
El paso del tiempo es cruel y no se detiene ante decretos presidenciales. El hombre que en su época dorada hacía temblar a los secretarios de Estado, comenzó su rápido declive de salud. Un expresidente enfermo en medio de una familia fracturada fue la chispa que desató el infierno. La atención de las facciones en disputa se centró ferozmente en el futuro del patrimonio y en el monumental monto de las pensiones presidenciales, que ascendían a escandalosas sumas millonarias, pagadas por las contribuciones del propio pueblo mexicano que tiempo atrás había sido sumido en deudas irremediables bajo aquel mandato.
El nivel de violencia psicológica, amenazas cruzadas y conflicto llegó a tales extremos de pavor, que en uno de los episodios más oscuros e irónicos de su vida, la mismísima Sasha Montenegro se vio en la terrible necesidad de contactar a las líneas del 911 solicitando ayuda desde el interior de su lujosa mansión presidencial. En medio de un ambiente insoportable y destructivo, fueron sus hijos adolescentes quienes, aterrados ante el ambiente bélico, le imploraron desesperados que huyera, que se fuera del lugar, buscando no riquezas, sino recuperar un simple respiro de tranquilidad mental que el dinero nunca había podido comprar.
Atendiendo las súplicas de Nabila y Alexander, Sasha cruzó la majestuosa puerta de salida con la firme convicción de que se trataría de una pausa necesaria, de un alejamiento temporal para permitir que las aguas de la tormenta volvieran a su cauce natural. Pero los depredadores dentro del hogar reaccionaron con inmediatez letal. En cuanto sus pies abandonaron la propiedad que le había costado décadas construir emocionalmente y soportar repudios masivos, los cerrojos de las inmensas puertas fueron sustituidos permanentemente. La mujer que buscó al hombre más poderoso del país creyendo blindar su futuro fue expulsada humillantemente de la historia oficial y clausurada de su propio hogar con la misma frialdad con la que se desecha a un enemigo caído. Presionado y gravemente enfermo, López Portillo ordenó el trámite de divorcio en sus últimos días de agonía, denunciando públicamente supuestos abusos y maltratos por parte de la exótica estrella, cerrando así, entre sombras e ignominia, un ciclo de amargura indescriptible hasta el día en que la muerte lo alcanzó en febrero del 2004.
Aunque técnicamente Sasha ganó la feroz disputa judicial en los tribunales —dado que su esposo feneció antes de concretarse el divorcio, dejándole el codiciado estatus de viuda legal— las verdaderas victorias en su vida brillaron por su absoluta ausencia a partir de ese día. El destino fue cobrando las facturas una por una con una lentitud desesperante. La que fuera la casa más resguardada, imponente e infame del país, la Colina del Perro, terminó abandonada, perdiendo su brillo majestuoso hasta ser totalmente demolida en 2018 para dar paso al concreto de nuevos condominios inmobiliarios. Todo aquello por lo que había soportado humillaciones nacionales e interminables guerras psicológicas familiares, fue reducido a un mero montón de polvo barrido por las maquinarias de construcción, borrando cada lágrima y cada grito escondido bajo los escombros de lo que un día fue una zona de guerra en vida.
Posteriormente, con los recientes y dramáticos cambios en la política administrativa mexicana, el gobierno fulminó de un plumazo las ostentosas pensiones a expresidentes, arrancándole así a la ex diva la última cadena económica que la mantenía aferrada al mito del poder que una vez disfrutó. Su declive final fue solitario, en el cálido municipio de Cuernavaca. Agotada por las cicatrices del pasado, mermada cruelmente por el cáncer y doblegada definitivamente por un coágulo silencioso en el cerebro, Sasha Montenegro partió de este plano terrenal.

Quizás la mayor enseñanza y el último resplandor de decencia de todo este desgarrador e insalvable torbellino de ambición haya venido silenciosamente por parte de su propia sangre. Nabila y Alexander, en una extraordinaria lección de madurez existencial y hartazgo frente al teatro hipócrita de la alta política, optaron por un completo ostracismo voluntario, aislándose de la toxicidad mediática. Han rechazado capitalizar los escándalos del apellido López Portillo o exprimir de las portadas amarillistas de revistas el dolor heredado de su madre, priorizando salvar su salud mental al desaparecer del ojo público de manera voluntaria, cerrando de esa sutil manera el oscuro y trágico ciclo de ambición extrema. La advertencia es clara, rotunda e histórica para quien observe la caída de esta mujer: nunca busques asilo ni pretendas encontrar la felicidad cobijándote bajo el manto asfixiante del poder extremo, porque la cima está repleta de oro, pero no tiene memoria ni piedad con quienes confían en ella.