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MILLONARIO VIUDO FINGIÓ VIAJAR… CUANDO ENTRÓ EN LA SALA VIO LO QUE LA LIMPIADORA HACÍA

Frente a ellos, sentada con una elegancia fría, estaba Lucía, la hermana menor de Clara, la esposa muerta de Alejandro. Lucía llevaba un vestido negro, labios rojos y una sonrisa que nunca llegaba a los ojos. A su lado, la anciana doña Mercedes, madre de Clara, sostenía un rosario entre los dedos, pero su mirada no rezaba: acusaba.

—Tres años —dijo doña Mercedes, rompiendo el silencio—. Tres años desde que mi hija murió en ese accidente, y esta casa sigue oliendo a culpa.

Alejandro dejó la cuchara sobre la mesa.

—No esta noche, Mercedes.

—¿No esta noche? —la anciana soltó una risa amarga—. ¿Cuándo, entonces? ¿Cuando Valeria sea adulta y siga muda? ¿Cuando Nicolás termine odiándote tanto que cambie su apellido?

Nicolás levantó la vista.

—Ya lo pensé.

El golpe no hizo ruido, pero Alejandro lo sintió en el pecho.

Lucía inclinó la cabeza con falsa tristeza.

—Tal vez todos necesitamos aceptar que esta casa está enferma. Y últimamente hay cosas extrañas, Alejandro. Cosas que tú no quieres ver.

—Habla claro.

Lucía miró hacia la puerta del servicio.

—La limpiadora.

Valeria, que no había reaccionado a nada, levantó los ojos de golpe.

—Esa mujer entra a la sala cuando nadie la ve —continuó Lucía—. La vi tocando el piano de Clara. También la vi mirando sus fotos. Y ayer… ayer llevaba el broche de tu esposa en el delantal.

Alejandro se puso rígido.

—¿Qué broche?

—El de perlas. El que Clara usó el día que Valeria nació.

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