El mundo del boxeo se ha sumido en una profunda y desconsolada tristeza. Las luces del cuadrilátero parecen brillar con mucha menos intensidad y el eco de los golpes en la lona hoy suena a un lamento incesante. El 4 de mayo quedará marcado de forma indeleble en el calendario deportivo como una fecha de luto irremplazable, el día en que se apagó para siempre una de las voces más autorizadas, queridas y respetadas del pugilismo internacional. Eduardo Lamazón, inmortalizado en la memoria colectiva y en el corazón de los millones de aficionados como “Don Lama”, ha fallecido a los sesenta y nueve años de edad. Su partida no solo representa la pérdida de un comentarista excepcional, sino el adiós definitivo a una figura enciclopédica que dedicó más de cinco décadas de su vida a desentrañar, explicar y dignificar el deporte de los puños.
La noticia, que cayó como un auténtico balde de agua fría sobre los innumerables seguidores del boxeo moderno en México y América Latina, comenzó a circular durante las horas de la tarde y la noche, confirmando los peores temores de la afición deportiva. Quien fuera el encargado de romper el hielo y compartir la devastadora información fue su gran amigo y entrañable compañero de micrófonos, el reconocido periodista deportivo Carlos Aguilar. A través de un mensaje cargado de dolor, respeto y nostalgia profunda en sus redes sociales, Aguilar hizo pública la tragedia, dejando al descubierto no solo la pérdida de un impecable colega de trabajo, sino la de un hermano que le regaló la vida en los encordados.
Las palabras del periodista resonaron con una fuerza abrumadora: relató con el corazón en la mano la enorme tristeza de informar la partida de Lamazón, agradeciéndole infinitamente por su entrega incondicional, por las grandes y enriquecedoras pláticas compartidas y por aquellas inolvidables “noches bohemias de boxeo”, asegurando firmemente que lo extrañará por siempre. Esta emotiva y sincera despedida fue tan solo el preludio de un luto que rápidamente se extendió por todos los rincones del continente.
Pero detrás de la impecable imagen pública, de los trajes perfectamente confeccionados y del análisis agudo y certero que ofrecía cada fin
de semana en las pantallas de televisión, Eduardo Lamazón libraba una guerra personal, dolorosa y extraordinariamente silenciosa. En los últimos tiempos, las apariciones de Don Lama en la televisión se habían vuelto mucho más esporádicas. Aunque inicialmente se manejó un profundo hermetismo respecto a su verdadero estado de salud, con la clara intención de cuidar y proteger la intimidad del periodista y de su círculo familiar más cercano, las verdaderas causas de su lamentable fallecimiento finalmente han sido reveladas a la opinión pública.
Se ha confirmado que Eduardo Lamazón falleció a causa de un fulminante paro cardíaco, un desenlace fatal que fue, en realidad, la consecuencia última de una prolongada y muy dura batalla contra la enfermedad de Parkinson. Este trastorno neurodegenerativo implacable fue minando de manera gradual y progresiva sus capacidades físicas, deteriorando su salud a tal grado que, al momento de su deceso, se encontraba sumido en un estado irreversible de muerte cerebral. Resulta especialmente cruel y desgarrador pensar que un hombre cuya mayor y más poderosa herramienta fue siempre su brillante intelecto, su memoria prodigiosa y su extraordinaria capacidad de articulación verbal, haya tenido que enfrentarse a una enfermedad que ataca y destruye precisamente el sistema nervioso.
Quienes tuvieron el privilegio de estar cerca de él en los últimos meses sabían perfectamente del profundo sufrimiento que padecía en la privacidad de su hogar, pero también fueron testigos presenciales de la enorme valentía y la absoluta dignidad con la que enfrentó su condición día con día. Aunque en el pasado reciente la audiencia había notado algunas ausencias temporales en las transmisiones televisivas debido a lo que en su momento se justificó simplemente como “tropiezos de salud no especificados”, hoy la afición comprende con el corazón roto que la verdadera lucha era contra este enemigo clínico silencioso e invencible, que finalmente terminó por arrebatarle el aliento y ganarle la batalla decisiva.
Para poder dimensionar de forma correcta la inmensa magnitud de la pérdida de Eduardo Lamazón, es absolutamente necesario realizar un recorrido por su vasta, rica e inigualable trayectoria profesional. Nacido en Argentina, Lamazón descubrió desde que era muy joven una pasión inquebrantable e hipnótica por el mundo del boxeo. Sin embargo, su brillante destino estaba trazado a miles de kilómetros al norte de su tierra natal. México, considerado histórica y mundialmente como una de las cunas más importantes y prolíficas de campeones mundiales y la verdadera meca del pugilismo en América Latina, lo adoptó rápidamente como uno de sus hijos predilectos.
Al llegar a tierras aztecas, Lamazón no solo encontró un hogar acogedor, sino el escenario inmejorable y perfecto para desarrollar una carrera en el periodismo deportivo que se extendería por más de medio siglo de éxitos. Con un acento característico que conservaba sutilmente la cadencia del sur de continente, pero con un conocimiento profundo y absoluto de la idiosincrasia del boxeador mexicano, Don Lama se convirtió rápidamente en un puente cultural a través de la narrativa deportiva.
El capítulo más mediático, popular y entrañable de su prolífica carrera se escribió, sin duda alguna, en las filas de la televisora TV Azteca Deportes. Durante muchísimos años, formó parte fundamental y estructural de un equipo de transmisión que llegó para revolucionar por completo la manera de presentar el deporte del boxeo en la televisión abierta. Junto a figuras icónicas de la talla del gran campeón Julio César Chávez, el propio Carlos Aguilar y Rodolfo Vargas, Eduardo Lamazón conformó un cuarteto de voces que se volvió una auténtica tradición de fin de semana en los millones de hogares mexicanos. Su rol dentro de las transmisiones era verdaderamente único y vital para el éxito del formato. Mientras otros narraban la acción trepidante de los golpes o aportaban la perspectiva vivencial del ex peleador, Don Lama era innegablemente la voz de la razón, la balanza equilibrada de la justicia y la mente sumamente analítica del grupo.
Su magistral intervención se centraba siempre en explicar el desarrollo táctico y técnico de las peleas. Lamazón tenía la rara y valiosa capacidad pedagógica de tomar un deporte que a simple vista podría parecer meramente violento o caótico, para desmenuzarlo minuciosamente hasta convertirlo en una fascinante partida de ajedrez físico. Explicaba con una claridad pasmosa y envidiable los complejos criterios de puntuación, el desempeño atlético de los boxeadores round por round y la efectividad real de los golpes conectados. Su famosa e icónica “tarjeta de Don Lama” se convirtió en una institución en sí misma dentro de la cultura popular mexicana. Los aficionados no solo encendían el televisor para ver quién ganaba la contienda, sino que aguardaban ansiosamente escuchar la puntuación extraoficial de Lamazón para saber si su visión coincidía con la de los jueces oficiales. Su integridad moral y su ojo clínico eran de tal magnitud, que en incontables ocasiones su veredicto final gozaba de una credibilidad infinitamente mayor entre el público que la de las propias autoridades deportivas presentes en la arena.
No obstante, limitar el inmenso legado de Eduardo Lamazón única y exclusivamente a su fenomenal labor frente a las cámaras de televisión sería cometer una enorme e imperdonable injusticia con su extensa biografía. Mucho antes de convertirse en una rutilante estrella del análisis televisivo, Don Lama forjó una carrera administrativa y ejecutiva de altísimo nivel dentro de la política interna del deporte. Ocupó el muy prestigioso y sumamente exigente cargo de Secretario General del Consejo Mundial de Boxeo (CMB) durante la administración del histórico y legendario presidente José Sulaimán. En este exigente rol directivo, Lamazón no era un simple observador de escritorio; era un actor fundamental y sumamente activo en la estructura organizativa del boxeo profesional a escala global.
Durante su importante paso por las altas esferas del CMB, Eduardo Lamazón estuvo directamente involucrado en la toma de decisiones cruciales que moldearon las reglas del boxeo moderno que conocemos hoy en día. Participó activamente en la rigurosa clasificación de los peleadores, en la compleja logística y organización de grandes peleas de campeonato mundial y en la vital implementación de normativas diseñadas específicamente para proteger la salud y la integridad física de los pugilistas en el ring. Esta vasta experiencia como alto directivo fue, precisamente, la que le otorgó esa autoridad moral, jurídica y técnica inigualable al momento de sentarse a tomar un micrófono en la televisión. Cuando Don Lama hablaba de los reglamentos deportivos, no lo hacía desde la lectura superficial de un manual, sino desde la invaluable experiencia de haber sido él mismo uno de los arquitectos principales de esas mismas normativas. Conocía a la perfección las profundas entrañas del negocio, las verdaderas motivaciones de los promotores y los sobrehumanos sacrificios de los pugilistas, lo que le permitía ofrecer un contexto analítico que ningún otro comentarista en el medio podía siquiera intentar igualar.
El impacto de su dolorosa partida trasciende fronteras geográficas y generacionales. Desde los gimnasios de barrio más humildes donde entrenan con carencias las futuras promesas del deporte, hasta los lujosos y despampanantes hoteles de la ciudad de Las Vegas donde se gestan y cristalizan las carteleras multimillonarias, el nombre de Eduardo Lamazón siempre ha inspirado un respeto reverencial y unánime. Los peleadores profesionales sabían muy bien que ser elogiados y reconocidos por Don Lama durante una transmisión era un sello de calidad indiscutible para sus carreras, y los poderosos promotores entendían perfectamente que su crítica periodística, siempre inteligentemente fundamentada y propositiva, era una voz pesada que no podía ser silenciada ni ignorada. El periodismo deportivo actual enfrenta desde hoy el monumental y quizá inalcanzable desafío de encontrar y formar nuevas voces que logren mantener ese excelso nivel de erudición, objetividad y decencia profesional que él personificaba con tanta naturalidad.
Hoy, la emblemática silla del analista en la mesa de transmisión queda trágica y permanentemente vacía. Los apuntes siempre meticulosos, las tarjetas de puntuación inmaculadas y la mirada sumamente perspicaz detrás de aquellas características gafas han pasado, a partir de este día, a formar parte de la historia grande y sagrada del deporte de los puños. Es humana y deportivamente inevitable sentir un fuerte nudo en la garganta al imaginar la próxima gran cartelera boxística sin tener la oportunidad de escuchar su clásico, educado y ponderado análisis al final de cada episodio. La permanente ausencia de Lamazón deja completamente huérfana a toda una generación de fieles espectadores que aprendió, paso a paso, a ver, entender y amar el boxeo exclusivamente a través de sus sabias enseñanzas televisivas.

En estos duros momentos de profundo dolor y consternación generalizada, las redes sociales y los medios de comunicación convencionales de todo el mundo hispanohablante se han volcado masivamente en sentidas muestras de afecto, homenajes y recuerdos imborrables. El sentimiento unánime que inunda el ambiente es de una infinita gratitud por las valiosas lecciones compartidas a lo largo de décadas, combinado con una inmensa tristeza por la rapidez y severidad con la que su estado de salud se apagó. Las sinceras condolencias dirigidas hacia sus familiares más cercanos, sus amigos de toda la vida y sus entrañables compañeros de trabajo no se han hecho esperar ni un solo segundo, acompañando en sentimiento y espíritu a todos aquellos que hoy lloran desconsoladamente la irreparable pérdida del gran ser humano que habitaba mucho más allá del famoso personaje público.
Eduardo Lamazón ha colgado los audífonos, ha apagado los micrófonos y ha cerrado de manera definitiva su legendaria libreta de apuntes por última vez en su vida. Hoy se despide de este plano terrenal de manera física, pero su ilustre nombre, su inconfundible voz y su impecable reputación ya se encuentran inscritos con letras de oro puro en el gran salón de la fama del periodismo deportivo mundial. Que encuentre por fin la anhelada paz y la tranquilidad en el descanso eterno, después de haber librado con tanta entereza y honor su combate personal más difícil. Su imborrable recuerdo seguirá latiendo con fuerza en cada campanazo inicial, en cada tenso round de estudio y en cada dramática decisión dividida que nos regale el futuro. Descansa en paz, gran maestro Don Lama. El apasionante mundo del boxeo nunca te olvidará, y tu gigantesco legado seguirá resonando con fuerza en cada rincón del planeta donde un par de guantes se crucen valientemente en busca de la anhelada gloria deportiva.