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La Esposa Del Duque Lo Abandonó… Pero Él Descubrió La Terrible Verdad

Pero Rafael no miraba la fiesta.

Miraba la escalera.

Su esposa, Elena, debía bajar a las nueve. Había prometido llevar el vestido azul oscuro que él le había regalado durante su luna de miel, aquel que hacía que sus ojos parecieran más tristes y más hermosos. A las nueve y cuarto, Rafael sonrió con paciencia. A las nueve y media, dejó de sonreír. A las diez, la madre del duque, doña Mercedes, se acercó a él con el rostro endurecido.

—Tu esposa te está humillando delante de todos —susurró—. Siempre te dije que esa mujer no pertenecía a nuestra sangre.

Rafael apretó la copa hasta casi romperla.

—No hables de Elena así.

Entonces, la puerta del salón se abrió de golpe.

Entró Tomás, el mayordomo, blanco como una sábana. En sus manos llevaba un sobre sellado con cera negra. No necesitó decir nada. El silencio cayó como una cuchilla. Rafael tomó la carta, reconoció la letra de su esposa y sintió, antes de leerla, que algo dentro de él se rompía.

“Rafael: cuando leas esto, ya estaré lejos. No puedo seguir siendo tu esposa. No me busques. No preguntes. Lo nuestro fue un error desde el principio.”

Las palabras bailaron ante sus ojos.

Alguien soltó una risa nerviosa. Otra persona murmuró: “Lo abandonó”. La marquesa de Valdeira se llevó una mano a la boca con falso horror. El primo de Rafael, Octavio, inclinó la cabeza para esconder una sonrisa. Y doña Mercedes, en vez de mostrar sorpresa, dejó escapar una frase que heló a su hijo.

—Al fin hizo lo que debía hacer.

Rafael levantó la vista.

—¿Qué has dicho?

Su madre palideció.

—Nada.

Pero ya era tarde. Rafael vio el miedo en sus ojos. Vio también la mirada de Octavio, rápida, venenosa, satisfecha. Y por primera vez desde que Elena había entrado en su vida, el duque comprendió que la carta no era una despedida.

Era una trampa.

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