Hay casos en el mundo del espectáculo que llegan como un simple rumor, un titular pasajero que uno lee por encima y pronto olvida. Y luego están esos casos que te dejan con el aliento contenido, aquellos que destapan una realidad tan perturbadora que te obligan a cuestionar todo lo que creías saber sobre alguien. Eso es exactamente lo que ha sucedido con el popular influencer y comediante Alfredo Ordaz Campos, conocido por millones bajo el inofensivo y tierno seudónimo de “Lapizito”. Lo que empezó como un comentario aislado en un podcast ha terminado por desenmascarar una historia sombría, llena de profundos secretos, manipulación mental, violencia física extrema y situaciones tan perversas que nadie esperaba encontrar jamás detrás de la sonrisa impecablemente pintada de un payaso.
Para entender la magnitud de esta estremecedora historia, es imperativo regresar a su origen. El 7 de diciembre de 1999, la Ciudad de México vio nacer a Alfredo. Desde el principio, la familia Ordaz estuvo lejos de ser una familia convencional. La dinámica del hogar estaba dictada enteramente por el modo espectáculo: maquillaje, luces, música, vestuarios y la eterna e inquebrantable premisa de que la función debe continuar sin importar nada más. Junto a su hermana Gomita y su hermano Lapicín, Alfredo creció prácticamente sobre los escenarios. Fueron diseñados desde la cuna para hacer reír a la gente, criados en un entorno donde la palabra “diversión” estaba escrita en piedra y el rendimiento era la única prioridad.
Alfredo demostró desde muy pequeño tener un carisma natural y una energía desbordante. Esos enormes ojos expresivos y su envidiable sentido del tiempo cómico lo llevaron a dar un salto gigantesco a la corta edad de nueve años, cuando se integró al exitoso programa de televisión dominical “Sabadazo”. Entre decenas de adultos hiperproducidos, el pequeño Lapizito destacaba con luz propia. Se convirtió rápidamente en el favorito del público, integrándose al núcleo y al ADN cultural de miles de familias mexicanas. Creció literalmente frente a las cámaras de televisión. Cuando el programa llegó a su
fin en 2016, muchos pensaron que su tiempo había terminado, pero no fue así. Él entendió a la perfección la colosal bestia que es el internet, participando en realities como “Enamorándonos” y construyendo un verdadero imperio digital en YouTube con su canal “Soy Fredy”. Se había convertido en un producto altamente rentable, y el personaje de Lapizito lo seguía a todas partes como una sombra inseparable. Sin embargo, al mirar más allá de los reflectores, el relato se torna aterrador.
El primer indicio público de que algo no encajaba, la primera grieta profunda en la inmaculada imagen del joven, ocurrió por un detalle que parecía minúsculo pero que desató una tormenta de especulaciones. Nos remontamos al año 2020. Durante una transmisión en vivo, la conductora Cecilia Galliano perdió su costoso anillo de compromiso en pleno escenario. Todo sucedió en un parpadeo. En medio del caos característico de luces, gente y disfraces, las cámaras captaron un momento sumamente incómodo: Fredy cruzó velozmente frente a todos, se agachó rápidamente hacia el piso y volvió a incorporarse como si nada hubiera pasado. No dijo una sola palabra ni miró a nadie; simplemente continuó con el show. Para Galliano y su entonces pareja, Mark Tacher, la coincidencia en video fue evidencia suficiente para sospechar, y Tacher no tuvo reparos en afirmar públicamente que Fredy había tomado la joya del suelo. Aunque apareció otro animador disfrazado de oso que también hizo un movimiento sospechoso, y aunque Fredy juró que su acción fue un mero reflejo corporal y que jamás robó nada, el daño a su reputación fue irreparable. Nadie pudo probar definitivamente su culpabilidad, pero fue la primera vez que el público lo señaló y acusó directamente. Fue la chispa que encendió la pólvora para descubrir todo lo que vendría después.
Pero para comprender la verdadera oscuridad que envuelve a Lapizito, hay que bajar la voz y hablar de un nivel de violencia que helaría la sangre de cualquiera, una violencia que se gestaba de forma constante dentro de las paredes de su propio hogar. Quien descorrió este trágico velo no fue Fredy, sino su hermana mayor, Araceli Ordaz, mejor conocida como Gomita. En una desgarradora aparición en un podcast, rompió en llanto al denunciar la brutal violencia física, el control absoluto y la explotación a la que su padre los sometía, en especial a su madre. El país entero descubrió con horror que detrás de las coloridas rutinas de circo, había un padre abusivo que había destrozado la seguridad más básica de sus propios hijos. Gomita confesó haber soportado palizas, humillaciones y el peso de sobrevivir a un ambiente supremamente tóxico.
Lo verdaderamente chocante de esta tragedia familiar no fue solo la denuncia, sino la respuesta de Fredy. Mientras su hermana desnudaba su alma y su dolor frente a millones de personas, él apareció en un video paralelo minimizando absolutamente todo. Habló del trauma como si estuviera comentando el reporte del clima. Sentenció fríamente que “en todas las familias hay problemas”, que la gente opinaba sin saber, e incluso confesó que vio el video de su hermana llorando junto a otra persona y se echaron a reír. Este escalofriante contraste evidenció una desconexión emocional gigantesca, una distancia afectiva que marcaría el inicio de un patrón psicológico macabro: minimizar, reír, evadir e ignorar el dolor humano. Resulta irónico y doloroso que poco tiempo después, él afirmara en una entrevista que su mayor logro era “ver feliz a su mamá”, cuando durante los peores años de abuso doméstico se mantuvo en silencio absoluto y se burló de quien sí alzó la voz.
Si uno observa sus relaciones sentimentales, el principio de la pesadilla siempre estaba disfrazado de un cuento de hadas casi empalagoso. Ex parejas como Lily, Ana Karen y Fernanda Durán coinciden en que el primer “Fredy” era simplemente irresistible y encantador. Era el chico ideal, el que parecía salido de una película romántica: sumamente caballeroso, atento, el que regalaba flores, servía el desayuno en la cama y llenaba el teléfono de mensajes tiernos a cada instante. Enganchaba a sus parejas emocionalmente presentándose como el novio perfecto. No obstante, muy pronto asomaba una bandera roja, un patrón recurrente que todas ignoraron al principio por estar deslumbradas: muy temprano en la relación, él comenzaba a hablar pestes de todas sus ex novias. Las tachaba rutinariamente de locas, tóxicas, problemáticas o celosas empedernidas.
Ese príncipe azul no tardaba en desvanecerse en el aire para dar paso a un manipulador experto en infligir dolor psicológico. El cambio era abrupto y devastador. De pronto, comenzaban las bromas pesadas disfrazadas de chistes de mal gusto, los gritos ensordecedores por cosas absolutamente insignificantes y los reclamos irracionales. Una de las víctimas relató que Fredy estalló en un ataque de furia simplemente porque ella siguió viendo una serie de televisión sin avisarle. Todo era un motivo válido para agredirla verbalmente. Aquí es donde él aplicaba la técnica del “gaslighting” en su máxima expresión: manipular la realidad y sembrar la duda en la mente de la víctima para hacerle creer que ella era la problemática. Frases desgastantes como “¿Estás loca?”, “Te estás imaginando cosas”, “Tú eres una exagerada”, o “Eso nunca pasó” eran empleadas a diario. Las chicas terminaban confundidas, llorando y pidiendo perdón por cosas que ni siquiera habían hecho, mientras él las aislaba sistemáticamente de su círculo de apoyo. “Tu amiga no me cae bien”, “Tu familia te mete ideas en la cabeza”, les repetía, logrando que ellas dejaran de ver a sus padres o amigos para evitar un conflicto con él, quedando así completamente solas y acorraladas.
El infierno, lamentablemente, no terminaba en la profunda manipulación emocional; escalaba a una violencia física frontal y sin restricciones. Las ex novias coinciden en que nunca empezó de golpe. Todo iniciaba con un jaloneo suave, un apretón de muñeca disfrazado de un intento por “calmarla”, que las víctimas, dominadas por el miedo o la vergüenza, intentaban justificar y minimizar. Sin embargo, con el paso del tiempo, esos gestos aparentemente menores se convirtieron en agresiones innegables. Lo que era un agarre pasó a ser apretones que dejaban marcas en la piel, empujones de un lado a otro para impedirles salir de una habitación, e incluso el uso explícito de los puños. Una joven relató el horror de recibir puñetazos repetidos en el pecho, sin que él midiera las consecuencias. Otra confesó un brutal episodio donde, en plena discusión antes de salir al escenario, él le arrojó violentamente un micrófono a la cara. Ella tuvo que salir a dar el espectáculo sangrando, con el rostro húmedo y el labio partido, actuando con normalidad porque en ese mundo retorcido todo se maquilla y el show siempre debe continuar. A veces, la violencia incluso se escondía dentro de las rutinas de circo, camuflada como parte de los golpes falsos del acto de comedia, pero que en realidad eran impactos dolorosamente reales y llenos de malicia.
Lo más terrorífico de todos los testimonios llegó cuando se reveló que Fredy admitía poseer “dos personalidades”. Las víctimas narraron con lujo de detalle cómo, durante las discusiones más acaloradas, su fisiología entera se transformaba: comenzaba a sudar frío de manera descontrolada, sus labios se tornaban morados, la mandíbula se trababa y su mirada se volvía completamente fría y vacía. Él mismo justificaba sus brutales actos diciendo que “Lapizito era su máscara” y que, cuando salía esa faceta, absolutamente nadie podía hacerlo enojar o controlarlo. El nivel de terror alcanzó un punto crítico cuando, en medio de uno de estos oscuros trances, agarró del brazo a su novia, la empujó hacia la cocina, sacó un cuchillo afilado de un cajón y, mirándola directamente a los ojos, la amenazó: “Te voy a enseñar lo que es miedo de verdad”. Lo más perturbador para la psicología de estas mujeres era que, pocos minutos después de proferir una amenaza de muerte, él podía volver instantáneamente a su tono dulce y tierno, exigiendo un beso y un abrazo como si jamás hubiese ocurrido nada. Este vaivén demencial entre el terror mortal y el amor forzado causaba que sus parejas sintieran que se desdoblaban, obligando a sus mentes a desconectarse de la realidad como único mecanismo para sobrevivir a ese infierno.

El hecho de que tantas mujeres —que no tenían relación entre sí— y hasta su propia hermana (encerrada en un reality show sin contacto con el exterior) describieran de forma independiente exactamente los mismos patrones de abuso, las mismas frases manipuladoras y los mismos cambios físicos aterradores, confirma categóricamente que no estamos ante malentendidos ni despechos. Estamos ante el claro “modus operandi” de una persona que ha operado impunemente en las sombras. La advertencia más paralizante no provino de las víctimas directas, sino de la madre de una de ellas, quien al ver el patrón inquebrantable vaticinó que algún día él cruzaría un límite del que jamás habría vuelta atrás.
Hoy, la figura del tierno payasito de televisión ha quedado irremediablemente destruida. La historia ya no trata sobre entender lo que pasó en el pasado, sino sobre la angustiante pregunta de qué podría pasar en el futuro si nadie frena este letal ciclo de abuso y manipulación. ¿Dónde trazamos la línea definitiva entre el carismático personaje que un día nos hizo reír a carcajadas y el hombre que deja profundas cicatrices físicas y emocionales a puerta cerrada? El telón ha caído, el maquillaje se desvanece por completo, las luces del foro se apagan, y lo que nos queda es una verdad tan escalofriante que exige que dejemos de aplaudir ciegamente. Porque cuando el personaje deja de ser una inocente máscara de actuación y se convierte en un refugio para esconder el abuso, el verdadero show de terror no ha hecho más que comenzar.