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LA EMPLEADA LE ADVIERTE AL MILLONARIO: “¡LE PUSO ALGO A TU PASTEL!” — 2 HORAS DESPUÉS…

Yo estaba en la cocina, limpiando una bandeja de plata, cuando la vi por el reflejo de la puerta del horno.

Celeste entró sola.

No venía con su sonrisa de revista ni con ese andar de reina que usaba delante de los invitados. Venía rápida. Nerviosa. Miró hacia el pasillo, luego hacia la entrada del salón, y sacó algo pequeño de su bolso.

Un frasquito.

Mi mano se quedó quieta sobre la bandeja.

Ella abrió el frasco, inclinó el cuerpo sobre el pastel de cumpleaños de Gabriel Monroe y dejó caer un polvo casi invisible sobre una de las porciones ya marcadas. No sobre todo el pastel. Solo sobre una rebanada. La rebanada con la pequeña placa dorada que decía: “Para Gabriel”.

Sentí un frío raro en la espalda.

No era miedo todavía. Era esa alarma que se enciende antes de que tu mente encuentre palabras. Como cuando cruzas una calle y escuchas un motor acelerando demasiado cerca.

Celeste guardó el frasco. Se limpió los dedos con una servilleta. Luego sonrió. Una sonrisa pequeña, seca, sin alma.

Yo di un paso atrás, y la bandeja chocó contra la encimera.

Ella volteó.

Nuestros ojos se encontraron.

Durante un segundo no fuimos la futura esposa del hombre más rico de Texas y una empleada contratada por noche. Fuimos dos mujeres en una cocina, una habiendo visto demasiado y la otra sabiendo que la habían visto.

—¿Necesitas algo, Lucía? —preguntó ella.

Mi nombre en su boca sonó como una amenaza.

Yo no contesté. No pude.

Porque en ese momento Gabriel Monroe apareció en la puerta del salón, con su traje oscuro, su cara dura y esa expresión de hombre acostumbrado a que nadie le dijera que no.

—Es hora del pastel —anunció alguien.

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