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La costurera pensó que nadie la amaría… ¡Hasta que un extraño torpe llegó y ella volvió a reír!

—No aprietes tanto la cintura —dijo su hermana Beatrice, mirándose al espejo con una sonrisa cruel—. No todas tenemos que vestir como si quisiéramos esconder el cuerpo.

Clara bajó la mirada.

—Solo estoy ajustando la costura.

—Pues hazlo con más gracia. Es mi boda, Clara. Por una vez en tu vida, intenta no arruinar algo bonito.

La aguja se le clavó en el pulgar. Una gota roja apareció sobre su piel, pequeña y brillante. Clara la ocultó antes de que tocara la tela. No dijo nada. Había aprendido que en aquella casa el silencio era menos peligroso que la verdad.

Desde el pasillo llegó la voz de su madre.

—¿Ya terminaste? Los invitados llegarán en una hora, y no quiero que tu hermana aparezca con un vestido hecho por manos temblorosas.

Beatrice soltó una risa.

—Mamá, no seas injusta. Clara cose bien. Para eso sirve.

Clara tragó saliva.

Para eso sirve.

No para bailar. No para enamorarse. No para sentarse a la mesa con los demás. No para ser vista. Solo para coser dobladillos, reparar mangas, esconder manchas, arreglar lo que otros rompían.

Entonces escuchó algo que la hizo quedarse inmóvil.

En la sala, su tío Harold habló demasiado alto, creyendo que la puerta estaba cerrada.

—Yo puse cincuenta dólares a que Clara no se casa jamás.

Otra risa.

—¿Cincuenta nada más? —dijo una prima—. Yo puse cien. Nadie va a querer cargar con esa tristeza.

—Ni con esa cicatriz —agregó alguien.

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