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Jordi Pujol y Marta Ferrusola: La gran traición de 34 años y el imperio de mentiras que la familia intocable nunca quiso confesar

El 25 de julio de 2014 quedará grabado para siempre en la memoria colectiva de todo un país. Era una tarde de verano aparentemente normal cuando un comunicado, frío y extremadamente calculado, sacudió los cimientos de la política y la sociedad española. Jordi Pujol, el hombre que había sido el faro moral, el autoproclamado padre de la patria catalana y el arquitecto indiscutible de la política moderna en su región durante más de dos décadas, confesaba de pronto lo inconfesable. Durante treinta y cuatro largos años, su familia había mantenido una inmensa fortuna oculta en el extranjero, concretamente en Andorra, completamente al margen de las autoridades fiscales. En un solo instante, el gran mito se derrumbó. Esa confesión pública no fue un acto de contrición sincera ni un ataque de honestidad tardía, sino el movimiento desesperado de un hombre acorralado por las incansables investigaciones judiciales y periodísticas que ya no le dejaban margen de maniobra. Pero lo que realmente destrozó el corazón de la sociedad no fue el dinero en sí; fue la traición profunda, cruel y sostenida día tras día, durante más de tres décadas.

Para entender verdaderamente la magnitud de esta onda expansiva y el dolor que causó, es fundamental comprender quién era exactamente Jordi Pujol. No se trataba de un político ordinario, ni de un líder carismático más en las encuestas, ni de un simple gestor administrativo. Pujol había construido a su alrededor una auténtica religión laica de la que él era el sumo sacerdote. Era el “Molt Honorable”, la encarnación misma de los valores inquebrantables de esfuerzo, austeridad, trabajo incansable y patriotismo puro. Sus célebres discursos, siempre cargados de una espesa pátina de superioridad moral, marcaban el camino ético a seguir para millones de ciudadanos. En cada intervención pública, en cada inauguración, en cada entrevista televisiva, exigía a la población duros sacrificios económicos, honestidad impecable y un compromiso ciego con el país. Mientras tanto, en las sombras más frías y a espaldas de ese mismo pueblo al que sermoneaba con tanta vehemencia, él y su esposa, Marta Ferrusola, orquestaban y cuidaban una sofisticada estructura financiera digna de los grandes cárteles. La disonancia entre esa impoluta figura pública y la oscura realidad privada resultó ser tan abismal que la sociedad civil tardó años en poder procesarla y asimilarla por completo.

Y justo al lado de este coloso de la política nacional se encontraba ella, la figura imprescindible para entender este imperio: Marta Ferrusola. Lejos de ser una simple consorte o una acompañante pasiva en los actos oficiales, Ferrusola ejercía como la gran matriarca de hierro, la fiera guardiana de las esencias del partido y, como más tarde revelarían crudamente las investigaciones policiales, una pieza absolu

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