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“Finja ser mi esposa”, rogó el barón viudo enfermo — y el trato se volvió amor prohibido

—No pasará de esta noche si vuelve la fiebre —le había susurrado al mayordomo.

Y yo lo escuché.

No debía estar ahí. Una criada no debía detenerse cerca de las puertas cerradas, no debía escuchar secretos, no debía mirar directamente a los ojos de los señores de la casa. Pero cuando una ha sido pobre toda su vida, aprende que sobrevivir depende más de escuchar que de hablar.

Empujé la puerta con el hombro.

El barón Edmund Ashford estaba sentado en la cama, pálido como una estatua bajo la luz de las velas. Tenía treinta y ocho años, pero aquella noche parecía un hombre de setenta. El sudor le pegaba el cabello oscuro a la frente. Una cicatriz le cruzaba el pecho hasta perderse bajo la camisa abierta, recuerdo de una caída a caballo que, según decían, había matado a su esposa y le había robado a él la mitad del alma.

La habitación estaba vacía excepto por él y por mí.

Eso fue lo primero que me inquietó.

—¿Dónde está el señor Calder? —pregunté.

Calder era su abogado. También era el hombre más frío que yo había conocido. Siempre olía a tinta, cuero y amenaza.

El barón giró la cabeza hacia mí. Sus ojos grises ardían de fiebre, pero también de miedo.

—Cierra la puerta, Clara.

Mi nombre en su boca sonó distinto. No como una orden. Como una súplica.

Dejé la bandeja sobre la mesa y cerré despacio. El viento hizo crujir la madera de la casa. En algún lugar lejano, un retrato cayó al suelo.

—Mi señor, debe descansar.

—No hay tiempo.

Intentó incorporarse y tosió con tanta violencia que una mancha roja apareció en el pañuelo que se llevó a los labios.

Yo di un paso hacia él.

—Voy por el médico.

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