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“Ella es mi prometida”: El día que un Apache desafió el poder de un millonario

El señor Jonathan Bellamy, dueño de medio condado y de casi todo lo que daba trabajo en Santa Aurelia, estaba levantando su copa para anunciar oficialmente el compromiso de su hija.

Alicia Bellamy estaba de pie a su lado, pálida como una vela. Llevaba un vestido color marfil que parecía hecho para una novia, aunque esa noche no era una boda. A su lado, Chase Marlowe sonreía con la seguridad de los hombres que nunca han tenido que pedir permiso para nada.

Entonces vino el segundo golpe.

Más fuerte.

Las conversaciones murieron una por una.

Jonathan Bellamy frunció el ceño, molesto, no asustado. Ese hombre no sabía asustarse en público. Levantó apenas dos dedos, y dos guardias caminaron hacia la entrada.

La tercera vez no fue un golpe.

Fue un empujón.

Las puertas se abrieron de par en par y el viento del desierto entró con olor a polvo, lluvia lejana y sangre.

Mateo Nantan apareció bajo el marco de la puerta.

Venía con la camisa rota en un hombro, la cara marcada por un corte reciente y una mano envuelta en un pañuelo oscuro. No traía traje. No traía invitación. Tampoco traía miedo. Sus ojos, negros y firmes, recorrieron el salón hasta encontrar a Alicia.

Y cuando ella lo vio, dejó caer la copa.

El cristal explotó contra el mármol.

Chase dio un paso hacia ella, pero Alicia se apartó como si su mano quemara.

—Sáquenlo de aquí —ordenó Bellamy, con una calma helada.

Los guardias avanzaron.

Mateo no retrocedió.

—No he venido por usted —dijo.

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