Posted in

Ella Era La Prometida Perfecta… Hasta Que Le Dijo NO Al Duque Delante De Todos

Era perfecta.

La prometida perfecta.

La hija perfecta.

La mujer perfecta para un duque al que todos temían.

Frente a ella, el duque Adrian Blackwood mantenía la mandíbula firme, los ojos grises clavados en los suyos, la expresión tallada en piedra. No sonreía. Nunca sonreía. Decían que había quebrado a hombres poderosos con una sola frase. Decían que nadie se atrevía a contradecirlo. Decían que una mujer sensata habría dado gracias a Dios por recibir su apellido.

Pero Isabella ya no podía respirar.

A su izquierda, su padre le apretó la muñeca con tanta fuerza que ella sintió el dolor subirle hasta el hombro.

—Di que sí —susurró Augustus Hartwell sin mover los labios—. O mañana tu hermano dormirá en una celda.

Detrás de él, su madrastra, Vivian, sonreía con la dulzura venenosa de una mujer que ya había ganado. En su mano enguantada sostenía un pañuelo blanco. Dentro de ese pañuelo, Isabella sabía que había una carta. La carta que probaba la deuda de su padre, el chantaje, la mentira que había convertido su vida en una subasta elegante.

El arzobispo repitió la pregunta, creyendo que la joven no lo había oído.

—Lady Isabella Hartwell, ¿acepta usted al duque de Ravenshire como su futuro esposo, ante Dios, su familia y esta honorable sociedad?

El corazón de Isabella golpeó una vez.

Luego otra.

Pensó en su madre muerta. En la tumba sin flores. En el pequeño diario que había encontrado esa mañana detrás del retrato familiar. Pensó en la frase escrita con tinta temblorosa: “Si algún día intentan venderte para salvar nuestro apellido, recuerda que un nombre sin alma no vale nada.”

Isabella levantó la mirada.

El duque no apartó los ojos de ella.

Todos esperaban la palabra correcta.

La palabra obediente.

Read More