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El tirano que secuestró a una ciudad: La verdadera historia de Arturo ‘El Negro’ Durazo y su imperio de sangre y mármol

El 14 de enero de 1982, las aguas turbias del río Tula, a las afueras de Hidalgo, sacaron a la superficie un oscuro secreto que el poder mexicano había intentado ahogar para siempre. Doce cadáveres emergieron entre el lodo y los carrizos. No se trataba de víctimas de una guerra extranjera, ni de sicarios anónimos caídos en algún enfrentamiento entre bandas. Eran, según las investigaciones de la época, la prueba irrefutable de un sistema policial que había dejado de perseguir criminales para convertirse en el mayor sindicato del crimen organizado del país. Y en la cúspide de esa pirámide de terror se encontraba un solo hombre: Arturo Durazo Moreno.

Conocido en todo México simplemente como “El Negro”, Durazo no fue un funcionario más del viejo régimen político. Fue el amigo íntimo del presidente José López Portillo; un falso general que se paseaba por las calles con caravanas presidenciales, medallas inmerecidas y un séquito de escoltas, actuando como si la capital entera fuera su hacienda privada. Durazo transformó la placa policial en una licencia abierta para extorsionar, desaparecer personas, fabricar culpables a la medida y amasar una fortuna tan obscena que le permitió replicar el mismísimo Partenón de Atenas en una colina de Zihuatanejo. Esta es la crónica de un hombre que exprimió a una ciudad entera hasta dejarla seca, buscando convertir el miedo en columnas de mármol.

El resentimiento como motor: De la pobreza extrema al poder absoluto

Para entender la monstruosidad en la que se convirtió Arturo Durazo, hay que rastrear el origen de su profundo resentimiento. Todo comenzó muy lejos de los palacios y los lujos. Nació el 19 de octubre de 1918 en Cumpas, Sonora, una región áspera del norte de México donde sobrevivir era la única regla y la tierra no regalaba absolutamente nada. Proveniente de una familia humilde, sin apellidos ilustres, dinero ni contactos, Durazo conoció el hambre desde temprano. La familia migró a la Ciudad de México buscando un respiro, pero la capital de los años veinte y treinta solo les ofreció vecindades apretadas, calles sucias y una marginación asfixiante.

Fue en estas calles donde Durazo aprendió a observar desde abajo una ciudad que brillaba exclusivamente para otros. A diferencia de quienes encuentran en la pobreza un motivo para forjarse un futuro honesto, Durazo cultivó una rabia silenciosa y profunda que no se apagó con el tiempo. Quería vengarse de su origen. Quería entrar a esos salones de la élite que le fueron negados, pero no como invitado, sino como dueño. En ese entorno hostil de los barrios bajos, su camino se cruzó con un joven de un entorno más acomodado: José López Portillo. Esta amistad forjó un pacto siniestro que décadas más tarde cobraría dimensiones catastróficas para todo un país. Lo que a uno le faltaba de fuerza bruta, el otro lo compensaba con conexiones políticas.

La arquitectura de la corrupción: “La polla”, “el entre” y la industria del terror

El ascenso de Durazo fue metódico. Inició en el Banco de México y posteriormente, a finales de 1948, entró como inspector de tránsito. Lo que para otros era un puesto modesto, para él fue una escuela en la calle. Comprendió rápidamente que un uniforme, por humilde que fuera, inspiraba miedo; y que el miedo, bien administrado, podía ser el negocio más lucrativo del mundo. Luego pasó por la temida Dirección Federal de Seguridad, aprendiendo a la perfección el lenguaje del control estatal y la represión sistemática.

Sin embargo, el punto de inflexión definitivo ocurrió en 1976. Su amigo de la infancia, José López Portillo, asumió la presidencia de la República. El sueño de Durazo se materializó al ser nombrado titular de la Dirección General de Policía y Tránsito del Distrito Federal. Por primera vez en su vida, ya no estaba cerca del poder, sino que encarnaba el poder mismo.

Inmediatamente, instauró un sistema de corrupción piramidal que la jerga policial bautizó como “la polla” o “el entre”. Un patrullero ya no salía a las calles a cuidar a los ciudadanos; salía con la obligación de cumplir una cuota monetaria. Si un agente de tránsito detenía a un conductor, no era por una infracción real, era para exprimirle dinero y llegar a la meta antes del fin de turno. Los comandantes recolectaban estos sobornos y enviaban su porcentaje hacia arriba, en una escalada de sobres llenos de billetes que terminaban en las manos de Durazo. La extorsión se institucionalizó bajo un régimen de terror interno: el policía que no pagaba su cuota podía perder su trabajo, o peor aún, su vida.

Cuando las cuotas diarias de la calle no fueron suficientes, la maquinaria descendió a los verdaderos infiernos. Se vincularon sectores enteros de la policía con el tráfico de drogas y redes de contrabando. Para justificar su puesto y aparentar eficacia ante la prensa, perfeccionó uno de los mecanismos más perversos posibles: la fabricación de culpables. Ante robos escandalosos, sus agentes simplemente secuestraban a personas pobres y sin conexiones, sometiéndolas a torturas brutales hasta que firmaban confesiones falsas prefabricadas. Los verdaderos criminales seguían libres mientras la sociedad creía estar protegida.

Un infierno familiar revestido con fajos de billetes

La tiranía del “Negro” Durazo no se detenía en las calles; también envenenó las raíces de su propio hogar. Casado con Silvia Garza Sáenz, una mujer famosa por su gusto desmedido por el lujo extremo, la familia vivió en una burbuja de riqueza inaudita. Pero detrás de las gruesas puertas de caoba, no había paz ni ternura. Durazo no educaba a sus cuatro hijos, sino que los programaba a su imagen y semejanza, tratándolos como extensiones de su propia ambición.

Diversos testimonios de la época, como los relatos del actor Roberto Palazuelos —quien convivió en ese entorno durante su niñez—, describen escenas sumamente perturbadoras. En lugar de llevar bicicletas o balones a los días de descanso, Durazo ponía en las manos de los niños armas de fuego reales. Subametralladoras y pistolas pesadas se convirtieron en juguetes con los que el jefe de policía enseñaba a los niños a cargar y disparar. Les inculcó que la violencia era el idioma del éxito. Recompensaba a los menores con fajos de billetes de cien dólares, enseñándoles la peligrosa lección de que todo en la vida se compra y cualquiera puede ser doblegado. Aquella familia heredó una condena emocional disfrazada de privilegio, creciendo en un encierro donde la paranoia y el resentimiento social eran los verdaderos amos de la casa.

El Partenón de Zihuatanejo: El delirio de un falso emperador

El dinero malhabido quemaba en las manos de Durazo. Sentía la imperiosa necesidad de transformar su terror en algo monumental, buscando desesperadamente que su delirio de poder pareciera eterno. A comienzos de los años ochenta, ordenó construir una réplica a escala del Partenón griego en una colina de más de 20,000 metros cuadrados en Zihuatanejo, Guerrero.

El costo estimado de esta obra faraónica rondaba los 700 millones de pesos de la época, una cifra que ningún servidor público podría justificar jamás. Pero lo verdaderamente monstruoso no fue el despilfarro económico, sino la mano de obra. Múltiples testimonios e investigaciones confirmaron que Durazo utilizó a policías uniformados y armados como albañiles esclavos. Hombres encargados de la seguridad de la capital eran forzados a mezclar cemento y cargar piedra bajo el ardiente sol del Pacífico para cumplir el capricho personal de su jefe.

Por dentro, la edificación era un monumento grotesco al exceso: mármol de Carrara importado de Italia, salones forrados de terciopelo, réplicas de esculturas clásicas, una estatua de bronce de Zeus de dos metros y, en el subsuelo, una discoteca privada inspirada en el mítico Studio 54 de Nueva York. Las noches en el Partenón no eran simples fiestas; eran ceremonias de impunidad. Altos funcionarios, empresarios, figuras del espectáculo y personajes del mundo criminal se mezclaban entre ríos de champaña y pactos oscuros, en una época donde el resto del país se asfixiaba bajo una crisis económica brutal.

El derrumbe del tirano y el eco de sus ruinas

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