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El Duque La Miró… Solo Tenía Una Carreta Y Ella Ocultaba Un Gran Secreto

—Firma aquí —dijo él, empujando un documento sobre la mesa—. Renuncias a cualquier reclamo y te largas antes de que oscurezca.

—Mi madre aún no está enterrada —susurró Lucía.

Inés soltó una risa corta, cruel.

—Tu madre sabía perfectamente quién eras. Por eso no te dejó nada.

Aquellas palabras hicieron más daño que la bofetada. Lucía miró hacia la puerta del dormitorio, donde el cuerpo de Elena Valverde descansaba bajo una sábana blanca. Solo unas horas antes, su madre le había apretado la mano con una fuerza desesperada y le había dicho algo que no tenía sentido.

“Ve al Ducado de Ravenshire. Busca al duque. No confíes en nadie que lleve el broche del halcón negro. Y, Lucía… el niño debe vivir.”

El niño.

Lucía sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.

Mateo siguió su mirada y sus ojos se estrecharon.

—¿Dónde está? —preguntó en voz baja.

Lucía no respondió.

—No te hagas la santa conmigo. Tu madre escondía algo. Cartas, joyas, papeles… o quizá ese mocoso que lloraba en el granero anoche.

Inés dejó de reír.

—¿Un niño? ¿Qué niño?

Mateo avanzó hacia Lucía, lento, pesado, oliendo a tabaco y vino.

—El hombre que vino de la mansión lo pagará bien. Mucho mejor si se lo entregamos vivo.

Lucía sintió que el miedo le subía por la garganta, pero lo tragó. Afuera, detrás del establo, bajo una lona vieja dentro de una carreta rota, un pequeño de cinco años esperaba en silencio con una medalla de plata colgada del cuello y una promesa cosida al forro de su abrigo.

—No sé de qué hablas —dijo Lucía.

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