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El duque habló frío en la noche de bodas: “Esto no es amor, es venganza”

El duque Alejandro de Valcárcel no me miró al principio.

Se quitó los guantes despacio. Uno. Luego el otro. Los dejó sobre la mesa de caoba con una calma que me dio miedo. No porque levantara la voz. No porque tuviera una copa en la mano ni porque caminara como un animal furioso.

Me dio miedo porque parecía vacío.

Un hombre enojado todavía pertenece al mundo de los vivos. Un hombre vacío, no.

—Su Excelencia… —murmuré, odiando lo pequeña que sonó mi voz.

Entonces él se volvió.

Hasta ese momento, durante toda la ceremonia, yo había creído que su frialdad era orgullo. Me equivoqué. Lo que vi en sus ojos no era orgullo. Era una herida vieja, podrida por dentro, escondida bajo seda negra y apellido noble.

—No vuelvas a llamarme así cuando estemos solos —dijo.

Tragué saliva.

—Entonces… ¿cómo debo llamarlo?

Sus labios apenas se movieron.

—Como quieras. No importa. Ningún nombre cambiará lo que eres.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

Yo había llegado a ese matrimonio obligada por mi padre, empujada por deudas, amenazas y una vergüenza familiar que no entendía del todo. Me habían vestido, perfumado, peinado, entregado. Como se entrega una finca. Como se entrega una promesa rota. Como se entrega una hija cuando ya no queda dinero para fingir dignidad.

Pero aun así, en alguna esquina tonta de mi corazón, había esperado una explicación. Un trato decente. Una posibilidad mínima de que aquel hombre, famoso por su inteligencia y su dureza, no fuera cruel.

Alejandro caminó hacia mí. No demasiado cerca. Lo suficiente para que yo viera la cicatriz delgada que le cruzaba la mano derecha, blanca sobre la piel morena.

—Mi madre murió pronunciando tu apellido —dijo.

El mundo se inclinó.

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