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El Duque Fingió Ser Pobre… Pero Ella Descubrió Su Verdadera Identidad

Su hermanastra Isabela, hermosa como una pintura y cruel como un invierno sin fuego, sonrió sin mirarla.

—El marqués de Aldavia ha ofrecido cancelar todas nuestras deudas si Elena acepta servir en su casa durante un año.

—¿Servir? —Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies—. ¿Como criada?

Su padre, don Álvaro Villamar, no levantó la vista del plato. Tenía el rostro gris, envejecido de golpe, pero no lo bastante avergonzado como para defenderla.

—Es una oportunidad —murmuró.

—¿Una oportunidad para quién? —preguntó Elena—. ¿Para mí o para ustedes?

Beatriz dejó la copa con tanta fuerza que el vino salpicó el mantel.

—Mira cómo hablas. Comes bajo este techo por caridad.

Aquella frase cayó sobre la sala como un cuchillo.

Elena parpadeó. Durante diecinueve años había creído que, aunque Beatriz no la quisiera, al menos su padre sí. Durante diecinueve años había trabajado, cosido, vendido joyas de su madre muerta, soportado insultos y silencios, pensando que su sitio en aquella casa era legítimo.

—Soy hija de mi padre —dijo, aunque su voz sonó más pequeña de lo que esperaba.

Entonces Beatriz rio.

No fue una risa fuerte. Fue peor. Fue una risa breve, afilada, cargada de una verdad guardada demasiado tiempo.

—¿Tu padre? —susurró—. Pregúntale, Elena. Pregúntale por qué jamás pudo mirarte a los ojos cuando la gente decía que te parecías tan poco a él.

Elena giró lentamente hacia don Álvaro.

—Padre…

Él cerró los ojos.

Isabela se incorporó, disfrutando cada segundo.

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