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“Cásate con mi hija fea o vete”: El extraño aceptó, pero al quitar el velo quedó en SHOCK

Don Laureano Arismendi, dueño de la hacienda La Encina y de medio valle de Santa Aurora, levantó la mirada desde la cabecera de la mesa. Tenía setenta años, una voz seca como madera vieja y unos ojos que todavía podían hacer callar a cualquier hombre.

—He dicho que esta noche mi hija menor se casará.

La tía Amalia soltó una risita venenosa.

—¿Casarse? ¿Esa muchacha? Laureano, por favor. Ni los peones la miran sin santiguarse.

Desde la parte más oscura del salón, detrás de una columna, una joven cubierta con un velo gris bajó la cabeza. Se llamaba Inés. Nadie la llamaba por su nombre en aquella casa. Para ellos era “la fea”, “la sombra”, “el error de la familia”. Llevaba años comiendo sola, rezando sola, viviendo en un cuarto del ala vieja donde las paredes olían a humedad y secretos.

Pero aquella noche había sido arrastrada al comedor como una condenada.

Afuera, la lluvia golpeaba los tejados. Adentro, la herencia ardía como pólvora.

—La cláusula del testamento de mi padre es clara —continuó Don Laureano—. Si antes de mi muerte mis tres hijos no están casados, La Encina no quedará en manos de ninguno. Pasará a la fundación del obispado.

Bruno se puso de pie de golpe.

—¡Eso es mentira!

—El notario lo confirmó esta tarde.

La esposa de Bruno, Clara, se llevó una mano al pecho, pálida de rabia. Amalia dejó de sonreír. El primo Rodrigo, que llevaba meses calculando cómo quedarse con los establos del norte, maldijo por lo bajo.

Solo Inés no dijo nada.

—Entonces búscale cualquier viejo desesperado —escupió Bruno—. Pero no hagas un espectáculo en la mesa familiar.

Don Laureano golpeó el bastón contra el suelo.

—Ya lo encontré.

Todos voltearon hacia la puerta.

Allí, empapado de lluvia, con el sombrero en la mano y las botas cubiertas de barro, estaba el hombre que el mayordomo había dejado entrar minutos antes por compasión. Un desconocido. Alto, delgado, con barba de varios días y una chaqueta gastada. Había pedido techo para pasar la tormenta y un plato caliente. Nadie sabía su nombre. Nadie sabía de dónde venía.

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