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ABANDONADA, ENCONTRÓ REFUGIO EN UN GRANERO VIEJO… PERO LO QUE PASÓ DESPUÉS LO CAMBIÓ TODO

—Ya no eres mi problema, Lucía —me dijo antes de cerrar la puerta.

Yo todavía tenía la mano apoyada sobre mi vientre de siete meses.

—Daniel, por favor… —alcancé a decir—. No hagas esto. Por el bebé.

Ni siquiera me miró.

La mujer que iba sentada en el asiento del copiloto, una rubia de uñas rojas y sonrisa pequeña, bajó la vista como si le diera vergüenza verme. Pero no dijo nada. Nadie dijo nada. Y a veces el silencio de los cobardes duele más que la crueldad de los malos.

La camioneta arrancó. Las llantas levantaron barro. Las luces rojas se hicieron pequeñas, luego borrosas, luego desaparecieron tras una curva negra.

Me quedé sola.

La tormenta caía con tanta fuerza que parecía que el cielo se estaba rompiendo. El viento empujaba los árboles hacia un lado y otro como si quisiera arrancarlos del suelo. La carretera estaba vacía. A mi derecha solo había campos oscuros, cercas de alambre y una línea de postes eléctricos que parpadeaban a lo lejos. A mi izquierda, una zanja llena de agua turbia.

Intenté llamar a mi hermana, pero el teléfono murió antes de que pudiera marcar el número completo.

La pantalla se apagó.

En ese momento, una punzada me atravesó el vientre.

Me doblé sobre mí misma, respirando con dificultad. Por un segundo pensé que iba a caer de rodillas en el barro, allí mismo, como un animal herido.

—No, no, no… —susurré—. Todavía no.

Otra contracción me dejó sin aire.

Entonces vi algo.

A lo lejos, más allá del campo, había una sombra enorme contra el cielo. Un techo inclinado. Maderas torcidas. Una puerta abierta que golpeaba con violencia por el viento.

Un granero viejo.

No parecía seguro. No parecía cálido. No parecía un lugar donde una mujer embarazada debía entrar en mitad de una tormenta.

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