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SU VECINO ERA UN CEO ARROGANTE. ELLA SOLO QUERÍA DORMIR. PERO LAS PAREDES ERAN DEMASIADO FINAS.

SU VECINO ERA UN CEO ARROGANTE. ELLA SOLO QUERÍA DORMIR. PERO LAS PAREDES ERAN DEMASIADO FINAS.

Antes de empezar, dime algo. ¿Alguna vez tuviste un vecino que te hizo desear mudarte o cometer un pequeño crimen perfectamente justificable? Porque esta historia empieza así. Así que haz algo rápido, deja tu like ahora, sí, ahora. Y quédate hasta el final, porque te prometo que este vecino no es lo que parece y lo que va a pasar entre ellos tampoco.

 Alejandro Rivas tenía 34 años, un penhouse en uno de los edificios más exclusivos del barrio de Salamanca en Madrid y una filosofía de vida que podría resumirse en tres palabras: eficiencia sobre todo. No era un hombre complicado según él mismo, era un hombre claro. sabía lo que quería, lo conseguía y no malgastaba tiempo en cosas que no aportaban valor.

 El amor, por ejemplo, el amor era una distracción cara con un roy desastroso. Lo había visto en sus socios, en sus amigos, incluso en su propio padre, que había reconfigurado su vida entera dos veces por mujeres, que luego se fueron igual. No, gracias. Alejandro prefería las relaciones cortas, agradables, sin promesas ni expectativas, mucho más eficiente.

 Su penhouse era una extensión de esa filosofía. Todo minimalista, todo en su sitio, nada superfluo. Ventanales de suelo a techo con vistas al Skyline de Madrid, una cocina que apenas usaba, un despacho con dos pantallas, una pizarra de cristal y una cafetera de 3,000 € que era, en sus propias palabras la única relación estable de mi vida.

Sus amigos siempre le decían que eso era un poco patético. Él les decía que el café nunca le había mandado un mensaje a las 2 de la mañana preguntando, ¿qué somos? Para Alejandro. El problema, porque siempre hay un problema y el narrador de esta historia es honesto, era el edificio, hermoso por fuera, discreto por dentro, pero con una particularidad que el agente inmobiliario había mencionado de pasada, casi susurrándolo, esperando que la vista de las vistas lo tapara todo.

 Las paredes eran finas, no de cartón, pero casi, lo suficiente como para escuchar si uno prestaba atención lo que pasaba al otro lado. A Alejandro nunca le había importado hasta ese martes de octubre había llegado al edificio un nuevo inquilino en el piso contiguo al suyo. Bueno, inquilino inquilina.

 Mía Solano, médica, 31 años, especialidad en urgencias, recién llegada a Madrid desde Valencia para completar su residencia en el Hospital Universitario La Paz y como cualquier residente de urgencias que se precie, con un único y sagrado objetivo en los momentos en que no estaba en el hospital. Dormir, solo dormir.

 Dormir era su deporte, su hobby, su razón de existir fuera del trabajo. Si hubiera podido poner algo en su perfil de alguna red social, habría puesto apasionada del sueño REM. No era exageración, era necesidad biológica pura. Las guardias de 12 y 16 horas te hacen ver el colchón con una devoción que roza lo espiritual.

El problema era el vecino, el vecino del penthouse de al lado, cuyo nombre Mía aún no sabía, pero para quien ya había inventado varios apodos, ninguno cariñoso, desde el primer día. El primer día fue un jueves. Mía llegó a las 8 de la tarde después de un turno de 14 horas. se duchó, comió algo que técnicamente podría llamarse cena, yogur y media lata de atún, el menú de los héroes, y se metió en la cama con la intención de dormir 12 horas seguidas.

 Un sueño modesto, alcanzable. A las 10:30 empezaron las voces al otro lado. No gritos, voces. Pero en ese edificio con esas paredes, las voces del vecino llegaban con una claridad perturbadora. Eran voces de reunión. alguien hablando de márgenes, de presentaciones de un cliente en Frankfortas. A eso se sumaba el ruido sordo de pisadas, el eco de risas masculinas, el inconfundible sonido de alguien que está siendo muy importante en su propio salón. Mía aguantó.

 Se puso el segundo cojín sobre la cabeza. Contó ovejas. Contó médicos, contó enfermedades raras por orden alfabético, técnica que había aprendido en la residencia y que a veces funcionaba. A medianoche la reunión terminó. Silencio. Mía empezaba a dormirse y entonces música no alta, pero música, jazz concretamente con ese tipo de bajo que atraviesa paredes como si no existieran.

 Mía abrió los ojos en la oscuridad y miró el techo. Bien, dijo en voz baja. Bien. Al día siguiente llegó al hospital con una ojera digna de estudio clínico. Su mejor amiga, la doctora Sofía Mendoza, la vio llegar a la sala de descanso y frunció el seño. “Tienes cara de haber dormido en una autopista.” Tengo un vecino”, dijo Mía, dejándose caer en la silla con el dramatismo de quien ha sobrevivido a algo.

 Un vecino del infierno. Sofía, que era exactamente lo opuesto de Mía en términos de energía, siempre alerta, siempre con algo gracioso que decir, con una capacidad para el caos social que rozaba lo sobrenatural, se sentó frente a ella con el café en la mano y los ojos brillando. Cuéntame todo. Reuniones a medianoche.

 a la 1 y esta mañana Mía hizo una pausa dramática. A las 7 alguien estaba haciendo lo que creo que era una llamada de videoconferencia con Asia, con el altavoz. Sofía abrió la boca. Con altavoz. Con altavoz, Sofía. Eso es un crimen. Eso debería estar en el código penal. Me alegra que lo veas así. ¿Has hablado con él? Mía la miró. Con él. Es hombre.

 Por los sonidos que llegan, deduzco que sí y que tiene muchos amigos y que a esos amigos también les encanta el volumen. Sofía asintió despacio con esa expresión que tenía cuando estaba archivando información para usarla después. Y es guapo, Sofía. No lo sé. No lo he visto. Eso es un no sé si es guapo, pero ya estoy pensando en él. Que es peor.

 Mía señaló la puerta. Vete a trabajar. Ya voy, ya voy. Pero oye, Sofía se levantó ya en movimiento, ya sonriendo. Si es guapo y molesto, eso tiene nombre. ¿Cuál? Protagonista de historia romántica. Mía le tiró un bolígrafo. Sofía lo esquivó con la agilidad de quien lleva años sorteando verdades incómodas y desapareció por el pasillo riéndose. La segunda semana fue peor.

 No porque el vecino fuera más ruidoso, sino porque Mia empezó a entender los patrones. Y entender los patrones era paradójicamente más perturbador que el ruido en sí. El hombre tenía una vida social de una intensidad desconcertante para alguien que presumiblemente también trabajaba. Las reuniones eran frecuentes y largas.

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