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“No voy a llorar por usted”, le dijo. El Duque no pudo dormir esa noche

“No voy a llorar por usted”, le dijo. El Duque no pudo dormir esa noche

La voz del duque llegó desde el estudio con la puerta entreabierta, ligera y segura, como la de quien nunca ha tenido razones para bajar el tono. Remedios. Castillo se detuvo en el corredor con una pila de libros entre los brazos. Él le decía algo a su mayordomo, algo sobre ella, con la misma certeza con la que un hombre habla del tiempo.

 “Todas lloran al final”, dijo. Ella no será la excepción. Remedios no se movió hasta que la frase terminó. Después siguió caminando. Si esta historia ya te atrapó desde el primer momento, suscríbete al canal y acompáñame hasta el final. Y dime desde qué rincón del mundo me escuchas. Leo cada comentario con mucho cariño.

 Llegó a la biblioteca, depositó los libros sobre la mesa de trabajo y los ordenó por fecha de publicación sin mirar la puerta. tenía ese hábito desde niña. Cuando algo la golpeaba por dentro, las manos seguían haciendo lo que debían. Era la única forma que conocía de no darle al golpe más tamaño del que merecía. Llevaba seis semanas en Thornwick Hall.

 Había llegado en octubre con una carta de recomendación de la institución académica de Londres, donde había trabajado los tres años anteriores, y con el cuidado silencioso de quien sabe que las segundas oportunidades no se desperdician. La primera había terminado mal, no por culpa suya, aunque eso nunca quedó escrito en ningún papel.

 Una acusación de conducta inapropiada fabricada por un secretario que no toleraba que una mujer organizara mejor que él los archivos del conde. Remedio se había ido sin defenderse en voz alta, porque sabía que no había defensa posible contra un hombre con más apellidos que ella. Se fue con la cabeza recta y los dientes apretados. y no miró atrás.

 En Thornwick el trabajo era real y era suyo. La biblioteca llevaba 15 años sin un catalogador serio, volúmenes apilados sin criterio, registros incompletos, encuadernaciones dañadas por la humedad del ala norte. Remedios había llegado, abierto la primera caja y sentido algo parecido al alivio.

 Aquí había suficiente desorden para años de trabajo honesto. Aquí nadie la molestaría si hacía bien lo que sabía hacer. había calculado mal una cosa, no contaba con el duque. Alejandro Fairfax, Duke of Thornwick, tenía 35 años y la costumbre tranquila de los hombres que nunca han tenido que ganarse nada que no estuviera ya esperándolos. No era cruel.

 Remedios había trabajado para hombres crueles y sabía reconocerlos desde la primera semana. Era algo diferente y en cierto modo más difícil de ignorar. Era un hombre que nunca había considerado seriamente que las personas a su alrededor pudieran tener una vida interior que no girara en torno a él. Eso no lo hacía malo, lo hacía descuidado.

 Y el descuido en su experiencia hacía más daño que la maldad deliberada, porque al menos la maldad tenía la decencia de saber lo que era. La tarde en que lo oyó hablar, Remedios volvía de la sala de registros del ala este. La puerta del estudio estaba entreabierta. El duque nunca la cerraba del todo cuando conversaba con Thomas, su mayordomo, un hombre delgado y silencioso que llevaba 20 años en la casa y que recibía las opiniones de su señor con la misma expresión neutra con la que habría recibido el pronóstico del tiempo. Es competente, había dicho el

duque y Remedios reconoció que hablaban de ella por la pausa que siguió. Esa pausa específica que precede siempre a un pero, demasiado seria para mi gusto, pero no importa. Thomas no respondió, o si respondió, Remedios no lo oyó, porque lo que vino después ocupó todo el espacio disponible. Todas lloran al final, Thomas.

 Es solo cuestión de tiempo. Ella no será la excepción. lo dijo con ligereza, como quien cierra un tema menor antes de pasar a otro, sin malicia particular, lo cual era de alguna forma lo peor. Remedios siguió caminando, llegó a la biblioteca, dejó los libros y se quedó de pie frente a la estantería, con las manos quietas sobre el lomo de un volumen que no había abierto todavía.

Todas lloran al final. No era la primera vez que oía esa certeza en la voz de un hombre. La había escuchado antes, en otro tono, en otro lugar, pero la sustancia era la misma. La convicción de que toda mujer, tarde o temprano se doblaba, de que la contención era solo aplazamiento, no carácter, de que esperar era suficiente.

Su madre había esperado también. Ese pensamiento lo archivó rápido antes de que pudiera crecer. Había una carta en su maletín de viaje. La había cargado durante 15 años desde que su madre murió y se la dejó con un único pedido escrito en el sobre. Ábrela cuando ya no te haga daño.

 Remedios nunca había encontrado ese momento. No solo porque tuviera miedo de lo que decía, aunque eso también, sino porque abrir esa carta era admitir que el daño todavía existía, que algo en ella seguía esperando algo que ya no iba a llegar. Era más fácil cargar la cerrada que enfrentar lo que contenía. Cerró los dedos alrededor del volumen y lo llevó a la mesa.

 Tenía trabajo que hacer. Fue Mrsis Philis Crin, el ama de llaves de Thornwick, una mujer de 60 años con manos grandes y paso firme que llevaba 29 años en la casa, quien apareció en la puerta de la biblioteca esa misma tarde con una taza de té que remedios no había pedido. La dejó sobre la mesa sin comentario. observó la pila de volúmenes ya organizados con una expresión difícil de descifrar y dijo solo que la chimenea de esa ala tenía tendencia a apagarse después de las 8 si no se le añadía leña a tiempo. “Lo tendré en cuenta”, dijo

Remedios. Mrs. Cran asintió y salió sin más. Era ese tipo de gesto sin nombre y sin explicación, depositado como si fuera lo más natural del mundo, lo que hacía que Thornwick se sintiera distinto a las otras casas donde había trabajado, no más cálido necesariamente, pero más honesto en sus pequeñeces, lo cual hacía más difícil, no más fácil, ignorar lo que había oído en el corredor.

 Esta noche, sentada frente al fuego con el registro de catalogación sobre las rodillas, Remedios midió la alternativa con la misma frialdad con la que habría evaluado cualquier otro problema práctico. Podía irse, podía escribir a Londres antes de que el invierno cerrara los caminos. Nadie la obligaba a quedarse en una casa donde el duque ya había decidido qué haría con ella antes de haberle dirigido una sola palabra real.

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