Posted in

LA MADRASTA LA ECHÓ DE CASA EMBARAZADA… PERO ENCONTRÓ UNA FINCA OLVIDADA, Y TODO CAMBIÓ

LA MADRASTA LA ECHÓ DE CASA EMBARAZADA… PERO ENCONTRÓ UNA FINCA OLVIDADA, Y TODO CAMBIÓ

Sin padre que cargas aquí ya no tienes nada, gritó Rosalba cerrando la puerta de un portazo. La risa resonó por el patio. No sabía que estaba apostando con la persona equivocada. Alma quedó parada en el camino de tierra. Una maleta vieja a sus pies, el vientre redondo latiendo bajo el vestido de lino.

 El sol apenas empezaba a asomar entre los árboles. “Y no vuelvas jamás”, repitió la voz desde adentro. Esta casa es mía, mía y de mi hija. Camila se asomó por la ventana. Sonreía. Tenía la misma mueca torcida que su madre. En su mano sostenía una taza humeante. El desayuno que Alma ya no probaría.

 Pobrecita murmuró Camila mirándola desde arriba. Tan joven y ya con una carga. Alma no lloró. Apretó la maleta contra el pecho. Bajó la mirada hacia el polvo del camino. Respiró una vez. Dos. Tres. La voz de su abuela Catalina volvió a ella. Era el susurro de siempre, el que nunca la había abandonado. Mi niña, la dignidad no se gana, se lleva.

 Alma levantó la barbilla, apretó los dedos en el mango de cuero de la maleta y empezó a caminar. Cada paso pesaba, no solo por la criatura que llevaba dentro, sino por todo lo que dejaba atrás sin saberlo. La casa donde su padre Jacinto había vivido sus últimos años, la silla donde el viejo se sentaba cada tarde a liar su cigarro, el patio donde ella misma jugaba cuando era niña.

 Todo eso ahora era de Rosalba. Oficialmente, según los papeles que Rosalba había agitado frente a su cara hacía apenas unos minutos. Papeles firmados por Jacinto en sus últimos días. Papeles que, según decía la viuda, le daban todo. “Tú no tienes derecho a nada”, le había escupido Rosalba con los ojos entrecerrados. “Ni siquiera tu apellido vale algo y ese hijo que llevas menos aún.

” Alma había querido responder. Había querido gritar que ese hijo era legítimo, hijo de Matías, el joven carpintero que había sido su esposo apenas un año. Matías, que había partido al norte buscando trabajo. Matías que no había vuelto, nadie sabía dónde estaba, pero Alma no había respondido. Había callado, porque su abuela también le había enseñado eso.

gastes palabras con quien no las merece mi niña. Guárdalas para quien sí. Caminó hasta el cruce donde el sendero se bifurcaba. A la derecha el camino al pueblo, a la izquierda los cerros. Dudó. Si iba al pueblo, la verían. Esa mañana en misa la verían. La viuda joven, preñada, expulsada como una sirvienta cualquiera.

 Los comentarios, los susurros, las miradas de lástima que lastimaban más que los golpes, pero no tenía opción. En el pueblo estaban las pocas personas que podían ayudarla. Doña Marcela, la panadera que había sido amiga de su madre antes de su partida, don Ezequiel, el viejo del molino, que siempre le regalaba un pan cuando era niña. Alma tomó el camino al pueblo.

 A lo lejos, desde la ventana de la casa que acababa de perder, Rosalba la observaba. Junto a ella, Camila reía. ¿Crees que volverá, madre?, preguntó la joven. Rosalva sonrió con los labios apretados. volverá arrastrándose y cuando lo haga le cerraremos la puerta otra vez. Pero antes me va a escuchar rogar.

 Lo juro por esta casa que ahora es nuestra. La apuesta estaba hecha con testigos invisibles, con la arrogancia de quien cree que ya ganó. Lo que Rosalva no sabía era que en el fondo de la maleta de alma, envuelto en un trapo gastado, había un cuaderno de cuero viejo, un cuaderno que la abuela Catalina le había dado antes de partir, un cuaderno que Alma nunca había abierto porque la abuela se lo había pedido.

Solo cuando no tengas a dónde ir, mi niña, solo entonces. Alma no lo sabía aún, pero acababa de llegar a ese momento. El pueblo despertaba con la neblina pegada al suelo. Las primeras campanadas de la iglesia sonaron cuando Alma cruzó el puente de madera. La vieron. Primero fue la señora Eulogia barriendo el frente de su casa.

 Detuvo la escoba. Miró a Alma de arriba a abajo. El vientre, la maleta, la cara cansada. No saludó. Alma bajó la mirada. siguió caminando. Alma, llamó alguien a media cuadra. Era doña Marcela, la panadera. Niña, ¿qué haces con esa maleta? Alma intentó sonreír. No pudo. Doña Rosalva me pidió que me fuera, dijo con voz baja.

 Dice que la casa ya no es mía. Doña Marcela suspiró largo. Miró hacia atrás, hacia el interior de la panadería. Entra, niña. Te doy un café y un pan. Gracias. Alma entró. dejó la maleta junto a la puerta. El olor a pan recién horneado le llenó los pulmones. Por un segundo sintió paz, pero solo por un segundo. Marcela.

 La voz provino del fondo. Era Heriberto, el marido. Ven acá un momento. Marcela bajó la cabeza, le hizo un gesto a Alma para que esperara. Entró a la trastienda. Alma escuchó las voces bajas, tensas. No quiero problemas con Rosalva, mujer. Tú sabes cómo es. Es solo un pan, hombre. Un pan hoy, una cama mañana.

 ¿Y después qué? Rosalba nos deja de comprar harina. Alma cerró los ojos, entendió. Cuando Marcela salió tenía los ojos húmedos. Niña, ¿está bien, doña Marcela? De verdad está bien. Alma tomó su maleta y salió. Cruzó la plaza. En la esquina, junto a la fuente, tres vecinas estaban reunidas. Una de ellas era Damaris, la mujer del alcalde.

Al verla pasar, susurraron. No se cuidaron de ser discretas. Mira cómo viene. Pobre. Ya sabía que Rosalva no la iba a aguantar para siempre. Con todo respeto, es lo que pasa por andar con jóvenes que desaparecen. El tal Matías ya nunca va a volver. Alma apretó los dientes. No se volvió. No respondió. Damari se plantó en su camino.

 Niña, si vas a pedir limosna, mejor vete al pueblo de al lado. Aquí ya te conocen demasiado. No voy a pedir nada. Entonces, ¿a dónde vas? Alma no contestó. Rodeó a la mujer y siguió caminando. Y entonces, en la esquina del molino, apareció Rosalba. Había venido hasta el pueblo en un carruaje prestado del tío Anselmo con Camila al lado, vestida como para una fiesta.

Read More