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La Joven Pidió Trabajo En La Granja… Días Después Hizo Arrestar Al Dueño Por Un Viejo Delito

La Joven Pidió Trabajo En La Granja… Días Después Hizo Arrestar Al Dueño Por Un Viejo Delito

Alba Cortés llegó a las puertas del cortijo Santa Lucía con los zapatos cubiertos de polvo, un vestido de tela vasta descolorida y la voz humilde de quien viene a pedir trabajo en la cocina. Alberto Rojas, el dueño de tierras más rico de la comarca andaluza, la miró como se mira una mendiga y con una frialdad medida le permitió quedarse.

Tres días después, ese mismo hombre poderoso fue esposado por la Guardia Civil delante de su propia casa. Nadie sabía que la joven que pedía trabajo no había venido a ganarse el pan. Había venido a encontrar el lugar donde su madre llevaba enterrada 20 años. Era una tarde de finales del verano del año 1908 cuando Alba Cortés apareció sola en el camino de Tierra rojiza que conducía al cortijo, Santa Lucía.

Llevaba un vestido gris descolorido y un pequeño jatillo apretado contra el pecho. El rostro mostraba el cansancio de muchos kilómetros andados, pero detrás de la fatiga había una determinación silenciosa, casi sagrada. Se detuvo ante la gran puerta de hierro forjado, donde un sol y una rama de olivo se alzaban como emblemas sobre el arco.

 Víctor Gil, el portero, le preguntó si venía a pedir comida o cama. Alba respondió que venía a pedir trabajo. Sabía cocinar, fregar, cuidar las gallinas, recoger aceitunas. Haría cualquier cosa a cambio de un techo y un jornal. Víctor se ríó. La consideraba demasiado delgada para la faena del campo. Pero en la cocina faltaba una mano, así que la condujo hasta el patio principal.

Por primera vez, Alba contempló la verdadera dimensión de Santa Lucía. La casa grande era de piedra blanca, con tejas viejas y un patio empedrado. Al oeste se veían las cuadras, más allá un huerto de naranjos secos y casi escondida junto a un pozo seco una pequeña capilla. Alberto Rojas apareció en el porche.

Vestía camisa blanca, chaleco oscuro y zapatos de cuero limpios. La autoridad no se le notaba en la voz, sino en el silencio que provocaba a su alrededor. Le preguntó a Alba de dónde venía. Ella respondió que venía de un pueblo lejano, cerca de Granada, que sus padres habían muerto y no le quedaba familia. Solo necesitaba un trabajo.

 Alberto la miró de arriba a abajo. Le advirtió que Santa Lucía no era una casa de caridad. Si trabajaba lento, si robaba o si era demasiado curiosa, la echaría esa misma noche. Alba inclinó la cabeza y aceptó. Al cruzar la puerta principal, sus ojos se posaron un instante en el sol y la rama de olivo grabados en el dintel.

 Su rostro cambió apenas, solo un parpadeo. Era el mismo emblema bordado en el pañuelo viejo que llevaba escondido en el jatillo. Aquella primera noche en Santa Lucía, Alba no durmió, abrió el jatillo, sacó el pañuelo y susurró en voz muy baja, “Era madre, he encontrado este lugareo.” A la mañana siguiente, Alba quedó como ayudante de cocina bajo las órdenes de Teresa Fuentes, el ama de llaves que llevaba más de 30 años.

 sirviendo en Santa Lucía. Teresa era enjuta, con el pelo gris recogido en un moño bajo y los ojos siempre fijos en el suelo, como quien ha aprendido a no llamar la atención. No fue cordial con la nueva, pero tampoco cruel. le dio tres advertencias claras: no subir nunca al piso superior, no entrar en el corredor del oeste y no preguntar por las cosas viejas del cortijo.

Con el paso de los días, Alba comprendió que Santa Lucía era un lugar próspero, pero impregnado de miedo. Los jornaleros trabajaban en los olivares de sol a sol, pero poco se atrevían a mirar de frente la casa principal. En la cocina, las criadas hablaban tan bajo que casi parecían rezar. Cuando Alberto cruzaba un patio, todo ruido se apagaba por costumbre.

 Alba observaba con paciencia. vio que Alberto guardaba siempre un manojo de llaves de plata en el bolsillo del chaleco. Ahí vio que cenaba solo en el comedor antiguo acompañado de una botella de vino. Vio que jamás pasaba cerca de la capilla del huerto, aunque allí había rezado la familia anterior. El corredor del oeste estaba siempre cerrado, pero a veces Teresa se quedaba mirándolo desde el umbral con un temor antiguo.

En la cocina, los criados murmuraban que Santa Lucía había pertenecido antes a Carlos Ruiz, un hombre más bondadoso que el actual señor. Carlos prestaba grano en la sequía, rebajaba la renta a las familias antiguas y soñaba con abrir una escuela para los niños del campo, pero murió de pronto de unas fiebres malignas, justo la víspera de firmar un Nuevo Testamento.

 Después, Alberto Rojas, primo lejano y administrador de las cuentas, se convirtió en dueño del cortijo. Aquella sucesión nunca había convencido a la comarca, pero el médico del pueblo había muerto años atrás. El antiguo párroco había marchado y quienes recordaban aquellos meses o estaban muertos o estaban callados. Una tarde, mientras Alba limpiaba el comedor, descubrió un retrato pequeño olvidado detrás de una jarra de vino.

Ponto. Era una joven con vestido de criada, pelo castaño y unos ojos vivos, pero tristes. Alba se quedó inmóvil. Ni aquella mujer tenía sus mismos ojos. Cuando Teresa entró y la vio mirando el cuadro, palideció de golpe. La sacó del comedor y le dijo en voz baja, “De, no vuelvas a mirar ese retrato delante del señorey.

” Alba preguntó, “¿Quién era la mujer del cuadro?” Teresa tardó mucho en responder. Al fin murmuró, “Era alguien que dejó este lugar hace mucho.” Pero le tembló la voz lo suficiente para que Alba supiera que era mentira. Esa noche, Alba escribió en un papel pequeño que escondió bajo el jergón. La mujer del cuadro tiene mis ojos.

Teresa sabe su nombre. Tomara. Para entender por qué Alba estaba allí, había que mirar atrás hasta su infancia. No se había criado en un hogar corriente, sino en un convento humilde a las afueras de Granada. No conocía a sus padres. Quien la cuidaba era una monja anciana que evitaba responder cuando la niña preguntaba por su madre.

 Solo cuando estaba a punto de morir, aquella monja entregó a Alba tres objetos: un pañuelo bordado con el sol y la rama de olivo, una pequeña cadena de plata con las iniciales B y C y una carta vieja amarillenta, manchada por el tiempo. La carta estaba a medias, pues el agua había borrado parte de la tinta. quien la firmaba se llamaba Beatriz Cruz.

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