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La Encajera Que Nadie Quiso Emplear… Devolvió La Vida A Un Hombre Roto Y Revivió Su Almazara..

La Encajera Que Nadie Quiso Emplear… Devolvió La Vida A Un Hombre Roto Y Revivió Su Almazara..

El taller de encajes de doña Remedios olía a hilo de lino y acera de vela, incluso cuando las ventanas llevaban horas abiertas. Durante seis inviernos, la joven Lucía Vidal había conocido el mundo desde aquel banco bajo, desde el almohadón redondo donde clavaba los bolillos antes del alba, desde el cuarto pequeño del fondo donde dormía sobre un jergón de paja con una manta gris doblada en cuatro.

 No era mucho, jamás lo había sido, pero tenía un techo de tejas, un trabajo entre las manos y una llave de hierro que podía guardar en el bolsillo del delantal. Para una muchacha sola, sin apellido fuerte ni dote en la cómoda, aquello ya era casi una fortuna. Doña Remedios había muerto un amanecer de octubre, callada como una vela que se apaga.

 Llevaba semanas tosi la joven, con esa esperanza terca de quienes no pueden permitirse perder otra cosa más, siguió encendiendo el brasero cada día, cambiando los hilos del bastidor, atendiendo a las clientas que venían a recoger encajes para Juares de boda y mantelerías de domingo. Cuando enterraron a la anciana en el campo santo del pueblo, el taller permaneció con la puerta cerrada. Dos jornadas.

 Al tercer día llegó el sobrino. Era un hombre de manos blancas y mirada rápida que entró acompañado de un escribano y miró las paredes como se mira una cosa que ya tiene precio antes de tener historia. Recorrió los cajones, contó las monedas guardadas en una caja de ojalata, levantó manteles, sopezó los bolillos como si fueran cucharas viejas y dijo, sin sentarse, que el taller se vendía. Había ya un comprador.

 Vendrían a medir el local al día siguiente. La joven se hallaba junto al bastidor, con las mangas remangadas y los dedos manchados todavía del rojo del hilo más nuevo. No preguntó por qué tan pronto. La gente que decide esas cosas nunca espera a que los demás terminen de despedirse de los muertos. Yo puedo seguir trabajando”, dijo con voz baja pero firme.

 “Conozco las clientas, los pedidos, las cuentas de cada mes. El sobrino ni siquiera se mostró cruel. Eso fue lo peor.” Habló con la calma de quien se cree razonable. explicó que el nuevo dueño traería a sus propias muchachas. Dejó unas monedas pequeñas sobre la mesa de medir y añadió, casi con bondad sucia, que podía pasar allí aquella noche, pero que a la mañana siguiente debía marcharse, pues necesitaban entregar el local barrido y vacío. No hubo gritos, no hubo ruegos.

La joven había aprendido pronto que para la gente sin nombre, llorar mucho solo conseguía que los demás cerraran la puerta con más prisa. asintió despacio. El sobrino se marchó aliviado, quizá agradeciendo en silencio que aquella muchacha pobre aceptara su lugar sin incomodar a nadie. Esa tarde la joven recogió sus cosas con el cuidado que se tiene con un cuerpo herido, una muda de ropa zurcida, un peine de hueso, un chalpardo que había pertenecido a su madre, dos camisas dobladas, las monedas que el sobrino había dejado y antes de

cerrar el jatillo, abrió el cajón pequeño donde la difunta guardaba sus cuadernos. Allí estaba el de tapas oscuras, manchado de cera, con los dibujos de los encajes apretados en cada hoja. Pasó los dedos por la primera página. Encaje de almagro para mantilla. Encaje de bolillos para cuello de domingo.

 Punto antiguo para a Juar pobre. No era suyo, pero doña Remedio se lo había prometido una noche de fiebre. Si esto se acaba, llévate el cuaderno. Los dibujos también son una manera de no quedarse sin nada. Lo guardó entre las dos camisas. Luego dobló su delantal sobre el respaldo de la silla, sopló la vela y se sentó en el borde del jergón sin descalzarse.

 No lloró aquella noche, solo miró las paredes encaladas hasta que se le borraron los contornos. Había vivido tanto tiempo en un sitio prestado que casi había olvidado que era prestado. A la mañana siguiente, antes de que llegasen los hombres del nuevo dueño, la joven cruzó el dintel del taller con el jatillo al hombro. llovía con esa lluvia menuda y constante de los otoños del norte, esa que no asusta de inmediato, pero acaba calando hasta la en agua.

 Se detuvo un instante bajo el alero. Miró el rótulo descolorido del taller, las letras casi borradas, el cristal empañado por dentro y luego, sin volverse, echó a andar por la calle empedrada hacia el camino que salía de Villa Formosa. No sabía a dónde iba, solo sabía que no podía quedarse. El camino se volvió barro antes del mediodía.

 Anduvo primero entre majuelos y huertas, luego junto a cercas de piedra, después por una senda que subía hacia los cerros. En la primera casa donde llamó dijeron que no necesitaban manos. En la segunda, una mujer la miró de arriba a abajo, reparó en el barro de los zapatos y respondió que ya tenían demasiadas bocas. No fue un insulto, pero la joven lo recibió como si lo fuera.

 Al caer la tarde, los pies le pesaban, el chal se le había vuelto un trapo mojado y el pan endurecido del jatillo se había reblandecido por la humedad. Fue entonces cuando vio la luz. No era una luz grande, apenas un resplandor amarillento detrás de unos olivos al otro lado de un sendero de piedra. La joven se detuvo. Bajo la lluvia alcanzó a distinguir una cerca baja, un tejado inclinado, un molino antiguo de piedra y más allá un cobertizo de madera oscurecida.

 No comprendió al principio qué clase de finca era aquella. Olía aceituna verde y a humo de hogar. Avanzó hasta el portón y se quedó allí sin decidirse a llamar. Dentro un hombre cerraba unas tinajas con movimientos lentos y precisos. Llevaba camisa parda. chaleco de paño y boina calada hasta la frente.

 No parecía viejo, pero tenía en los hombros una quietud cansada, como si hubiera decidido tiempo atrás gastar las palabras con tiento. El hombre la vio antes de que ella alzara la voz. Se quedaron mirándose un instante bajo la lluvia. Buenas tardes”, dijo la joven. Él no respondió de inmediato. Miró el jatillo, los zapatos llenos de barro, el rostro pálido por el frío.

 No había dureza en sus ojos, pero tampoco confianza. “Buenas tardes.” Ella tragó saliva. Había imaginado durante el camino muchas formas de pedir cobijo y todas, frente a aquel hombre le parecieron pobres o demasiado largas. Eligió la verdad. Necesito un sitio seco para pasar la noche. Puedo trabajar a cambio. Mañana sigo mi camino.

 El hombre dejó la herramienta sobre una tinaja y se acercó al portón sin abrirlo todavía. ¿De dónde viene? De Villa Formosa. ¿Tiene familia? La joven apretó la correa de latillo. No cerca, no una que pueda recibirme. Él la observó otro instante, quizá buscando la parte del relato que ella no contaba. Detrás del cobertizo se oyó de pronto un valido fuerte, escandaloso, casi indignado por la solemnidad del momento.

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