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Embarazada y Sin Nada… Años Después Volvió para Recuperar lo que Era Suyo

Embarazada y Sin Nada… Años Después Volvió para Recuperar lo que Era Suyo

Dicen que el polvo del camino no miente. Guarda las huellas de quién pasó, de quién huyó y de quien algún día regresó para cobrar lo que le debían. Esta es la historia de Remedio Salazar. Una mujer que el mundo intentó borrar, que el dolor quiso doblar, que la injusticia buscó destruir, pero que nunca, nunca se rindió.

El rancho Los Álamos era hermoso en la superficie. Tenía campos verdes en la temporada de lluvias, un río que bajaba cantando desde las sierras y una casa grande de adobe rojo que parecía sacada de un sueño. Pero como todo lo hermoso en aquella tierra, también tenía su lado oscuro. Remedios nació en ese rancho un martes de tormenta, cuando el cielo tronó tan fuerte que las gallinas salieron corriendo del corral y la yegua vieja rompió su cuerda y se perdió en el monte.

Su madre, doña Consuelo, dijo que aquella noche fue señal que la niña venía con fuerza, con destino, con algo que el mundo no entendería todavía. Consuelo era la bandera en la hacienda del patrón Gonzaga. Lavaba ropa ajena desde los 6 años. Tenía las manos partidas, los pies callos y el corazón más grande que el rancho entero. Era una mujer callada, de las que hablan poco pero sienten todo.

De las que lloran solas en la oscuridad. para no preocupar a nadie. El padre de remedios era un hombre que se fue cuando la niña tenía 3 años. No hubo despedida, no hubo carta. Un día estaba y al otro ya no. Consuelo nunca habló mal de él frente a su hija. Solo decía, “Hay hombres que nacen para quedarse y hombres que nacen para irse.

El tuyo nació para lo segundo. Remedios creció entre cubetas de agua jabonosa, tendederos interminables y el olor a tierra mojada. Aprendió a lavar antes de aprender a escribir. Aprendió a cargar peso antes de aprender a reír. Pero también aprendió algo que nadie le enseñó, algo que le llegó solo. De tanto observar el mundo desde abajo, aprendió a leer a las personas.

Sabía cuando alguien mentía con solo ver cómo cruzaba los brazos. Sabía cuando alguien tenía miedo aunque sonriera. Sabía cuando el patrón llegaba de mal humor antes de que abriera la boca. Esa habilidad la salvaría muchas veces, pero no todas. A los 16 años, Remedios era una muchacha alta, delgada, con el cabello negro y largo que su madre le trenzaba cada mañana.

Tenía los ojos del color del río después de la lluvia, entre verdes y cafés, difíciles de describir y difíciles de olvidar. Los hombres del rancho la miraban, algunos con admiración, otros con intención. Ella no les hacía caso. Tenía cosas más importantes en que pensar. Don Aurelio Gonzaga era el dueño de los álamos y de las tierras que lo rodeaban.

Era un hombre de 60 años, grueso, con bigote blanco y voz de trueno. No era cruel por naturaleza, pero tampoco era bueno. Era de esos hombres que creen que el dinero los hace diferentes a los demás. Tenía tres hijos. La mayor era Beatriz, una mujer de 40 años que ya era viuda y manejaba la contabilidad del rancho con mano de hierro.

Beatriz no sonreía casi nunca y cuando lo hacía había que tener cuidado. El segundo era don Federico, que vivía en la ciudad y solo aparecía de vez en cuando para pedir dinero a su padre. Y el tercero era Rodrigo. Rodrigo Gonzaga tenía 22 años cuando Remedios cumplió 16. Era apuesto, como solo lo son los hombres que nunca han pasado hambre.

Tenía el cabello castaño, los dientes blancos y una sonrisa que desarmaba a cualquiera, pero había algo en él que remedios veía con claridad, aunque todos los demás lo ignoraban. Rodrigo era débil, no de cuerpo, de carácter. Era el tipo de hombre que cambiaba según el viento. Cuando estaba con su padre era obediente y callado.

Cuando estaba con sus amigos era arrogante y burlón. Y cuando estaba solo con remedios era tierno, casi infantil, como si ella fuera lo único real en su mundo. Y eso fue su perdición, la de ambos. Todo comenzó una tarde de agosto cuando Remedios fue a llevar unas sábanas limpias a la casa grande. Entró por la puerta trasera como siempre hacía.

Caminó por el pasillo de losetas rojas cargando el cesto de ropa sobre la cadera y al doblar la última esquina casi chocó con Rodrigo, que venía distraído leyendo un libro. El cesto cayó. Las sábanas blancas se desparramaron por el piso. Rodrigo se agachó a recogerlas al mismo tiempo que remedios. Sus manos se tocaron sobre la tela blanca y los dos se quedaron quietos un segundo sin saber qué hacer.

Ella fue la primera en hablar. “Perdone usted”, dijo y empezó a recoger la ropa sin mirarlo. Pero él no se movió. La observó mientras ella doblaba cada prenda con cuidado, con esa precisión que dan los años de trabajo. “¿Cómo te llamas?”, le preguntó. Remedios, señor. Remedios. Salazar, la hija de la lavandera Consuelo.

Lo sé, dijo él, pero quería escuchártelo decir. Ella lo miró entonces. Solo un segundo. Y en ese segundo los dos sintieron algo que ninguno supo nombrar todavía. Rodrigo comenzó a buscarla después de ese día. La esperaba en el tendedero con cualquier excusa. Le llevaba frutas del huerto, le preguntaba cosas sin importancia solo para quedarse a escuchar su voz.

Remedios lo sabía y debió alejarse, pero no lo hizo porque Rodrigo era la primera persona en su vida que la miraba a los ojos cuando le hablaba. No la miraba como a una sirvienta, no la miraba como a un mueble, la miraba como a alguien que importaba. Y eso para una muchacha que había cargado ropa ajena desde niña valía demasiado. Los meses pasaron.

El otoño llegó al rancho pintando los árboles de dorado y café. Y en ese tiempo quieto y hermoso, Remedios y Rodrigo se enamoraron. Se encontraban a escondidas en el establo viejo, entre el olor a paja y a tierra fría. Se contaban sus sueños en voz baja. Él leía poemas de un libro pequeño que traía en el bolsillo.

Ella le enseñaba los nombres de las estrellas que su madre le había enseñado a ella. Era un amor frágil, como todo lo que nace en secreto. Y como todo lo frágil, duró poco. Remedios descubrió que estaba embarazada una mañana de febrero, cuando el frío todavía mordía y los pájaros aún no cantaban. se quedó sentada en el borde de su catre por un largo rato, mirando el suelo de tierra apisonada, las manos sobre el vientre, el corazón latiendo despacio. No lloró todavía no.

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