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El Guardián del Mar de Cristal: El Secreto del Salar y la Redención de la Niña de la Puna

El Guardián del Mar de Cristal: El Secreto del Salar y la Redención de la Niña de la Puna

Acto I: El Abandono en el Horizonte Blanco

Don Severiano: Quédate aquí en las ruinas de este viejo puesto de extracción de bórax en el borde absoluto del Salar de Uyuni, Inés; el reflejo enceguecedor del sol sobre la costra blanca y el frío implacable del Altiplano calmarán tu insensata rebeldía de heredera malcriada mientras yo me encargo de administrar y regularizar ante los tribunales civiles los valiosos títulos de explotación de litio y las ricas tierras salinas que tu difunto padre te dejó en su testamento legal.

Inés: Siento muchísimo miedo del silencio sepulcral que domina este desierto de sal interminable, tío Severiano; por favor, no me dejes sola en esta choza de adobe abandonada donde el viento de la Puna silba como un lamento constante entre las calaminas oxidadas y la blancura infinita me lastima los ojos al caer la tarde sobre las lagunas de colores.

Don Severiano: Tu padre confió ciegamente en mi supuesta honestidad antes de su fatídico accidente en los desfiladeros de la cordillera y ahora soy el único administrador absoluto de todos los bienes e intereses de la familia; aprende a sobrevivir con el agua de la cisterna y los pocos granos de maíz seco que te dejo en este rincón olvidado hasta que decida si vale la pena regresar por ti con mis ingenieros de la capital.

Inés: (Viendo la silueta de la mula de su tío desaparecer por completo en el horizonte trémulo donde el cielo y la sal se confunden) Madre mía, tú que habitas en los altares celestiales y velas siempre por los huérfanos desamparados, dale templanza a mi mente atribulada y no permitas que la soledad destruya mi pequeño corazón en este laberinto de cristal y frío.

Acto II: El Encuentro bajo el Cielo del Altiplano

Wayra: Tus sollozos profundos interrumpen el canto sagrado de las parinas que descansan en las aguas rojas de la laguna cercana, pequeña criatura de los valles bajos; el llanto consume innecesariamente el aliento y la energía vital que tu cuerpo necesitará para resistir las heladas inclementes de la madrugada en este desierto donde el suelo copia las estrellas.

Inés: ¡Por favor, no me hagas ningún daño con tu bastón de mando, señor de los salares oscuros! Mi tío Severiano me aseguró repetidamente que los nativos de estas cumbres eran hombres salvajes y despiadados que destruían los campamentos mineros y no tenían ninguna clase de piedad con los extraños que cruzaban sus fronteras sagradas.

Wayra: Las palabras de tu ambicioso pariente están profundamente manchadas con el lodo de la mentira y el hollín de la codicia mineral; mi nombre es Wayra, que significa viento en la lengua antigua de mis abuelos, y he venido desde la comunidad alta para ofrecerte un cuenco de api caliente y un trozo de pan de quinua fresca.

Inés: (Tomando la vasija de arcilla cocida con sus manos temblorosas por el frío y el susto) Esta bebida dulce de maíz morado tiene un aroma reconfortante y ha devuelto de inmediato la fuerza a mi cuerpo fatigado; gracias por tener compasión de mí y no dejarme morir desamparada en este abismo rodeado de volcanes tutelares que tocan el cielo.

Nota del Diario Científico de Don Alberto Mendoza (Leído por Inés)

“El Salar de Uyuni no es un depósito inerte de minerales para la industria pesada; es un gigantesco riñón hídrico que regula la vida de la Puna. Si las empresas privadas perforan el manto de sal sin entender los flujos subterráneos, evaporarán las lagunas donde anidan los flamencos y condenarán a las comunidades a una sequía eterna. Mi hija Inés debe proteger este equilibrio con los mapas geohidrológicos que he escondido en el doble fondo de mi maleta de cuero.”

Wayra: Este viejo puesto de bórax fue construido erróneamente sobre un territorio ancestral donde mis antepasados realizaban sus ofrendas a la Pachamama; te enseñaré a recolectar la sal con respeto, a descifrar los senderos ocultos de la bruma altiplánica y a proteger los bofedales de la ambición humana.

Inés: Quiero aprender con paciencia todos los secretos de las cumbres y de la naturaleza como lo hace tu gente, Wayra; ya no deseo regresar jamás al pueblo grande donde mi tío me maltrataba y ocultaba con recelo los diarios científicos de hidrología y botánica que mi querido padre me dejó como única herencia legítima antes de partir.

Wayra: La Puna andina es una maestra severa pero justa que premia la observación constante y castiga con dureza la soberbia de los hombres de las ciudades; si escuchas el susurro del viento entre las rocas de basalto, comprenderás que las fuerzas de la vida nunca te dejarán en la soledad absoluta si tienes el alma limpia.

Inés: He copiado con sumo cuidado los primeros diagramas de altitud y evaporación en mi cuaderno de cuero, Wayra; mañana mismo quiero ayudarte a pastorear las llamas a través de los bofedales ocultos de la meseta alta antes de que el sol inclemente del mediodía evapore la poca humedad que alimenta las raíces de la yareta.

Acto III: El Retorno de la Codicia Tecnológica

Don Severiano: (Regresando tres lunas después con un barómetro de bronce, dos ingenieros extranjeros y una mirada llena de profunda avaricia) ¡Qué clase de humillación y traición es esta! Mi legítima sobrina y heredera de las mayores estancias de la provincia viviendo como una paria descalza junto a los pastores de las cumbres altas y los protectores de las lagunas.

Wayra: Caballero de la ciudad, su ruidosa presencia rompe la armonía espiritual de esta cuenca sagrada; usted desterró con crueldad a esta pequeña criatura para robarle los planos de los yacimientos de litio blanco y las zonas de conservación que pertenecen legítimamente a las comunidades por derecho ancestral y leyes de la naturaleza.

Don Severiano: ¡Cállate, indio de los salares! Cuando los representantes del consorcio tecnológico internacional se enteren de que están ocultando los yacimientos de litio más grandes del continente, vendrán con los soldados del gobierno a despejar estas tierras comunales y destruir todas sus chozas de adobe de una vez por todas.

Inés: ¡No voy a permitir que amenace a Wayra, tío Severiano! Él me dio la protección, el alimento y el abrigo que tú me negaste deliberadamente en este puesto abandonado, y todo el tribunal de tierras de la república sabrá que falsificaste el testamento original de mi padre para apoderarte de sus valiosas patentes de extracción ecológica.

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