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El Guardián de la Gran Sabana: El Legado de Oro del Niño Olvidado bajo los Tepuyes Sagrados

El Guardián de la Gran Sabana: El Legado de Oro del Niño Olvidado bajo los Tepuyes Sagrados

Don Olegario: Quédate aquí en este tambo abandonado de la Gran Sabana, Matías; el viento helado que baja de los tepuyes doblegará tu rebeldía mientras yo me encargo de administrar legalmente las tierras y los yacimientos que tu difunto padre te heredó.

Matías: Tengo muchísimo miedo de las tormentas y de los pumas que rondan los riachuelos, tío Olegario; no me dejes solo en este galpón de adobe donde la neblina oculta los cerros sagrados y el frío me cala los huesos al caer la noche.

Don Olegario: Tu padre ya no está para cumplir tus caprichos de niño malcriado y ahora soy yo quien maneja los títulos de propiedad; aprende a sobrevivir con lo que encuentres en esta llanura hasta que decida regresar por ti.

Matías: (Viendo alejarse el caballo de su tío entre el polvo del camino) Madre mía, tú que me cuidas desde los altares dorados del cielo, dale calor a mis manos y no permitas que la soledad destruya mi corazón en esta inmensidad.

Kukenán: Tus sollozos interrumpen el vuelo del tucán en las ramas altas de los árboles sagrados, pequeño niño de los valles bajos; la tristeza consume la energía que tu cuerpo necesitará para soportar los insectos y la densa humedad de la madrugada.

Matías: ¡Por favor, no me hagas daño con tu lanza de cacería, señor de la montaña! Mi tío Olegario me dijo que los pemones eran hombres salvajes que perseguían a los niños extranjeros que cruzaban sus fronteras naturales.

Kukenán: Las palabras de tu pariente están llenas del fango de la mentira y la ambición; mi nombre es Kukenán, que significa lugar de agua sagrada en la lengua de mis abuelos, y vine a ofrecerte un trozo de casabe y fruta fresca.

Matías: (Tomando el alimento con sus manos temblorosas) Este pan de yuca ha devuelto la fuerza a mi cuerpo y ha calmado mi garganta seca; gracias por no dejarme desamparado en este suelo cubierto de piedras y arena fina.

Kukenán: Este viejo refugio perteneció a un anciano sabio que cultivaba el conuco con respeto; te enseñaré a encontrar los frutos comestibles de la sabana y a extraer el agua limpia de las vertientes ocultas en la roca.

Matías: Quiero aprender a caminar sobre las piedras calientes sin hacer ruido como lo hace tu gente, Kukenán; ya no quiero volver al pueblo donde mi tío me golpeaba y ocultaba los documentos de mi herencia legítima.

Kukenán: La Gran Sabana es una maestra exigente que premia la paciencia y castiga la soberbia de los hombres; si escuchas el murmullo de los saltos de agua, comprenderás que los espíritus de la tierra nunca te dejarán solo.

Matías: He memorizado las primeras expresiones de hermandad en la lengua de tus ancestros, Kukenán; mañana quiero ayudarte a recolectar las raíces del campo para guardarlas en los cestos de mimbre que tejimos.

Don Olegario: (Regresando tres lunas después con una mirada cargada de avaricia y desprecio) ¡Qué clase de humillación es esta! El heredero de las mayores estancias de la provincia conviviendo con los recolectores de la selva alta.

Kukenán: Caballero, su presencia contamina la pureza de este horizonte verde; usted abandonó a esta pequeña criatura para apoderarse de los cultivos que le pertenecen por derecho de sangre familiar y leyes humanas.

Don Olegario: ¡Cállate, indio de la sabana! Cuando las autoridades del puerto se enteren de que estás reteniendo a mi sobrino, vendrán con los soldados armados a desalojar todos estos terrenos comunales de la montaña.

Matías: ¡No permitas que amenace a Kukenán, tío Olegario! Él me dio la comida y el poncho que tú me negaste, y todo el pueblo sabrá que falsificaste el testamento original de mi difunto padre antes de desterrarme aquí.

Don Olegario: (Levantando su fusta de montar con una furia descontrolada) Cállate la boca, niño insolente; pagarás muy caro este atrevimiento y terminarás encerrado en las bodegas oscuras de la mina vieja de la frontera.

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