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El Canto de los Manglares: El Secreto del Palafito Olvidado y la Redención del Delta

El Canto de los Manglares: El Secreto del Palafito Olvidado y la Redención del Delta

Don Nicomedes: Quédate aquí en este viejo palafito abandonado entre las raíces del estero, Samuel; el aire húmedo del delta calmará tu absurda soberbia de heredero mientras yo me encargo de regularizar ante los jueces coloniales los títulos madereros que tu difunto padre te dejó en su testamento.

Samuel: Tengo muchísimo miedo de las serpientes marinas y de los caimanes que rondan las aguas oscuras, tío Nicomedes; por favor, no me dejes solo en esta torre de madera vieja donde el oleaje del Pacífico golpea las vigas con fuerza al caer la tarde.

Don Nicomedes: Tu padre confió en mí antes de su extraño accidente en el río y ahora soy el único dueño legítimo de las concesiones de carbón; aprende a respirar este aire cargado de lodo y salitre hasta que decida si vale la pena regresar por ti.

Samuel: (Viendo la silueta de la canoa desaparecer entre las densas nubes de mosquitos y la bruma del amanecer costero) Madre mía, tú que habitas en los altares celestiales, dale templanza a mi mente y no permitas que la soledad apague mi espíritu en este laberinto verde.

Naypí: Tus sollozos aceleran el pulso de las mareas que descansan en las raíces del mangle rojo, pequeña criatura de las ciudades de ladrillo; el llanto consume el oxígeno que tu cuerpo necesitará para resistir el calor sofocante de la tarde.

Samuel: ¡Por favor, no me ataques con tu arpón de madera, señor de los canales! Mi tío Nicomedes me aseguró que los guardianes del manglar eran hombres salvajes que destruían los barcos y no tenían ninguna piedad con los extraños.

Naypí: Las palabras de tu pariente están manchadas con el lodo de la mentira comercial; mi nombre es Naypí, que significa hijo del agua en la lengua de mis abuelos, y vine a ofrecerte un cuenco de sopa de mariscos calientes.

Samuel: (Tomando la vasija de arcilla cocida con sus manos temblorosas por el miedo) Esta comida tiene un aroma dulce y ha devuelto el calor a mis piernas; gracias por no dejarme abandonado en este abismo rodeado de lianas centenarias.

Naypí: Este viejo palafito perteneció a un biólogo sabio que estudiaba los ciclos de los peces sin herir el ecosistema del delta; te enseñaré a recolectar los frutos del bosque marino y a recolectar el agua dulce de las lluvias.

Samuel: Quiero aprender los secretos de los canales y de las mareas como lo hace tu comunidad, Naypí; ya no quiero volver al pueblo donde mi tío me golpeaba y ocultaba los diarios de navegación que mi padre me dejó como herencia.

Naypí: El manglar es una escuela implacable que premia la observación constante y castiga la vanidad; si escuchas el susurro de las hojas con la brisa, comprenderás que las fuerzas de la naturaleza nunca te dejarán en la soledad.

Samuel: He copiado los primeros diagramas de las mareas en mi cuaderno de cuero, Naypí; mañana quiero ayudarte a limpiar los canales de piedra natural antes de que comience el ciclo de la pujanza de la marea alta.

Don Nicomedes: (Regresando tres lunas después con un hacha de acero y una mirada de profunda avaricia) ¡Qué clase de traición es esta! Mi mejor heredero viviendo como un náufrago junto a los pescadores de las caletas bajas.

Naypí: Caballero, su presencia rompe el equilibrio de esta cuenca hidrográfica; usted desterró a esta pequeña criatura para robarle los planos de la fábrica de carbón que pertenece legítimamente a los pueblos del delta.

Don Nicomedes: ¡Cállate, indio de los esteros! Cuando los representantes del sindicato industrial se enteren de que están ocultando las fuentes madereras de la nación, vendrán con las tropas del gobierno a despejar estas raíces de una vez.

Samuel: ¡No permitas que amenace a Naypí, tío Nicomedes! Él me dio la protección y el alimento que tú me negaste, y todo el tribunal de tierras sabrá que asesinaste la reputación de mi padre para apoderarte de sus patentes.

Don Nicomedes: (Levantando su fusta de montar con una soberbia desmedida) Cállate la boca, niño insolente; pagarás muy caro este atrevimiento y terminarás tus días encerrado en los pozos profundos de la mina vieja del valle bajo.

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