Echada Por Su Padre, La Joven Halló Una Hacienda Abandonada.. Plantó Todo Sola Para Poder Sobrevivir
Echada por su padre, la joven halló una hacienda abandonada. Plantó todo sola para poder sobrevivir. La primera vez que Soledad Vargas durmió en la hacienda fue sobre el suelo de tierra apelmazada del cuarto del fondo, con la mochila como almohada y una chamarra delgada que no alcanzaba a cubrirle los pies.
Afuera, el viento de marzo movía las ramas del mesquite contra la pared de adobe y hacía un sonido que no era exactamente música, pero que tampoco era amenaza. Era simplemente el sonido de un lugar que llevaba mucho tiempo solo y que todavía no sabía qué hacer con alguien adentro. Soledad tampoco sabía qué hacer con el lugar, así que los dos se quedaron quietos esa primera noche, ella en el suelo y la hacienda alrededor de ella.
Aprendiéndose en silencio. Tenía 18 años y dos bolsas de plástico con todo lo que le pertenecía en el mundo. Una mochila con ropa, un par de zapatos de repuesto, una cobija doblada que no había tenido tiempo de empacar bien y que asomaba por la cremallera a medio cerrar. Una bolsa negra de supermercado con lo que había agarrado de la cocina cuando su padre le dijo que se fuera.
cuatro tortillas frías, un pedazo de queso envuelto en papel, dos manzanas, una lata de frijoles sin abrir y el cuchillo de cocina que había sido de su abuela y que no iba a dejar aunque todo lo demás lo perdiera. El cuchillo de su abuela era el único objeto en esas dos bolsas que no tenía precio de mercado, sino precio de otra clase.
tenía el mango de madera oscura desgastada por el uso de décadas, ese desgaste que viene de manos que cocinan todos los días y la hoja ancha y corta que sirve para todo. Cortar, pelar, picar, abrir. Su abuela Remedios había dicho una vez que una mujer con un buen cuchillo y dos manos limpias puede hacerse de comer en cualquier parte del mundo. Soledad no lo había creído.
Entonces, ahora estaba a punto de comprobarlo, pero eso vendría después. Esa primera noche lo único que hizo fue llegar. Había caminado 4 horas desde el pueblo, no directamente a la hacienda, porque no sabía todavía que la hacienda existía. Había caminado sin dirección específica por el camino de terracería que sale del pueblo hacia el norte y que en algún punto deja de ser camino y se convierte en brecha con la mochila en la espalda y las bolsas en las manos y el sol de marzo bajando hacia el horizonte con esa indiferencia que tiene el sol
cuando a uno le está pasando algo terrible. Había caminado hasta que las piernas dijeron que era suficiente por hoy. Y entonces había levantado la vista y visto entre los mezquites y las piedras del cerro la silueta de una construcción. No era grande, era una hacienda de las pequeñas, del tipo que abundan en esa región del norte, que no son haciendas de novela, sino casas de trabajo, construidas para durar y para funcionar, y sin ninguna pretensión de belleza, aunque la belleza llegara sola con el tiempo y con la piedra y con el
adobe que toma el color del suelo donde se asienta. Tenía bardas bajas de piedra apilada alrededor de un terreno de tamaño considerable, una casa principal con tres cuartos y una cocina con chimenea, una bodega pequeña al fondo y lo que había sido un huerto o una milpa o ambas cosas en algún momento, ahora convertido en una extensión de tierra seca con los surcos todavía marcados como cicatrices en el suelo, estaba abandonada.
Eso era evidente en la manera en que la puerta principal estaba abierta de par en par, sin que nadie la hubiera abierto, en las telarañas que cruzaban los marcos de las ventanas, en el silencio particular de los lugares que llevan mucho tiempo sin respiración humana adentro, pero estaba entera. Las paredes eran sólidas.
El techo de vigas y terrado había cedido en un rincón de la bodega, pero en la casa principal estaba firme. Era un lugar que podía habitarse. Soledad entró sin pedir permiso porque no había a quien pedírselo. Esa noche, mi gente, comenzó todo. Si tú crees que una muchacha sola con un cuchillo de su abuela y las manos limpias puede plantar un futuro desde cero, déjame tu like ahora mismo.
Suscríbete al canal Cuentos del Camino Real. Activa la campanita para no perderte ninguna historia y cuéntame en los comentarios desde qué rincón del mundo nos estás escuchando hoy. Pero para entender por qué Soledad Vargas caminó 4 horas sola con dos bolsas de plástico a los 18 años, hay que ir un poco para atrás, mi gente, porque siempre hay un antes y el antes de Soledad era del tipo que deja marcas que uno carga, aunque no quiera cargarlas.
Soledad era la mayor de cuatro hijos de Leocadio Vargas. que era un hombre que en el pueblo conocían como don Leo y que tenía la fama de ser trabajador y cumplidor y honrado en los negocios, que en ese contexto significaba que pagaba sus deudas y no robaba a nadie y llegaba puntual a los compromisos, lo que el pueblo no veía, porque el pueblo nunca ve lo que pasa adentro de las casas, a menos que salga por las ventanas o por los moretones, era que don Leocadio Vargas tenía un temperamento que se encendía rápido.
y que tardaba en apagarse, y que ese temperamento en los últimos años había encontrado en el alcohol un acelerador que lo hacía peor. No era un mal hombre en el sentido absoluto. Mi gente, ya saben que en estas historias rara vez los que hacen daño son monstruos de cuento. Leocadio Vargas quería sus hijos o quería la idea de sus hijos.
Quería que lo obedecieran y que lo respetaran y que fueran lo que él creía que debían ser. La confusión entre amor y control es antigua y común y hace mucho daño sin que quien lo hace siempre lo sepa. La madre de Soledad, que se llamaba Imelda y que había sido una mujer de carácter antes de que los años de ese matrimonio fueran limando ese carácter como el agua lima la piedra, había muerto cuando Soledad tenía 14 años.
una enfermedad de las que se instalan despacio y se llevan todo. Los 4 años entre esa muerte y la noche en que Soledad caminó por el camino de terracería, fueron 4 años de una casa sin centro, de un padre que bebía más y escuchaba menos, de tres hermanos menores que Soledad fue criando con esa eficiencia silenciosa de la hija mayor que aprende a ser madre antes de tiempo.
Aprendió a cocinar bien porque no había de otra. Aprendió a calcular cuánto alcanzaba para qué. Aprendió a hacer rendir el maíz de cuatro maneras distintas y el frijol de seis. Aprendió a leer las temporadas, a saber cuándo plantar el huerto pequeño que tenían en el patio de la casa, a reconocer qué planta necesitaba agua y cuál estaba tomando demasiada.
Aprendió todo eso no porque alguien se lo enseñara, sino porque la necesidad es la maestra más eficiente que existe, aunque también la más despiadada. Lo que desencadenó la noche de marzo no fue un evento dramático, fue lo que suele desencadenar las cosas en las casas donde el temperamento y el alcohol conviven. Una discusión sobre algo pequeño que de repente se convierte en el recipiente de todo lo que no se ha dicho.
Don Leocadio había llegado tarde. Soledad había guardado la cena. Él dijo que la cena estaba fría. Ella dijo que llevaba tres horas esperando. Él dijo cosas que no se repiten. Ella respondió una sola vez con una voz que no levantó, pero que tampoco bajó. Y eso fue suficiente para que don Leocadio dijera lo que dijo.
Si no te gusta cómo es esta casa, lárgate. Soledad lo miró. Sus tres hermanos estaban en el cuarto del fondo escuchando sin hacer ruido. Esa quietud de los niños que han aprendido a volverse invisibles cuando el ambiente se pone tenso. Soledad los pensó en ese segundo. Los pensó a ellos que eran de 8, 10 y 12 años y que la necesitaban.
Ah, y también pensó que si se quedaba iba a seguir siendo lo que había sido. La hija que carga con todo y que nunca se le agradece. y que de vez en cuando recibe, en cambio, la crueldad de un hombre que no sabe manejar su propio dolor. Se fue a su cuarto, empacó sin llorar, fue a la cocina y tomó las cosas que tomó, incluyendo el cuchillo de su abuela.

Volvió a pasar por la sala donde su padre estaba sentado con el vaso en la mano mirando hacia otro lado, y dijo, “Cuida mis hermanos.” No esperó respuesta. Salió, caminó 4 horas y llegó a la hacienda abandonada y durmió en el suelo de tierra con la chamarra cubriéndole hasta las rodillas y el viento del mesquite contra la pared. Por la mañana mi gente abrió los ojos y el techo de vigas viejas estaba ahí encima.
Y la luz de la mañana entraba por las grietas entre las vigas y dibujaba líneas en el suelo de tierra. Y Soledad Vargas pensó, “Aquí, aquí es donde voy a quedarme.” No lo pensó con certeza completa, lo pensó con la clase de decisión que se toma cuando todas las otras opciones son peores, que es una clase de decisión que a veces resulta ser la mejor que uno ha tomado, aunque en el momento no lo parezca.
Se levantó, se sacudió la tierra de la ropa, salió a ver qué tenía. Lo que tenía era esto, una hacienda con bardas de piedra en buen estado, una casa de tres cuartos y cocina, una bodega con el techo parcialmente caído, un terreno de aproximadamente 2 haáreas dentro de las bardas y fuera de las bardas un terreno más amplio que podía ser de la hacienda o de nadie. Eso no lo sabía todavía.
Había un pozo al centro del terreno cercado de esos pozos de brocal bajo que hay que revisar antes de confiar. Había una higuera vieja en la esquina que todavía tenía hojas, señal de que el suelo tenía algo de humedad. Había una asequia seca que corría a lo largo de la barda norte del tipo que se alimenta de algún arroyo o corriente arriba.
Y había tierra, mucha tierra. Tierra que había sido trabajada en algún momento, lo decían los surcos. Tierra que llevaba años sin trabajarse, lo decía el estado de la maleza, pero tierra que en el fondo, bajo esa costra de abandono, podía ser tierra buena. Soledad se paró en el centro del terreno con el sol de la mañana de marzo, dándole de frente y pensó, “Tengo que comer.
” Ese fue el primer pensamiento práctico. No como iba a sobrevivir a largo plazo, no qué iba a hacer con su vida, no nada abstracto ni grande. Tengo que comer hoy y mañana y pasado. Y para eso necesito agua y necesito semillas y necesito que esa tierra me dé algo. Empezó por el pozo. Bajó una piedra atada a un pedazo de cuerda que encontró en la bodega.
La piedra llegó hasta el fondo con un sonido seco. No había agua o había muy poca, a mucha profundidad. Eso era un problema mayor, mi gente, que Soledad registró mentalmente con la misma frialdad con que había registrado todo lo que había visto esa mañana. No se paralizó, solo lo anotó. Problema número uno, agua.
Fue a revisar la asequia seca. La siguió desde la barda norte hacia el este, afuera de la barda, hasta donde se perdía entre unas piedras grandes a unos 300 m. Ahí, entre las piedras había humedad, no agua corriente, pero humedad, lo que significaba que en algún punto arriba del cerro había algo de donde venía esa humedad. Problema número uno, tiene solución, pero hay que encontrarla.
Volvió a la hacienda. Se comió una de las dos manzanas y la mitad del queso despacio de pie junto al pozo, calculando. Tenía comida para dos días si la racionaba bien. Tenía un cuchillo. Tenía una asequia que podía tener agua arriba, tenía tierra que podía trabajarse. No tenía semillas. Eso era el problema verdadero.
La tierra sin semillas no da nada y las semillas no crecen solas de la voluntad. Ese primer día lo pasó haciendo dos cosas: explorar y pensar. exploró la bodega, que tenía herramientas viejas que en su mayoría eran todavía útiles, aunque oxidadas, una pala, un asadón, una coa, un vieldro, una carretilla con la llanta desinflada, pero el armazón sólido.
exploró los cuartos de la casa principal y encontró en el que había sido claramente una cocina de trabajo grande, una chimenea que todavía tiraba cuando encendió un pedazo de papel, señal de que el tiro estaba limpio. Encontró también en el cajón de una mesa de madera que alguien había dejado tres cosas que le cambiaron el ánimo de esa mañana de manera concreta: una caja de cerillos a medio usar, una vela de cebolla corta y una bolsita de tela cerrada con un nudo que al abrirla resultó contener semillas. No muchas, no
de muchos tipos, pero semillas. Había lo que parecían ser semillas de chile seco, pequeñas y oscuras. con ese olor acre específico. Había semillas redondas y cafés que Soledad no reconoció de inmediato y que tardó un momento en identificar como semillas de calabaza del tipo criollo pequeño. Y había unas semillas alargadas y beige que eran sin duda, semillas de frijol.
Soledad las puso en la palma de su mano. Las miró. Bueno, dijo en voz alta, porque no había nadie y el silencio de la hacienda ya empezaba a pesarle. Con esto empezamos. Esa noche encendió la chimenea de la cocina con leña seca que recogió en el terreno, calentó los frijoles de lata, comió sentada en el suelo con el cuchillo de su abuela a un lado y cuando la vela de cebo se fue acabando, apagó el fuego y se envolvió en la cobija y durmió mejor que la noche anterior, no porque las circunstancias fueran mejores, sino porque había hecho algo
con el día y el cuerpo descansa distinto cuando ha tenido propósito. Eso fue la primera semana. El propósito tomando forma. Lo primero que hizo fue resolver el agua, mi gente, porque sin agua no hay nada. Siguió la sequia seca hacia el cerro fuera de la barda, subiendo entre las piedras y la maleza de marzo con las manos y las botas y el tiempo que hiciera falta.
A unos 500 metros ladera arriba encontró lo que buscaba, un manantial pequeño, de esos manantiales que no son ríos, sino apenas un brote constante que sale entre dos piedras y que en otro contexto uno pasaría de largo sin darle importancia. Pero ese manantial alimentaba la asequia, siempre lo había alimentado. Lo que pasaba era que la asequia estaba bloqueada en tres puntos por derrumbes de tierra y por la acumulación de años de vegetación muerta.
Soledad calculó el trabajo, tres días, quizás cuatro, para limpiar los bloqueos, sola con las manos y el asadón que había encontrado en la bodega. Empezó ese mismo día. Tardó 4 días, mi gente. 4 días de subir al cerro temprano, de trabajar con el asadón y con las manos, de mover piedras que pesaban más de lo que parecían, de despejar la maleza acumulada, de abrir paso al agua por donde el agua quería pasar.
El segundo día le sangró la mano derecha, donde el mango del asadón le había formado una ampolla que reventó, y ella la limpió con el agua del manantial y la vendó con un pedazo de tela que cortó del dobladillo de su camisa más vieja y siguió trabajando. El cuarto día, al atardecer, el agua corrió. No fue un espectáculo. No hubo ruido de cascada ni desbordamiento dramático.
Fue un hilo de agua que empezó a moverse por la asequia limpia. con esa seriedad discreta del agua que encuentra su camino, avanzando despacio entre las piedras de los bordes, llegando a la barda norte de la hacienda, entrando por la ranura baja que tenía la barda exactamente para eso, distribuyéndose por el terreno con la lógica de la gravedad que nadie enseñó y que nadie necesita enseñar.
Soledad estaba sentada en la barda cuando el agua llegó a sus pies. Se quitó las botas, puso los pies en la asequia, el agua era fría y limpia, y olía a piedra y a tierra mojada y a nada artificial. Se quedó ahí un momento con los pies en el agua y los ojos cerrados y sintió algo que no era exactamente orgullo, pero que se le parecía.
Era la satisfacción específica del trabajo que produce resultado, que es distinta a cualquier otra clase de satisfacción, porque uno puede rastrearla directamente hasta sus propias manos. Ya dijo en voz alta. Esa noche hizo una lista en el suelo de tierra de la cocina dibujando con un palo agua resuelta, semillas, tenía las de la bolsita, necesitaba más.
Herramientas suficientes para empezar. comida inmediata para dos días más si seguía racionando. Techo, sólido en la casa, fuego funcionaba lo que faltaba, semillas variadas, sal, aceite, algo de proteína que no dependiera de la lata de frijoles que ya iba por la mitad. Para conseguir lo que faltaba necesitaba ir al pueblo.
Y para ir al pueblo necesitaba resolver una cosa que no había resuelto todavía. Si alguien en ese pueblo sabía que la hacienda era de alguien y que ella no tenía derecho de estar ahí. Eso era el miedo real de esos primeros días, mi gente. No el hambre exactamente, aunque el hambre también. Era la posibilidad de que llegara alguien con papeles y con autoridad y le dijera que se fuera y que se encontrara exactamente en el mismo punto de partida, pero más cansada y más hambrienta. Fue al pueblo al quinto día.
El pueblo era San Bernabé del Monte, que quedaba a 4 km de la hacienda por el camino de Terracería. No era el mismo pueblo de donde Soledad venía, que quedaba en otra dirección, lo que era una ventaja porque nadie la conocía y ella no conocía a nadie, que en esas circunstancias era exactamente lo que necesitaba.
Llegó a la hora en que el mercado chico del miércoles estaba cerrando, que fue providencial porque los vendedores que están recogiendo tienen más disposición a vender barato lo que les queda que a cargarlo de vuelta. compró con los pocos pesos que tenía en el bolsillo de los jeans, que no eran muchos, una bolsa de sal, un manojo de semillas de cilantro que una señora vieja le dio prácticamente de regalo cuando Soledad le explicó con honestidad que estaba empezando una huerta y que no tenía mucho, chile de árbol seco y un pedazo de jabón, pero lo
más importante que consiguió ese día no fue en el mercado, fue en la tienda de abarrotes que quedaba en la esquina de la plaza. que era atendida por un hombre de unos 60 años que se llamaba Donabundio y que tenía esa calidad de las personas que llevan décadas en el mismo lugar y que saben todo lo que se puede saber de ese lugar sin haber salido nunca de él.
Soledad le compró dos cosas y le hizo una pregunta. Le preguntó por la hacienda del cerro norte, la que estaba abandonada. Don Abundio la miró con esa mirada de inventario que tienen ciertos hombres mayores, rápida y sin aspaviento. “La hacienda de los Bustamante”, dijo. Lleva 10 años sola. El último Bustamante que quedaba se fue al norte y nadie supo más de él.
Hubo un proceso de sucesión que nunca se terminó. El municipio dice que no es suya, pero tampoco ha hecho nada con ella. ¿Hay alguien que la reclame?, preguntó Soledad. Nadie que yo sepa, dijo don Abundio. Y luego, después de una pausa breve, ¿por qué Soledad pensó un segundo, luego dijo la verdad, no toda, pero la parte importante, porque estoy viviendo ahí y quiero saber si alguien va a venir a sacarme.
Don Abundio la miró de nuevo, un segundo más largo. Sola, sola. Asintió. Metió las dos cosas que ella había comprado en una bolsa de papel. le añadió sin comentario un puñado de semillas de jitomate que tenía en un frasco en el estante y que en otro contexto hubiera cobrado. “Nadie va a venir a sacarte”, dijo. Lleva 10 años esperando a que alguien le hiciera caso.
Eso fue suficiente. Soledad volvió a la hacienda con la bolsa de papel, las semillas de jitomate y algo que no había traído cuando se fue. La certeza de que ese lugar era suyo mientras lo trabajara. No en el papel, pero en el hecho. A veces el hecho es lo que importa. La preparación del suelo fue la semana siguiente y fue la parte más difícil del primer mes, mi gente.
No porque el trabajo fuera imposible, sino porque era el tipo de trabajo que exige del cuerpo cosas que el cuerpo no tenía todavía. Soledad no era una muchacha débil. Había cargado y trabajado toda su vida en la casa de su padre. Pero el trabajo de campo es un lenguaje corporal diferente al trabajo de casa.
Usa músculos diferentes, pide movimientos diferentes y el cuerpo tiene que aprenderlo desde cero, aunque la voluntad ya sepa lo que quiere. El suelo del terreno tenía dos años sin trabajarse y eso en esa región del norte significa suelo compacto y seco con una costra dura en la superficie que el asadón rompe a pedazos antes de que uno pueda empezar a aflojar la tierra debajo.
Soledad rompió esa costra dos horas el primer día y al día siguiente no podía doblar los brazos sin que le doliera desde el hombro hasta la muñeca. Siguió de todas formas, más despacio, con movimientos más cortos, aprendiendo el ritmo que el cuerpo aguantaba sin romperse. En eso la encontró Perpetua. Perpetua Leal.
tenía 71 años y vivía en una casa de adobe a kmet de la hacienda en dirección al arroyo. Era viuda desde hacía 12 años y era de las personas que en el campo conocen como personas de rancho viejo, que significa que saben hacer todo lo que se hacía antes de que existieran las cosas que facilitan hacerlo. Llegó una mañana sin avisar, caminando por la brecha con un morral de xle al hombro y los guaraches de siempre, y una expresión que no era amistosa ni hostil, sino simplemente de alguien que viene a ver qué hay.
Lo que había era una muchacha de 18 años usando un azadón con el ángulo equivocado sobre un suelo que necesitaba más agua antes de trabajarse. Perpetua se paró en la entrada de la barda. Observó. No dijo nada por un momento. El asadón no le entra a la tierra seca así. Dijo finalmente, primero hay que darle agua, dejarla dos días. Después el asadón entra solo.
Soledad se detuvo. Miró a la mujer, miró el asadón. ¿Cuánta agua? Dijo, “La suficiente para que la tierra tenga color oscuro hasta un palmo de profundidad. No más. Si se encharca, esperas a que escurra. Eso fue el inicio entre ellas, mi gente. No hubo presentaciones largas, no hubo historias de vida intercambiadas en la primera visita.
Perpetua llegó, dijo lo que había que decir y cuando Soledad le preguntó cómo se llamaba y por qué había venido, respondió que se llamaba Perpetua y que había visto humo salir de la hacienda dos días seguidos y que en esa región eso significaba que alguien estaba adentro. ¿Va a quedarse?, preguntó Perpetua. “Sí”, dijo Soledad.
Perpetua asintió, miró el terreno, miró la higuera, miró la asequia que ahora tenía agua. “¿Desbrozaste la asequia?”, dijo, “no como pregunta.” “Tenía tres bloqueos, dijo Soledad.” Perpetua la miró de una manera diferente. No cálida todavía, pero diferente. “Voy a traer algo mañana”, dijo, y se fue sin más explicación.
Lo que trajo al día siguiente fue semillas, mi gente. No las pocas y escasas que Soledad tenía en su bolsita de tela, sino semillas en serio, una bolsa de tela más grande con maíz criollo de grano azul del tipo que los rancheros de esa región han guardado de generación en generación, porque es resistente a la sequía y porque da bien en suelos que no son perfectos.
Semillas de calabaza redonda de la que tiene la cáscara dura y dura. meses guardada, semillas de frijol vallo, que es el que se da en esa tierra, y una cosa que Soledad no esperaba, tres esquejes de chícharo en una maceta de barro, ya con raíz, listos para trasplantar. El chícharo te da en dos meses, dijo Perpetua, poniendo la maceta en el suelo del corredor.
Los demás tardan más, pero es lo que te sostiene mientras esperas. Eso era la lógica de la supervivencia reducida a su forma más simple. Lo que te sostiene mientras esperas. Soledad la escribió en su memoria con la permanencia con que se escriben las cosas que uno reconoce como verdades fundamentales. Empezaron a trabajar juntas esa semana, mi gente.
Aunque juntas no quería decir que Perpetua estuviera ahí todos los días. Perpetua tenía su propia vida, su propio terreno, sus propias cosas, pero venía dos o tres veces por semana. Llegaba sin avisar. Miraba lo que Soledad había hecho, corregía lo que necesitaba corrección, enseñaba lo que necesitaba enseñanza y se iba cuando consideraba que había hecho lo que había que hacer.
era una maestra del tipo más antiguo, de los que enseñan, mostrando, no explicando. le enseñó que el maíz criollo azul de esa región se siembra cuando ya no hay riesgo de helada, que en ese lugar era aproximadamente después del 15 de marzo, que era exactamente cuando estaban, que se siembra en surcos a 40 cm de separación y que en cada hoyo van tres granos, no uno, porque si los tres brotan se deja el más fuerte y se trasplantan los otros dos en los huecos que pudieran haber quedado.
que el maíz necesita compañía y que lo mejor que uno puede sembrar junto con el maíz es el frijol, porque el frijol fija nitrógeno en la tierra y el maíz usa ese nitrógeno y que el suelo queda mejor después que antes de haber crecido los dos juntos, que es la milpa que los abuelos sabían y que se fue perdiendo con los cultivos de una sola cosa.
Le enseñó que la calabaza va al borde de la milpa, que sus hojas grandes cubren el suelo y evitan que se evapore la humedad, que sus flores amarillas atraen abejas que polinizan el maíz y que el fruto guarda por meses en un lugar fresco y seco, y es proteína y carbohidrato y agua al mismo tiempo. le enseñó que el chile de árbol que Soledad había comprado en el mercado se podía rescatar las semillas para sembrar, que era lo que Soledad ya había supuesto, pero que Perpetua confirmó con el detalle adicional de que antes de sembrar hay que dejar las semillas en
agua tibia 12 horas para que el proceso de germinación empiece con más fuerza. Le enseñó cómo leer el suelo, el color, la textura, el olor. Un suelo que huele a tierra mojada después de una noche sin lluvia. tiene vida microbiana activa, lo que es buena señal. Un suelo que huele a nada no tiene nada adentro todavía y hay que alimentarlo.
Le enseñó cómo alimentar el suelo. Eso fue la lección más importante de esa primera temporada y también la que más trabajo le dio a Soledad. Para alimentar el suelo sin acceso a fertilizantes comerciales, uno usa lo que tiene: materia orgánica, hojas secas, restos de cocina que no sean grasas. Stiercol si hay animales.
Y en ese momento Soledad no tenía animales, lo que significaba que la materia orgánica venía de las hojas de los mezquites, que crecían fuera de la barda y de los restos de su propia cocina, que eran pocos, pero que perpetua le dijo que no desperdiciara ni la cáscara de la manzana que ya se había comido. Todo lo que creció de la tierra regresa a la tierra”, dijo perpetua una mañana mientras enterraban hojas secas entre los surcos.
Eso es lo único que hay que entender del campo. Todo lo demás es detalle. Soledad trabajó de sol a sol esas primeras semanas con esa concentración que tiene uno cuando no hay otra opción. No había distracciones, no había teléfono porque no había señal, no había televisión ni radio porque no había electricidad, había tierra, agua, semillas, herramientas y el sonido del viento entre los mezquites, y a veces el canto de un pájaro que Soledad no sabía identificar todavía, pero que aprendió a esperar cada mañana como una confirmación de que el día había
empezado. En esas semanas apareció el animal. Lo vio por primera vez la tercera semana al atardecer, cuando estaba recogiendo las herramientas para llevarlas a la bodega. Estaba sentado en el borde de la barda de piedra del lado oriente, completamente quieto, mirándola con esos ojos amarillos que tienen los gatos cuando están evaluando si algo les importa o no.
Era un gato gris con rayas negras irregulares, del tipo que en el campo no se llama gato doméstico, porque no lo es exactamente, sino gato de rancho, que es una categoría diferente. Vive cerca de los humanos, acepta la comida si se le da, pero no es de nadie y toma sus propias decisiones sobre dónde estar y con quién. Soledad lo miró. Él la miró.
¿De dónde saliste?, dijo. El gato. No respondió. ¿Qué es lo que hacen los gatos? Movió la cola una vez lentamente, de un lado al otro. Esa noche Soledad le dejó un pedazo pequeño de tortilla junto a la barda. Por la mañana había desaparecido, aunque eso podía ser el gato o podía ser cualquier otra cosa.
Al día siguiente, el gato estaba en la barda otra vez, en el mismo lugar, a la misma hora. Así empezó, no con un acercamiento dramático, sino con esa serie de presencias repetidas que son la manera en que los animales de campo deciden que un lugar les pertenece. El gato apareció cada tarde durante dos semanas antes de bajarse de la barda.
Bajó de la barda tres días antes de acercarse a donde Soledad estaba trabajando. Se acercó 4 días antes de oler su mano y olió su mano cinco días antes de frotarse contra su tobillo con esa decisión súbita y total que tienen los gatos cuando por fin deciden que algo es de ellos. Soledad lo llamó surco, no por poesía, sino porque la primera vez que lo vio estaba mirando precisamente los surcos que ella había trazado esa tarde.
Y porque los nombres que uno le pone a los animales deben venir de algo concreto que uno vio, no de lo que uno quisiera que el animal fuera. Surko resultó ser, como muchos gatos de rancho, un cazador activo y disciplinado. Las ratas de campo que habían habitado tranquilamente la bodega y que habían sido el único problema real de esas primeras semanas, porque las ratas comen semillas con una eficiencia devastadora.
Empezaron a disminuir en número con una rapidez que Soledad no habría logrado sola. No los eliminó todos, que tampoco era la idea, porque un rancho sin roedores es un rancho sin el equilibrio que necesita, pero los mantuvo en un número que no amenazaba las semillas guardadas. Perpetua cuando vio a Surco, dijo, “Bien, eso le faltaba al terreno.
” Y eso fue todo el comentario que hizo. El primer brote de chícharo apareció a las tres semanas de haber trasplantado los esquejes. Era un brote pequeño del verde casi amarillo que tienen las plantas muy jóvenes antes de que la clorofila se establezca. Y estaba en el extremo izquierdo de la hilera que Soledad había plantado siguiendo las instrucciones de Perpetua.
Lo vio una mañana temprano, cuando todavía había rocío en el suelo, y se quedó parada mirándolo más tiempo del que hubiera admitido. Era la primera cosa viva que había crecido por sus manos en ese lugar. No era mucho, era un brote de chícharo, pero soledad llevaba tres semanas comiendo lo que traía del pueblo con los pocos pesos que había conseguido, haciendo pequeños trabajos para donabundio en la tienda, que la había contratado sin formalidad para ayudar a acomodar mercancía dos tardes por semana.
Esos trabajos le daban para comprar lo básico, sal, aceite, tortillas, frijol. No para más. El brote de chícharo era la primera señal de que en algún momento no iba a necesitar comprar todo lo que comía. Escribió en el suelo de tierra de la cocina con el mismo palo con que había hecho su lista la primera semana. Día 21. Primer brote de chícharo, hilera izquierda, extremo norte. Todo lo demás pendiente.
Eso de todo lo demás pendiente era importante escribirlo también. La hacienda tenía muchos problemas todavía. el techo de la bodega caído que había que reparar antes de las lluvias de verano, la puerta principal que no cerraba bien y que de noche dejaba entrar un viento que no era peligroso en marzo, pero que en diciembre sería otro asunto, la falta de cualquier animal de trabajo o de producción que fuera más allá de Surco, la incertidumbre legal sobre el terreno que Don Abundio había calmado parcialmente, pero que Soledad sabía que
era una calma provisional y el hecho de que todavía no había hablado con sus hermanos. Ese era el peso que cargaba callado, mi gente. Los tres hermanos que había dejado en la casa del Padre, no porque no los quisiera, sino porque no podía volver todavía, y porque mientras no pudiera volver, no sabía qué decirles.
Fue en la cuarta semana cuando decidió que tenía que saberlo. Caminó al pueblo, entró a la tienda de don Abundio y le pidió prestado el teléfono para hacer una llamada corta. Don Abundio lo puso sobre el mostrador sin preguntar. Llamó al teléfono del vecino de su casa, que era la manera en que las llamadas llegaban a ese barrio donde nadie tenía teléfono propio.
El vecino fue a buscar a los niños. El que llegó fue el mayor de sus hermanos, Rodrigo, que tenía 12 años, y que tenía la voz de alguien que ha estado esperando una llamada que no sabía si iba a llegar. ¿Estás bien? Fue lo primero que dijo Rodrigo. Estoy bien, dijo Soledad. Ustedes bien. Papá no dice nada. Come solo.
Eso era una imagen que a Soledad le apretó el pecho de una manera que no esperaba. Su padre sentado a la mesa solo, comiendo en silencio, no porque lo extrañara en el sentido simple, sino porque entendía que ese hombre también estaba cargando algo que no sabía cómo cargar y que quizás esa noche también había sido un punto de quiebre para él, aunque de manera diferente.
“Voy a estar bien”, dijo Soledad. “Diles a los chicos que estoy bien. En cuanto pueda los veo.” “¿Cuándo?”, dijo Rodrigo. Cuando tenga algo que mostrarles dijo Soledad, no sabía cuándo iba a hacer eso, pero sabía que tenía que ser verdad antes de poder decirlo. El maíz empezó a brotar a las dos semanas de sembrado, mi gente, con esa puntualidad del maíz que no le da tiempo a uno para impacientarse.
Los tres granos por hoyo daban primero una, luego dos, luego tres plántulas. Y Soledad iba por los surcos, eligiendo la más fuerte de cada grupo con el criterio que Perpetua le había enseñado, la que tiene el tallo más grueso en la base, no la más alta, porque la altura temprana en el maíz a veces es señal de estiramiento por falta de luz y no de fortaleza.
Trasplantó las que no dejó en los hoyos originales, llenando los espacios vacíos que siempre hay en una siembra, porque no todas las semillas germinan con la misma eficiencia. Aprendió a hacerlo con cuidado, sin romper la raíz pequeña, que todavía no tiene la firmeza para soportar un movimiento brusco.
Aprendió que el momento del día importa. Tras plantar en la mañana temprano o al atardecer, nunca al mediodía cuando el sol está directo, porque la planta recién movida no tiene todavía el sistema para compensar el calor. El frijol tardó más. El frijol es más discreto que el maíz. brota más despacio y más bajo.
Y si uno no está mirando con atención, puede pasar dos o tres días antes de notar que algo ha cambiado. Soledad lo notó un martes al mediodía, agachada entre los surcos revisando el estado del suelo después de que Perpetua le había dicho que el color de la tierra le parecía demasiado claro, lo que significaba que necesitaba más agua.
Estaba mirando a la tierra y de repente vio una curva verde entre la tierra oscura. esa forma específica del frijol recién brotado que parece un gancho antes de enderezarse. Se quedó quieta. Surko estaba sentado a 3 met mirando también con esa atención que los gatos tienen por las cosas que se mueven aunque sea muy poco. Ya dijo Soledad en voz baja.
Surko movió la cola. Esa misma semana Perpetua llegó con algo que Soledad no esperaba. llegó más temprano que de costumbre con el morral de Ixtle y una expresión que era diferente a las anteriores, más deliberada, como de alguien que ha tomado una decisión y viene a ejecutarla. Del morral sacó una gallina. Era una gallina de rancho del tipo que en los libros de biología se llama gallina criolla y que en los ranchos se llama simplemente gallina, sin más calificativo, porque es la gallina de siempre la que existe antes de que
existieran las razas industriales, con plumaje irregular y carácter propio, y la capacidad de sobrevivir en condiciones que matarían a otras razas. Esta era de plumaje mezclado, café con negro y algunos puntos blancos, con la cresta grande y roja y los ojos que miraban todo con esa intensidad de las gallinas que nunca se están quietas del todo.
Se llama nopalera”, dijo perpetua, poniéndola en el suelo del terreno. Porque nació junto a un nopal y así empezó a llamarsea, miró el terreno, miró a Soledad, miró a Surco que se había puesto en pie y había tensado el lomo con esa concentración de predador que los gatos no pueden evitar aunque no tengan intención real. Nopalera lo miró también y luego le cloqueó de una manera que no era exactamente amenaza, pero que sí era una declaración de posición.
Y Surco decidió que quizás el terreno era suficientemente grande para los dos y se fue a la barda. Perpetua observó el intercambio con satisfacción. Bien, dijo, se entienden. Nopalera fue el primer animal de producción de la hacienda mi gente y resultó ser exactamente lo que Perpetua había calculado que sería. una gallina con temperamento y criterio propio, que ponía con regularidad, que comía lo que encontraba en el terreno, que eran insectos y semillas caídas, y que contribuía al suelo, con lo que todas las gallinas contribuyen sin que
nadie se los pida. Soledad construyó para ella un gallinero pequeño en el rincón del terreno junto a la higuera, con madera de los desechos de la bodega y una malla de alambre que don Abundio le había dado a crédito, que era otro de esos gestos que no se nombran, pero que hacen posible lo que de otra manera sería imposible.
Nopalera entró al gallinero el primer día como si lo hubiera estado esperando. Se acomodó en el palo que Soledad había puesto como percha y al día siguiente puso el primer huevo. Soledad lo sostuvo en la palma de la mano, todavía caliente, café oscuro con pequeñas manchas más claras. No lo cocinó inmediato.
Lo puso en el cajón de la mesa de cocina, en el mismo lugar donde había encontrado la bolsita de semillas. Lo miró una vez más. antes de dormir. Por la mañana lo revolvió con sal y un pedazo de cebolla que había comprado esa semana y lo cocinó en el comal de barro que Perpetua había traído en una de sus visitas, sin explicar por qué.
Era el primer alimento que la hacienda le daba en forma de proteína. Comió despacio, de pie junto a la chimenea con el café de olla que ya hacía todas las mañanas con el piloncillo que compraba en la tienda. Y Surco estaba en el umbral mirando adentro con esa expresión de quién sabe que hay comida, pero que todavía está calculando si vale la pena pedirla.
No te doy de este, le dijo Soledad. Pero después te busco algo. Surko movió una oreja. Una. Los meses que siguieron fueron, mi gente, una acumulación de trabajo que solo tiene sentido verlo en retrospectiva. En el momento cada semana era sus propios problemas y sus propias soluciones, y no había tiempo para mirar hacia atrás y ver lo que se había construido.
El tiempo en el campo no funciona igual que el tiempo en la ciudad. En la ciudad uno puede ignorar el tiempo durante días y nada cambia. En el campo, ignorar tres días de sequía puede costarle a uno la siembra. El primer problema grande llegó en abril, cuando el agua de la asequia bajó, no desapareció, pero bajó a un hilo que en los días más secos de ese mes era casi invisible.
Soledad subió al manantial y encontró que había otro bloqueo, no de tierra acumulada como los anteriores, sino de piedra, una roca que había rodado desde más arriba del cerro en alguna lluvia y que había caído exactamente sobre la salida del manantial, comprimiéndola sin cerrarla del todo. Sola.
La roca era inamovible, era del tamaño de un barril y pesaba lo que pesan las cosas que no se mueven con una sola persona. Fue a ver a perpetua. le explicó el problema. Perpetua escuchó, asintió y al día siguiente llegó con su sobrino Carmelo, que tenía 30 años y la espalda de alguien que ha cargado cosas pesadas toda su vida.
Y los tres subieron al manantial con una barra de hierro que Carmelo había traído del rancho de su madre. La roca tardó dos horas en moverse, no en la dirección que uno hubiera querido, que hubiera sido lejos del manantial, sino a un lado, lo suficiente para que la salida del agua quedara libre. Cuando el agua volvió a correr con fuerza por la asequia, Carmelo se limpió el sudor de la cara y miró el trabajo y dijo, “Vas a necesitar limpiar esto cada temporada de lluvias.
Las rocas se mueven con el agua.” Ya sé, dijo Soledad, aunque no lo sabía hasta ese momento. Carmelo la miró con la misma expresión evaluativa que usaba su tía. ¿Eres de acá?, preguntó. Soy de aquí desde hace un mes, dijo Soledad. Carmelo no dijo nada más sobre eso. Bajaron del cerro y Soledad le preparó café y unas tortillas con los frijoles que tenía, que para ese momento ya eran frijoles de su propia cosecha pequeña.
Los primeros que había desgranado esa semana con las manos con esa satisfacción que no tiene equivalente. Carmelo comió sin hacer comentarios sobre la comida, que en el campo es el mejor cumplido. La siembra de mayo fue más grande que la de marzo. Soledad había aprendido en esas semanas suficiente para saber qué había hecho mal la primera vez.
Los surcos demasiado juntos en un sector que tenía menos agua, el espacio de calabaza demasiado pequeño para lo que la planta necesita. La siembra de cilantro demasiado densa que había hecho que las plantas compitieran entre sí en lugar de crecer bien. Corrigió todo eso en la segunda siembra. trazó los surcos con la cuerda que perpetua le había enseñado a usar para que quedaran derechos, que no es un detalle de estética, sino de eficiencia del riego.
Dio más espacio a la calabaza, sembró el cilantro más ralo y en una hilera doble en lugar de triple. Perpetua revisó la siembra terminada un sábado de mayo y dijo, “Mejor.” Eso era de perpetua equivalente a un discurso de elogio. El mes de junio trajo las primeras lluvias de verano. No las lluvias grandes que llegarían en julio, sino esas lluvias de anticipación que caen dos o tres días a la semana y que huelen diferente a las lluvias de cualquier otra época.

ese olor a tierra que recibe agua que Soledad había aprendido a distinguir del olor de la tierra seca y del olor de la tierra encharcada, que son tres olores distintos, como son tres estados distintos del mismo suelo. Las lluvias cambiaron el trabajo. Ya no había que llevar agua de la asequia con cubetas cada tarde.
El suelo recibía agua del cielo y Soledad solo tenía que revisar que los surcos la distribuyeran bien y que no hubiera encharcamiento en los puntos bajos. Tenía más tiempo. Con ese tiempo reparó el techo de la bodega. Eso fue un trabajo de dos semanas, mi gente, y fue el trabajo más parecido a la construcción que Soledad había hecho nunca.
Perpetua le enseñó los principios básicos. Las vigas tienen que apoyarse en la pared en al menos un palmo, no en el borde, porque si apoyan en el borde ceden con el peso. El terrado que va sobre las vigas necesita palma o xle o cualquier material que no permita que la tierra caiga directo al interior cuando llueve.
Y todo el techo necesita una pendiente, aunque sea pequeña, para que el agua corra hacia afuera y no se acumule. Carmelo volvió dos veces para ayudar con las vigas más pesadas. No le cobró. Soledad le dio comida y le dejó llevarse una bolsa de frijoles de la cosecha pequeña, que es la economía del campo cuando no hay dinero.
El trabajo se paga con trabajo o con lo que la tierra produce. El techo quedó sólido, no perfecto, pero sólido. Fue en julio cuando Soledad fue por primera vez a ver a sus hermanos. No fue al pueblo de su padre, fue su hermano Rodrigo quien vino a ella, que tenía 12 años y la suficiente independencia para tomar un camión solo y bajarse en San Bernabé del Monte y caminar el kilómetro de la tienda de Don Abundio hasta la hacienda, siguiendo las instrucciones que Soledad le había dado por teléfono la semana anterior. Llegó un sábado a mediodía.
Soledad lo vio venir desde la barda y algo en el pecho se le movió de una manera que no esperaba. Rodrigo era más alto que cuando se había ido, o quizás no más alto, quizás lo mismo. Y lo que había cambiado era la manera en que caminaba, algo más deliberado, algo que no tenía 4 meses antes.
Entró por el portón de la barda, miró el terreno, miró la casa, miró los surcos de maíz que para julio ya tenían las plantas a la altura de su hombro. “Tú hiciste esto”, dijo yo y unas personas que me enseñaron. Rodrigo caminó entre los surcos con esa seriedad de los niños que evalúan las cosas con más cuidado que los adultos, porque todavía no saben que se supone que hay que fingir que ya se sabe.
Hay chícharos, dijo mirando la hilera. Ya está dando. ¿Tienes hambre? Sí. Comieron juntos Rodrigo y Soledad y Surco, que se había instalado en la silla de madera que quedaba junto a la puerta como si siempre hubiera sido su lugar. Soledad hizo sopa de frijol con cilantro del huerto y tortillas de las que compraba en el pueblo, porque todavía no tenía metate nixtamal, eso vendría después.
Y Rodrigo comió dos platos y no dijo nada de la comida, pero tampoco dejó nada. Después de comer, sentados en el corredor con el sol de julio filtrándose por la higuera, que para entonces tenía higos verdes casi listos para madurar, Rodrigo le dijo, “Papá, preguntó por ti.” Soledad miró hacia el terreno. ¿Qué dijo? Que si sabíamos algo de ti. Yo no le dije que habías llamado.
Está bien que lo sepa, dijo Soledad. Que estoy bien. Rodrigo asintió. Hubo un silencio que tenía muchas cosas adentro y que ninguno de los dos forzó a decirlas todas. ¿Puedo venir otra vez? Dijo Rodrigo finalmente. Cuando quieras, dijo Soledad, si me avisas un día antes para tener comida lista. Rodrigo se fue al atardecer por el mismo camino que había llegado.
Soledad lo vio alejarse hasta que se perdió entre los mezquites y luego se quedó quieta en la barda un momento con surco a sus pies y noalera picoteando la tierra cerca del corredor. Y pensó en todas las maneras en que uno puede extrañar a alguien y seguir haciendo lo que hay que hacer de todas formas.
Eso también lo escribió en el suelo de tierra de la cocina, que para entonces tenía muchas anotaciones que Soledad repasaba de vez en cuando como un inventario de lo que había aprendido. El primer gilote del maíz apareció en agosto, mi gente. El gilote es la mazorca joven, cuando todavía está tierna y tiene la seda verde y el grano está apenas formándose.
Y es uno de esos sabores que solo existen en el campo. Porque entre el momento en que uno lo corta y el momento en que hay que comerlo, hay pocas horas antes de que empiece a perder esa dulzura específica que tiene cuando es muy fresco. Soledad cortó el primero un martes de agosto y lo puso directo al comal sin nada más que un poco de sal.
Lo comió de pie junto a la chimenea con el sol todavía alto y el sabor del maíz joven en la boca. ese sabor que no tiene equivalente en ninguna otra cosa. Y pensó que si hubiera sabido que esto era posible, que uno podía cultivar maíz con sus propias manos y comérselo así, quizás no habría tardado tanto en intentarlo.
Pero las cosas se aprenden cuando se aprenden, no antes. Fue al día siguiente cuando apareció el problema de Evaristo Reyes. Evaristo Reyes era un hombre de 52 años que tenía un terreno colindante con la hacienda por el lado sur, del otro lado de la barda baja de piedra. Era un hombre que en el pueblo tenía la reputación de ser cumplidero con sus cosas propias y complicado con las cosas de los demás, que es una distinción importante, porque la primera parte le daba credibilidad y la segunda le daba conflicto. Llegó a la hacienda un
miércoles sin avisar que ya era en sí mismo una declaración de actitud, y dijo que tenía entendido que alguien estaba usando el terreno de la hacienda de los Bustamante y que él quería saber con qué autorización. Soledad lo recibió en el corredor de la casa con la misma calma con que había aprendido a recibir a las personas que llegan con una posición ya formada, escuchando hasta el final antes de responder.
Evaristo Reyes dijo que él había tenido un acuerdo informal con el último bustamante para usar un pedazo del terreno de la hacienda para pastar sus cabras y que ese acuerdo seguía vigente en su entender porque nadie lo había cancelado. Soledad preguntó si ese acuerdo estaba por escrito. No lo estaba. Preguntó si había alguien que pudiera confirmarlo.
Hubo una pausa. Don Abundio sabe, dijo Evaristo finalmente con menos contundencia que al principio. Entonces vamos con Donundio dijo Soledad con una tranquilidad que por dentro no tenía completamente, pero que por fuera sostuvo perfecta. Fueron los dos a la tienda. Don Abundio escuchó a los dos con la expresión de alguien que lleva décadas siendo árbitro informal de las disputas del pueblo y que lo hace con una fatiga resignada y una competencia que nadie le enseñó.
Cuando Evaristo terminó de explicar el acuerdo, don Abundio dijo, “Sé que tuviste ese acuerdo con el viejo bustamante Evaristo, pero el viejo bustamante lleva 10 años muerto y nadie reclamó ese terreno hasta ahora.” Miró a Soledad. “Esta muchacha está trabajando la tierra. El acuerdo que tenías era para pastar, no para sembrar.
Son cosas diferentes. Evaristo Reyes no estaba satisfecho, pero don Abundio no era del tipo que cambia de posición porque alguien no esté satisfecho. Si quieren formalizar algo, háblenselo entre ustedes”, dijo, volviendo al estante que estaba acomodando. Soledad y Evaristo Reyes salieron juntos a la calle. Hubo un momento incómodo en que ninguno de los dos dijo nada.
Tengo tres cabras”, dijo Evaristo finalmente. No es mucho, soledad, pensó. Tres cabras no eran mucho, pero tres cabras en un terreno sembrado eran un desastre potencial, porque las cabras comen todo lo que está a su alcance con una eficiencia que no distingue entre maleza y milpa. El terreno que está más allá de la barda oriente, del lado del arroyo seco.
Eso no lo voy a sembrar este año, dijo Soledad. Si las tienes ahí en ese lado, no hay problema. Evaristo Reyes la miró. No con gratitud, exactamente, con la expresión de alguien que evalúa si lo que se le está ofreciendo es suficiente. Está bien, dijo. No hubo apretón de mano. No en ese momento, pero tampoco hubo más problemas.
Perpetua cuando Soledad le contó, dijo, “Bien, Evaristo es terco, pero no es tonto y las cabras te van a dejar estiércol en ese lado que va a servir cuando lo trabajes.” Soledad no había pensado en eso. Lo escribió en su libreta. Para entonces ya tenía una libreta mi gente, no en el suelo de tierra de la cocina, sino una libreta de verdad, de pasta azul, que don Abundio le había dado junto con un lápiz una mañana sin que Soledad se lo pidiera.
Para que escribas lo que aprendes había dicho don Abundio sin más explicación y había vuelto a lo que estaba haciendo. En esa libreta Soledad fue escribiendo todo. Las fechas de siembra, los errores, las correcciones, lo que Perpetua le decía, lo que el suelo le enseñaba, lo que el agua le enseñaba, lo que noera hacía cuando iba a llover, que era meterse al gallinero una hora antes de que llegara el agua, lo que resultó ser una señal más confiable que cualquier otra que Soledad hubiera tenido para anticipar la lluvia. También
escribió otras cosas, las que no eran técnicas. La manera en que el cielo de agosto en esa región tiene un color específico al atardecer que no tiene el cielo de ningún otro mes. La manera en que el maíz suena cuando el viento lo mueve, ese sonido de hojas grandes y firmes que es completamente diferente al sonido de cualquier otra planta.
La manera en que Surco se instalaba en los surcos recién sembrados no para escarvar, sino simplemente para estar cerca de la tierra recién movida, como si supiera que ahí estaba pasando algo que valía la pena estar cerca. Esas notas no eran para nadie, eran para ella, para cuando necesitara recordar por qué estaba haciendo lo que estaba haciendo.
La primera cosecha grande llegó en septiembre, mi gente, y fue más de lo que Soledad había calculado, que suele pasar con la primera cosecha de un terreno que ha estado en descanso muchos años. La tierra guardó todo ese tiempo en fertilidad acumulada y lo entregó todo junto. El maíz dio bien, no perfecto porque Soledad había cometido varios errores de principiante en el espaciado y en el momento de las dobladas, que es la práctica de doblar la caña del maíz cuando ya maduró para proteger la mazorca de la lluvia sin cosecharla todavía. y perpetua tuvo que
corregirla dos veces, pero dio dio suficiente para tener maíz para varios meses, para aprender cómo desgranarlo y guardarlo correctamente, y para llevarse una bolsa a Donabundio que él pesó y le pagó a precio justo, sin hacer menos la cantidad. El frijol dio menos porque Soledad había sembrado menos frijol que maíz, siguiendo la proporción que Perpetua le había indicado.
Y porque en agosto hubo una semana de lluvia excesiva que afectó la floración, pero lo que dio era sano y limpio, y se guardó bien en los botes de barro que Perpetua le había traído de su casa para ese fin. La calabaza fue la sorpresa. Dio mucho más de lo esperado, con esa generosidad específica de la calabaza en tierra que ha descansado.
Y Soledad se encontró con más calabaza de la que podía comer sola. Le llevó a Perpetua, le llevó a Donabundio, le llevó a Carmelo. Vendió cuatro en el mercado del miércoles a precio de temporada y todavía guardó 12 para el invierno. El chícharo había terminado su ciclo en junio, que es lo que hace el chícharo cuando el calor sube.
Y Soledad lo había dejado secar en la planta para guardar las semillas. tenía ahora suficientes semillas de chícharo para tres siembras futuras, que era más de lo que necesitaba, pero que era exactamente la clase de abundancia que da seguridad. Nopalera seguía poniendo con una regularidad que Soledad ya no anotaba porque era tan constante que no había nada nuevo que anotar.
un huevo por día, a veces dos cuando el clima estaba bien. Con esa puntualidad de las gallinas de rancho que han encontrado un buen lugar y que lo demuestran produciendo. Surko había establecido su territorio con la claridad de los gatos, que saben exactamente qué es suyo. La bodega era su espacio de casa, el corredor era su espacio de descanso, los surcos, como ya se dijo, eran su espacio de contemplación y el umbral de la cocina, exactamente a un palmo del interior, era la frontera que nunca cruzaba, pero desde la que monitoreaba todo lo que
pasaba adentro. En octubre, Rodrigo volvió, esta vez con sus dos hermanos menores, Beto y Chava, que tenían 18 años respectivamente, y que llegaron con la misma expresión de evaluación seria que Rodrigo había traído la primera vez. Chava, el de 8 años, vio a Nopalera y quiso agarrarla. Y Nopalera le dio a entender con toda claridad que eso no iba a pasar y Chava tuvo que conformarse con mirarla desde una distancia prudente. Beto el de 10.
Caminó por los surcos como Rodrigo había hecho y luego dijo, “¿Lo sembraste tú?” Yo, dijo Soledad, sola con ayuda. Beto asintió con la seriedad de alguien que está integrando una información que cambia algo en la manera en que entiende el mundo. Los tres hermanos se quedaron hasta el día siguiente. Durmieron en la casa, en los dos cuartos que Soledad había ido limpiando y poniendo en orden a lo largo de los meses.
Ella les preparó atole de maíz de su propia cosecha por la mañana, un maíz azul criollo que había aprendido a nixtamalizar, siguiendo las instrucciones que Perpetua le había dado a principios de mes. Y el sabor era diferente al atole de masa comprada, más profundo, con ese gusto a maíz real que el maíz industrializado ya no tiene.
Chava bebió dos tazas y dijo que estaba muy bueno, que en un niño de 8 años es la forma más sincera de elogio que existe. Cuando se fueron, Rodrigo se quedó rezagado un momento en el portón de la barda. Le dijo a Soledad en voz baja para que los otros no oyeran. Papá llora a veces de noche. Cree que no lo oímos.
Soledad no respondió de inmediato. Miró hacia el terreno, hacia el maíz cosechado, cuyos cañones secos seguían en pie, esperando a que ella los cortara para composta. “Ya sé”, dijo finalmente. “¿Lo perdonas?”, dijo Rodrigo. Soledad pensó en eso. No fue una pregunta fácil y no tuvo una respuesta rápida.
“No sé si es perdonar exactamente”, dijo, “pero ya no cargo lo que cargaba.” Rodrigo asintió como si eso fuera suficiente, que quizás lo era. Octubre y noviembre fueron los meses del aprendizaje del almacenamiento y del invierno, mi gente, que es una fase que Soledad no había anticipado con suficiente detalle.
Había pensado en sembrar y cosechar. No había pensado suficiente en lo que viene después. ¿Cómo guardarlo cosechado para que dure meses sin echarse a perder? ¿Cómo preparar el terreno para el próximo ciclo? ¿Cómo manejar el invierno que en esa región del norte puede ser severo y que pone a prueba las construcciones y los animales de maneras que la primavera y el verano no ponen? Perpetua llegó en octubre con una intensidad diferente a las visitas anteriores, como si supiera que había mucho que enseñar antes de que llegara el frío y no hubiera tiempo para
los rodeos. le enseñó a guardar el maíz en seco, que es no solo ponerlo en un recipiente, sino ponerlo en un recipiente limpio y seco y cerrado, con algo que disuada los insectos. Que en esa región es el chile de árbol seco puesto entre el maíz que los insectos no soportan. Le enseñó a guardar el frijol igual.
le enseñó a hacer la pasta de chile seco que dura meses en un frasco de vidrio y que es la base de la mayoría de los guisos de invierno. Le enseñó a preparar la tierra que había sido cosechada para el siguiente ciclo, incorporar la materia orgánica que había estado composteando, cubrir los surcos vacíos con paja para proteger la humedad y la vida microbiana, descansar algunos surcos y preparar otros para siembra temprana de invierno.
La siembra de invierno era algo que Soledad no sabía que existía. En esa región específica, con ese microclima que la hacienda tenía por estar entre el cerro y el arroyo seco, era posible sembrar ciertas cosas en noviembre que daban en enero y febrero cuando no hay otra cosa. Rábano, espinaca, cilantro de invierno, que es más resistente al frío que el de verano, y cebolla temprana que no llega a bulvo en invierno, pero que da la parte verde que es suficiente para cocinar.
perpetua le trajo las semillas específicas para eso, no las de la bolsita original, sino semillas de variedades adaptadas al frío, guardadas con ese cuidado de quién sabe que las semillas son el capital más importante que uno puede tener en el campo. Soledad sembró en noviembre por primera vez en la lógica del invierno.
Surcos más cortos, más juntos, con menos agua, porque el frío reduce la evaporación, con una cobertura de paja que Carmelo le ayudó a cortar del terreno seco que había más allá de la barda oriente. Nopalera llevó el frío mejor de lo que Soledad esperaba, que es lo que hacen las gallinas de Rancho Criollo, que están adaptadas a condiciones variables.
turco desarrolló en noviembre el hábito de entrar a la cocina, cruzando por primera vez esa frontera que había mantenido por meses, y de instalarse junto a la chimenea con esa actitud de quien siempre lo había hecho y que nadie tiene derecho a cuestionar. Soledad lo dejó. El frío es razón suficiente para revisar los principios.
En diciembre llegó la primera nevada del invierno, que en esa región no es nieve profunda, sino una capa fina que dura un día o dos y que hace que todo parezca diferente, más quieto y más luminoso al mismo tiempo. Soledad salió esa mañana a ver cómo estaban los surcos de invierno y encontró que la paja los había protegido bien, que debajo de la capa blanca la tierra tenía todavía el color y la temperatura que necesitaba.
La higuera estaba completamente sin hojas. ¿Qué es lo que hacen las higueras en invierno? Ese abandono aparente que no es muerte, sino pausa. Soledad la miró desde el corredor tomando su café de olla y pensó en los meses que habían pasado desde que había llegado aquí, sin nada más que dos bolsas de plástico y un cuchillo de su abuela.
Pensó en eso y la lista que le salía era larga y concreta. Agua corriente por la asequia, tierra trabajada y sembrada, maíz guardado, frijol guardado, calabaza guardada, chícharo sembrado, rábano y espinaca creciendo bajo la nieve ligera, nopalera poniendo surco junto a la chimenea, techo reparado, puerta que cierra bien, que la había reparado en noviembre con bisagras nuevas que compró en el mercado del miércoles y una libreta azul.
Casi llena de lo que había aprendido. Eso era lo que tenía. Era suficiente para el invierno. Era más que suficiente para empezar. Fue en enero del año siguiente, mi gente, con la nevada ya derretida y los brotes de rábano asomando en los surcos cubiertos de paja. Cuando don Abundio le dijo algo que Soledad no esperaba, llegó a la hacienda.
Era la primera vez que don Abundio salía de su tienda para ir a verla y eso solo ya era una señal de que traía algo importante. Llegó en su camioneta por el camino de terracería, se bajó con esa parsimonia de los hombres que no se apresuran para nada y miró el terreno desde la entrada de la barda con la misma expresión evaluativa que siempre tenía, pero más intensa.
Luego dijo, “Hay una señora que preguntó por la hacienda, no para reclamarla, para comprarla. Soledad lo miró.” Para comprarla de ¿quién? Del municipio. Hay un proceso que permite regularizar propiedades abandonadas si se demuestra uso productivo por 2 años. Tú llevas menos de un año, pero la señora tiene contactos en el municipio y quiere mover ese proceso.
Soledad sintió ese frío que ya conocía, el que no viene del clima, sino de cuando algo que uno ha construido está en riesgo. ¿Quién es?, dijo don Abundio dijo un hombre que Soledad no reconoció. ¿Qué tipo de uso quiere darle?, preguntó Soledad. Eso no me dijo, pero viene con dinero. Hubo un silencio.
¿Qué puedo hacer yo? dijo Soledad. Don Abundio la miró no con lástima, con esa mirada de alguien que ya ha calculado las opciones antes de llegar. Hay un abogado en el pueblo grande que conoce ese proceso. Si tú presentas primero tu uso productivo documentado y si tienes testigos que confirmen que has trabajado la tierra de manera continua, puedes solicitar la regularización en tu favor.
Es un proceso largo, pero empieza con la documentación. Soledad pensó en su libreta azul, en las fechas, en las anotaciones, en los registros de siembra y cosecha. pensó en Perpetua, en Carmelo, en Donundio mismo. Usted es testigo, dijo. Soy testigo dijo donabundio. Perpetua también y Carmelo y Evaristo Reyes, aunque a él habría que convencerlo.
Me ayudaría a ir con el abogado. Por eso vine, dijo don Abundio. Fueron la semana siguiente. El abogado se llamaba licenciado Meneces y era un hombre joven que escuchó todo lo que Soledad tenía que decir. Revisó la libreta azul que ella llevó, leyó las fechas y las anotaciones y los registros, y luego dijo, “Esto es exactamente el tipo de documentación que el proceso necesita.
No es suficiente solo, pero es el inicio. ¿Tiene fotos?” No tenía fotos. No había pensado en eso. Rodrigo, cuando Soledad le contó por teléfono, dijo, “Yo tengo fotos. Cuando vine en julio y en octubre saqué fotos con el celular de papá. Eso, mi gente, fue algo que a Soledad le apretó el pecho de una manera que tardó en pasar.
Rodrigo había sacado fotos sin decirle nada. las había guardado como si hubiera sabido con esa intuición de los niños que a veces es mejor que la de los adultos, que iban a servir para algo. Las fotos mostraban el terreno en julio con el maíz crecido y en octubre con la cosecha lista. Mostraban la hacienda en uso, mostraban a soledad en el terreno.
El proceso de regularización tardó 8 meses, mi gente. No voy a contarles cada paso porque sería una historia diferente. Lo que les cuento es que al final del proceso, con los testimonios de Don Abundio, Perpetua, Carmelo y finalmente también Evaristo Reyes, que resultó ser más justo de lo que parecía cuando había interés de por medio y con la documentación de la libreta y las fotos de Rodrigo, la regularización fue a favor de Soledad.
No fue perfecta, nunca lo es. Hubo costos que Soledad pagó en trabajo y en tiempo y en noches de preocupación, pero al final del proceso había un documento que decía que la hacienda era suya mientras la trabajara y eso era lo que necesitaba. El día que le dijeron que el proceso había resultado, Soledad estaba en el terreno, mi gente.
Era una mañana de octubre, exactamente un año y un mes después de haber llegado la primera vez. Perpetua estaba con ella y Carmelo había pasado a dejar unas herramientas que le había prestado. Y don Abundio había venido especialmente a decírselo en persona en lugar de esperar a que ella fuera al pueblo. Soledad escuchó lo que don Abundio le dijo. Dijo, “Gracias.
” No dijo más. Pero cuando don Abundio se fue y Carmelo se fue y quedó solo Perpetua, que era de las personas que saben cuándo quedarse y cuándo irse, Soledad se sentó en la barda de piedra del lado oriente, la misma barda donde había visto a Surco por primera vez, y se quedó ahí un momento mirando el terreno.
El maíz de la segunda siembra estaba en su punto, el frijol también. La calabaza tenía los frutos ya formados, pero todavía verdes. El chícharo de la segunda temporada estaba en flor. Nopalera caminaba por el corredor con esa soberanía de las gallinas que conocen perfectamente su territorio.
Surco estaba en los surcos como siempre. Y al fondo del terreno, junto a la bodega reparada, había algo nuevo que Soledad había plantado en agosto, siguiendo una instrucción de un cuaderno sobre cultivos de la región que don Abundio le había prestado. Tres matas de nopal todavía eran pequeñas, pero que Perpetua había dicho que en dos años serían suficientemente grandes para cosechar.
Perpetua se sentó a su lado en la barda. No dijeron nada por un momento. ¿Cómo te sientes? dijo perpetua. Finalmente Soledad pensó en eso. Miró la higuera que ya tenía los primeros higos del segundo octubre. Miró el encino que crecía junto a la barda norte, que había visto muchas veces, pero al que no le había puesto nombre todavía.
miró la asequia que corría con el agua del manantial con esa seriedad discreta del agua que encontró su camino. “Como cuando uno termina de limpiar una cosa muy sucia”, dijo Soledad, no alegre exactamente, sino en orden. Perpetua asintió. Eso era suficiente. Ese octubre, mi gente, Soledad Vargas sacó la libreta azul y abrió una página nueva al final de todas las anotaciones técnicas y los registros de siembra y las correcciones y los errores y las fechas.
Y escribió con esa letra apretada que había heredado de la costumbre de aprovechar el papel. Llegué con dos bolsas y un cuchillo. Nadie me dio la tierra. Me quedé en ella porque hacía falta que alguien se quedara. Me enseñó el agua que el problema tiene solución si uno lo sube hasta donde viene. Me enseñó perpetua que el suelo se da entero. Si uno se lo da entero.
Me enseñó surco que hay que estar cerca de donde crece algo. Me enseñó no palera que uno produce cuando está en el lugar correcto. Lo que queda. Una hacienda que respira, una libreta casi llena y hambre de la que ya no es urgencia sino dirección. Ojalá quien llegue después a este terreno también encuentre el agua.
Cerró la libreta, la guardó en el cajón de la mesa de la cocina, donde había encontrado la bolsita de semillas ese primer día. La última vez que Soledad Vargas paró frente a la entrada de la hacienda fue una mañana de marzo del segundo año, mi gente. No llegando, sino saliendo. Había salido temprano al mercado del miércoles a vender la primera cosecha de rábano del invierno y los últimos huevos de la semana.
Cuando volvió caminando por el camino de terracería con la bolsa más liviana y el dinero de la venta en el bolsillo, se detuvo frente a la entrada y la miró. La entrada no tenía portón todavía. Eso estaba en la lista de cosas pendientes junto con muchas otras. Pero la barda de piedra era sólida y la higuera estaba empezando a sacar las hojas del segundo año.
Y el maíz de la siembra temprana de marzo acababa de brotar esa mañana antes de que ella saliera, ese brote de días que es la señal de que el ciclo volvió a empezar. Adentro en el corredor, Nopalera estaba en su sitio. Surco estaba en los surcos. El agua de la asequia corría por su camino y en la cocina, en el cajón de la mesa, estaban el cuchillo de su abuela y la libreta azul y la bolsita de tela original con algunas de las semillas que habían sobrado.
Soledad entró sin detenerse mucho. Tenía trabajo que hacer, pero antes de entrar a la casa se agachó junto al brote de maíz que había visto esa mañana, ese primer brote del segundo ciclo, y lo miró de cerca. Era del verde casi amarillo de los brotes muy jóvenes con esa fragilidad que tiene todo lo que acaba de empezar y que no es debilidad, sino simplemente la manera en que empieza lo que va a ser fuerte.
Ahí vamos, dijo en voz baja. Surko la miró desde los surcos con esa calma de quien ya sabe que sí, que ahí van, que el trabajo continúa y que eso es exactamente como debe ser. Mi gente, estos caminos de tierra nos enseñan que el hambre tiene dos formas, la que vacía y la que mueve. Soledad Vargas llegó a esa hacienda con la primera clase de hambre y la transformó en la segunda con sus propias manos, con el agua del cerro, con las semillas que alguien había guardado y con la generosidad de los que saben cuando ven
a alguien que viene a trabajar en serio. A veces el lugar que nadie quería es exactamente el lugar que uno necesitaba encontrar. Si esta historia te tocó el corazón como me tocó a mí al contarla, déjame tu like ahora mismo. Suscríbete aquí al canal Cuentos del Camino Real y activa la campanita para no perderte ninguna historia.
Cuéntame en los comentarios cuál fue el momento que más te apretó el pecho. Fue cuando Soledad limpió la asequia sola con las manos sangrando y el agua volvió a correr. Fue cuando Rodrigo llegó con las fotos que había guardado sin decirle nada, como si supiera que iban a servir, ¿o fue cuando Soledad se agachó frente al primer brote del segundo ciclo y dijo simplemente ahí vamos? Quiero saber qué se quedó en tu corazón.
Y recuerda siempre, la tierra que nadie quería y las manos que no se rindieron son todo lo que hace falta para empezar. Hasta la próxima historia. Quédate con Dios y que él bendiga tu casa y a todos los que están en ella. Yeah.