Posted in

Echada Por Su Padre, La Joven Halló Una Hacienda Abandonada.. Plantó Todo Sola Para Poder Sobrevivir

Echada Por Su Padre, La Joven Halló Una Hacienda Abandonada.. Plantó Todo Sola Para Poder Sobrevivir

Echada por su padre, la joven halló una hacienda abandonada. Plantó todo sola para poder sobrevivir. La primera vez que Soledad Vargas durmió en la hacienda fue sobre el suelo de tierra apelmazada del cuarto del fondo, con la mochila como almohada y una chamarra delgada que no alcanzaba a cubrirle los pies.

Afuera, el viento de marzo movía las ramas del mesquite contra la pared de adobe y hacía un sonido que no era exactamente música, pero que tampoco era amenaza. Era simplemente el sonido de un lugar que llevaba mucho tiempo solo y que todavía no sabía qué hacer con alguien adentro. Soledad tampoco sabía qué hacer con el lugar, así que los dos se quedaron quietos esa primera noche, ella en el suelo y la hacienda alrededor de ella.

Aprendiéndose en silencio. Tenía 18 años y dos bolsas de plástico con todo lo que le pertenecía en el mundo. Una mochila con ropa, un par de zapatos de repuesto, una cobija doblada que no había tenido tiempo de empacar bien y que asomaba por la cremallera a medio cerrar. Una bolsa negra de supermercado con lo que había agarrado de la cocina cuando su padre le dijo que se fuera.

 cuatro tortillas frías, un pedazo de queso envuelto en papel, dos manzanas, una lata de frijoles sin abrir y el cuchillo de cocina que había sido de su abuela y que no iba a dejar aunque todo lo demás lo perdiera. El cuchillo de su abuela era el único objeto en esas dos bolsas que no tenía precio de mercado, sino precio de otra clase.

 tenía el mango de madera oscura desgastada por el uso de décadas, ese desgaste que viene de manos que cocinan todos los días y la hoja ancha y corta que sirve para todo. Cortar, pelar, picar, abrir. Su abuela Remedios había dicho una vez que una mujer con un buen cuchillo y dos manos limpias puede hacerse de comer en cualquier parte del mundo. Soledad no lo había creído.

Entonces, ahora estaba a punto de comprobarlo, pero eso vendría después. Esa primera noche lo único que hizo fue llegar. Había caminado 4 horas desde el pueblo, no directamente a la hacienda, porque no sabía todavía que la hacienda existía. Había caminado sin dirección específica por el camino de terracería que sale del pueblo hacia el norte y que en algún punto deja de ser camino y se convierte en brecha con la mochila en la espalda y las bolsas en las manos y el sol de marzo bajando hacia el horizonte con esa indiferencia que tiene el sol

cuando a uno le está pasando algo terrible. Había caminado hasta que las piernas dijeron que era suficiente por hoy. Y entonces había levantado la vista y visto entre los mezquites y las piedras del cerro la silueta de una construcción. No era grande, era una hacienda de las pequeñas, del tipo que abundan en esa región del norte, que no son haciendas de novela, sino casas de trabajo, construidas para durar y para funcionar, y sin ninguna pretensión de belleza, aunque la belleza llegara sola con el tiempo y con la piedra y con el

adobe que toma el color del suelo donde se asienta. Tenía bardas bajas de piedra apilada alrededor de un terreno de tamaño considerable, una casa principal con tres cuartos y una cocina con chimenea, una bodega pequeña al fondo y lo que había sido un huerto o una milpa o ambas cosas en algún momento, ahora convertido en una extensión de tierra seca con los surcos todavía marcados como cicatrices en el suelo, estaba abandonada.

 Eso era evidente en la manera en que la puerta principal estaba abierta de par en par, sin que nadie la hubiera abierto, en las telarañas que cruzaban los marcos de las ventanas, en el silencio particular de los lugares que llevan mucho tiempo sin respiración humana adentro, pero estaba entera. Las paredes eran sólidas.

 El techo de vigas y terrado había cedido en un rincón de la bodega, pero en la casa principal estaba firme. Era un lugar que podía habitarse. Soledad entró sin pedir permiso porque no había a quien pedírselo. Esa noche, mi gente, comenzó todo. Si tú crees que una muchacha sola con un cuchillo de su abuela y las manos limpias puede plantar un futuro desde cero, déjame tu like ahora mismo.

Suscríbete al canal Cuentos del Camino Real. Activa la campanita para no perderte ninguna historia y cuéntame en los comentarios desde qué rincón del mundo nos estás escuchando hoy. Pero para entender por qué Soledad Vargas caminó 4 horas sola con dos bolsas de plástico a los 18 años, hay que ir un poco para atrás, mi gente, porque siempre hay un antes y el antes de Soledad era del tipo que deja marcas que uno carga, aunque no quiera cargarlas.

Soledad era la mayor de cuatro hijos de Leocadio Vargas. que era un hombre que en el pueblo conocían como don Leo y que tenía la fama de ser trabajador y cumplidor y honrado en los negocios, que en ese contexto significaba que pagaba sus deudas y no robaba a nadie y llegaba puntual a los compromisos, lo que el pueblo no veía, porque el pueblo nunca ve lo que pasa adentro de las casas, a menos que salga por las ventanas o por los moretones, era que don Leocadio Vargas tenía un temperamento que se encendía rápido.

y que tardaba en apagarse, y que ese temperamento en los últimos años había encontrado en el alcohol un acelerador que lo hacía peor. No era un mal hombre en el sentido absoluto. Mi gente, ya saben que en estas historias rara vez los que hacen daño son monstruos de cuento. Leocadio Vargas quería sus hijos o quería la idea de sus hijos.

 Quería que lo obedecieran y que lo respetaran y que fueran lo que él creía que debían ser. La confusión entre amor y control es antigua y común y hace mucho daño sin que quien lo hace siempre lo sepa. La madre de Soledad, que se llamaba Imelda y que había sido una mujer de carácter antes de que los años de ese matrimonio fueran limando ese carácter como el agua lima la piedra, había muerto cuando Soledad tenía 14 años.

 una enfermedad de las que se instalan despacio y se llevan todo. Los 4 años entre esa muerte y la noche en que Soledad caminó por el camino de terracería, fueron 4 años de una casa sin centro, de un padre que bebía más y escuchaba menos, de tres hermanos menores que Soledad fue criando con esa eficiencia silenciosa de la hija mayor que aprende a ser madre antes de tiempo.

 Aprendió a cocinar bien porque no había de otra. Aprendió a calcular cuánto alcanzaba para qué. Aprendió a hacer rendir el maíz de cuatro maneras distintas y el frijol de seis. Aprendió a leer las temporadas, a saber cuándo plantar el huerto pequeño que tenían en el patio de la casa, a reconocer qué planta necesitaba agua y cuál estaba tomando demasiada.

 Aprendió todo eso no porque alguien se lo enseñara, sino porque la necesidad es la maestra más eficiente que existe, aunque también la más despiadada. Lo que desencadenó la noche de marzo no fue un evento dramático, fue lo que suele desencadenar las cosas en las casas donde el temperamento y el alcohol conviven. Una discusión sobre algo pequeño que de repente se convierte en el recipiente de todo lo que no se ha dicho.

Read More