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Echada De Casa, Halló Una Granja Vacía… Lo Que Encontró Dentro Cambió Su Destino

Echada De Casa, Halló Una Granja Vacía… Lo Que Encontró Dentro Cambió Su Destino

Expulsada de casa cuando el sol aún no terminaba de caer. Lucía Pérez caminó dos días enteros con los pis sangrando sin dinero, sin parientes, sin un sitio al evolv. Cuando veo una graña silenciosa en medio del nor seco penso que apenas había alunteco para pasar la nor pero detrás de aquela puerta de madera carcomida no había comida ni tesoros.

Había un hombre viudo ardiendo en fiebre esperando morir en soledad. La noche, aunque Lucía suplicó cuidarse, fue también la noche, aunque el destino de ambos comenzó a torces hacia otra dirección. La tarde había empezado pesada desde el mediodía. El calor seco del norte entraba por cada grieta de la casa de Adobe y el olía a polvo a bolavía a ropa sin lavar.

Rosa Nevarrow levaba varios días de mal humor, rascando el fondo de las vacías y maldiciendo la falta de jina. Manuel Ortega, su marido. Desde la muerte de su madre, la muchacha vivía en aquela casa como una sombra sin derejos. Se levantaba antes que los galos para acaría agua. Encender el fogón, lavar la ropa, barra el patio, yuntar leña, dar de comer a los polos y ayudar con la cosecha cuando la había todo ese traballo.

 Sin embargo, Yamas la había ganado una palabra amaba. Aquela tarde agotada y con el estómago vacío desde el amanece, Lucía tropezó al gardá una jarra de aceite de oliva. El cacharo cai y se rompió con un crujido seco que pareció partir también la paciencia de Rosat con paciencia. La muer se volvió con los ojos encendidos, no tanto por la jara, sino porque elevaba mes esperando el pretexto perfecto para descargar toda su amargura sobre la sobrinafana.

Manuel aprovechando el momento e más leña al fuego toto de Guo que Lucía comía de balde que ya era hora de que devolviera lo que había gastado, que en esa casa nadie vivía del erera. A medio de la discusión la muchacha alcanzó a escuchar con una puntada en el pecho una verdad que venía sospechando desde hacía semanas.

Manuel lo debía una suma considerable a José Torres hablado de saldar la duda entregando Lucía como esposa al tratante viello. La muchacha cuo paralizada en la puerta del cuarto con las manos tembl delantal manchado de no habían pedido opinión, no la habían dado a Skoger, ni siquiera la miraban como a una persona.

Cuando intentó decir con voz rota que podía buscar trabajo, en otra parte que podía marcharse a servir a alguna casa lejana. Rosa le interrumpió con una frialdad que sonó alosa cayendo. Digo que se fuera donde quisiera con tal de no volver a pisar ese hombro. Manuel arrancó de un clavo un viejo atado de tela con dos camisas gastadas y un gooso raído y se lo arrojó al pecho.

Después abrió la puerta de par señaló el patio con el mantón como quien echa hay un perro que se ha portado mal. Rosa permaneció el marco, los prazos cruzados sin una lágrima, sin el menor titubeo. Solo pronunció una frase que Lucía habría de recordar el resto de su vida Tonti. Le dio que desde aquel momento de la marca casa a ese lugar, la puerta se cerró detrás con un golpe corto sino, como si el adobe mismo también la estuviera expulsando.

Lucía Cuedó de Pian. El camino de tierra con el reboso polvoriento sobre los hombros, los zapatos casi rotos, el vientre vacío y una jumilación demasiado grande para brotar en forma de lanto. Lo que más le dolía no era que la hubieran ecado, era descubrir que durante tantos años jamás había sido vista como familia tan dio el primer paso bo, un cielo color ladrilo, sabiendo que desde ese instante si no se salvaba la misma, nadie más iba a salvarla.

caminó dos días enteros sin un rumbo preciso, solamente aleándose de ael sitio que acababa de expulsarla. La tierra rojiza se le pegaba al borde de la falda y las largas hileras de nopales permanecían de pie como soldados mudos que no se atrevían a dar la bienvenida ni a impedirle el paso. El sol descendía rápido y el frío del norte caía con una brusquedad que ella aún no terminaba de comprender.

Lucia evitaba los caminos grandes y las posadas de arrieros. Porque sabía que una muchacha joven caminando sola y más era considerada una imagen segura en aquellas regiones escogía senderos angostos por los linderos de las parcelas aceptando el hambre con tal de no cruzas con la mirada equivocada. Durante la primera jornada aún conservaba un asomo de orgullo y una brisna de esperanza.

Se decía que encontraría una hacienda donde pedir trabajo o algún pueblito lejano donde nadie conociera su apelido. Pero conforme avanzaba iba descubriendo la verdad cruel de aquel pase y Ural. La tierra era ancha, más el sitio para una forastera era estreco. Las grañas que veía a lo lejos tenían los portón cerrados.

Las casitas con humor en la chimenea la apretaba la garganta de hambre, pero no se atrevía a golpear porque intuía que la gente preguntaría dónde estaba su familia, quién era su marido, por qué andaba sola sin nadie y que respondiera por el Cada de esas preguntas era una acuchillada que la devolvía a la sensación de no pertenecer a ninguna parte.

Esa primera noche durmió al amparo de una paredaya de piedra suelta. Encogida bajo el rebootzo delgado. No dormió de verdad, apenas cabeció e intervalos por el frío que le mordía los huesos. El ladrido de un perro lejano, el silvido del viento sobre los matorales, el trote de un caballo desconocido. En algún camino invisible las sobresaltaban una vez a la maneca tenía los labios partidos, los ojos nublados por el hambre calambre permanente en las piernas.

Recogió unos higos silvesters. Junto a matoral bebió de un pequeño canal de griego medio seco y siguió caminando sin saba hacia dónde al car la tarde del segundo día, una fibra sorda empezó a atrapársele por la espalda y a pesarle a las rodillas como plomo humedo. Será el momento, aunque una murra abandonada cueda en el fondo del pozo, no solo porque no tiene casa, sino porque hasta las fuerzas para buscarla se le están marchando.

En ese estado medio despierto, medio de checo, vío entre el lano vacío, una gran aislada ocalta atrás, unos olivos muy viejos que parecían más muertos que vivos. El teado bajo estaba manchado de musco, seco tortill. Las paredes de calucían, rayas amarelentas de humedad subida por los cimientos.

 La cerca de madera estaba torcida y había tramos caídos. No había voces humanas, ni humo de cocina, ni perros que salieran a la drag, ni galinas escarvando. Todo estaba tan calado que daba la impresión de haber sido olvidado por el propio tiempo. Tiam. Lucía se detuvo mucho rato frente al portón. La parte lúcida de su monte le advertía que un sitio tan desierto podía esconda algo peligroso, un hombre malo, un enfermo contagioso, una trampa de bandidos.

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