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Cinco años solo en su rancho. Ella llegó con un gato y lo cambió todo.

Cinco años solo en su rancho. Ella llegó con un gato y lo cambió todo.

La primera vez que Evaristo Valdés habló solo en voz alta fue un martes de enero, tres meses después de que muriera remedios. No fue algo dramático, no fue un grito ni un llanto. Fue simplemente que estaba calentando los frijoles del mediodía, revolviendo la olla con la cuchara de madera que ella siempre usaba, y dijo en voz alta, “Ya están, reme.

” Y nadie respondió. Evaristo se quedó parado frente a la estufa con la cuchara en la mano y el silencio del rancho San Jerónimo llenándolo todo, los cuartos, el corredor, el patio donde los gallos seguían haciendo su trabajo sin importarles nada y entendió algo que nadie le había dicho, pero que ahora sabía con la certeza de los 68 años vividos, que hay una diferencia enorme entre estar solo y sentirse solo, y que él acababa de cruzar esa frontera sin darse cuenta Remedios había muerto de un derrame cerebral en octubre, rápido, sin

aviso, sin darle tiempo de prepararse. Una mañana estaba haciéndole el desayuno y por la tarde ya no estaba. Así de cruel y así de simple. Los hijos vinieron al funeral. Rafael desde Monterrey, Patricia desde Guadalajara. Lloraron, abrazaron a su padre, organizaron los papeles y al cuarto día se fueron con la promesa de llamar los domingos y la sugerencia, dicha con delicadeza, pero dicha al fin, de que tal vez era momento de pensar en vender San Jerónimo y venirse a la ciudad.

Evaristo los escuchó, les dijo que iba a pensarlo y se quedó solo con 4 hectáreas de tierra, 16 vacas, un perro sarnoso llamado capitán y el silencio más pesado que había sentido en su vida. Eso fue hace 5 años. Ese lunes de noviembre amaneció con el cielo de ese azul exacto que solo existe en el campo antes de que el calor del día lo deslave.

Evaristo estaba en el portón principal. intentando arreglar la bisagra oxidada que llevaba meses crujiendo cada vez que el viento la movía. Tenía la caja de herramientas abierta en el suelo, el café tibio sobre una piedra plana y el sombrero de palma puesto, aunque la sombra todavía no hacía falta, porque así era él, hombre de costumbres que no negocia ni con el clima.

Llevaba 20 minutos con la misma bisagra cuando escuchó el ruido en el camino. Primero fue el motor, un sonido enfermo, entrecortado, de máquina que da lo último que le queda. Después fue el silencio brusco del motor al apagarse y después, unos segundos más tarde, fue una voz de mujer diciendo algo que Evaristo no alcanzó a entender, pero que por el tono sonaba a palabras que una señorita no debería decir.

caminó hacia la entrada con el desarmador todavía en la mano. En el camino de tierra, a unos 30 m del portón, había una camioneta verde detenida con el cofre humeando. Junto a la camioneta había una mujer empujando con el hombro izquierdo, los pies buscando agarre en la tierra suelta, el cuello tenso del esfuerzo. La camioneta no se movió ni un centímetro.

La mujer se enderezó, se limpió las manos en el pantalón, miró la camioneta con una expresión que mezclaba cansancio y una resignación que se veía muy practicada, como de alguien que lleva mucho tiempo resolviendo problemas solo y ya no se sorprende cuando aparece uno nuevo. Entonces lo vio a él. Caminó hacia el portón sin dudar.

Tenía unos 40 años, cabello oscuro recogido en una trenza que el viaje había deshecho a la mitad. Botas de trabajo gastadas, pantalón de mezclilla con una mancha de aceite en la rodilla derecha, cargaba una mochila de lona al hombro y en los brazos, apretado contra el pecho, un gato negro que la miraba a él con la desconfianza específica de los gatos que han viajado mucho y han aprendido que los desconocidos son impredecibles.

Buenos días, dijo ella. La voz era directa. No pedía perdón por existir, pero tampoco exigía nada. Era simplemente la voz de alguien que dice lo que es. Buenos días, respondió Evaristo sin moverse del portón. Se me murió el motor. Tiene agua para el radiador, no para mí, aunque si tiene de sobra, tampoco le digo que no.

Evaristo la miró. Miró la camioneta humeando. Miró el gato que seguía mirándolo a él. ¿A dónde iba? A San Marcos. Tengo trabajo allá desde el jueves. Se Marcos está a 70 km. Lo sé. Con ese motor no llega ni a la curva. También lo sé. Una pausa. ¿Tiene agua o no? Evaristo casi sonró. Casi. Venga, si alguna vez has tenido que seguir adelante cuando todo lo que traías contigo se descompuso en el camino, esta historia es para ti.

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No lo dijo de golpe, lo fue diciendo en pedazos. La manera en que la gente cuenta las cosas cuando no sabe todavía si puede confiar en quien escucha. Mientras Evaristo revisaba el motor de la camioneta con la competencia silenciosa de quien ha arreglado maquinaria toda su vida, ella fue respondiendo a las preguntas que él hacía sin levantar la vista del motor.

Veterinaria. 10 años trabajando en ranchos del norte, especializada en ganado bovino, pero que entendía de caballos, cerdos y, según ella, de perros cuando no me queda de otra. ¿Y el gato? Preguntó Evaristo señalando al animal que se había instalado sobre el cofre de la camioneta como si fuera suyo.

El general Púrpura no es mío. Él decidió venir. ¿Cómo que decidió? apareció en mi camioneta hace 6 meses en Hermosillo. No sé cómo entró, no sé de dónde vino. Lo bajé tres veces y tres veces volvió a subir. Pausa. En algún momento uno acepta lo que la vida manda. Evaristo miró al gato. El gato lo miró a él. No me gustan los gatos”, dijo Evaristo.

El general Púrpura bostezó con una lentitud que dejaba claro que la opinión de Evaristo le importaba exactamente nada. El motor tenía una falla en la bomba de agua que no se arreglaba con lo que había en el rancho. Necesitaba refacción que solo conseguiría en el pueblo y el pueblo estaba a 20 km y ya eran las 3 de la tarde.

“¿Puede quedarse esta noche?”, dijo Evaristo con el tono de quien está informando el clima, no ofreciendo hospitalidad. El cuarto del fondo tiene cama, mañana temprano puede ir al pueblo. Lucía lo miró. No quiero molestar. No me molesta. Fue la respuesta más corta y más verdadera que había dado en mucho tiempo. El nieto llegó al día siguiente.

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