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Cada día el Apache le llevaba pan y leche… hasta que un día le entregó su corazón

Cada día el Apache le llevaba pan y leche… hasta que un día le entregó su corazón

Todos la despreciaban por ser forastera, pero cada amanecer pan fresco y leche aparecían en su puerta. Nadie imaginaba que quien la salvaba era el mismo guerrero que el pueblo temía y odiaba. El polvo del camino se levantaba con cada paso cansado de paloma mientras cargaba a su hijo más pequeño en brazos. Su vestido azul, que alguna vez fue hermoso, ahora mostraba las manchas del viaje y los desgarros de la desesperación.

 A su lado, Mateo, de apenas 5 años, se aferraba a su falda con los ojos hinchados de tanto llorar.  Habían caminado durante tres días desde que abandonaron todo lo que conocían, huyendo de una vida que se había vuelto imposible después de que su esposo muriera en el accidente de la mina.

 San Rafael apareció ante sus ojos como un espejismo dorado bajo el sol del atardecer. Las casas de adobe se extendían a lo largo del valle, protegidas por montañas imponentes que se alzaban como guardianes silenciosos. Paloma sintió un alivio tan grande que las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas polvorientas. Por fin  un lugar donde poder empezar de nuevo.

Pero cuando llegó a la plaza principal, las miradas que recibió no fueron de bienvenida. Las mujeres que lavaban ropa en la fuente dejaron de hablar y la observaron de arriba a abajo, evaluando cada detalle de su apariencia. Los hombres que conversaban bajo la sombra del portal detuvieron sus charlas para examinar a la forastera que llegaba con dos niños y una bolsa desgarrada como único equipaje.

 Disculpe, se acercó Paloma a una mujer de rostro severo que parecía ser respetada por las demás. “¿Podría decirme dónde está la posada?” Mis hijos yo, necesitamos un lugar donde pasar la noche.  La mujer la miró con desdén, fijándose especialmente en los zapatos gastados de paloma y en el vestido que había perdido su color original.

 “La posada no es para cualquiera”, respondió con frialdad. “Don Esteban no acepta vagabundos que no puedan pagar por adelantado.” Las palabras cayeron sobre paloma como piedras. Había vendido todo lo que tenía para poder hacer el viaje y en su bolsa solo quedaban unas pocas monedas que pensaba usar para comer los primeros días mientras buscaba trabajo.

  “Tengo con qué pagar”, mintió Paloma tratando de mantener la dignidad. “Solo necesito que me indique el camino.” La mujer señaló hacia un edificio de dos pisos con un letrero descolorido. Allí está. Pero te advierto, forastera, aquí no nos gustan los problemas. Si no tienes dinero real, mejor sigues tu camino antes de que oscurezca.

 Con el corazón encogido, pero sin otra opción, Paloma se dirigió hacia la posada. El pequeño Diego lloraba de hambre en sus brazos y Mateo tropezaba de cansancio. Cuando empujó la puerta de madera, el sonido de las conversaciones se detuvo de inmediato. Todos los ojos se clavaron en ella. Don Esteban, un hombre corpulento con bigote espeso y cadena de oro colgando del chaleco, la examinó desde detrás del mostrador como si fuera un animal extraño.

 ¿Qué se le ofrece?, preguntó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Necesito una habitación para mis hijos y para mí,  dijo Paloma, tratando de que su voz sonara firme. Son 5 pesos por noche pagados por adelantado. Más dos pesos por cada niño, respondió Esteban. sabiendo perfectamente que esa cantidad era imposible para alguien en la situación de paloma.

  El silencio en la posada se volvió pesado. Todos esperaban ver qué haría la forastera. Paloma abrió su pequeña bolsa y contó las monedas que tenía. Apenas sumaban 3 pesos. No, no tengo esa cantidad, admitió con la voz quebrada. ¿Podría darme trabajo? Sé limpiar, cocinar, lavar ropa. Puedo trabajar toda la noche si es necesario.

Las carcajadas llenaron la habitación.  Trabajo. Se burló Esteban. Señora, aquí ya tenemos suficientes bocas que alimentar. No necesitamos más forasteros causando problemas. Por favor, suplicó Paloma, y por primera vez su voz se quebró completamente.  Mis hijos tienen hambre. Hemos viajado durante días.

 Solo necesitamos un lugar donde dormir esta noche. Pues debieron pensarlo antes de venir aquí sin dinero.  Interrumpió un hombre desde una mesa. Esta no es casa de caridad. Esteban se acercó a Paloma con expresión amenazante. Te voy a dar un consejo gratuito, forastera. Aquí valoramos a las personas trabajadoras y decentes.  No queremos vagabundos que vengan a mendigar.

 Si no tienes con qué pagar, la puerta está abierta.  El pequeño Diego lloró más fuerte y Mateo se escondió detrás de las faldas de su madre. Paloma sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor, pero alzó la cabeza con una dignidad que sorprendió incluso a sus detractores. “Gracias por su hospitalidad”,  dijo con una calma que no sentía.

 Tomó la mano de Mateo y se dirigió hacia la puerta, cargando a Diego contra su pecho. Afuera, la noche comenzaba a caer sobre San Rafael. Paloma caminó por las calles empedradas, buscando algún lugar donde refugiarse. Todas las puertas parecían cerradas para ella. Finalmente, en las afueras del pueblo, encontró una pequeña cabaña abandonada con el techo parcialmente hundido y las ventanas sin cristales.

 No era mucho,  pero al menos tenían un techo sobre sus cabezas. Mientras acomodaba a sus hijos sobre su propio chal, tratando de que tuvieran algo suave donde dormir, Paloma no pudo contener más las lágrimas. ¿Qué clase de futuro podría ofrecerles en un lugar tan hostil? Los niños se quedaron dormidos abrazados a ella con el estómago vacío y temblando de frío.

 Lo que Paloma no sabía era que desde las montañas que rodeaban San Rafael, un par de ojos oscuros habían observado toda la escena. Aana, guerrero apache de la tribu Chiricauwa, había bajado esa tarde a los límites del pueblo  para comerciar discretamente con algunos habitantes que no compartían el odio generalizado hacia su pueblo.

 Desde su posición oculta entre las rocas,  había visto como los habitantes de San Rafael trataron a la joven madre. La crueldad de aquellos hombres le resultó familiar. Había visto esa misma frialdad en los ojos de quienes masacraron a su familia cinco inviernos atrás. Pero había algo diferente en la mujer forastera.

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