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16 de abril: Santa Bernardita Soubirous: La Joven que Vio a la Virgen en Lourdes

16 de abril: Santa Bernardita Soubirous: La Joven que Vio a la Virgen en Lourdes

Una celda de prisión convertida en hogar, una niña que no sabe leer, una gruta donde se arrojan desperdicios. Y sin embargo, allí, precisamente allí, el cielo decide hablar. 1858. Europa se embriaga con el progreso.  Los ferrocarriles cruzan fronteras. Las fábricas humean sin descanso.

 La ciencia promete un mundo sin misterios. En los salones de París  se discute si Dios ha muerto. En las universidades, si la fe es solo superstición de ignorantes. El positivismo triunfa. August Comt ha decretado que la humanidad ha superado la edad teológica. Mientras tanto, en los Pirineos franceses existe un pueblo que el mundo ha olvidado.

 Lourdes, apenas 4000 almas, pastores que hablan un dialecto antiguo, molinos que el progreso ha dejado sin trabajo, calles de barro donde los cerdos deambulan libremente. Un lugar sin importancia, sin futuro, sin interés para nadie. Pero Dios escribe la historia con otra tinta. Donde el mundo ve insignificancia, él prepara prodigios. Donde la razón orgullosa declara imposible lo sobrenatural, él elige manifestarse con una claridad que dejará mudos a los sabios.

 Y el instrumento de esta intervención divina no será un teólogo brillante ni un predicador elocuente. Será una niña de 14 años que no sabe escribir su propio nombre. Esta es la  historia de Bernardita Sovirus, la historia de cómo el cielo eligió a la más pequeña para confundir a los grandes.

 La historia de una gruta, un manantial y un mensaje que sigue resonando 160 años después. El 7 de enero de 1844,  en el molino de Bolly llegó al mundo una criatura que nadie esperaba recordar. La llamaron Marie Bernard,  aunque todos la conocerían como Bernardita. Su madre, Luis Casterrot,  la amamantó apenas unas semanas antes de que la leche seara.

 La pequeña fue enviada a una nodriza en Bart Tres y allí,  entre ovejas y silencios, comenzó a tejerse el misterio de una vida que parecía destinada a la nada. El molino de Bolly era próspero. Entonces, las piedras giraban, el grano se convertía en harina  y Franis Subirus, el padre, podía mantener a su familia con dignidad.

Pero la prosperidad tiene pies de barro cuando la administra un hombre más bondadoso que astuto. La caída fue lenta y despiadada. François perdió clientes, acumuló deudas,  vendió el molino. La familia rodó de vivienda en vivienda, cada vez más oscuras, cada vez más estrechas, hasta tocar fondo en 1857.

El cachot. Así llamaban en Lourdes a la antigua celda del calabozo municipal,  un agujero de 15 m cuadrados donde el ayuntamiento había encerrado antes a los presos. Húmedo, sin ventilación, con un solo ventanuco que apenas dejaba entrar luz. Allí se asinaron los Sobirus, padre, madre y  nueve hijos, de los cuales cuatro morirían antes de alcanzar la edad adulta.

El estiércol de los vecinos se acumulaba junto a la puerta. El olor era insoportable  y Bernardita, la primogénita, tosía sin cesar con un asma que el cólera había dejado grabado en sus pulmones cuando tenía apenas 10 años. La enfermedad la había marcado para siempre. Mientras otras niñas de su edad iban  a la escuela, aprendían el catecismo, se preparaban para la primera comunión.

Bernardita cuidaba ovejas en Bartés o ayudaba en casa con lo que sus fuerzas le permitían. A los 14 años no sabía leer, no sabía escribir, no había logrado memorizar las oraciones básicas que el párroco exigía para recibir la Eucaristía. Los vecinos la veían pasar menuda, pálida, con ojos oscuros que brillaban con una extraña vivacidad, pero sin ningún talento visible,  sin ninguna gracia que la distinguiera.

Era, en palabras de quienes la conocieron entonces, una niña como cualquier otra,  quizás más insignificante que la mayoría. Pero hay una teología de la insignificancia que el mundo no comprende. San Pablo la había anunciado. Dios elige lo débil del mundo para confundir a los fuertes, lo necio para avergonzar a los sabios, lo que no es  para reducir a la nada lo que es.

 Bernardita no tenía nada que ofrecer. No poseía belleza extraordinaria, ni inteligencia sobresaliente, ni salud robusta, ni posición social, ni siquiera la piedad llamativa  de quienes buscan destacar en las iglesias. Era pobre entre los pobres, enferma entre los sanos, ignorante entre los letrados y precisamente por eso estaba vacía.

 vacía de sí misma, vacía de pretensiones, vacía de todo lo que pudiera interponerse entre ella y la gracia, como un cáliz limpio esperando ser llenado, como un silencio esperando una voz. El cielo, que busca corazones disponibles más que mentes brillantes, encontró en aquella celda de prisión convertida en hogar el terreno perfecto para plantar una semilla que cambiaría  la historia de la fe.

El jueves 11 de febrero de 1858 amaneció gris y frío en Lourdes. Bernardita,  su hermana menor Tuanet y una amiga llamada Jan Abadi  salieron en busca de leña seca y huesos que pudieran vender por unas monedas. El hambre no espera y en el cachot cada céntimo contaba. Sus pasos las llevaron hacia el canal del molino de Sabi,  cerca del río Gabe, hasta un lugar que los habitantes de Lourdes evitaban.

 La gruta de Maabiel era un rincón inmundo donde los cerdos osaban entre desperdicios, donde la gente arrojaba basura,  donde el agua estancada criaba mosquitos en verano, un lugar de pestilencia y abandono. Las otras dos niñas cruzaron el canal helado sin pensarlo dos veces,  pero Bernardita se detuvo. Su asma la hacía temer el agua fría.

 pidió que le lanzaran piedras para cruzar sin mojarse, pero sus compañeras se negaron riendo  y desaparecieron entre los arbustos. Sola junto al canal, Bernardita comenzó a quitarse las medias para badear el agua. Entonces lo oyó. Un ruido extraño, como el soplo de un viento repentino, pero los álamos permanecían inmóviles.

Levantó la vista hacia la gruta y el mundo cambió para siempre. En el hueco natural de la roca, donde crecía una zarza silvestre, había aparecido una luz. Y dentro de esa luz, una figura,  una joven dama vestida de blanco inmaculado, con un velo del mismo color que caía hasta sus pies, ceñida por una faja azul celeste.

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