Posted in

Viaje a Barcelona termina en pesadilla: sus mejores amigas la abandonan en la calle sin dinero ni equipaje

Viaje a Barcelona termina en pesadilla: sus mejores amigas la abandonan en la calle sin dinero ni equipaje

PARTE 1

Cuando Clara aceptó aquel viaje a Barcelona, lo hizo con la misma ilusión con la que una compra un vestido rebajado y luego descubre que, efectivamente, le queda bien. Era una ilusión limpia, de esas que no vienen con letra pequeña. Después de meses trabajando en una gestoría de Albacete, escuchando a señores discutir sobre facturas como si fueran documentos secretos del Vaticano, la idea de pasar cuatro días con sus amigas en Barcelona le parecía poco menos que una intervención divina.

—Tía, va a ser histórico —le dijo Patri por audio una noche de jueves—. Barcelona, nosotras cuatro, playa, vermut, fotitos monas, cero dramas.

Clara, que estaba cenando una tortilla francesa demasiado triste para llamarla cena, sonrió al escuchar aquello.

—Cero dramas, dice —murmuró para sí—. Eso con vosotras es como decir cero croquetas en casa de mi abuela.

El grupo lo formaban Clara, Patri, Noelia y Sandra. Amigas desde la universidad, de esas que habían compartido apuntes, lágrimas, eyeliner, botellas de agua en discotecas y alguna que otra mentira piadosa del tipo “sí, ese flequillo te queda moderno”. Con el tiempo, la amistad había cambiado. Ya no vivían todas en la misma ciudad ni se veían cada semana. Pero seguían teniendo aquel grupo de WhatsApp llamado “Las Reinas del Drama”, nombre puesto en segundo de carrera después de una noche en la que Sandra lloró porque un camarero le había traído aceitunas con hueso.

El viaje surgió, en teoría, de manera espontánea. Patri encontró una oferta de hotel cerca de Passeig de Gràcia. Noelia dijo que conocía un sitio “súper auténtico” para comer tapas, lo cual en su idioma significaba que lo había visto en TikTok. Sandra propuso hacer una ruta de tiendas vintage y cafés bonitos. Clara se ofreció a organizar el presupuesto, las reservas y los horarios, porque era la única del grupo capaz de guardar un PDF sin mandarlo luego con el nombre “documento final final ahora sí 3”.

—Clara, eres nuestra salvación administrativa —dijo Sandra durante una videollamada—. Sin ti acabaríamos durmiendo en una estación de autobuses.

—No exageres —respondió Clara—. Como mucho en un hostal con olor a humedad y recepción compartida con una tienda de fundas de móvil.

—Eso en Barcelona cuesta ciento veinte la noche —añadió Patri.

Todas se rieron. Clara también. No sabía entonces que aquella broma iba a tener bastante menos gracia tres semanas después.

El primer día del viaje fue exactamente como lo habían imaginado. Llegaron a Barcelona un viernes por la mañana, después de un trayecto en tren en el que Noelia se mareó leyendo reseñas de restaurantes, Patri se comió medio paquete de galletas “por ansiedad viajera”, Sandra hizo veinte fotos por la ventana aunque todas salieron movidas, y Clara repasó mentalmente el plan del día con la precisión de una guía turística alemana.

Al salir de la estación, Barcelona las recibió con ese aire suyo de postal cara: taxis, turistas, edificios elegantes, palmeras, ruido de maletas arrastrándose por la acera y gente caminando como si siempre supiera adónde iba.

—Ay, huele a vacaciones —dijo Sandra, abriendo los brazos.

 

—Huele a tubo de escape y a perfume de guiri —contestó Clara.

—Eso también es vacaciones, cariño.

El hotel era pequeño, moderno y muy blanco. Tan blanco que a Clara le dio miedo apoyar la maleta y contaminar el concepto estético. En recepción les atendió un chico con barba perfectamente recortada y camisa azul, de esos que parecen incapaces de sudar.

—Bienvenidas. Reserva a nombre de… ¿Clara Martín?

Read More