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¡VENGANZA DE MADRE! Transfiere toda su inmensa fortuna inmobiliaria en Valencia a una fundación misteriosa para dejar sin un solo centavo a sus avariciosos hijos.

¡VENGANZA DE MADRE! Transfiere toda su inmensa fortuna inmobiliaria en Valencia a una fundación misteriosa para dejar sin un solo centavo a sus avariciosos hijos.

Parte 1

En Valencia hay dos clases de calor: el que te pega en la nuca cuando sales a comprar el pan a las doce del mediodía, y el que se queda dentro de las casas cuando una familia lleva años fingiendo que se quiere. En la casa de doña Amparo Ferrer Montoliu había de los dos. El primero entraba por los ventanales del salón como si tuviera llaves propias. El segundo se sentaba a la mesa, pedía café y miraba el móvil cada treinta segundos esperando una transferencia.

La casa no era exactamente una casa. Era una de esas viviendas que los vecinos llaman “chalet” aunque tenga tres plantas, ascensor interior, jardín con más metros que algunas plazas públicas y una piscina tan azul que parecía editada con filtro. Estaba en una zona tranquila, de esas donde los repartidores se pierden, los perros llevan peluquería y nadie baja la basura en chanclas, aunque todos lo harían si pudieran.

Doña Amparo tenía setenta y dos años, el pelo blanco perfectamente peinado, una elegancia antigua y una paciencia que, según su chófer, ya estaba “más quemada que una paella olvidada en agosto”. Había levantado, junto a su difunto marido, un imperio inmobiliario en Valencia a base de comprar solares cuando nadie los quería, restaurar edificios cuando nadie creía en ellos y negociar con bancos usando una sonrisa tan dulce que los directores firmaban sin saber si acababan de cerrar un trato o de perder una partida de ajedrez.

El imperio se llamaba Grupo Ferrer Montoliu, aunque en la ciudad todo el mundo lo conocía como “lo de Amparo”. Tenían edificios en el centro, locales comerciales junto al mercado, apartamentos turísticos cerca de la playa, garajes, oficinas, naves industriales y hasta un viejo teatro que Amparo se había empeñado en conservar porque allí, de joven, su marido le había dado el primer beso durante una función horrorosa de zarzuela.

Sus hijos, en cambio, no conservaban nada. Ni el cariño, ni la prudencia, ni el sentido común. Conservaban, eso sí, una capacidad asombrosa para aparecer cuando olía a dinero.

El mayor, Pablo, llevaba siempre trajes demasiado ajustados y una expresión de ejecutivo importante, aunque su mayor éxito empresarial había sido abrir una tienda de relojes de lujo que cerró al año porque, según él, “el mercado valenciano no estaba preparado para su visión”. La visión, según su madre, consistía en alquilar un local carísimo, contratar a un primo inútil y poner una máquina de café que costaba más que algunos coches de segunda mano.

Clara, la mediana, vivía entre Madrid, Valencia y su cuenta de Instagram. Tenía un don especial para decir frases profundas sin decir absolutamente nada. “Estoy en un momento de expansión personal”, decía cada vez que necesitaba dinero. “Necesito invertir en mí”, añadía, como si las transferencias de su madre fueran abono para macetas emocionales.

El pequeño, Mateo, era el más peligroso porque se presentaba como el más cariñoso. Besaba a Amparo en la frente, le decía “mamá, tú tranquila” y acto seguido le pedía que avalara una operación inmobiliaria con un socio que nadie conocía y que tenía el apellido escrito de tres maneras distintas en tres documentos.

Aquella mañana de jueves, Amparo desayunaba en la terraza con una tostada de tomate, un café solo y el periódico abierto por la sección de economía, no porque necesitara leerla, sino porque le divertía ver cómo algunos expertos explicaban con solemnidad cosas que ella había sabido desde los treinta años.

El teléfono empezó a sonar.

Amparo lo miró sin tocarlo.

En la pantalla aparecía Pablo.

—Buenos días, hijo —dijo al contestar, con una calma que ya venía entrenada de fábrica.

—Mamá, tenemos que hablar.

—Qué miedo me da esa frase. La última vez acabé pagando una reforma en un ático que tú llamabas “inversión estratégica” y que ahora alquila un señor que cría iguanas.

—No exageres, mamá. Era un activo con potencial.

—El potencial lo tenía la iguana, que al menos vive allí.

Pablo suspiró, ofendido por esa clase de humor materno que desactivaba cualquier discurso de importancia.

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