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Vecino intenta que me despidan enviando cartas falsas a mi empresa, pero mi jefe me asciende y él termina en los tribunales

Vecino intenta que me despidan enviando cartas falsas a mi empresa, pero mi jefe me asciende y él termina en los tribunales

PARTE 1

En Bilbao hay dos tipos de lluvia: la que cae del cielo y la que cae de la boca de los vecinos cuando ven que te va medio bien. La primera moja, pero se arregla con paraguas. La segunda se mete por las rendijas de la vida y te deja el ánimo como un calcetín olvidado en la lavadora.

Yo me llamo Iñaki Arrieta, tengo cuarenta y ocho años, una mujer que me mantiene los pies en la tierra y dos hijos que, según ellos, “no son informáticos, solo saben mirar cosas que los adultos no miran”. Vivo en una urbanización tranquila en una zona acomodada de Bilbao, de esas donde los jardines parecen peinados con raya al lado y los buzones cuestan más que el primer coche que tuve.

Durante años fuimos una familia normal. Bueno, normal dentro de lo que cabe, porque en mi casa si alguien dice “vamos a tomar algo rápido”, acabamos tres horas después discutiendo si la tortilla debe llevar cebolla o no, como si dependiera de ello la estabilidad del norte peninsular.

Mi mujer, Maite, trabaja organizando eventos culturales y tiene esa capacidad misteriosa de entrar en una sala desordenada y, en diez minutos, convertirla en algo que parece una inauguración con alcalde incluido. Mis hijos, Unai y Leire, estudian y trabajan a ratos. Unai estaba terminando ingeniería informática y Leire hacía comunicación digital. Entre los dos podían arreglarte el router, grabarte un vídeo, detectar una estafa online y explicarte por qué no debías poner “123456” como contraseña mientras te miraban con una mezcla de amor y decepción generacional.

Yo trabajaba desde hacía diecisiete años en Nortea Gestión Corporativa, una empresa seria, sobria y bilbaína hasta la médula. Allí nadie decía “vamos a pensar fuera de la caja” sin que alguien respondiera: “Primero mira si la caja está bien hecha”. Me dedicaba a la relación con clientes institucionales y empresas medianas. Mi reputación era mi mayor orgullo. No era el más brillante, ni el más moderno, ni el que mejor manejaba las presentaciones con gráficos que parecían fuegos artificiales. Pero era honesto. Si decía que algo estaría el jueves, estaba el jueves. Si había un problema, lo decía. Si un cliente se enfadaba, yo daba la cara.

—Tú eres como una barandilla —me decía mi jefe, don Ernesto Valverde, que no era famoso ni futbolista, aunque en Bilbao ese apellido siempre obliga a aclararlo—. No haces ruido, pero si no estás, alguien se cae.

Yo me lo tomaba como un piropo. En mi generación, que te comparen con una estructura metálica fiable es casi poesía.

Todo empezó un sábado de marzo, cuando compramos el coche.

 

No era un coche cualquiera. Tampoco era uno de esos que llevan puertas que se abren como alas de gaviota, porque yo para entrar al garaje ya tengo bastante con no rozar la columna. Pero era elegante, oscuro, híbrido, silencioso, con asientos cómodos y un salpicadero que parecía la cabina de una nave espacial diseñada por alguien que cobra mucho por no poner botones.

Habíamos ahorrado años. El coche anterior, un familiar gris que tenía más kilómetros que un taxista de madrugada, nos había dado todo lo que podía dar. Maite decía que sonaba como una cafetera enfadada. Unai decía que el sistema de navegación era “arqueología digital”. Leire, con una crueldad propia de los hijos, lo llamaba “el ataúd con Bluetooth”.

Así que nos dimos el capricho.

Cuando el coche apareció por primera vez en la entrada de casa, reluciente bajo una llovizna fina, Maite salió con una sonrisa de niña.

—Ay, Iñaki, mira qué bonito queda.

—Queda como si nos hubieran confundido con gente importante —dije.

Unai rodeó el coche con los brazos cruzados.

—Tiene sensores hasta para detectar si papá va a aparcar con miedo.

—Yo no aparco con miedo. Aparco con respeto.

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