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Vacaciones eternas en Ibiza convertidas en la trampa perfecta para un joven sin pasado ni salida

Vacaciones eternas en Ibiza convertidas en la trampa perfecta para un joven sin pasado ni salida

PARTE 1

A Leo le dijeron que Ibiza era una isla.

Luego descubrió que, para algunas personas, Ibiza era una vitrina con palmeras.

La primera vez que vio la villa de Can Solaris desde el asiento trasero de una furgoneta negra, pensó que se había equivocado de vida. Había llegado desde Madrid con una mochila, una guitarra con una cuerda floja y una carpeta llena de papeles que decían cosas preciosas sobre él: “joven promesa”, “caso ejemplar de reinserción”, “talento emergente sin red familiar”, “símbolo de esperanza”. Todo sonaba tan bonito que daba hasta vergüenza. Como cuando alguien te llama “artista” porque has conseguido dibujar un ojo sin que parezca una aceituna.

El chófer, un hombre grande con gafas de sol y expresión de haber nacido dentro de un coche caro, no dijo palabra durante el trayecto desde el aeropuerto. Solo carraspeó una vez, cuando Leo preguntó si faltaba mucho.

—Depende —respondió el hombre.

—¿De qué?

—De si hay atasco.

—Ah.

—Y de si la señora decide cambiar de casa.

Leo soltó una risa nerviosa, pero el chófer no se rio. Así que Leo miró por la ventana, vio el mar, los pinos, los muros blancos, las urbanizaciones escondidas como si tuvieran algo que confesar, y decidió que a lo mejor aquello era normal en Ibiza. En Madrid, si alguien tenía dos casas, una era la de sus padres y otra era una cuenta pendiente con Hacienda.

La villa apareció al final de una carretera estrecha, protegida por una verja de hierro blanco y dos cámaras que se movían con la tranquilidad de un búho rico. Can Solaris no parecía una casa. Parecía un anuncio de perfume para gente que nunca suda. Tenía escaleras flotantes, ventanales infinitos, una piscina que reflejaba el cielo con tanta perfección que daba pena meter un pie, y una terraza desde la que se veía el mar como si el Mediterráneo trabajara allí de extra.

En la entrada le esperaba una mujer alta, bronceada, vestida de lino beige y sonrisa de revista. Se llamaba Valeria Sanz, aunque en todas partes la llamaban “Val”. Presentadora, empresaria, embajadora de causas, rostro de campañas, amiga de ministros, enemiga de arrugas y capaz de pronunciar “solidaridad” como si fuera una marca de champán.

—Leo, mi vida —dijo, abriendo los brazos.

Leo dudó. No sabía si abrazarla, darle la mano o pedirle perdón por existir con zapatillas baratas en aquella entrada de mármol. Al final se dejó abrazar. Valeria olía a flores caras y a agenda apretada.

—Bienvenido a casa —susurró ella, separándose un poco para mirarle a los ojos—. Aquí empieza tu nueva vida.

—Gracias —dijo Leo—. La casa es… muy blanca.

Valeria parpadeó.

—¿Blanca?

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