Utilizaron una INOCENTE TRADICIÓN de nuestro pueblo en Andalucía para HUMILLARME diariamente y el DOLOR QUE CALLÉ sigue PERSIGUIÉNDOME como una sombra constante
Parte 1: El calor, el aburrimiento y la génesis de la tragedia
Para entender cómo mi vida se convirtió en un sainete trágico digno de Valle-Inclán, primero tenéis que entender cómo es el mes de agosto en San Cleto de las Huertas. San Cleto es uno de esos pueblos de la baja Andalucía donde el sol no calienta, sino que te pega palizas callejeras. A las cuatro de la tarde, las calles de cal blanca reflejan una luz tan cegadora que, si sales sin gafas de sol, te arriesgas a que se te derritan las córneas. A esa hora, el pueblo es un escenario postapocalíptico habitado únicamente por lagartijas suicidas y perros callejeros buscando desesperadamente la sombra de un toldo descolorido de Cruzcampo.
Yo, a mis catorce años, era lo que en mi tierra se conoce cariñosamente como un “fideo escurrío”. Tenía las rodillas más gruesas que los muslos, unas gafas de pasta que me resbalaban constantemente por el sudor de la nariz, y una preocupante tendencia a pedir perdón si alguien me pisaba. Un blanco perfecto. Un lienzo en blanco para la crueldad humana.
El problema de vivir en un pueblo donde la mayor atracción tecnológica era el surtidor de la gasolinera que hablaba con voz metálica, es que el aburrimiento se convierte en una fuerza destructiva. Y aquí es donde entra nuestra gloriosa y sacrosanta tradición: “La Tomatada de San Cleto”.
Según la leyenda del pueblo —una historia que el alcalde, don Anselmo, repetía cada año desde el balcón del ayuntamiento con la voz empapada en fino—, la Tomatada nació en 1952. Dos agricultores, el abuelo de El Chule y el tío-abuelo de Borja, se enzarzaron en una disputa sobre las lindes de sus huertos. Como las azadas estaban lejos y las cajas de tomates maduros estaban cerca, resolvieron sus diferencias a tomatazo limpio. Al parecer, el cura del pueblo pasó por allí, recibió un impacto fortuito en toda la sotana, y en lugar de excomulgarlos, se empezó a reír. Y ya se sabe, en España, si algo incluye comida desperdiciada, violencia leve y a un cura riéndose, automáticamente se convierte en Patrimonio Cultural Inmaterial del pueblo.
—¡Es la seña de identidad de San Cleto! —bramaba mi madre, doña Rosario, mientras me obligaba a probarme una camiseta de propaganda de Fertilizantes Martínez, tres tallas más grande, que guardaba específicamente para el evento—. Lávate bien detrás de las orejas, niño, que luego con el jugo del tomate se te hace una costra que pareces un leproso.
—Mamá —le dije, ajustándome las gafas con el dedo índice, un gesto que me caracterizaba—, es que a mí no me gusta la Tomatada. El año pasado me entró una pepita en el ojo y estuve llorando agua roja tres días. Parecía que tenía ébola.
—¡Qué ébola ni qué niño muerto! —respondió ella, dándome un capón cariñoso pero firme que resonó en mi cráneo—. Tú lo que eres es un sieso. Tienes la misma sangre que tu padre, que en paz descanse, que en la Feria se pedía un vaso de agua del grifo. Hay que salir, integrarse, tirarle un tomate a la Paqui, la del horno, que siempre me cobra de más por las barras de cuarto. ¡Es la tradición, Javi!
La tradición. Esa palabra mágica que sirve para justificar que se tiren cabras de un campanario o, en mi caso, que se permita el fusilamiento público de un adolescente con sobrepeso de ansiedad y déficit de masa muscular.
Porque la Tomatada no era un evento anárquico y alegre como lo pintan en la televisión cuando cubren la Tomatina de Buñol. Aquí había jerarquías. Estaban los que tiraban y los que recibían. Y en la cúspide de la cadena alimenticia de los que tiraban estaban ellos: El Chule, El Rata y Borja.
El Chule era un chaval de quince años con la complexión de un estibador búlgaro y un incipiente bigote que le daba el aspecto de un señor de cuarenta años con problemas con la justicia. Su coeficiente intelectual era un misterio, principalmente porque nunca lo había usado, pero poseía una inteligencia táctica para la maldad que ya la quisieran los generales de Napoleón. El Rata era su secuaz, un niño bajito, fibroso, que se movía a tirones y tenía la asombrosa habilidad de encontrar los tomates más podridos, esos que ya habían desarrollado su propio ecosistema de moho, para maximizar el daño biológico. Y luego estaba Borja. Borja era el hijo del alcalde. Iba vestido con polos de marca incluso para dormir, tenía el pelo engominado a prueba de huracanes y operaba con la impunidad diplomática que te da saber que el jefe de la Policía Local es el compañero de mus de tu padre.
Faltaban dos días para el quince de agosto, el día grande. Yo estaba sentado en la terraza del bar “El Rincón de Paco”, bebiéndome un Kas de naranja caliente y leyendo un cómic de Mortadelo, intentando ser invisible. En la mesa de al lado, don Paco, el dueño, limpiaba un vaso de tubo con un trapo que había visto tiempos mejores mientras discutía con Antonio, el carnicero.
—Este año la cooperativa ha traído tres mil kilos de la variedad pera —comentaba Antonio, rascándose la barriga prominente por debajo del delantal manchado—. Están maduritos, maduritos. De esos que hacen “plof” y se te meten hasta en el alma.
—A ver si es verdad —rezongó Paco—. Que el año pasado los trajeron verdes y más que una fiesta parecía una pedrea de los antidisturbios. Al pobre Manolito el del estanco le dejaron un cardenal en la frente que parecía que le había salido un tercer ojo.
En ese momento, sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con los cuarenta y dos grados a la sombra. Por la esquina de la plaza, recortados contra el sol de la tarde como los jinetes del apocalipsis, aparecieron El Chule, El Rata y Borja. Venían comiendo pipas y escupiendo las cáscaras con una sincronización casi marcial.
Instintivamente, levanté el cómic de Mortadelo y Filemón hasta cubrirme por completo la cara. Si no los veo, no me ven, pensé, utilizando la lógica de un avestruz con retraso madurativo.
—Hombre, el gafitas —La voz del Chule sonó justo a mi lado, áspera y nasal—. ¿Qué, estudiando para empollón?
Bajé el cómic lentamente. El Chule me miraba desde arriba, bloqueando el sol. El Rata se reía con un sonido parecido al de un motor gripado: “Je, je, je”. Borja simplemente me miraba con una media sonrisa de desprecio absoluto, como si yo fuera una mancha de grasa en sus náuticos inmaculados.
—Hola, Chule —murmuré, sintiendo que la garganta se me había secado de golpe.
—¿Te estás preparando para el viernes, Javi? —preguntó Borja, apoyando las manos en mi mesa y acercando su cara a la mía. Olía a colonia cara y a maldad destilada—. Porque este año la Tomatada va a ser especial. Hemos estado practicando la puntería.
—Yo… no sé si iré este año —mentí, sabiendo que mi madre me sacaría de casa a empujones si hacía falta.
—¡Cómo que no vas a ir, quillo! —exclamó El Chule, dándome una palmada en la espalda que me hizo toser y casi escupir un pulmón—. ¡Si tú eres la estrella de la fiesta! ¿Verdad, Rata?
—La estrella, je, je, je. El blanco perfecto —corroboró El Rata, frotándose las manos.
—Es una tradición, Javier —sentenció Borja, utilizando mi nombre completo con un tono que me heló la sangre—. Y a los de este pueblo nos importan mucho nuestras tradiciones. No querrás ofender a San Cleto, ¿verdad?
Se marcharon riendo a carcajadas, dejándome con una sensación de terror absoluto revoloteando en el estómago. Miré hacia la barra, buscando algún tipo de apoyo moral.
—¡Ay, qué zagalicos! —suspiró Paco, apoyado en la barra con una sonrisa de abuelo entrañable, mirando cómo se alejaban los tres matones—. ¡Qué llenos de vida! ¡Cómo disfrutan de las fiestas del pueblo! No como la juventud de la ciudad, que están todo el día con las maquinitas.
Quise gritar. Quise decirle a Paco que esos “zagalicos” estaban planeando mi asesinato en primer grado mediante el impacto contundente de solanáceas maduras. Pero me callé. ¿Quién iba a creer a un adolescente paranoico cuando la sagrada tradición del pueblo, bendecida por el alcalde y tolerada por el cura, estaba de por medio? Ese era el verdadero escudo de mis verdugos: la complicidad involuntaria, ingenua y absolutamente ciega de todo un pueblo de Andalucía.
Parte 2: La carnicería vegetal y la ceguera colectiva
La mañana del quince de agosto amaneció con un cielo de un azul tan puro que parecía insultante. En mi casa, el ambiente era de frenesí pre-bélico. Mi madre iba de un lado a otro de la cocina preparando un arsenal de toallas viejas y botes de gel de baño de a litro.
—¡Venga, Javi, que van a dar el chupinazo y te quedas sin sitio en la plaza! —gritaba desde el lavadero—. ¡Ponte las zapatillas de loneta que están rotas por la puntera, no me vayas a sacar las buenas de los domingos que te mato antes de que te dé un tomate!
Me vestí como quien se prepara para ir al corredor de la muerte. Camiseta de Fertilizantes Martínez, bañador floreado por debajo de las rodillas (por si me alcanzaban en las piernas) y las zapatillas de loneta que ya olían a tragedia. Me planté frente al espejo del pasillo. Daba pena. Parecía un refugiado de guerra patrocinado por una marca de abono agrícola.
Las calles de San Cleto ya olían a verbena. La plaza del Ayuntamiento estaba abarrotada. Había una algarabía general, un runrún de vecinos emocionados. En el centro de la plaza se alzaban, como monumentos a la perdición, cuatro remolques de tractor cargados hasta los topes de tomates. Tres mil kilos de munición roja y blanda, fermentando ligeramente bajo el sol de las once de la mañana, emanando un olor dulzón y ácido que aún hoy, en mi vida adulta, me provoca arcadas cuando paso por la sección de verduras del Mercadona.
Me refugié estratégicamente detrás del quiosco de los churros, pensando que el aceite hirviendo sería un buen disuasorio para cualquiera que intentara acercarse. Desde allí, vi al alcalde don Anselmo salir al balcón del ayuntamiento, seguido del cura párroco, don Eulogio, que llevaba un chubasquero amarillo chillón sobre la sotana, dándole un aire de pescador de bajura eclesiástico.
—¡Vecinos de San Cleto de las Huertas! —bramó el alcalde a través de un megáfono que acoplaba y emitía un pitido agudo que hizo aullar a los perros de la plaza—. ¡Un año más, nos reunimos para honrar a nuestro patrón y recordar nuestra historia con fraternidad, alegría y mucha, pero que mucha puntería!
La multitud estalló en aplausos y vítores. Yo me encogí un poco más detrás del quiosco.
—¡Que comience la pacífica batalla! ¡Viva San Cleto! ¡Y viva la madre que os parió a todos! —concluyó el alcalde, con ese toque de populismo campechano que garantizaba mayorías absolutas en la comarca.
Un cohete surcó el cielo azul, estallando con un estruendo ensordecedor. El chupinazo. Y entonces, el infierno se desató.
Durante los primeros treinta segundos, aquello fue una locura anárquica. La gente corría hacia los remolques, hundía las manos en las montañas de tomates y empezaba a lanzarlos al aire sin apuntar a nada ni a nadie. El cielo se tiñó de una lluvia roja. Escuchaba gritos de risa, exclamaciones de “¡Ay, mi madre, que me has dado en la boca!”, “¡Rosario, toma ya, por lo del tendedero de ayer!”. Era el caos festivo que todos esperaban.
Pero yo sabía que ese caos era solo la cobertura perfecta. Mis ojos escrutaban la multitud buscando el peligro real. Y entonces los vi.
No estaban participando en la melé general. El Chule, El Rata y Borja se habían posicionado en el flanco derecho de la plaza, cerca de la fuente de los caños. Cada uno llevaba una bolsa de plástico de supermercado reforzada, doble capa, llena a reventar de tomates de calibre grueso. No se reían. No lanzaban al aire. Estaban oteando el horizonte. Estaban cazando.
Borja levantó un dedo engominado y señaló directamente hacia el quiosco de los churros. Hacia mí. El Chule sonrió, una sonrisa torcida que le surcó la cara manchada de jugo rojo, y empezó a caminar hacia mí con la parsimonia de un Terminator de pueblo.
Entré en pánico. Abandoné la seguridad del quiosco y me lancé a la multitud. Un tomate me rozó la oreja con un silbido aerodinámico, estrellándose contra la persiana de la farmacia con un sonoro “¡CHAS!”.
—¡A por el gafitas! —oí gritar al Rata por encima del estruendo general.
Corrí encorvado, intentando camuflarme entre la gente mayor, que suele ser terreno neutral en estas batallas. Vi a doña Angustias, la mujer más vieja del pueblo, conocida por su sordera selectiva y su afición al ganchillo. Me parapeté detrás de ella justo cuando El Chule lanzaba su primer misil tierra-aire.
El tomate, un ejemplar de medio kilo, sobremadurado y letal, pasó rozando el moño blanco de doña Angustias y me impactó de lleno en el pecho, justo en la ‘M’ de Fertilizantes Martínez. La fuerza del golpe me dejó sin aire por un segundo. El tomate estalló en una supernova de pulpa fría, semillas y agua, empapándome la camiseta al instante.
—¡Toma ya, de parte de San Cleto, quillo! —gritó El Chule, riendo a carcajadas, mientras un par de vecinos que pasaban por allí se unían a las risas.
—¡Ay, qué arte tienen los chiquillos! —comentó una señora mayor, secándose una lágrima de risa mientras veía mi pecho cubierto de puré de tomate—. ¡Míralo, si parece que le han pegado un tiro en las películas!
No tuve tiempo de indignarme por la falta de empatía de la señora. El Rata y Borja ya me habían flanqueado. Empezó el bombardeo.
Pum. Un tomate en el muslo izquierdo. Pum, pum. Dos en la espalda mientras intentaba girarme.
—¡Bailar, Javi, baila la jota del tomate! —se burlaba Borja, lanzando con la precisión de un tenista profesional.
La gente a nuestro alrededor seguía con su propia guerra, totalmente ajena a que lo mío no era un intercambio amistoso, sino una ejecución en la plaza pública. Para ellos, éramos cuatro chicos jugando vigorosamente. Para mí, era la batalla de Normandía sin búnkeres donde esconderse.
Me di la vuelta y eché a correr hacia la calle de la Amargura (un nombre poético y muy apropiado para mi situación). Mientras corría, sentía los impactos en la espalda, en la nuca, en las piernas. Cada tomatazo iba acompañado de una carcajada de mis perseguidores y, lo que era peor, de las risas complacientes de los adultos que nos veían pasar.
—¡Corre, corre, que te pillan, Manuel! —me gritó don Paco, asomado a la puerta de su bar, agitando un trapo—. ¡Echadle valor, chiquillos, que son dos días de fiesta!
Llegué al callejón trasero de la iglesia, resbalando sobre los adoquines que ya estaban cubiertos de una fina película de caldo de tomate. Caí de rodillas. Las gafas salieron volando y aterrizaron en un charco rojo. El Chule llegó a mi altura, respirando pesadamente pero con una sonrisa sádica.
Llevaba un último tomate en la mano. Lo sopesó como si fuera una bola de petanca.
—No, Chule, por favor, ya está bien… —supliqué, levantando las manos manchadas de rojo, medio ciego sin mis gafas.
—¡Hombre, Javi! ¡Si acabamos de empezar! —dijo, acercándose—. Esto es la Tomatada. ¡Es por tu bien, para que te purifiques!
Y con un movimiento rápido, me estampó el tomate directamente en la cabeza, restregándolo contra mi pelo como si me estuviera lavando con champú. El jugo ácido me escurrió por la frente, metiéndoseme en los ojos, ardiendo como fuego líquido.
—¡Viva la fiesta, pringao! —gritó Borja desde el inicio del callejón.
Me dejaron allí, tirado, llorando de pura rabia y humillación, con el escozor en los ojos y el olor a podredumbre vegetal impregnado en la piel. Cuando finalmente encontré mis gafas a tientas, me las puse. Los cristales estaban manchados de rojo, tiñendo mi visión de un color sangre que encajaba perfectamente con mi estado de ánimo.
Me levanté y caminé hacia mi casa, un zombi de pulpa de tomate. Pasé por delante de la casa de mi tía Remedios, que estaba sentada en una silla de enea en la puerta, abanicándose.
—¡Ay, hijo mío de mi vida! —exclamó al verme—. ¡Te han puesto fino! ¡Pero qué bien te lo has pasado, se te ve en la cara que has disfrutado la tradición como el que más!
No respondí. Solo apreté los puños hasta que me dolieron los nudillos. La Tomatada no había hecho más que empezar, y yo acababa de descubrir la herramienta más letal de mis acosadores: la maldita y sagrada tradición que los hacía invisibles.
Parte 3: La guerra psicológica y la extensión del infierno
Volver a casa aquel día fue el equivalente a un paseo de la vergüenza medieval. Mi madre, al verme entrar por la puerta, no corrió a abrazarme ni a preguntarme si estaba herido. Se llevó las manos a la cabeza y soltó un alarido que debió escucharse en la provincia de al lado.
—¡Me vas a poner el suelo de terrazo que va a parecer la matanza de Texas, Javier! —gritó, agarrando una fregona como si fuera la espada de Excalibur—. ¡Quítate esas zapatillas antes de pisar la alfombra del recibidor o te juro por la Virgen del Rocío que te vas a dormir al patio con el perro!
Me desnudé en el lavadero, tiritando a pesar del calor asfixiante, despegándome la camiseta de Fertilizantes Martínez que ahora pesaba unos cinco kilos de materia orgánica. Mientras me duchaba, viendo el agua roja correr por el desagüe, intenté formular un plan. Tenía que contarlo. Tenía que explicarle al mundo adulto que aquello no era una broma, que me estaban cazando.
Esa misma tarde, con la piel irritada de tanto frotar con la esponja de crin, fui a buscar a Pepe, el sargento de la Policía Local (que básicamente era el único policía local, junto con su sobrino que hacía las prácticas). Lo encontré en el cuartelillo, que compartía pared con la peña madridista del pueblo. Estaba sentado frente a un ventilador de aspas oxidadas, comiéndose un bocadillo de calamares con una devoción casi religiosa.
—Hombre, Javi. ¿Qué te trae por aquí, muchacho? ¿Has perdido el DNI otra vez? —preguntó Pepe, hablando con la boca medio llena y limpiándose la comisura con un pañuelo de cuadros.
—No, Pepe. Vengo a poner una denuncia —dije, utilizando mi voz más grave, intentando proyectar la autoridad de un ciudadano ultrajado.
Pepe dejó el bocadillo sobre la mesa, de repente muy serio.
—¿Una denuncia? ¿Te han robado la bicicleta? Ya le dije a tu madre que comprarte una Mountain Bike de veintiuna marchas en este pueblo era provocar…
—No, no es la bicicleta. Son El Chule, el Rata y Borja. Me han dado una paliza hoy en la plaza.
Pepe me miró de arriba abajo. Puesto que me había duchado y cambiado de ropa, y que los tomates, gracias a Dios, no suelen romper huesos, mi aspecto era el de un adolescente perfectamente ileso y aburrido.
—¿Una paliza? Pero si no tienes ni un moratón, chiquillo.
—¡Una paliza de tomates, Pepe! Me han acorralado. Me han tirado docenas de ellos a traición. Me han frotado uno por la cabeza, metiéndome el jugo en los ojos. ¡Me han humillado públicamente!
Pepe parpadeó un par de veces, procesando la información. Luego, relajó los hombros, soltó una carcajada ronca que hizo vibrar su barriga sobre el cinturón de reglamento y volvió a coger su bocadillo de calamares.
—¡Ay, Javi, por Dios bendito! ¡Que me has asustado! —dijo, masticando con alivio—. ¡Si hoy es la Tomatada! ¡La batalla del tomate! ¿Qué esperabas que te tiraran, margaritas? ¡Son cosas de chiquillos! Es la fiesta. Todo el mundo tira tomates hoy.
—¡Pero ellos solo me tiraban a mí! ¡Iban a por mí, Pepe! ¡Borja me insultaba!
El sargento suspiró, adoptando ese tono condescendiente que los adultos de pueblo reservan para los niños pesados.
—Mira, Javi. Borja es un buen muchacho. Un poco revoltoso, sí, igual que El Chule. Pero son jóvenes con sangre en las venas. Tú eres un poco… paradito. Tienes que aprender a defenderte, hombre. El año que viene, te coges una caja entera tú solo y se la devuelves. Eso forja el carácter. Y ahora vete a jugar, que tengo que terminar el atestado del perro de la Paca, que se ha cagado otra vez en la puerta del banco.
Salí del cuartelillo sintiendo que el mundo entero se había vuelto loco. El sistema había fallado. La justicia era ciega, pero en San Cleto, además, era sorda y estúpida.
Lo peor estaba por llegar. Mis acosadores, dándose cuenta de que la tradición era una coraza de teflón contra cualquier castigo, decidieron que un solo día al año era poco para tanta diversión. Si la excusa del tomate funcionaba el quince de agosto, ¿por qué no el dieciséis? ¿O el diecisiete?
Así nació la “Semana Grande del Terror Vegetal”.
Dos días después del chupinazo oficial, mi madre me mandó a comprar pan. Caminaba yo por la calle Mayor, paranoico, mirando por encima del hombro, cuando de un portal oscuro salió El Rata. Antes de que pudiera reaccionar, sacó la mano del bolsillo de su pantalón de chándal y me estrelló un tomate cherry madurísimo directamente en la frente.
—¡Plac!
—¡Viva la resaca de la fiesta, pringao! —gritó, saliendo corriendo y riéndose con su maldito “je, je, je” rasposo.
Me quedé petrificado en medio de la calle, con la semilla del tomate cherry escurriéndome por el entrecejo. Una vecina que barría la acera levantó la vista.
—¡Ay, qué traviesos están todavía con el remusguillo de las fiestas! —dijo la señora, sonriéndome—. ¡Límpiate, hermoso, que te vas a quedar pegajoso!
Esa misma tarde, fui al polideportivo a ver si podía sentarme en las gradas a leer tranquilo. Estaba solo, disfrutando del silencio, cuando de repente, desde el muro exterior, llovió un proyectil rojo que impactó en mi hombro izquierdo, manchando mi camiseta blanca.
—¡Fuego de mortero! —Se escuchó la voz del Chule desde detrás del muro, seguida de las carcajadas de Borja.
—¡Que ya se ha acabado la Tomatada, cabrones! —grité, perdiendo los papeles, poniéndome en pie y alzando los puños hacia el muro vacío.
El conserje del polideportivo, un señor mayor al que le faltaban tres dientes y le sobraban opiniones sobre la juventud, asomó la cabeza por la puerta de su garita.
—¡Eh, gafitas! ¡Cuida esa boca! —me increpó—. ¡Y deja de gritar, que estás alterando la paz! Si los zagales quieren seguir jugando, déjalos. ¡Qué poca alegría de vivir tienes, chico, pareces un viejo!
La pesadilla se había normalizado. Cada esquina, cada callejón, cada recado que mi madre me mandaba hacer, era una ruleta rusa donde la bala era un tomate podrido. Dejé de salir de casa durante el día. Me pasaba las horas encerrado en mi habitación, con las persianas bajadas, sudando a mares porque no teníamos aire acondicionado.
Llegué al extremo absurdo de pedirle a mi madre que me comprara un chubasquero en pleno agosto andaluz.
—¿Tú estás mal de la cabeza, hijo? —me contestó, palpándome la frente—. ¡Que estamos a cuarenta grados! Te vas a cocer en tu propio jugo, vas a parecer un puchero.
—Es por si llueve, mamá. Las tormentas de verano son muy traicioneras —mentí descaradamente.
Se negó, por supuesto, alegando que yo era “el niño más raro de toda la comarca del Guadalquivir”. Así que no me quedó más remedio que desarrollar técnicas de camuflaje y evasión. Aprendí los horarios de siesta de El Chule (de tres a cinco de la tarde, sagrados para él), los recorridos habituales de Borja, las zonas de sombra donde me podía mimetizar.
Me convertí en un experto en supervivencia urbana en un pueblo de tres mil habitantes. Pero la humillación diaria iba mellando mi espíritu. El dolor no era físico; los tomates picaban, manchaban, dolían un poco, pero no te rompían las costillas. El dolor era el de la indefensión total. El dolor que callé, porque cada vez que abría la boca, recibía a cambio una sonrisa indulgente, una palmada condescendiente y la dichosa frase: “¡Ay, hijo, son cosas de la tradición!”.
Estaban utilizando el folclore de mi pueblo para volverme loco. Y el clímax de aquella locura estaba programado para el último día de las fiestas, el Día del Remate, la jornada que marcaría mi vida para siempre y consolidaría mi odio eterno por la dieta mediterránea.
Parte 4: El patíbulo público y la sombra persistente
El Día del Remate, el dieciocho de agosto, el pueblo entero se vestía de gala, o de la versión de gala de San Cleto, que consistía en que los hombres se ponían camisas de manga corta por fuera del pantalón y las mujeres sacaban a pasear los abanicos buenos de nácar. La noche culminaba en la Plaza de la Constitución con una orquesta subida a un camión transformable, un concurso de pasodobles y la última gran celebración, una especie de despedida colectiva donde todo valía.
Yo me había jurado a mí mismo no salir de casa. Llevaba tres días atrincherado, aguantando estoicamente los comentarios de mi madre sobre mi alarmante falta de vitamina D y mi parecido razonable con un vampiro de bajo presupuesto. Pero a las diez de la noche, mi madre lanzó su ultimátum.
—Javier, te lo digo por última vez. O te pones los pantalones vaqueros y te vienes a la plaza a cenar un bocata de lomo, o cojo el cable de la consola de los marcianitos y lo corto con las tijeras de podar el geranio.
La amenaza era real. Mi madre no hacía prisioneros cuando se trataba de socializar en fiestas. Así que me enfundé mis vaqueros y una camisa que yo consideraba decente, y caminé detrás de ella hacia la plaza, arrastrando los pies como un reo camino del cadalso.
La plaza estaba iluminada por guirnaldas de bombillas de colores. La orquesta “Azahar y Son” estaba perpetrando una versión de “Paquito el Chocolatero” a un volumen que hacía vibrar el suelo. Había mesas de plástico esparcidas por todas partes, llenas de familias cenando, bebiendo cerveza y gritando para escucharse por encima del estruendo musical.
Mi madre me instaló en una mesa con mis tías y desapareció hacia la barra en busca del lomo. Yo me senté rígido, escaneando el perímetro con movimientos rápidos de cabeza, como un suricato al lado de una madriguera de cobras. No los veía. Quizás hoy estaba a salvo. Quizás, al haber tanta gente adulta vestida de limpio, habían depuesto las armas.
De repente, una mano me agarró del hombro desde atrás. Di un respingo tan fuerte que casi vuelco el vaso de Fanta de mi tía Remedios.
Era Borja. Iba impoluto, con una camisa de lino blanco que resaltaba su bronceado de piscina privada. Sonreía amablemente.
—Javi, hombre. ¿Qué haces aquí sentado con las viejas? —dijo, usando un tono amigable que me desconcertó más que un insulto.
—Estoy… estoy esperando a mi madre —tartamudeé.
—Vente con nosotros, anda. Hemos montado una mesa cerca del escenario. Estamos todos los del instituto. Hay Coca-Cola y patatas fritas. Vente, que es el último día, hay que enterrar el hacha de guerra.
Lo miré con suspicacia. Era la araña invitando a la mosca a su humilde morada de seda. Pero la presión social de mi tía Remedios, que me dio un codazo cómplice, me empujó al abismo.
—Vete, zagal, vete con la juventud, ¡no te quedes aquí aburrido con nosotras! —me animó mi tía.
Me levanté a regañadientes y seguí a Borja a través de la multitud. A medida que nos acercábamos al escenario, la música era más ensordecedora. Llegamos a un claro en medio de la gente, un espacio abierto justo frente a la orquesta. No había ninguna mesa. No había Coca-Cola ni patatas fritas.
Lo que sí había era El Chule y El Rata, de pie, flanqueando un contenedor de basura de los amarillos, de los de envases. Solo que este no estaba lleno de envases.
Estaba lleno hasta el borde de los tomates sobrantes de la cooperativa. Los que ya no servían ni para salsa. Los que llevaban tres días pudriéndose al sol bajo una lona. Eran prácticamente bombas biológicas de líquido corrosivo y olor a descomposición.
El pánico me atenazó la garganta. Me giré para huir, pero Borja me bloqueó el paso con los brazos cruzados y su maldita sonrisa de superioridad.
—¿Dónde vas, Javi? —dijo Borja, elevando la voz para hacerse oír sobre el pasodoble—. Si ahora viene lo mejor. El Gran Remate de San Cleto. El homenaje final a la tradición.
—¡Dejadme en paz, por favor! —grité, pero mi voz se perdió bajo los altavoces de la orquesta “Azahar y Son”.
—¡Chicos, mirad quién es el Rey de la Fiesta! —gritó El Chule a los cuatro vientos, metiendo ambas manos en el contenedor amarillo y sacando dos puñados de materia roja viscosa.
Lo que ocurrió a continuación es un borrón en mi memoria, una amalgama de colores, sonidos y humillación absoluta.
El primer impacto me dio en el pecho, arruinando mi camisa decente en milisegundos. El segundo, lanzado por El Rata con una precisión diabólica, me dio directamente en la gafa izquierda, desprendiendo el cristal y llenándome el ojo de pulpa agria.
Traté de cubrirme la cabeza con los brazos, agachándome.
—¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf!
Llovían tomates putrefactos desde todas las direcciones. Los tres se turnaban, recargando munición desde el contenedor a una velocidad vertiginosa. El olor era insoportable, una mezcla de vinagre, basura y sudor.
Yo gritaba, pedía ayuda. Lloraba. Pero lo más devastador no era el ataque en sí. Lo que me rompió por dentro, lo que dejó la cicatriz más profunda, fue mirar a mi alrededor a través del cristal sobreviviente de mis gafas.
La gente nos había rodeado haciendo un círculo. Y la gente… aplaudía.
—¡Ay, mira qué brutos son los zagales! —reía un abuelo apoyado en su bastón.
—¡Eso es despedir las fiestas y lo demás son tonterías! —comentaba el panadero, dando palmas al ritmo de la música.
La orquesta, viendo el revuelo, cambió de canción y empezó a tocar “El Gato Montés”. Y al compás de la música taurina, mi ejecución pública se convirtió en el espectáculo central de la noche.
Yo estaba empapado de los pies a la cabeza. Trozos de piel de tomate colgaban de mi pelo, de mis orejas. El líquido rojizo, apestoso y pegajoso, me empapaba los pantalones vaqueros hasta hacerlos pesados como plomo.
—¡Olé, olé y olé! —gritó El Chule, lanzando un último tomate gigante que se estrelló contra mi frente, derribándome al suelo.
Caí de rodillas, temblando de rabia, de frío —porque aquella papilla estaba helada en contraste con mi calor corporal— y de una impotencia que me asfixiaba. Borja se acercó, inmaculado, sin una sola mancha en su camisa blanca. Me miró desde arriba.
—Felices fiestas, Javi. Ya eres todo un hombrecito de San Cleto.
Se dieron la vuelta y desaparecieron entre la multitud, vitoreados por algunos vecinos que les daban palmadas en la espalda por el “buen rato” que nos habían hecho pasar.
Finalmente, mi madre llegó rompiendo el círculo de curiosos, con el bocadillo de lomo envuelto en papel de aluminio en una mano. Al verme de rodillas, convertido en un monstruo de las ciénagas hecho a base de kétchup caducado, se quedó muda por primera vez en su vida. Me levantó por el brazo en silencio y me sacó de la plaza mientras la gente iba volviendo a sus bailes y a sus cervezas.
—Solo estaban jugando, mamá —le dije, llorando en voz baja mientras caminábamos por las calles vacías hacia casa—. Solo era la tradición.
Mi madre no me regañó por ensuciar el suelo aquella noche. Me metió directamente bajo la ducha caliente y tiró toda la ropa a la bolsa de basura. No hablamos del tema. Nadie en el pueblo habló del tema de la forma en que debió hablarse. Para San Cleto, había sido un final de fiestas épico, una anécdota divertida sobre “los chiquillos siendo chiquillos”.
Han pasado quince años desde aquel agosto. Vivo a seiscientos kilómetros de San Cleto, en una ciudad del norte donde el cielo es gris y la gente es maravillosamente fría y distante. No voy a las fiestas patronales. No soporto las multitudes.
Borja es ahora concejal de urbanismo en el pueblo. El Chule regenta un taller mecánico y es el entrenador del equipo infantil de fútbol (que Dios pille confesados a esos niños). El Rata se fue a trabajar a la costa, dicen que de portero de discoteca.
Y yo… yo soy un adulto funcional. Tengo un buen trabajo, una pareja que me quiere, un perro que no me juzga. He superado muchas cosas en terapia. He aprendido a perdonar la ceguera de mi madre y la estupidez generalizada de la sociedad que confunde el acoso sistemático con la vitalidad juvenil.
Pero el dolor que callé en aquellos días sigue ahí, escondido en rincones insospechados de mi cerebro. Me persigue como una sombra constante, un espectro viscoso y colorado que aparece cuando menos me lo espero.
Si me invitáis a cenar, hay algo que debéis saber. Podéis hablarme de política, de religión, de traumas infantiles y de la muerte. Soy una persona abierta, de verdad. Tengo un humor estupendo y sé reírme de mí mismo.
Pero, por lo que más queráis en este mundo, por la memoria de todos vuestros antepasados… si pedimos una ensalada para compartir, que os juro por mi vida, que no lleve ni un maldito tomate.
Parte 5: El retorno inevitable y la trampa del agroturismo
Dije que nunca volvería a San Cleto de las Huertas. Y lo cumplí a rajatabla durante tres lustros. Construí mi vida en Bilbao, donde la lluvia constante y las nubes grises actuaban como un bálsamo reconfortante para mi alma traumatizada. Allí conocí a Clara, mi novia. Clara es arquitecta, vegana, practicante de yoga ashtanga y una ferviente defensora de todo lo que lleve la etiqueta “ecológico”, “sostenible” o “de proximidad”. Para ella, el concepto de campo español era una postal idílica llena de pastores recitando a Machado y abuelitas amasando pan de espelta. Yo nunca le había contado los detalles morbosos de mi infancia; solo sabía que mi pueblo “no me gustaba mucho”.
Pero el destino tiene un sentido del humor sádico. En julio de ese año, mi tía Remedios falleció. Paz descanse la mujer, que se fue al otro barrio con la misma placidez con la que se abanicaba en la puerta de su casa. El problema es que, al ser soltera y sin hijos, nos dejó en herencia su casa señorial en el centro de San Cleto a mi madre y a mí. Y había que venderla. Y para venderla, había que firmar papeles en la notaría de don Hilario. Y don Hilario, siendo un hombre de costumbres, no usaba internet, ni correo electrónico, ni probablemente sabía lo que era un PDF. Había que ir en persona.
—Solo serán tres días, Javi —me imploró mi madre por teléfono, con esa voz de mártir andaluza que dominaba a la perfección—. Firmamos el martes, vaciamos los muebles buenos de tu tía el miércoles y el jueves te vuelves a tus nubarrones. Además, la chica de la inmobiliaria dice que hay unos alemanes muy interesados.
Miré el calendario. Sudé frío. Los días propuestos caían exactamente en la semana del catorce al dieciséis de agosto. La Semana Grande. El Apocalipsis Rojo.
—Mamá, no puedo ir en esas fechas. Es… es la Tomatada.
—¡Ay, madredelamorhermoso, Javier! —bramó mi madre, ofendida—. ¡Que tienes ya treinta y un años, por Dios bendito! ¿Vas a seguir con la perreta del tomate toda tu vida? ¡Que eres un hombre hecho y derecho, no me fastidies! Además, Clara está loca por conocer el pueblo y empaparse de nuestras raíces. Se lo comenté el otro día por Facebook.
El traidor de Mark Zuckerberg había sellado mi destino. Clara apareció en el salón con los ojos brillando de emoción.
—¡Javi, cariño! Tu madre me ha dicho que coincidimos con las fiestas patronales. He estado leyendo sobre “La Tomatada”. ¡Es fascinante! Una catarsis colectiva agrícola que conecta al individuo con la tierra a través de la ofrenda del fruto. ¡Es pura antropología!
Quise explicarle que la única antropología de San Cleto era la de la ley del más fuerte, pero me callé. Dos días después, estábamos metidos en un Seat Ibiza de alquiler sin aire acondicionado (porque “así contaminamos menos”, según Clara), cruzando Despeñaperros hacia el infierno.
A medida que nos acercábamos a la provincia, el paisaje se volvía amarillo y reseco. A las cinco de la tarde, cuando el cartel de “Bienvenido a San Cleto de las Huertas” apareció en el horizonte, el termómetro del coche marcaba cuarenta y tres grados. Clara, que llevaba una blusa de lino orgánico que ahora parecía un trapo de fregar estrujado, intentaba sonreír.
—Hace un calorcito… rústico, ¿verdad? —dijo, secándose una gota de sudor que le caía por la nariz.
—Clara, esto no es calor. Esto es el ensayo general del Purgatorio —murmuré, agarrando el volante con las manos empapadas.
Entramos al pueblo y, al girar por la calle de la Amargura (el maldito callejón donde caí de rodillas hacía quince años), el coche hizo un ruido espantoso, como si alguien hubiera metido una caja de herramientas en una batidora gigante. El motor tosió, el coche dio tres tirones violentos y se paró en seco, envuelto en una nube de humo negro que apestaba a embrague quemado.
—Genial. Sostenibilidad al máximo —suspiré, apoyando la frente en el volante.
Bajamos del coche. El silencio sepulcral de la hora de la siesta nos envolvió. Todo estaba cerrado a cal y canto. No se oía ni el zumbido de una mosca. Estábamos tirados a quinientos metros de casa de mi madre, con dos maletas y un calor que deformaba el asfalto.
—Voy a buscar ayuda —dije, resignado—. Quédate en la sombra de ese balcón.
Caminé un par de calles hasta que vi un cartel de chapa oxidada que me heló la sangre: “Talleres y Chapa El Chule. Reparaciones de confianza”.
El destino me estaba escupiendo en la cara. Me acerqué a la puerta abierta del taller. Olía a grasa, a gasoil y a tabaco negro. Debajo de un tractor desvencijado, asomaban unas piernas fornidas en un mono azul lleno de manchas.
—Perdona… buenas tardes —dije, aclarando mi garganta, que de repente sonaba como la del niño de catorce años que fui.
Las piernas se deslizaron hacia afuera sobre una tabla con ruedas. Y allí estaba él. Quince años después, El Chule había perdido el pelo, pero había ganado unos veinte kilos de pura masa muscular que se repartían entre los hombros y el estómago. Su incipiente bigote adolescente se había transformado en una barba rala. Me miró, entornando los ojos.
—¿Sí, qué pasa? Estamos cerrados por siesta, quillo.
—Se me ha roto el coche de alquiler en la calle de la Amargura. Un Seat Ibiza. Ha soltado una humareda blanca y no arranca.
El Chule se levantó, limpiándose las manos con un trapo inconfundiblemente grasiento. Se quedó mirándome fijamente. Su expresión pasó de la molestia al desconcierto, y finalmente, a una sonrisa amplia y depredadora que hizo que se me encogiera el estómago.
—Madre mía de mi alma… ¿Javi? ¿El gafitas? —soltó el trapo y dio una palmada en sus propios muslos—. ¡Pero si eres el fideo escurrío de doña Rosario! ¡Mírate, si te has puesto hecho un pincel! ¡Estás criando pecho y todo!
Se acercó y me dio una palmada en la espalda con una fuerza descomunal que me desplazó dos vértebras y me hizo toser.
—Hola, Chule —dije, intentando mantener la compostura de un arquitecto técnico residente en el norte, aunque por dentro quería salir corriendo.
—¡Qué alegría, coño! ¿Cuánto tiempo hace que no asomas el hocico por aquí? ¿Quince años? Te fuiste despavorido, macho. ¡Venga, vamos a ver ese coche!
Me arrastró fuera del taller, pasando su enorme brazo pesado por mis hombros. Mientras caminábamos de vuelta hacia donde estaba Clara, El Chule no paraba de hablar.
—Aquí estamos, ya ves, levantando el país. Yo con el taller, a tope. Y Borja, ¿no te has enterado? Borja es concejal de Urbanismo y Festejos. ¡El tío manda más que el alcalde nuevo! ¿Y sabes qué es lo mejor? Que mañana empiezan las fiestas. Y pasado mañana… —El Chule se detuvo y me miró con un brillo malicioso en los ojos—. Pasado mañana es la Tomatada, Javi. La tradición.
Tragué saliva.
—Yo vengo por poco tiempo, Chule. Temas de notaría. No creo que me quede a las fiestas.
—¡Calla, calla, qué dices! ¡De aquí no te vas tú sin celebrar las raíces! —Llegamos al coche. Clara estaba abanicándose con una revista de arquitectura frente al capó humeante. El Chule la miró de arriba abajo con descaro y luego me miró a mí, asintiendo con aprobación—. Oye, el gafitas sabe elegir. Hola, rubia. Soy Jesús, amigo íntimo de la infancia del Javi. Aquí en el pueblo me llaman El Chule.
Clara, siempre dispuesta a abrazar la cultura local, le tendió la mano con una sonrisa radiante.
—Encantada, Jesús. Soy Clara. Es maravilloso conocer a los amigos de infancia de Javi. Me ha hablado… bueno, casi no me ha hablado de San Cleto, pero estoy fascinada con su cultura. Especialmente con el festival de la Tomatada. Debe de ser una experiencia inmersiva increíble.
El Chule soltó una carcajada ronca que hizo eco en las fachadas de cal. Me miró fijamente, con la misma mirada que tenía aquel día frente al quiosco de churros.
—¿Inmersiva? ¡Ya te digo yo que es inmersiva! Javi sabe lo inmersiva que es, ¿verdad, hermano? Él era el rey del festival. Este año, vais a flipar. Os guardo un sitio en primera fila.
Parte 6: La trampa de la nostalgia y los políticos de lino
Esa noche, la cena en casa de mi madre fue un despropósito emocional. Mi madre había preparado un banquete que incluía gazpacho, jamón del bueno, tortilla de patatas y un plato de pimientos fritos que podría haber alimentado a un regimiento de infantería. Clara estaba maravillada, sacándole fotos a todo con su teléfono móvil y hablando de la “autenticidad de los sabores no procesados”.
Yo me limitaba a mover la comida por el plato. La presencia de El Chule me había revuelto todos los fantasmas.
—Ay, hijo, qué lánguido estás —me reprochó mi madre, pasándome una fuente de cerámica rebosante de gazpacho—. Pareces un alma en pena. Come, que te va a dar una lipotimia. Por cierto, me ha llamado el alcalde nuevo, don Matías. Dice que como vendéis la casa de tu tía, que está en la ruta del encierro, el Ayuntamiento necesita que firmemos un permiso mañana por la mañana en el consistorio.
—¿En el ayuntamiento? —pregunté, sintiendo un sudor frío—. ¿Con quién tengo que firmar eso?
—Con el concejal de Urbanismo, hijo. Con Borja. ¡Ay, qué buen chico ha salido Borja! Fíjate, tan educado, tan puesto en su sitio. Y siempre preocupándose por las tradiciones del pueblo. Dicen que este año ha traído cinco mil kilos de tomates de una cooperativa de Almería. ¡Va a ser histórico!
Clara dio una palmada de emoción.
—¡Javi, esto es el destino! Mañana vamos al ayuntamiento, conoces a tu otro amigo de la infancia y luego nos preparamos para el festival. ¡Tengo que comprarme una camiseta blanca para que se vea bien el contraste de los pigmentos naturales del tomate!
A la mañana siguiente, el sol ya estaba fundiendo los plomos de las farolas a las diez en punto. Caminamos hacia la plaza del Ayuntamiento. La plaza estaba en plena ebullición. Se estaban instalando las talanqueras y, en el centro, majestuosos y aterradores, descansaban seis remolques cubiertos con lonas azules. Debajo de esas lonas dormía el enemigo. Mi enemigo.
Entramos al ayuntamiento, un edificio del siglo XVIII con olor a cera de suelo y a burocracia antigua. La secretaria nos indicó que subiéramos a la primera planta, al despacho del concejal.
Llamé a la puerta de roble con los nudillos, sintiendo el mismo temblor en las manos que cuando tenía catorce años.
—¡Adelante! —sonó una voz engolada y segura desde el interior.
Entramos. El despacho era enorme, con las paredes forradas de madera, diplomas falsos de cursos de liderazgo y un ventilador de techo que apenas movía el aire denso. Detrás de una mesa de caoba colosal estaba Borja.
Llevaba un traje de chaqueta azul marino a pesar del calor sahariano, camisa blanca inmaculada sin corbata y un reloj que costaba más que el coche que El Chule estaba supuestamente arreglando. Al verme, abrió los ojos exageradamente, se levantó de un salto y rodeó la mesa con los brazos abiertos.
—¡Javier! ¡Hombre, por Dios, el hijo pródigo vuelve a San Cleto! —exclamó, agarrándome de los hombros y dándome dos besos sonoros en las mejillas, invadiendo mi espacio vital con su colonia cara, exactamente la misma que usaba cuando me acorralaba en los callejones.
—Hola, Borja —dije, sintiéndome físicamente más pequeño. A pesar de que yo ahora medía un metro ochenta y dos, frente a él seguía siendo el “fideo escurrío”.
—¡Mírate! ¡Estás estupendo, de verdad! —Se fijó en Clara y su sonrisa se volvió aún más profesional, enseñando unos dientes blanqueados artificialmente—. Y tú debes de ser Clara. Me lo ha dicho El Chule esta mañana mientras nos tomábamos un café. Bienvenida a nuestra humilde villa. Borja Fernández, Concejal de Urbanismo, Festejos y Tradiciones Populares a tu servicio.
Clara, impresionada por el despliegue de campechanía política, le estrechó la mano.
—Encantada, Borja. Tenéis un pueblo precioso. Y estoy fascinada con la labor de conservación de vuestras fiestas.
—¡Ah, la Tomatada! —Borja suspiró dramáticamente, poniéndose una mano en el pecho—. Es nuestro orgullo, Clara. En un mundo globalizado donde perdemos nuestra identidad, San Cleto se aferra a sus raíces. Es un acto de hermandad. Y Javi sabe de lo que hablo. Él y yo éramos inseparables en esas fiestas, ¿a que sí, Javi?
Me miró a los ojos. Había un desafío silencioso en su mirada. Estaba disfrutando. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Estaba reescribiendo la historia frente a mi novia, envolviendo su sadismo adolescente en la bandera del folclore local.
—Claro —logré articular, con la boca seca—. Inseparables. Sobre todo cuando me arrinconabais contra el muro del polideportivo.
Borja soltó una carcajada limpia y sonora.
—¡Ay, qué cosas de críos, Javi! Éramos unos gamberros, todos lo éramos. ¡La magia de la juventud! —Se giró hacia Clara, adoptando un tono confidencial—. Le dábamos un poco de caña, no te lo voy a negar. Era un poco pardillo, pero todo desde el cariño, ¿eh? La Tomatada forja el carácter. Y míralo ahora, todo un arquitecto triunfando en el País Vasco. Parte de su éxito se lo debe a los tomatazos que le espabilaron, te lo digo yo.
Sentí que la sangre me hervía. Quería saltar por encima de la mesa de caoba y agarrarlo de la solapa. Quería decirle a Clara que aquel hombre con traje no era un entrañable amigo de la infancia, sino el arquitecto de mis pesadillas, el sociópata que me hundió la cara en basura fermentada mientras el pueblo aplaudía.
Pero miré a Clara. Estaba sonriendo, asintiendo como si estuviera escuchando una entrañable anécdota de “Los Goonies”. Miré los papeles del permiso que estaban sobre la mesa. Si montaba un número, si le pegaba un puñetazo, arruinaría la venta de la casa de mi madre, quedaría como un loco resentido delante de mi novia y le daría a Borja la satisfacción de verme perder los papeles.
Tragué veneno. Respiré hondo.
—¿Dónde hay que firmar, Borja? —pregunté, con la voz plana.
—Aquí y aquí, amigo mío —dijo él, tendiéndome un bolígrafo Montblanc—. Y oye, no acepto un no por respuesta. Mañana a las doce es el chupinazo. He dado la orden a la cooperativa de que los tomates sean de primera, de la variedad “Corazón de Buey”, bien jugosos. Os quiero ver en la plaza. Estaréis en mi zona VIP. Justo debajo del balcón del ayuntamiento.
Salimos del despacho con los papeles firmados. Mientras bajábamos las escaleras, Clara me cogió del brazo, entusiasmada.
—¡Javi, qué chico tan majo! Es el típico político joven con empuje. Me encanta que te integre. ¡Mañana va a ser un día increíble! Ya he visto en una tienda de la plaza unas gafas de bucear de colores neón que van a quedar genial para protegernos los ojos. ¡Va a ser súper divertido!
Yo caminaba en silencio. El pánico me estaba paralizando las extremidades. La historia se estaba repitiendo. Iban a por mí. Lo vi en los ojos de Borja y en la sonrisa del Chule. Para ellos, yo no era el adulto Javier; seguía siendo el “gafitas”, el juguete roto, el blanco perfecto para su crueldad legitimada. Quince años no habían borrado su maldad, solo le habían puesto un traje y una concejalía.
Esa tarde, me encerré en la habitación que fue mía durante mi infancia. Miré los pósters descoloridos de Dragon Ball y mi vieja estantería. Me senté en el borde de la cama, hundiendo la cara entre las manos. Podía fingir una enfermedad. Podía decir que tenía gastroenteritis, encerrarme en el baño y no salir hasta el viernes. Clara iría sola, vería la estupidez que era y volveríamos al norte. Era el plan perfecto, el plan cobarde que siempre había funcionado.
De repente, levanté la cabeza. Miré mi reflejo en el espejo del armario.
Ya no tenía catorce años. Ya no llevaba gafas de pasta pegadas con celo. Pesaba ochenta kilos, iba al gimnasio (aunque fuera a clases de spinning), pagaba mis impuestos y sabía cómo hacer una hoja de cálculo en Excel. ¿Iba a dejar que un mecánico abusón y un concejal corrupto de un pueblo perdido me volvieran a meter en el rincón del miedo?
La indignación reemplazó al pánico. No. Esta vez no. No iba a huir. No iba a esconderme detrás de mi madre ni de un quiosco de churros. Si San Cleto quería tradición, les iba a dar tradición. Si querían guerra, iba a haber guerra. Pero esta vez, yo no iba a ser la víctima. Iba a ser el puto general Patton de la agricultura de secano.
Parte 7: El arsenal de la venganza y la logística del caos
Necesitaba un plan. Un plan rápido, letal y que operara dentro de las absurdas reglas de la sagrada tradición local. La Tomatada dictaba que se podían arrojar tomates dentro del perímetro de la plaza y las calles aledañas hasta que sonara el segundo cohete a las dos de la tarde. No había reglas sobre cómo se arrojaban, desde dónde, o qué equipo se utilizaba para defenderse.
Eran las seis de la tarde. Salí de casa sigilosamente mientras mi madre y Clara veían una telenovela turca en el salón. Me dirigí a las afueras del pueblo, al polígono industrial donde estaba la Cooperativa Agrícola “Virgen del Rocío”.
Entré en la nave inmensa, que olía a tierra húmeda y fertilizante. Había un trasiego de carretillas elevadoras cargando palés de cajas rojas. Al fondo, en una pequeña oficina acristalada, estaba Antonio, el hijo del antiguo carnicero, que ahora era el gerente de la cooperativa. Me conocía de mi época escolar, aunque él siempre fue un par de años mayor y se mantenía al margen de las palizas de Borja.
—¿Javi? ¡Acho, qué cambiado estás! —me saludó, saliendo de la oficina con una libreta en la mano.
—Hola, Antonio. Necesito un favor. Un favor grande y discreto.
Antonio arqueó una ceja.
—Tú dirás. Aquí estamos a tope con lo de mañana. El Borja nos ha pedido el doble que el año pasado. Dice que quiere batir el récord Guinness o no sé qué polladas.
—De eso quiero hablarte. Sé que el Ayuntamiento compra los tomates de descarte, los que ya están demasiado maduros para venderlos al supermercado.
—Claro, si no, sería una ruina. Se escogen los blandengues.
—Necesito comprarte munición por mi cuenta. Pero no quiero los blandengues. Necesito la variedad “Pera”, los más duros que tengas. Esos que si los tiras contra una pared rebotan. Los que están todavía un poco verdes y pesan como piedras de río.
Antonio se rascó la nuca, desconcertado.
—Hombre, Javi, esos son los buenos. Esos te los tengo que cobrar a precio de mercado. Además, si le arreas a alguien con un pera verde de Almería, le puedes hacer una brecha que necesite puntos.
—Te pagaré el doble de su valor —dije, sacando un fajo de billetes que había sacado del cajero esa misma mañana para pagarle a la notaría—. Y no te preocupes, no pienso tirárselos a la cabeza a nadie. Es solo para un… experimento arquitectónico sobre resistencia de materiales orgánicos.
Antonio cogió el dinero, lo contó rápidamente y sonrió. En los pueblos, el dinero en efectivo borra cualquier pregunta incómoda.
—Vale. Tengo un palé de peras verdes en la cámara frigorífica tres que no ha salido para Madrid por un error de albarán. Son tuyos. ¿Te los llevo a la plaza mañana?
—No. Quiero que los lleves esta noche, a las tres de la madrugada, a la azotea de la casa de mi tía Remedios. Tiene acceso por el callejón de atrás a través de la terraza baja. Yo te abriré la puerta. Nadie debe verte.
Antonio asintió, encogiéndose de hombros, asumiendo que mi estancia en el norte me había vuelto un poco excéntrico.
Mi segunda parada fue la ferretería de Manolo, en la calle paralela a la plaza. Manolo estaba a punto de cerrar la persiana metálica.
—¡Manolo, un segundo, por favor! —grité, metiendo el pie para evitar que la puerta bajara del todo.
Manolo resopló, me reconoció y levantó la persiana a medias.
—Javi, muchacho, que me voy al huerto. ¿Qué quieres a estas horas?
Compré lo siguiente: un rollo de cincuenta metros de plástico grueso de invernadero, tres botes de cinta americana industrial, una manguera de riego a presión de veinte metros de las que se acoplan a los grifos del jardín, dos tensores de cable de acero y unas gafas de protección para soldadores, de esas redondas con cristales oscuros que te hacen parecer un minero del siglo XIX.
Manolo me miró fijamente mientras pasaba los artículos por la caja registradora.
—Javi, tú no vas a la Tomatada. Tú vas a Chernobyl, ¿verdad?
—Es que tengo la piel muy sensible, Manolo. Cosas de vivir en Bilbao.
Volví a la casa de mi tía Remedios. Como mi madre y yo íbamos a venderla, estaba prácticamente vacía, salvo por un par de camas y el sofá. La casa, típica construcción andaluza, tenía tres plantas y coronaba con una amplia azotea que daba directamente a la Plaza del Ayuntamiento. De hecho, el balcón del despacho de Borja estaba justo en diagonal a nuestra azotea, a menos de veinte metros de distancia y en un plano ligeramente inferior. Era la posición táctica perfecta. El nido del francotirador.
Esa noche, mientras mi madre roncaba en la planta baja y Clara dormía plácidamente soñando con culturas ancestrales, yo estuve despierto. A las tres de la mañana, abrí la puerta trasera. Antonio y dos empleados más descargaron diez cajas inmensas de tomates pera verdes y duros como la madre que los parió, subiéndolas en silencio por las escaleras hasta la azotea.
El resto de la noche lo pasé trabajando bajo la luz de la luna llena. Con el plástico de invernadero y la cinta americana, creé una especie de trinchera o parapeto a lo largo del muro de la azotea, dejando solo un hueco estratégico para maniobrar y observar. Conecté la manguera al grifo del lavadero de la terraza superior, comprobando que la presión del agua era la de una boca de incendios. Mi tía Remedios, bendita sea, tenía una bomba de presión instalada porque el agua del pueblo solía fallar en verano. Aquello tenía la fuerza suficiente para arrancar la pintura de un coche.
A las siete de la mañana, el sol empezó a teñir el cielo de naranja. Yo estaba sentado en la azotea, apoyado en mi barricada de cajas de tomates blindados, bebiéndome un café solo y mirando hacia la plaza vacía. Parecía un escenario de guerra a punto de ser profanado. Por primera vez en quince años, al pensar en la Tomatada, no sentí miedo. Sentí una profunda y escalofriante sed de justicia.
Bajé a ducharme y a prepararme para el acto final. Cuando entré en la cocina a las nueve, Clara ya estaba allí, enfundada en una camiseta blanca inmaculada de algodón ecológico, unos pantalones cortos y unas gafas de bucear de un estridente color rosa fosforescente. Parecía lista para explorar el fondo marino en una fiesta de Pachá Ibiza.
—¡Buenos días, gladiador! —me saludó con energía, dándome un beso—. Tu madre ha ido a la panadería a por churros. He preparado unos batidos detox de apio y manzana para tener energía para la batalla. ¿Estás listo? ¡Borja me ha mandado un mensaje diciendo que nos tienen guardado un sitio debajo del balcón!
La ingenuidad de Clara era conmovedora. Me bebí el zumo verde, que sabía a tierra mojada, e intenté poner mi mejor cara de póquer.
—Clara, escucha. Esto de la Tomatada… es un poco salvaje al principio. La gente se vuelve loca. Tú quédate cerca de la puerta del ayuntamiento, ¿vale? No te metas en el meollo.
—¡Tranquilo, amor! ¡Si vengo a integrarme! —rió ella.
A las once y media, salimos hacia la plaza. El calor ya era un muro sólido que costaba atravesar. Las calles estaban llenas de gente con camisetas viejas, bañadores y gafas de bucear de los chinos. El ambiente vibraba con esa tensión previa al desastre, una mezcla de alcohol matutino, adrenalina y calor sofocante.
Nos abrimos paso hasta la plaza. Los seis remolques gigantes estaban en el centro, destapados, exhibiendo montañas de tomates rojos y blandos. Un ejército de niños y adolescentes ya rodeaba los carros, ansiosos por que dieran las doce.
Cerca de la entrada del ayuntamiento, apoyados en las vallas de seguridad de la “zona VIP”, estaban El Chule y El Rata. El Rata, al que no había visto aún, seguía siendo un tipo enjuto, nervioso y con la misma risa de hiena de siempre. Al vernos llegar, se frotó las manos.
—¡Hombre, el señor arquitecto! —gritó El Rata, acercándose—. ¡Je, je, je! Qué elegante vienes. ¿No te has puesto el bañador floreado este año?
Yo llevaba unos vaqueros oscuros viejos y una camiseta negra ajustada. Nada de blancos, nada de colores llamativos. Estaba vestido para el camuflaje urbano.
El Chule se acercó, sosteniendo una cerveza de litro. Me palmeó el hombro, apretando más de la cuenta.
—Te veo tenso, Javi. Relájate, hombre. Hoy venimos a pasarlo bien. A limpiar asperezas. Mira quién sale al balcón.
Levanté la vista. En el balcón de caoba del ayuntamiento, engalanado con las banderas del municipio, apareció el alcalde, un señor mayor con cara de despistado, y junto a él, la estrella del momento: Borja.
Borja llevaba una camisa blanca de lino (otra vez) remangada hasta los codos y unas gafas de sol de aviador. Agarró el micrófono del soporte con la desenvoltura de una estrella de rock de provincias. Abajo, en la plaza, la gente empezó a silbar y aplaudir.
—¡San Cleto! —gritó Borja por megafonía. Su voz rebotó en los edificios, haciendo temblar los cristales—. ¡Un año más! ¡Una tradición más! ¡Demostremos al mundo de qué pasta estamos hechos! ¡Que corra la sangre roja de nuestra tierra!
Clara daba saltitos a mi lado.
—¡Es súper carismático! —me susurró al oído.
Miré a Borja, que en ese momento bajó la vista hacia nuestra posición. Se quitó las gafas de sol. Me miró fijamente y, lentamente, se pasó el dedo índice por la garganta en un gesto inequívoco de degüello, camuflado como una broma para el público. El Chule y El Rata se echaron a reír a carcajadas.
Era la señal. Faltaban tres minutos para las doce.
—Clara —le dije, agarrándola por los hombros con firmeza y mirándola a los ojos—. Escúchame bien. Cuando suene el chupinazo, te metes debajo del soportal del ayuntamiento y no te mueves de ahí. No es una sugerencia.
Ella parpadeó, sorprendida por mi tono autoritario, tan impropio del Javi dócil y pacífico que ella conocía.
—Pero Javi, yo quería…
—¡Hazme caso! —dije, más alto de lo normal—. Y pase lo que pase, no mires hacia la azotea de la casa de mi tía.
Antes de que pudiera preguntar nada más, me giré y eché a correr. Esquivé a un grupo de adolescentes, salté una valla de obra y me metí por el callejón de la Amargura. Oí a mis espaldas a El Chule gritar:
—¡Eh, que se nos escapa el gafitas! ¡A por él, Rata!
Pero yo conocía ese callejón mejor que ellos. Llegué a la puerta trasera de la casa de mi tía, abrí la cerradura, entré y cerré de un portazo, echando el cerrojo justo cuando escuchaba los pasos de mis perseguidores resonar en los adoquines del exterior.
Subí las escaleras de tres en tres, con el corazón bombeando adrenalina pura a mis sienes. Llegué a la azotea. El aire quemaba, pero la vista era inmejorable. La plaza entera se extendía bajo mis pies como un tablero de ajedrez. Y yo, por primera vez en la historia de San Cleto de las Huertas, era quien controlaba las piezas.
Parte 8: El cielo se tiñe de verde y rojo
Me coloqué mis gafas protectoras de soldador, ajusté la correa alrededor de mi cabeza y me agaché detrás de mi parapeto de plástico de invernadero. Me asomé por el hueco estratégico.
Eran las doce en punto. El alcalde encendió la mecha del chupinazo. El cohete siseó hacia el cielo azul, estallando con un “¡BUM!” ensordecedor que hizo temblar el suelo.
El rugido de la multitud se elevó. La locura comenzó. Cientos de personas se abalanzaron sobre los remolques. Los tomates volaban en todas direcciones, estrellándose contra fachadas, farolas y caras ajenas. En cuestión de segundos, la plaza se convirtió en un mar rojo burbujeante y caótico. Era exactamente la misma imagen de hace quince años, pero esta vez, yo no estaba abajo, huyendo y suplicando piedad.
Escaneé la plaza buscando a mis objetivos. El Chule y El Rata habían perdido mi rastro en el callejón y ahora estaban de vuelta en la zona VIP, mirando desconcertados a su alrededor, con sendas bolsas llenas de tomates. Estaban buscando a su presa fácil.
Luego busqué a Borja. Seguía en el balcón del ayuntamiento, pero ya no estaba de pie y engreído. Siguiendo su propia regla del “todo vale”, un grupo de jóvenes le había lanzado un par de tomates desde abajo que habían manchado levemente la manga de su impecable camisa de lino. Él se reía, asomándose al balcón, preparándose para lanzar una caja entera de pulpa roja que tenía a sus pies hacia la multitud, en un gesto de magnanimidad política.
Era el momento.
Agarré el primer tomate pera verde de mi arsenal. Pesaba en mi mano como una bola de billar. Respiré hondo, calculando la distancia y el ángulo, recordando las horas que pasé en Bilbao practicando el tiro a canasta con bolas de papel prensado en la papelera de la oficina.
Me levanté ligeramente de mi trinchera. Tensé el brazo derecho hacia atrás y lancé con toda la fuerza de la frustración acumulada durante quince años.
El proyectil verde cruzó el cielo de la plaza dibujando una parábola perfecta, ajeno a la marea roja que hervía abajo. Voló sobre las cabezas de la multitud y fue a impactar, con un golpe seco y contundente, en el centro de la frente de El Chule.
¡PLOC!
El Chule, un gigante de más de cien kilos, se tambaleó hacia atrás como si le hubiera pateado un caballo. Se llevó las manos a la frente, dejando caer su bolsa de tomates. Miró aturdido a su alrededor, incapaz de procesar que algo tan duro pudiera haber llovido en la fiesta de la pulpa blanda.
El Rata se acercó a ayudarle. Cargué mi segunda arma. Lancé.
El segundo tomate verde impactó de lleno en el pecho de El Rata, justo en el esternón, dejándolo sin aire. El Rata se dobló por la mitad, tosiendo, buscando aire desesperadamente.
Abajo, nadie se había dado cuenta de mis disparos quirúrgicos. El caos generalizado encubría mi ataque de francotirador.
Entonces, llegó el momento del líder. Miré hacia el balcón. Borja estaba levantando su caja de tomates podridos para vaciarla sobre sus votantes. Me asomé un poco más. Esta vez cogí tres tomates verdes y los coloqué en el borde del muro. Fuego rápido. Ráfaga de tres.
Lancé el primero. Fallé por poco, estrellándose contra la barandilla de madera del balcón y astillándola con un crujido. Borja dio un salto hacia atrás, asustado.
Lancé el segundo. Impacto directo en el hombro derecho de Borja. Le dolió. Se tocó el hombro con cara de incredulidad y dolor, buscando el origen del proyectil extraterrestre. Su mirada escaneó los edificios hasta que, finalmente, se posó en la azotea de la casa de mi tía Remedios.
A través de mis gafas redondas de soldador oscuro, bajo el sol del mediodía, nuestros ojos se cruzaron. Yo sabía que me había reconocido. La silueta oscura en lo alto del edificio, devolviendo el golpe.
—¡Hijo de puta! —oí que gritaba Borja desde la distancia, con el rostro desencajado por la furia.
Agarró un tomate podrido de su caja, armó el brazo y lo lanzó hacia arriba, hacia mí. Un intento patético. El tomate rojo y blando no tenía la aerodinámica ni la fuerza para llegar a mi azotea, y cayó miserablemente sobre el toldo de la churrería de abajo.
Sonreí. Una sonrisa amplia, feroz y liberadora. Había comenzado la sinfonía de la venganza.
Borja, rojo de ira, se asomó por el balcón y empezó a gritar órdenes hacia abajo, señalando mi edificio. Vi cómo El Chule, que ya se había recuperado del golpe en la cabeza y lucía un chichón del tamaño de una ciruela, miraba hacia arriba. El Rata, aún tosiendo, asintió. Los tres esbirros del mal se reagruparon mentalmente. Iban a subir. Iban a asaltar la fortaleza.
Me agaché detrás del parapeto. Aceleré el ritmo. Ya no eran disparos quirúrgicos. Ahora era fuego de supresión. Empecé a vaciar las cajas de la Cooperativa “Virgen del Rocío” a un ritmo endiablado, arrojando peras verdes como granadas de fragmentación hacia la zona vip de la plaza.
Cada vez que Borja intentaba asomarse al balcón, un misil verde le obligaba a cubrirse. La plaza, ajena al conflicto vertical, seguía su batalla rojiza, pero poco a poco, algunos vecinos empezaron a darse cuenta de que algo raro llovía del cielo.
—¡Ay, coño, que esto está muy duro! —gritó un hombre mayor, frotándose la coronilla.
—¡Que eso no es un tomate, que es un canto rodado pintado de verde! —exclamó la panadera.
Desde mi atalaya, vi cómo la puerta de la calle de mi casa cedía (probablemente El Chule la había reventado de una patada). Oí pasos pesados resonando en la escalera de caracol interior, subiendo hacia la azotea. Estaban subiendo los tres. El escuadrón de la muerte venía a buscarme.
Tragué saliva. Mi corazón iba a doscientas pulsaciones por minuto, pero mi mente estaba más fría que un témpano en la ría de Bilbao. Era la fase dos del plan.
Dejé los tomates verdes. Corrí hacia el grifo del lavadero y abrí la llave de paso al máximo. La bomba de presión chirrió, activándose con un rugido mecánico. Agarré la boquilla de la manguera y corrí hacia la puerta de acceso a la azotea, un pequeño casetón de ladrillo con una puerta de chapa metálica.
Me aposté a un lado de la puerta, con la manguera tensa en mis manos, apuntando directamente a la entrada. La presión del agua hacía que la manguera se contorsionara como una serpiente anaconda furiosa.
—¡Te vas a enterar, gafitas de los cojones! —rugió la voz de El Chule desde el otro lado de la puerta, que empezó a retumbar bajo los golpes de sus puños.
—¡Te vamos a ahogar en puré, niñato! —añadió Borja, cuya voz sonaba histérica, desprovista de su elegancia política.
La puerta metálica cedió con un crujido sordo. El Chule irrumpió en la azotea, con la cara roja de ira, sosteniendo un cubo lleno de la pasta más asquerosa y putrefacta de la plaza, seguido de El Rata y Borja.
No dudé ni un milisegundo. Apreté el gatillo de la boquilla de la manguera.
El chorro de agua salió disparado con la fuerza de un géiser a presión. Un cilindro de agua helada y contundente impactó directamente en el pecho de El Chule. La fuerza cinética fue tan brutal que lo levantó un palmo del suelo y lo lanzó de espaldas contra El Rata, que venía detrás. Ambos cayeron por las escaleras como un amasijo de brazos, piernas y gruñidos, empapados hasta los huesos y resbalando en los escalones de terrazo.
Borja, que había logrado esquivar el impacto inicial pegándose a la pared del casetón, se quedó paralizado. Su camisa de lino estaba salpicada de agua y barro. Me miró con los ojos muy abiertos. El terror real, crudo y sin filtros, asomaba por primera vez en su rostro.
—¡Javi, estás loco, para, para! —gritó, levantando las manos, retrocediendo hacia el borde de la escalera mientras el agua se acumulaba en el suelo de la azotea.
Apunté la manguera hacia él. No disparé. Solo lo mantuve a punta de presión hidráulica. Avanzé un paso hacia él, con mis gafas de soldador puestas, impasible, como un verdugo robótico.
—Tradiciones, Borja —dije, con una voz profunda, ronca, que no reconocí como mía—. La Tomatada forja el carácter, ¿recuerdas? Tú me lo enseñaste. Estoy forjando el mío a base de presión atmosférica.
—¡No, no, espera! —suplicó Borja, resbalando en un charco de agua y cayendo de culo en el primer escalón. La imagen del altivo concejal, arrastrándose hacia atrás sobre su trasero mojado, con el traje de marca arruinado, era poesía visual pura.
—Baja —le ordené, apuntándole a la cara con el chorro—. Baja a tu plaza. Baja con tu gente. Y no vuelvas a pisar mi casa.
Borja no necesitó que se lo repitiera. Se dio la vuelta y desapareció escaleras abajo, resbalando y tropezando con los cuerpos quejumbrosos de sus guardaespaldas caídos. Escuché la puerta de la calle cerrarse de golpe.
Cerré la manguera. El silencio se hizo en la azotea, roto solo por el eco lejano del jolgorio en la plaza y el sonido del agua escurriendo por los desagües. Me quité las gafas de soldador. Mis manos temblaban ligeramente, pero un calor reconfortante, inmenso, se expandía por mi pecho.
Me acerqué al muro, apoyando las manos en la pared encalada, y miré hacia abajo.
La Tomatada seguía su curso. La gente reía, resbalaba, se abrazaba cubierta de pulpa roja. Vi a Clara, asomada tímidamente desde los soportales del ayuntamiento, grabando con el móvil y riendo con unas señoras mayores del pueblo que le explicaban cómo quitar las manchas de tomate con bicarbonato.
Y luego los vi salir de mi callejón. Borja, El Chule y El Rata emergieron a la plaza. Iban empapados, magullados, con la moral destrozada. Borja caminaba encorvado, mirando hacia el suelo, su aura de poder completamente diluida. Algunos vecinos se giraron al verlos pasar.
—¡Ostras, señor concejal, qué pronto se ha lavado usted! —le gritó un joven desde la multitud, riéndose.
Borja no contestó. Solo aceleró el paso, intentando desaparecer de la vista pública, tragándose la humillación en el mismo escenario que él había utilizado para impartir terror.
Sonreí y levanté la vista hacia el cielo andaluz, puro y sin nubes. Había saldado una cuenta que llevaba quince años devorándome por dentro. No cambié el pueblo, ni abolí la estúpida tradición. Pero reescribí mi papel en la historia. Demostré que el “gafitas” había dejado de ser el blanco perfecto para convertirse en el tirador.
Al día siguiente, firmamos los papeles en la notaría. Borja no apareció. Mandó a una secretaria del ayuntamiento con un poder firmado, alegando una repentina “indisposición estomacal”. Mi madre, ajena a todo el teatro bélico, se compadeció de él.
—Pobre Borja. Si es que comer tanto marisco en las cenas oficiales pasa factura —comentó mi madre mientras salíamos hacia el coche de alquiler, que milagrosamente había sido arreglado en otro taller del pueblo (me negué a que el coche durmiera en el taller de El Chule).
Clara iba sentada en el asiento del copiloto, feliz, con su camiseta blanca ahora manchada de un hermoso patrón de rojo orgánico que pensaba enmarcar en su despacho de Bilbao.
—Ha sido un viaje mágico, Javi —me dijo, acariciándome la mano mientras yo arrancaba el coche—. Tienes un pueblo tan pintoresco… y unos amigos tan peculiares. Aunque no sé por qué Borja salió tan enfadado ayer al mediodía de vuestra calle.
Yo miré por el retrovisor por última vez hacia la silueta blanca de San Cleto de las Huertas, que se iba haciendo pequeña en el paisaje árido.
—Cosas de la digestión, cariño. La comida de pueblo a veces es muy pesada —respondí, pisando el acelerador con alegría.
Y mientras cruzábamos Despeñaperros de vuelta a la lluvia, la civilización y el anonimato, por primera vez en mi vida adulta, pensé que tal vez, solo tal vez, la próxima vez que fuéramos a un restaurante italiano, me pediría unos macarrones con extra de salsa de tomate. Y los saborearía con la victoria de un general regresando de la batalla.