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Utilizaron una INOCENTE TRADICIÓN de nuestro pueblo en Andalucía para HUMILLARME diariamente y el DOLOR QUE CALLÉ sigue PERSIGUIÉNDOME como una sombra constante

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Utilizaron una INOCENTE TRADICIÓN de nuestro pueblo en Andalucía para HUMILLARME diariamente y el DOLOR QUE CALLÉ sigue PERSIGUIÉNDOME como una sombra constante

Parte 1: El calor, el aburrimiento y la génesis de la tragedia

Para entender cómo mi vida se convirtió en un sainete trágico digno de Valle-Inclán, primero tenéis que entender cómo es el mes de agosto en San Cleto de las Huertas. San Cleto es uno de esos pueblos de la baja Andalucía donde el sol no calienta, sino que te pega palizas callejeras. A las cuatro de la tarde, las calles de cal blanca reflejan una luz tan cegadora que, si sales sin gafas de sol, te arriesgas a que se te derritan las córneas. A esa hora, el pueblo es un escenario postapocalíptico habitado únicamente por lagartijas suicidas y perros callejeros buscando desesperadamente la sombra de un toldo descolorido de Cruzcampo.

Yo, a mis catorce años, era lo que en mi tierra se conoce cariñosamente como un “fideo escurrío”. Tenía las rodillas más gruesas que los muslos, unas gafas de pasta que me resbalaban constantemente por el sudor de la nariz, y una preocupante tendencia a pedir perdón si alguien me pisaba. Un blanco perfecto. Un lienzo en blanco para la crueldad humana.

El problema de vivir en un pueblo donde la mayor atracción tecnológica era el surtidor de la gasolinera que hablaba con voz metálica, es que el aburrimiento se convierte en una fuerza destructiva. Y aquí es donde entra nuestra gloriosa y sacrosanta tradición: “La Tomatada de San Cleto”.

Según la leyenda del pueblo —una historia que el alcalde, don Anselmo, repetía cada año desde el balcón del ayuntamiento con la voz empapada en fino—, la Tomatada nació en 1952. Dos agricultores, el abuelo de El Chule y el tío-abuelo de Borja, se enzarzaron en una disputa sobre las lindes de sus huertos. Como las azadas estaban lejos y las cajas de tomates maduros estaban cerca, resolvieron sus diferencias a tomatazo limpio. Al parecer, el cura del pueblo pasó por allí, recibió un impacto fortuito en toda la sotana, y en lugar de excomulgarlos, se empezó a reír. Y ya se sabe, en España, si algo incluye comida desperdiciada, violencia leve y a un cura riéndose, automáticamente se convierte en Patrimonio Cultural Inmaterial del pueblo.

—¡Es la seña de identidad de San Cleto! —bramaba mi madre, doña Rosario, mientras me obligaba a probarme una camiseta de propaganda de Fertilizantes Martínez, tres tallas más grande, que guardaba específicamente para el evento—. Lávate bien detrás de las orejas, niño, que luego con el jugo del tomate se te hace una costra que pareces un leproso.

—Mamá —le dije, ajustándome las gafas con el dedo índice, un gesto que me caracterizaba—, es que a mí no me gusta la Tomatada. El año pasado me entró una pepita en el ojo y estuve llorando agua roja tres días. Parecía que tenía ébola.

—¡Qué ébola ni qué niño muerto! —respondió ella, dándome un capón cariñoso pero firme que resonó en mi cráneo—. Tú lo que eres es un sieso. Tienes la misma sangre que tu padre, que en paz descanse, que en la Feria se pedía un vaso de agua del grifo. Hay que salir, integrarse, tirarle un tomate a la Paqui, la del horno, que siempre me cobra de más por las barras de cuarto. ¡Es la tradición, Javi!

La tradición. Esa palabra mágica que sirve para justificar que se tiren cabras de un campanario o, en mi caso, que se permita el fusilamiento público de un adolescente con sobrepeso de ansiedad y déficit de masa muscular.

Porque la Tomatada no era un evento anárquico y alegre como lo pintan en la televisión cuando cubren la Tomatina de Buñol. Aquí había jerarquías. Estaban los que tiraban y los que recibían. Y en la cúspide de la cadena alimenticia de los que tiraban estaban ellos: El Chule, El Rata y Borja.

El Chule era un chaval de quince años con la complexión de un estibador búlgaro y un incipiente bigote que le daba el aspecto de un señor de cuarenta años con problemas con la justicia. Su coeficiente intelectual era un misterio, principalmente porque nunca lo había usado, pero poseía una inteligencia táctica para la maldad que ya la quisieran los generales de Napoleón. El Rata era su secuaz, un niño bajito, fibroso, que se movía a tirones y tenía la asombrosa habilidad de encontrar los tomates más podridos, esos que ya habían desarrollado su propio ecosistema de moho, para maximizar el daño biológico. Y luego estaba Borja. Borja era el hijo del alcalde. Iba vestido con polos de marca incluso para dormir, tenía el pelo engominado a prueba de huracanes y operaba con la impunidad diplomática que te da saber que el jefe de la Policía Local es el compañero de mus de tu padre.

Faltaban dos días para el quince de agosto, el día grande. Yo estaba sentado en la terraza del bar “El Rincón de Paco”, bebiéndome un Kas de naranja caliente y leyendo un cómic de Mortadelo, intentando ser invisible. En la mesa de al lado, don Paco, el dueño, limpiaba un vaso de tubo con un trapo que había visto tiempos mejores mientras discutía con Antonio, el carnicero.

—Este año la cooperativa ha traído tres mil kilos de la variedad pera —comentaba Antonio, rascándose la barriga prominente por debajo del delantal manchado—. Están maduritos, maduritos. De esos que hacen “plof” y se te meten hasta en el alma.

—A ver si es verdad —rezongó Paco—. Que el año pasado los trajeron verdes y más que una fiesta parecía una pedrea de los antidisturbios. Al pobre Manolito el del estanco le dejaron un cardenal en la frente que parecía que le había salido un tercer ojo.

En ese momento, sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con los cuarenta y dos grados a la sombra. Por la esquina de la plaza, recortados contra el sol de la tarde como los jinetes del apocalipsis, aparecieron El Chule, El Rata y Borja. Venían comiendo pipas y escupiendo las cáscaras con una sincronización casi marcial.

Instintivamente, levanté el cómic de Mortadelo y Filemón hasta cubrirme por completo la cara. Si no los veo, no me ven, pensé, utilizando la lógica de un avestruz con retraso madurativo.

—Hombre, el gafitas —La voz del Chule sonó justo a mi lado, áspera y nasal—. ¿Qué, estudiando para empollón?

Bajé el cómic lentamente. El Chule me miraba desde arriba, bloqueando el sol. El Rata se reía con un sonido parecido al de un motor gripado: “Je, je, je”. Borja simplemente me miraba con una media sonrisa de desprecio absoluto, como si yo fuera una mancha de grasa en sus náuticos inmaculados.

—Hola, Chule —murmuré, sintiendo que la garganta se me había secado de golpe.

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