Posted in

Una turista arruina accidentalmente el vestido de novia de la alcaldesa durante la Tomatina de Buñol

Una turista arruina accidentalmente el vestido de novia de la alcaldesa durante la Tomatina de Buñol

PARTE 1

Aquel miércoles de agosto, Buñol olía a tomate antes incluso de que nadie hubiera lanzado el primer tomate. Era un olor dulce, ácido, caliente, como si el verano hubiera decidido hacerse gazpacho en mitad de la calle. Las fachadas estaban protegidas con lonas, los balcones llenos de vecinos asomados, y en cada esquina había alguien dando instrucciones contradictorias con la autoridad de quien llevaba toda la vida viendo el mismo caos.

—Tú ponte ahí, pero no tan ahí —decía un hombre con bigote a un turista alemán.

—¿Aquí?

—Ahí no, hombre. Ahí te va a caer hasta la dignidad.

 

Clara Méndez escuchó aquello y sonrió sin entender del todo si era una advertencia real o parte del encanto local. Tenía treinta y dos años, una mochila impermeable que había comprado en Valencia la tarde anterior y una cámara colgada al cuello que protegía como si dentro llevara las cenizas de un santo. Había llegado a Buñol con una idea muy clara: vivir la Tomatina de cerca, grabar algo auténtico, reírse, mancharse y luego volver a Madrid con una historia divertida que contar en cenas.

Lo que no tenía previsto era convertirse en la historia.

—Clara, por favor, no te metas demasiado al centro —le dijo su amiga Marta por teléfono—. Te conozco. Tú vas buscando “ambiente” y acabas pidiendo perdón a la Guardia Civil.

—Qué exagerada eres.

—¿Perdona? En Lisboa pediste perdón a una estatua porque pensaste que era un señor quieto.

—Eso fue una confusión razonable.

—La estatua llevaba placa.

Clara se apartó un poco del gentío y miró alrededor. Había camisetas blancas, gafas de bucear, pañuelos, móviles metidos en fundas de plástico y una energía colectiva de esas que parecen imposibles de ordenar. La calle principal estaba a punto de transformarse en un río rojo y la gente lo sabía. Se notaba en los ojos. Había euforia, nervios y esa valentía absurda que aparece cuando uno sabe que no tiene nada que perder salvo la ropa.

—Estoy bien —dijo Clara, ajustándose la coleta—. Voy a grabar un par de planos y ya está.

—Eso dijiste cuando fuiste a una clase de flamenco y acabaste en una despedida de soltera.

—También fue enriquecedor culturalmente.

 

—Clara.

Read More