Una turista arruina accidentalmente el vestido de novia de la alcaldesa durante la Tomatina de Buñol
PARTE 1
Aquel miércoles de agosto, Buñol olía a tomate antes incluso de que nadie hubiera lanzado el primer tomate. Era un olor dulce, ácido, caliente, como si el verano hubiera decidido hacerse gazpacho en mitad de la calle. Las fachadas estaban protegidas con lonas, los balcones llenos de vecinos asomados, y en cada esquina había alguien dando instrucciones contradictorias con la autoridad de quien llevaba toda la vida viendo el mismo caos.
—Tú ponte ahí, pero no tan ahí —decía un hombre con bigote a un turista alemán.
—¿Aquí?
—Ahí no, hombre. Ahí te va a caer hasta la dignidad.
Clara Méndez escuchó aquello y sonrió sin entender del todo si era una advertencia real o parte del encanto local. Tenía treinta y dos años, una mochila impermeable que había comprado en Valencia la tarde anterior y una cámara colgada al cuello que protegía como si dentro llevara las cenizas de un santo. Había llegado a Buñol con una idea muy clara: vivir la Tomatina de cerca, grabar algo auténtico, reírse, mancharse y luego volver a Madrid con una historia divertida que contar en cenas.
Lo que no tenía previsto era convertirse en la historia.
—Clara, por favor, no te metas demasiado al centro —le dijo su amiga Marta por teléfono—. Te conozco. Tú vas buscando “ambiente” y acabas pidiendo perdón a la Guardia Civil.
—Qué exagerada eres.
—¿Perdona? En Lisboa pediste perdón a una estatua porque pensaste que era un señor quieto.
—Eso fue una confusión razonable.
—La estatua llevaba placa.
Clara se apartó un poco del gentío y miró alrededor. Había camisetas blancas, gafas de bucear, pañuelos, móviles metidos en fundas de plástico y una energía colectiva de esas que parecen imposibles de ordenar. La calle principal estaba a punto de transformarse en un río rojo y la gente lo sabía. Se notaba en los ojos. Había euforia, nervios y esa valentía absurda que aparece cuando uno sabe que no tiene nada que perder salvo la ropa.
—Estoy bien —dijo Clara, ajustándose la coleta—. Voy a grabar un par de planos y ya está.
—Eso dijiste cuando fuiste a una clase de flamenco y acabaste en una despedida de soltera.
—También fue enriquecedor culturalmente.
—Clara.
—Marta, estoy en control.
En ese preciso instante, un adolescente pasó corriendo a su lado con un cubo vacío en la cabeza y gritó:
—¡Que viene el camión!
Clara dio un salto, tropezó con una cuerda que delimitaba una zona reservada y casi se estampó contra un señor que llevaba un bocadillo envuelto en papel de aluminio.
—¡Uy! Perdón, perdón.
—Tranquila, hija —dijo el hombre sin soltar el bocadillo—. Aquí el que sale limpio es porque no ha venido.
Clara volvió al otro lado de la cuerda con la dignidad algo arrugada y colgó el teléfono.
—Luego te cuento —dijo deprisa.
—No hagas nada raro.
—Nunca hago nada raro a propósito.
Eso, pensó Clara, era una frase bastante honesta.
Lo que ella no sabía era que, a pocos metros, en una calle lateral decorada con banderines, flores y una alfombra roja que ya empezaba a parecer una mala idea, se preparaba uno de los actos más comentados de aquella edición. La alcaldesa de Buñol, Amparo Sanchís, iba a participar en una ceremonia simbólica llamada “La Boda del Tomate”, una ocurrencia nacida años atrás entre comerciantes, peñas y vecinos con demasiado sentido del humor. No era una boda real, por supuesto. Era una especie de homenaje teatral al pueblo, a la fiesta y a las tradiciones, con discurso, banda municipal y una foto final que siempre acababa en los periódicos comarcales.
El problema era el vestido.
Amparo Sanchís, alcaldesa desde hacía tres años, había aceptado llevar un vestido de novia blanco porque, según su concejal de cultura, “daría un contraste precioso con el rojo del tomate”. Ella, que era una mujer práctica, había preguntado:
—¿Y quién limpia luego el contraste?
A lo que el concejal, un hombre delgado llamado Julián, había respondido:
—La tintorería colaboradora.
—¿La misma que perdió la banda de la reina de fiestas el año pasado?
—Fue un malentendido.
—La banda apareció en un disfraz de romano, Julián.
—Pero apareció.
Amparo no estaba convencida. Tenía cincuenta y dos años, una voz firme, un sentido del deber admirable y una paciencia que se le acababa exactamente a las nueve y media de la mañana. Pero era alcaldesa, era fiesta grande y la prensa local estaba esperando. Así que allí estaba, de pie bajo un toldo, con un vestido blanco impecable, ajustado en la cintura, falda amplia y un velo corto que le daba un aire solemne y ligeramente absurdo en medio de una batalla de tomates.
—Amparo, estás espectacular —dijo Paqui, su jefa de prensa, haciendo fotos con el móvil.
—Estoy como una tarta de comunión abandonada en una frutería.
—No digas eso, mujer.
—Paqui, llevo veinte minutos con este vestido y ya me han preguntado tres guiris si soy parte de una despedida.
Julián apareció con una carpeta plastificada, sudando más por nervios que por calor.
—Alcaldesa, en cinco minutos salimos hacia la plaza. La banda está lista, los medios están colocados y el grupo folclórico pregunta si baila antes o después del discurso.
—Que baile cuando quiera, Julián. A estas alturas, si bailan encima de mí tampoco se va a notar.
—No digas eso, que hoy es un día bonito.
Amparo lo miró.
—Julián, hay diez mil personas armadas con tomates maduros y yo voy vestida de novia. Esto no es un día bonito. Esto es un experimento sociológico.
Paqui se echó a reír.
—Pues estás guapísima para ser un experimento.
Amparo suspiró, aunque no pudo evitar sonreír. Le gustaba su pueblo. Le gustaba incluso aquel caos organizado que cada año les ponía en el mapa, atraía visitantes y dejaba las calles como si hubiera explotado una fábrica de salsa. Lo que no le gustaba era la sensación de que algo podía salir mal en cualquier momento. Y cuando uno piensa eso en Buñol, durante la Tomatina, vestido de blanco, el universo suele sentirse personalmente invitado.
Mientras tanto, Clara se había abierto paso hasta una zona con buena visibilidad. Los camiones cargados de tomates avanzaban lentamente y la multitud gritaba con una mezcla de júbilo y amenaza. Ella levantó la cámara, emocionada. En la pantalla veía rostros sonrientes, manos levantadas, tomates brillando bajo el sol. La imagen era perfecta. Viva. Española. Caótica. De esas que uno enseña luego diciendo: “Esto no se puede explicar, hay que vivirlo”.
A su lado, una mujer mayor con gafas de nadar le tocó el brazo.
—Niña, ¿es tu primera vez?
—Sí.
—Pues consejo de madre: cierra la boca.
—¿Por los tomates?
—Y por las opiniones. Aquí entra de todo.
Clara soltó una carcajada.
—Gracias.
—Y no te pongas cerca de autoridades.
—¿De autoridades?
—Sí. Que luego hay líos. El año pasado un concejal acabó dentro de un contenedor.
—¿A propósito?
La mujer ladeó la cabeza.
—Depende de a quién preguntes.
Clara volvió a reír. Estaba disfrutando. Se sentía dentro de una película costumbrista, una de esas donde todo el mundo habla a la vez, nadie parece tener del todo claro qué está pasando, pero aun así existe una armonía secreta. Entonces escuchó música. No la música lejana de antes, sino una marcha interpretada por una banda. Trompetas, tambores, platillos. La gente empezó a girarse.
—¿Qué pasa? —preguntó Clara.
—La alcaldesa —respondió alguien.
—¿La alcaldesa?
—Sí, la boda esa del tomate.
Clara pensó que había entendido mal. ¿Una boda? ¿En mitad de la Tomatina? Aquello tenía que grabarlo. Se subió ligeramente a un bordillo, alzó la cámara y enfocó hacia la calle lateral.
Primero vio a dos músicos. Luego a un grupo de vecinos con trajes tradicionales. Luego a un hombre con carpeta corriendo hacia atrás intentando coordinar algo con la elegancia de un pato en patines. Y después la vio a ella.
La alcaldesa.
De blanco.
Blanquísima.
El vestido destacaba entre la multitud como una señal divina o como una imprudencia administrativa. Clara abrió mucho los ojos.
—No puede ser —murmuró.
La mujer mayor de las gafas negó con la cabeza.
—Cada año se superan. El que tuvo esta idea no ha lavado una sábana en su vida.
Amparo caminaba despacio, saludando con la mano, tratando de mantener la compostura mientras los fotógrafos la rodeaban. A cada paso, Julián iba delante, repitiendo:
—Abran paso, por favor. Un poquito de espacio. Cuidado con la falda. Cuidado con la falda, por favor.
El público aplaudía. Algunos reían. Otros grababan. Clara también grababa, fascinada. Era exactamente el tipo de escena que buscaba: inesperada, local, visualmente potente. Acercó el zoom. La alcaldesa sonrió con esfuerzo. Una niña le ofreció una flor de papel. Amparo se agachó para recibirla.
—Gracias, cariño.
—Parece una princesa —dijo la niña.
—Una princesa con acta municipal —respondió Amparo, y los adultos alrededor se rieron.
Clara no pudo evitar acercarse un poco más. Solo un poco. Lo justo para captar el diálogo, la expresión, la mezcla de solemnidad y disparate. Bajó del bordillo, pasó junto a un grupo de italianos que cantaban algo incomprensible y esquivó una caja de tomates colocada cerca de la acera.
O creyó esquivarla.
La caja estaba medio rota. Uno de los listones sobresalía. La punta se enganchó en la tira de su mochila. Clara sintió un tirón, giró para soltarse, perdió el equilibrio y apoyó el pie justo donde no debía: sobre un tomate aplastado.
El mundo se inclinó.
—¡Ay! —soltó.

La cámara se le fue hacia un lado. La mochila tiró hacia atrás. Sus brazos hicieron ese movimiento ridículo que todos hacemos cuando intentamos convencer a la gravedad de que reconsidere su decisión. Y, en su desesperación por no caer, agarró lo primero que encontró: el borde de una cesta enorme llena de tomates maduros que dos voluntarios estaban preparando para retirar.
La cesta no estaba pensada para salvar turistas.
La cesta cedió.
—¡Cuidado! —gritó alguien.
Clara vio, como en una pesadilla lenta y perfectamente iluminada, cómo la cesta se inclinaba hacia delante. Docenas de tomates rodaron, saltaron y salieron despedidos en dirección al pequeño pasillo por donde avanzaba la comitiva.
Julián giró la cabeza.
Paqui dejó de hacer fotos.
La banda desafinó.
Amparo levantó la mirada justo a tiempo para ver venir una ola roja, brillante e inevitable.
—No —dijo la alcaldesa.
Pero el tomate, como muchas decisiones municipales, ya estaba en marcha.
PARTE 2
El primer tomate impactó contra la falda del vestido con un sonido húmedo, discreto, casi educado. Podría haber pasado por un accidente menor, una mancha anecdótica, algo que se arreglaba con agua, jabón y resignación. El segundo, sin embargo, cayó justo en el pecho del vestido y explotó con una precisión dramática que habría hecho llorar de orgullo a un director de teatro. El tercero rebotó en el velo. El cuarto se deslizó por la manga. Luego llegaron todos los demás.
No fue una lluvia. Fue una declaración.
Durante dos segundos, nadie dijo nada. Buñol, una localidad capaz de producir ruido incluso mientras duerme, quedó suspendida en un silencio tan raro que hasta los músicos dejaron de soplar. Un platillo quedó levantado en el aire sin completarse. Un fotógrafo mantuvo el dedo sobre el disparador. Una señora dejó medio grito en la garganta. Clara permaneció de rodillas, una mano todavía enganchada a la cesta, mirando el desastre con la cara de quien acaba de romper algo que no se vende en ninguna tienda.
El vestido de la alcaldesa ya no era blanco. Era blanco con catástrofe. Rojo en la falda, rojo en el torso, rojo en el velo, con pequeños trozos de piel de tomate pegados como si alguien hubiera intentado decorarlo siguiendo una receta de cocina.
Amparo bajó la vista lentamente.
Julián fue el primero en reaccionar, aunque quizá habría sido mejor que no lo hiciera.
—No pasa nada —dijo con una voz aguda—. No pasa absolutamente nada. Es simbólico.
La alcaldesa giró apenas la cabeza hacia él.
—Julián.
—Sí.
—Cállate.
—Me callo.
Clara se puso de pie como pudo, resbalando una vez más pero logrando mantenerse. Se llevó una mano a la boca.
—Lo siento. Lo siento muchísimo. De verdad, no quería… Ha sido la mochila, la caja, el tomate, yo…
Se dio cuenta de que estaba culpando al tomate como si el tomate tuviera abogado.
—Soy yo. Perdón. Ha sido culpa mía.
La multitud empezó a murmurar. Ese murmullo inicial, bajo y curioso, fue creciendo como una ola. Los móviles se levantaron. Alguien susurró “madre mía”. Otro dijo “esto sí que sale en la tele”. La mujer mayor de las gafas, que había seguido la escena desde un lateral, murmuró:
—Ya te dije lo de las autoridades.
Amparo respiró hondo. Tenía una expresión difícil de leer. No parecía furiosa en el sentido explosivo. Era peor. Parecía estar calculando cuántas generaciones de su familia iban a enterarse de aquello antes de que terminara la mañana.
—¿Está usted bien? —preguntó Clara, acercándose con las manos levantadas.
—Físicamente, sí.
—Menos mal.
—Socialmente, ya veremos.
Clara tragó saliva.
—De verdad, no sabía que era usted. Bueno, sí sabía, pero no sabía que estaba tan cerca. Quiero decir, sabía que era la alcaldesa porque alguien lo dijo, pero no sabía que yo iba a… a…
—¿A bautizarme en tomate?
La frase salió seca, pero no cruel. El público soltó una risita nerviosa. Clara se puso roja debajo de las salpicaduras rojas, una combinación que no favorecía a nadie.
—Sí. No. O sea, perdón.
Paqui se acercó con una toalla blanca que en cuanto tocó el vestido se rindió inmediatamente.
—Amparo, ven, vamos detrás del toldo. Te limpiamos un poco.
—¿Un poco? Paqui, parezco una lasaña nupcial.
La gente volvió a reír, esta vez con más ganas. La alcaldesa tenía ese don: podía convertir una tragedia estética en una frase memorable. Clara, sin embargo, no se atrevió a reír. Sentía un nudo en la garganta. Toda la ilusión del viaje se había evaporado. Ya no era una turista viviendo una experiencia cultural. Era la mujer que había arruinado el vestido de novia de la alcaldesa delante de medio pueblo y quizá de internet entero.
—Yo pago la tintorería —dijo Clara de repente.
Amparo la miró.
—¿Perdón?
—La tintorería. El vestido. Lo que cueste. Si hay que comprar otro, lo compro. Bueno, tendría que mirar mi cuenta, pero lo intento. Puedo pagar a plazos. Tengo Bizum. También puedo limpiar calles. No profesionalmente, pero aprendo rápido.
Julián, que había recuperado algo de color, intervino:
—El vestido es cedido por una firma local.
Clara palideció.
—¿Cedido?
—Sí.
—¿Como patrocinado?
—Como patrocinado, exactamente.
—Ah.
Ese “ah” contenía un océano de desesperación.
Paqui bajó la voz.
—Y había fotógrafos de varios medios.
—Claro —dijo Clara—. Por supuesto. Porque una no arruina un vestido en privado. Qué detalle del destino.
Amparo la observó con más atención. La turista parecía sinceramente afectada. No era una gamberra, ni una inconsciente buscando hacerse viral. Era una pobre mujer empapada en tomate, con la mochila torcida, el pelo pegado a la frente y una cámara que milagrosamente seguía colgada de su cuello. Tenía la expresión de alguien que preferiría estar atrapada en un ascensor con su ex antes que seguir allí.
—¿Cómo te llamas? —preguntó la alcaldesa.
—Clara. Clara Méndez. Soy de Madrid. Bueno, nací en Valladolid, vivo en Madrid, pero ahora mismo me siento ciudadana del subsuelo.
—Clara Méndez —repitió Amparo—. Respira.
—Lo intento, pero creo que estoy respirando tomate.
—Eso aquí cuenta como bautismo local.
La frase relajó un poco el ambiente. Alguien aplaudió desde atrás, sin saber muy bien si era apropiado. Un señor gritó:
—¡Viva la alcaldesa!
Otro añadió:
—¡Y viva la muchacha, que tiene puntería!
Clara se tapó la cara.
—Por favor, que la tierra me trague.
La mujer de las gafas respondió desde su sitio:
—Ahora no, hija, que está todo resbaladizo.
Amparo no pudo evitar soltar una carcajada breve. Le salió contra su voluntad, como una burbuja. Ese pequeño sonido cambió algo. La tensión seguía allí, por supuesto, roja y pegajosa, pero dejó de parecer una ejecución pública.
Entonces apareció Ramón, el dueño de la tienda que había cedido el vestido. Era un hombre de unos cuarenta y muchos, con barba cuidada, camisa empapada y una mirada de horror comercial. Se abrió paso entre la gente como si avanzara hacia los restos de un naufragio.
—Amparo —dijo, casi sin voz—. El vestido.
—Buenos días también, Ramón.
—Era pieza de escaparate.
—Ahora es pieza de conversación.
Ramón se llevó una mano al pecho.
—Tenía encaje italiano.
Clara dio un paso adelante.
—Señor, lo siento muchísimo. De verdad. Ha sido un accidente. Yo me hago responsable.
Ramón la miró como si fuera un fenómeno meteorológico.

—¿Tú has sido?
—Sí.
—¿Tú sola?
—Con ayuda de la física.
—La física no me paga el alquiler.
—Ya.
Amparo levantó una mano.
—Ramón, calma.
—¿Calma? Alcaldesa, ese vestido iba a estar en el escaparate de septiembre con un cartel que decía “Elegancia mediterránea”.
Paqui miró el vestido.
—Ahora podría decir “Pasión mediterránea”.
Julián asintió, imprudente.
—Tiene fuerza visual.
Ramón los miró a ambos.
—¿Me estáis haciendo una campaña o un funeral?
Un cámara local se acercó demasiado y Paqui lo bloqueó con la eficacia de una portera de discoteca.
—Nada de primeros planos ahora, gracias.
—Paqui, si ya lo han grabado todos.
—Pues que por lo menos salga con dignidad.
—Llevo tomate en el velo —dijo Amparo.
—Dignidad conceptual.
Clara notó que las piernas le temblaban. Había pasado de la culpa al pánico y del pánico a una especie de lucidez absurda. Si aquello ya estaba ocurriendo, si todo el mundo lo había visto, quizá lo único decente era ayudar.
—Puedo pedir disculpas públicamente —dijo.
—¿Qué? —preguntó Julián.
—Al pueblo. A usted. A la tienda. A la boda del tomate. A quien haga falta.
Ramón frunció el ceño.
—¿Quieres pedir disculpas por megafonía?
—Si hace falta.
Julián abrió la carpeta como si buscara un protocolo para catástrofes textiles.
—No tenemos previsto un punto de disculpa espontánea.
—Pues añádelo —dijo Amparo.
Julián parpadeó.
—¿Perdón?
—Añádelo. Ya que el acto se ha ido al garete, al menos que se vaya con estilo.
Paqui sonrió despacio, esa sonrisa peligrosa de la gente que trabaja en comunicación y ve una crisis transformándose en oportunidad.
—Amparo…
—No.
—Escúchame.
—Cuando empiezas así, siempre acabamos haciendo algo que luego mi madre comenta durante años.
—La imagen puede ser buena.
—¿Buena?
—Humana. Cercana. Divertida. La alcaldesa se toma con humor un accidente durante la Tomatina. La turista pide perdón. El comercio local recibe apoyo. El pueblo queda como acogedor. Esto puede salvarse.
Ramón levantó un dedo.
—¿Y mi vestido?
—También lo salvamos simbólicamente.
—Yo preferiría salvarlo con detergente.
Clara miró a Amparo, incapaz de saber si debía huir, quedarse o fingir un desmayo. La alcaldesa la observó durante unos segundos, luego miró el vestido, después a la multitud, y finalmente al cielo azul de Buñol, como buscando allí la paciencia que no encontraba en la tierra.
—Está bien —dijo.
Julián se irguió.
—¿Está bien qué?
—Seguimos.
—¿Con el acto?
—Con lo que quede del acto.
Paqui aplaudió una vez.
—Eso es.
—Pero con cambios —añadió Amparo—. Clara viene conmigo.
Clara abrió los ojos.
—¿Yo?
—Sí.
—No creo que sea buena idea que me acerque más a nada blanco.
—Ya no hay nada blanco, tranquila.
La multitud volvió a reír. Clara miró el vestido. Era verdad. Aquello ya no podía empeorar en el mismo sentido. Podía empeorar de formas nuevas, naturalmente, pero no exactamente en la misma.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó.
Amparo le ofreció el brazo manchado de tomate.
—Caminar. Sonreír si puedes. Y cuando lleguemos al micrófono, pedir perdón como una persona normal, no como si estuvieras declarando ante un juez.
Clara asintió.
—Vale. Persona normal. Difícil, pero lo intento.
Ramón suspiró.
—Yo también voy.
—Por supuesto —dijo Paqui—. Tú eres comercio local afectado pero resiliente.
—Yo soy un señor al que le han convertido un vestido en pisto.
—Resiliente suena mejor.
Julián miró su carpeta, tachó algo con un bolígrafo y murmuró:
—Reestructuración del acto por incidente orgánico.
Amparo lo oyó.
—Julián, como pongas eso en el informe, te mando a supervisar baños portátiles.
—Pongo “adaptación festiva”.
—Mejor.
Así, de la manera más absurda posible, la comitiva volvió a ponerse en marcha. Al frente iba la banda, intentando recuperar la marcha sin mirar demasiado el vestido. Detrás, dos integrantes del grupo folclórico susurraban opiniones estéticas. Luego Amparo, la alcaldesa manchada de tomate, caminaba con dignidad inesperada. A su lado, Clara avanzaba como quien va hacia un juicio popular. Paqui gestionaba cámaras. Julián sudaba. Ramón murmuraba precios de tintorería.
El público abrió paso entre aplausos, risas y comentarios.
—¡Eso sí es espíritu tomatero!
—¡Guapa, alcaldesa!
—¡Clara, ánimo!
Clara se giró, sorprendida.
—¿Ya saben mi nombre?
Amparo sonrió de lado.

—Buñol funciona más rápido que internet, cariño.
—Qué miedo.
—Mucho.
Cuando llegaron a la plaza, el micrófono esperaba en un pequeño escenario decorado con tomates de cartón, flores y una pancarta que decía “Tradición, alegría y convivencia”. Clara miró la palabra convivencia y casi se echó a llorar. La convivencia, en ese momento, le parecía un objetivo demasiado ambicioso.
Amparo subió primero. La plaza entera la ovacionó. No porque el vestido estuviera perfecto, sino precisamente porque no lo estaba. Había algo poderoso en aquella mujer plantada allí, cubierta de tomate, negándose a perder la compostura. Clara subió después, con pasos pequeños. Ramón la siguió. Julián se colocó a un lado, sujetando la carpeta como un escudo.
Paqui ajustó el micrófono.
—Cuando quieras —susurró.
Amparo se acercó, miró a la gente y dijo:
—Vecinas, vecinos, visitantes, curiosos y personas que ahora mismo están grabando esto para mandárselo a su grupo de WhatsApp familiar…
La plaza rió.
—Como podéis ver, este año hemos decidido innovar.
Más risas.
—La ceremonia de la Boda del Tomate ha tenido una interpretación más literal de lo previsto.
Clara cerró los ojos un segundo. Amparo continuó:
—Pero la Tomatina va de esto. De mancharse, de reírse, de compartir y de recordar que a veces los planes salen regular, y aun así se convierten en una historia que contar.
Luego se giró hacia Clara.
—Y ahora Clara quiere decir unas palabras.
Clara se acercó al micrófono. Vio cientos de caras. Algunas divertidas. Otras curiosas. Ninguna realmente cruel. Respiró hondo.
—Hola —dijo.
El micrófono amplificó su voz hasta hacerla sonar mucho más pequeña.
—Me llamo Clara. Soy turista. Aunque después de esto quizá me declaren fenómeno natural. Quiero pedir perdón a la alcaldesa, al señor del vestido, al pueblo de Buñol, a la cesta, al tomate y a todas las personas que hayan sentido dolor textil viendo lo que acaba de pasar.
La plaza estalló en carcajadas.
Clara miró a Amparo, que sonreía. Aquello le dio valor.
—Ha sido un accidente. Uno bastante espectacular, sí, pero accidente. Vine aquí porque quería conocer una fiesta única, y en cinco minutos he aprendido que la Tomatina no se mira desde fuera: te adopta, te sacude y luego te presenta a la alcaldesa de la forma menos recomendable.
Más risas. Incluso Ramón sonrió un poco, aunque intentó disimularlo.
—Lo siento de verdad —añadió Clara, esta vez con sinceridad desnuda—. Si puedo ayudar a arreglarlo, lo haré.
Amparo tomó de nuevo el micrófono.
—Pues empezamos ahora mismo.
Clara la miró.
—¿Cómo?
La alcaldesa señaló a Ramón.
—Ramón, ¿qué hacemos con el vestido?
Ramón abrió la boca. Cerró la boca. Miró a la plaza. Miró el vestido. Miró a Clara. En su cabeza, el comerciante ofendido luchaba contra el empresario oportunista. Ganó el empresario, pero por poco.
—Subastarlo para una causa local —dijo al fin.
Paqui dio un saltito.
—Eso.
Julián anotó frenéticamente.
—Vestido intervenido por Tomatina para subasta benéfica.
Amparo sonrió.
—¿Lo veis? Aquí no se desperdicia nada. Ni los tomates ni las desgracias.
La plaza aplaudió con fuerza. Clara, aturdida, no sabía si acababa de ser perdonada o incorporada oficialmente al folclore local.
Entonces, desde algún lugar del público, alguien lanzó un tomate al aire. No iba dirigido a nadie. Era simplemente el inicio inevitable de la fiesta. El tomate describió una curva perfecta y cayó justo al lado del escenario.
La multitud rugió.
Amparo miró a Clara.
—Ahora sí, bienvenida a Buñol.
PARTE 3
A partir de ese momento, la Tomatina dejó de ser una fiesta para Clara y se convirtió en una prueba de supervivencia emocional con acompañamiento musical. La gente volvió a lanzarse tomates, pero ahora muchos la saludaban antes de hacerlo, como si hubiera adquirido cierta categoría pública.
—¡Clara, va uno suave! —gritó un chico antes de lanzarle un tomate que le dio en el hombro.
—¡Gracias por avisar! —respondió ella, sin saber si aquello era educación valenciana o sadismo cordial.
Amparo, por su parte, bajó del escenario entre aplausos, escoltada por Paqui, Julián, Ramón y una pequeña nube de periodistas locales. El vestido, ya completamente transformado, parecía menos un vestido arruinado y más una instalación artística titulada “Consecuencias de agosto”. La alcaldesa caminaba con una serenidad admirable, aunque cada pocos pasos se le pegaba un tomate nuevo en la falda.
—Amparo, tenemos entrevistas —dijo Paqui.
—¿Ahora?
—Ahora. Si esperamos, esto deja de ser noticia y pasa a ser mancha.
—Paqui, estoy cubierta de tomate.
—Precisamente. Es imagen.
—Voy a prohibir esa palabra por decreto.
Un reportero de una televisión comarcal se acercó con un micrófono protegido por plástico.
—Alcaldesa, ¿cómo valora lo ocurrido?
Amparo lo miró con solemnidad.
—Como alcaldesa, lo valoro como un accidente festivo. Como mujer, lo valoro como una razón más para no casarse vestida de blanco en una guerra de hortalizas.
—¿Se siente molesta con la turista?
Clara, que estaba a dos metros intentando limpiarse la cámara con una toallita, se quedó rígida.
Amparo respondió sin dudar:
—No. Me siento solidaria. Todos hemos metido la pata alguna vez. La diferencia es que algunos la metemos en una reunión, y Clara la ha metido en una cesta de tomates delante de medio planeta.
El reportero sonrió.
—¿Habrá consecuencias?
—Sí. Ramón va a ganar más publicidad que en veinte años de escaparates.
Ramón, al oír su nombre, apareció en el plano con una sonrisa prudente.
—Bueno, esperemos que la tintorería también gane algo.
—Y la causa benéfica —añadió Paqui desde fuera de cámara.
—Y la causa benéfica, claro —dijo Ramón—. Lo primero es lo primero.
Clara intentó apartarse, pero el reportero giró hacia ella.
—Clara, ¿cómo está viviendo este momento?
—Con humildad, vergüenza y tomate en lugares que prefiero no detallar.
El cámara soltó una risa que se coló en la grabación.
—¿Pensó que la alcaldesa reaccionaría así?
—No. Pensé que me iban a escoltar hasta la salida del pueblo y prohibir mi entrada mediante bando municipal.
Amparo, que la escuchaba, intervino:
—No des ideas.
—Perdón.
—Es broma, mujer.
El tono de la mañana había cambiado por completo. Lo que al principio parecía una catástrofe social se estaba convirtiendo en una especie de comedia colectiva. La gente se acercaba a pedir fotos con Amparo. Otros pedían fotos con Clara. Una adolescente le dijo:
—Eres mi heroína.
—No, por favor —respondió Clara—. Soy un aviso de prevención de riesgos.
La mujer de las gafas, que reapareció como si hubiera sido asignada por el destino como coro griego de la historia, le dio una botella de agua.
—Bebe, hija.
—Gracias. Creo que le debo la vida.
—No exageres. Me debes escuchar más.
—Eso seguro.
—¿Ves lo que te dije de las autoridades?
—Lo veo con una claridad dolorosa.
La mujer sonrió.
—Yo soy Encarna.
—Clara.
—Ya lo sabemos todos, hija. A estas alturas te conoce hasta el camión de limpieza.
Encarna la llevó hacia un lateral menos abarrotado, donde varios vecinos habían montado una mesa con agua, pan, embutido y una tortilla que parecía haber sobrevivido a muchas crisis familiares.
—Come algo.
—No sé si puedo tragar.
—Claro que puedes. El cuerpo humano está diseñado para tragar tortilla incluso en desgracia.
Clara aceptó un trozo. Estaba buenísima. Ese detalle absurdo, la tortilla perfecta en mitad del caos, casi la hizo emocionarse. Había pasado tanto miedo que la amabilidad de una desconocida le aflojó los nervios.
—De verdad, qué vergüenza —dijo.
—Vergüenza es salir en bata a tirar la basura y que se cierre la puerta. Lo tuyo es turismo avanzado.
—He arruinado un vestido.
—Has mejorado una fiesta. Antes iban a hacer discurso, foto y aplauso. Ahora todo el mundo tiene tema hasta Navidad.
Clara rió por primera vez con verdadera soltura.
—¿Siempre sois así aquí?
—No. Hoy estamos finos porque hay visita.
Mientras tanto, Julián intentaba reorganizar el programa con la concentración de un cirujano.
—Entonces, primero mantenemos el desfile, luego movemos la foto oficial, luego anunciamos la subasta, luego el agradecimiento a patrocinadores…
Paqui le quitó la carpeta.
—Julián, respira.
—No puedo. El horario ha muerto.
—El horario en la Tomatina es una sugerencia poética.
—Pero estaba plastificado.
—También el vestido tenía encaje italiano y míralo.
Julián miró hacia Ramón, que hablaba con dos periodistas señalando partes del vestido como si explicara una obra contemporánea.
—Está disfrutando.
—Claro que está disfrutando. Mañana tiene cola en la tienda.
—¿Crees?
—Julián, en marketing hay dos cosas que venden mucho: una historia y una señora con carácter. Hoy tenemos las dos y además salsa natural.
Amparo se les acercó limpiándose las manos con una toalla ya derrotada.
—¿Dónde está Clara?
—Con Encarna —respondió Paqui.
—Ah, entonces está a salvo o secuestrada para merendar. A veces es lo mismo.
La alcaldesa cruzó la calle, saludando a vecinos. Clara la vio venir y se levantó de golpe.
—Alcaldesa.
—Amparo.
—Perdón.
—Si vuelves a pedirme perdón, te nombro concejala de disculpas y te dejo todo el año atendiendo quejas.
Clara cerró la boca.
—Vale.
Amparo cogió un vaso de agua y se apoyó en la mesa.
—¿Estás bien?
—Sí. Bueno, no sé. Creo que sí. Estoy un poco sobrepasada.
—Normal.
—Tenía miedo de que me odiara todo el mundo.
—Esto es España, Clara. Aquí podemos criticarte durante cinco minutos y luego darte tortilla. Es nuestro sistema de justicia emocional.
Encarna asintió muy seria.
—Y si hay café, ya quedas absuelta.
Amparo miró a Clara con curiosidad.
—¿Por qué viniste sola?
—Quería hacer un pequeño vídeo de viajes. Nada profesional del todo. Enseño lugares, historias, fiestas… Mi canal es pequeño. Muy pequeño. Tan pequeño que mi madre todavía me pregunta cuándo voy a buscar un trabajo de verdad.
—Eso lo preguntan todas las madres, aunque seas ministra.
—Supongo. Quería grabar algo bonito, auténtico. No sé. Últimamente todo en redes parece preparado. Yo quería algo real.
Amparo miró su vestido.
—Te has pasado de realismo.
—Muchísimo.
—Pero quizá eso sea lo interesante.
Clara bajó la vista.
—No quiero aprovecharme de esto. Bastante daño he hecho.
—Escúchame —dijo Amparo, con un tono más serio—. El daño de verdad sería reírte de alguien, humillar, burlarte. Lo tuyo ha sido un accidente. Lo importante es qué haces después. Y hasta ahora has dado la cara, que ya es más de lo que hacen algunos cuando aprueban presupuestos.
Encarna levantó una ceja.
—Amparo, que hay cámaras.
—Pues que graben. También es cultura local.
Clara sonrió, agradecida.
—Gracias.
—Además —añadió la alcaldesa—, necesito que me ayudes con una cosa.
Clara se tensó.
—¿Qué cosa?
—La subasta.
—¿Yo?
—Claro. El vestido ya no es solo mío ni de Ramón. Es nuestro pequeño desastre compartido. Si queremos convertirlo en algo bueno, tienes que estar.
—¿Haciendo qué?
—Contando la historia. Con humor. Con sinceridad. Sin dramatizar como si hubieras incendiado la Alhambra.
—Eso puedo intentarlo.
Encarna la miró.
—Y peínate un poco, hija, que pareces una croqueta en apuros.
Clara soltó una carcajada.
—Gracias, Encarna. Necesitaba ese apoyo emocional.
La noticia ya corría por las redes locales. Paqui empezó a recibir mensajes. Uno de una asociación cultural proponía que el dinero de la subasta fuera destinado a restaurar la biblioteca infantil. Otro de una peña sugería exponer el vestido en una vitrina durante las fiestas. Ramón recibió llamadas de clientas preguntando si hacía descuentos “por tomate”. Julián recibió un audio de su madre.
Lo reprodujo sin querer.
—Julián, soy mamá. He visto lo de la alcaldesa. ¿Tú estabas organizando eso? Hijo, es que te metes en unos jardines…
Paqui le quitó el móvil con delicadeza.
—Luego.
—Mi madre nunca ha confiado en mis actos públicos.
—Tu madre vio la cabalgata de Reyes de 2019.
—Fue un problema con los ponis.
—Lo sabemos.
A las dos de la tarde, cuando la gran batalla de tomates ya había dejado las calles convertidas en un paisaje surrealista y los servicios de limpieza empezaban a trabajar con mangueras, se improvisó una pequeña reunión en el Ayuntamiento. Clara entró por una puerta lateral, todavía con ropa manchada, aunque Encarna le había prestado una camiseta de una peña que decía “Tomate que te crió”. Le quedaba grande, pero resultaba apropiada.
El salón de plenos estaba más fresco, más silencioso y mucho menos pegajoso que la calle. Allí estaban Amparo, Paqui, Julián, Ramón y dos representantes de la asociación de la biblioteca. También estaba Encarna, aunque nadie sabía exactamente quién la había invitado.
—Yo vengo por sentido común —explicó ella, sentándose.
—Perfecto —dijo Amparo—. Nos hace falta.
Ramón había traído el vestido en una funda transparente, aunque la funda ya tenía manchas por dentro.
—He hablado con la tintorería —dijo.
—¿Y?
—Han dicho literalmente: “Madre del amor hermoso”.
—Diagnóstico claro —murmuró Clara.
—Pero creen que se puede estabilizar.
—¿Estabilizar? —preguntó Julián.
—Que no huela a gazpacho eterno.
Paqui abrió su portátil.
—La propuesta es sencilla. Presentamos el vestido como pieza única de la Tomatina de este año, con la historia del accidente, el perdón público y la reacción del pueblo. Subasta online y presencial durante una semana. Recaudación íntegra para la renovación de la sala infantil de la biblioteca.
—Me gusta —dijo Amparo.
—A mí también —dijo una representante de la biblioteca—. Los niños necesitan estanterías nuevas y cojines de lectura.
Encarna intervino:
—Y cuentos que no estén mordidos.
Todos la miraron.
—Mi nieto mordió uno de dinosaurios. Lo digo por transparencia.
Clara levantó la mano tímidamente.
—Yo puedo donar también lo que gane con el vídeo, si es que gano algo.
Paqui la miró.
—¿Vas a publicar el vídeo?
—Solo si os parece bien. Y no para burlarme. Podría contar la historia completa, incluir la subasta, animar a donar.
Amparo asintió.
—Eso ayudaría.
Ramón se aclaró la garganta.
—Yo quiero que se vea que el vestido era bonito antes.
—Lo era —dijo Clara enseguida—. Muy bonito.
—Gracias. Porque ahora la gente puede pensar que mi tienda se especializa en bodas agrícolas.
—Podemos incluir fotos del antes —dijo Paqui.
—Y del después —añadió Julián—. Contraste narrativo.
Amparo lo miró.
—Mira, esa frase sí.
Julián sonrió, orgulloso.
La reunión avanzó con una eficiencia sorprendente para algo nacido de un resbalón. Decidieron fecha, texto, fotos, destino del dinero y hasta un pequeño acto de presentación. Clara se sintió incluida, no como culpable sino como parte de la solución. Eso la descolocaba. Estaba acostumbrada a que en internet todo se convirtiera en juicio. Allí, en cambio, la habían regañado, sí, pero también le habían dado agua, tortilla y una responsabilidad concreta. Era una forma muy española de decir: “La has liado, pero ahora arrima el hombro”.
Al salir del Ayuntamiento, el sol empezaba a bajar. Las calles olían a limpieza, a humedad y a tomate persistente. Clara caminó junto a Amparo hasta la plaza.
—No sé cómo agradecerlo —dijo.
—No lo agradezcas todavía. Mañana igual tu cara está en memes.
—Eso me preocupa.
—A mí también. Mi hijo ya me ha mandado uno.
—¿Ah, sí?
Amparo sacó el móvil y le enseñó una imagen donde el vestido aparecía junto a un bote de tomate frito con el texto: “Nueva colección nupcial sabor mediterráneo”.
Clara se tapó la boca, horrorizada y divertida a la vez.
—Lo siento.
—Es bueno, hay que reconocerlo.
—Un poco sí.
—Me preocupa más mi madre.
—¿Por qué?
—Porque me ha escrito: “Hija, estabas muy guapa antes del sofrito”.
Clara soltó una carcajada limpia. Amparo también.
Durante unos segundos, las dos se quedaron mirando la plaza, ahora más tranquila. Los turistas se iban, los vecinos recogían, los niños jugaban con restos de agua. Todo parecía volver poco a poco a su sitio, aunque Clara sabía que algo había cambiado. Para ella, al menos. Había venido buscando una historia y se había encontrado dentro de una, con todos sus tropiezos.
—Clara —dijo Amparo—, mañana a las diez presentamos la subasta. Te quiero allí.
—Estaré.
—Y ponte algo que pueda mancharse.
—Después de hoy, creo que toda mi vida entra en esa categoría.
Amparo sonrió.
—Buena actitud.
PARTE 4
La mañana siguiente, Clara se despertó en la pequeña pensión donde se alojaba con la sensación de haber soñado una película demasiado española para ser verdad. Durante unos segundos, antes de mirar el móvil, creyó que tal vez su memoria había exagerado. Quizá no había arruinado un vestido de novia. Quizá no había pedido perdón delante de una plaza entera. Quizá no había acabado comiendo tortilla con una señora llamada Encarna mientras la alcaldesa manchada de tomate organizaba una subasta benéfica.
Entonces vio las notificaciones.
Tenía ciento ochenta y siete mensajes, treinta y dos llamadas perdidas de Marta, varios vídeos etiquetándola y un mensaje de su madre que decía: “Clara, cariño, ¿eres tú la del tomate o es alguien que se parece mucho y también camina raro cuando se asusta?”
Se dejó caer sobre la almohada.
—Soy yo, mamá —murmuró—. Cómo no voy a ser yo.
Llamó primero a Marta.
—¿Estás viva? —gritó su amiga nada más descolgar.
—Buenos días a ti también.
—He visto siete vídeos. Siete. En uno sales diciendo “dolor textil”. ¿Qué ha pasado?
—Una cadena de acontecimientos.
—Tú siempre llamas cadena de acontecimientos a hacer una barbaridad con testigos.
—Fue un accidente.
—Eso ya lo sé. Lo que quiero saber es cómo pasaste de grabar una fiesta a convertirte en amenaza para la moda nupcial valenciana.
Clara se incorporó, mirando la camiseta prestada de la peña doblada en una silla.
—Resbalé.
—Naturalmente.
—Había tomates.
—En la Tomatina. Increíble giro.
—Una cesta cedió.
—La cesta, claro. Siempre hay un cómplice.
Clara acabó riéndose.
—La alcaldesa ha sido majísima.
—La alcaldesa es mi nueva ídola. “Lasaña nupcial”. Eso es liderazgo.
—Hoy presentamos una subasta para la biblioteca infantil.
Marta se quedó callada un segundo.
—Espera. ¿Hablas en serio?
—Sí. El vestido se va a subastar.
—Clara, eso es precioso.
—Y raro.
—Las mejores cosas son preciosas y raras. Como los perros con flequillo.
—No sé si esa comparación ayuda.
—Ayuda muchísimo.
Clara se duchó durante tanto tiempo que empezó a sospechar que el tomate tenía propiedades de permanencia espiritual. Se lavó el pelo dos veces, encontró una pepita detrás de la oreja y decidió no contárselo a nadie jamás. Se puso unos pantalones limpios y una blusa sencilla. Antes de salir, miró la cámara. Había sobrevivido. Tenía grabado el instante exacto del desastre, aunque no sabía si se atrevería a verlo.
La presentación de la subasta se hizo en la entrada de la biblioteca municipal. Paqui había colocado una mesa, un cartel discreto y varias fotografías del vestido antes del accidente. Ramón había traído un maniquí. El vestido, ya tratado para que no goteara ni desprendiera olor, estaba expuesto dentro de una funda transparente abierta por delante. Seguía manchado, claro, pero de algún modo resultaba menos trágico. Parecía contar una historia. Una historia roja, pegajosa y ligeramente absurda, pero historia al fin.
Amparo llegó puntual, vestida con un traje azul marino y unas alpargatas. Al ver a Clara, abrió los brazos.
—Nuestra artista accidental.
—No diga eso, por favor.
—¿Prefieres interventora tomatera?
—Casi peor.
Ramón apareció detrás del maniquí, ajustando la falda.
—He pensado un nombre para la pieza.
Paqui levantó la mirada.
—Sorpréndenos.
—“Pasión de Buñol”.
Amparo ladeó la cabeza.
—No está mal.
Julián, que llevaba otra carpeta plastificada, añadió:
—Yo había pensado “Memoria roja de una tradición viva”.
Todos lo miraron.
—Demasiado largo, ¿no? —preguntó él.
Encarna, que acababa de llegar con un abanico, sentenció:
—Parece título de tesis.
—Vale —dijo Julián—. Lo retiro.
Clara sonrió. La presencia de Encarna ya no la sorprendía. Algunas personas no llegan a los sitios; aparecen porque el relato las necesita.
La prensa local acudió con más interés del previsto. También vinieron vecinos, curiosos, turistas rezagados y varias clientas de Ramón que querían comprobar si el encaje italiano había resistido “lo suyo”. La directora de la biblioteca, una mujer menuda llamada Teresa, se emocionó al explicar que el dinero serviría para renovar la sala infantil.
—Queremos que los niños tengan un espacio cómodo, alegre, con libros nuevos y actividades de lectura —dijo—. Y si ese espacio nace de un accidente durante la Tomatina, pues será muy nuestro.
Amparo habló después. Esta vez no había caos, ni música interrumpida, ni tomates volando. Aun así, la gente escuchaba con atención.
—Ayer vivimos un momento inesperado —empezó—. Muy inesperado. De esos que una no incluye en la agenda institucional porque ni con imaginación. Pero también vivimos algo que me parece importante: una persona cometió un error sin mala intención, pidió perdón, y un pueblo decidió convertir el tropiezo en ayuda. Eso dice mucho de Buñol.
Clara sintió que se le humedecían los ojos. Intentó disimular mirando al suelo.
—La Tomatina no es solo una fiesta para mancharse —continuó Amparo—. Es una celebración de comunidad. A veces la comunidad se demuestra bailando, a veces compartiendo agua, y a veces perdonando a una turista que ha descubierto de la manera más intensa posible que aquí los tomates tienen trayectoria propia.
Las risas llegaron suaves y cálidas.
—Por eso, el vestido se subastará durante una semana. Todo lo recaudado irá destinado a la biblioteca infantil. Ramón, de la tienda Nupcial Sanchis, ha aceptado donar la pieza. Clara colaborará difundiendo la campaña. Y yo prometo no volver a ponerme de blanco en agosto salvo que sea bajo supervisión profesional.
Aplausos.
Ramón tomó la palabra con cierta solemnidad.
—Yo solo quiero decir que este vestido era una pieza muy especial. Cuando lo cedí, pensé que aparecería en fotos bonitas, con flores, con música, con la alcaldesa sonriendo. No imaginé que acabaría así. Pero anoche, viendo los mensajes de la gente, pensé que quizá la belleza también está en lo que no sale como esperabas.
Encarna murmuró:
—Mira qué fino se nos ha puesto.
Ramón la oyó.
—Encarna, por favor, que estoy hablando desde el corazón.
—Pues sigue, que vas bien.
Ramón respiró.
—Así que sí, lo dono encantado. Y si alguna pareja quiere casarse con un vestido que ya tiene historia antes de entrar en la iglesia, aquí lo tiene.
La gente rió y aplaudió. Luego Paqui hizo una señal a Clara. Le tocaba hablar.
Clara se acercó al pequeño micrófono con menos miedo que el día anterior, aunque todavía con un temblor en las manos.
—Hola otra vez —dijo.
Alguien del público respondió:
—¡Cuidado con la cesta!
La carcajada fue general. Clara también se rió.
—Me lo merezco. La verdad es que ayer vine a Buñol pensando que iba a grabar una fiesta. Una fiesta preciosa, divertida, diferente. Lo que no esperaba era tener un accidente tan público que mi madre me preguntara si necesitaba abogado o detergente.
Más risas.
—Pero quiero decir algo en serio. Desde el primer momento, la alcaldesa, Ramón, Paqui, Julián, Encarna y muchas personas del pueblo podrían haberme hecho sentir fatal. Y no digo que no hubiera motivo. Lo había. Mucho. El vestido estaba precioso y yo lo convertí en una ensalada emocional.
Amparo bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
—Pero en vez de eso, me ayudaron a arreglarlo. Me enseñaron que la vergüenza pesa menos cuando alguien te da la oportunidad de hacer algo bueno con ella. Así que voy a contar esta historia con respeto, voy a difundir la subasta y voy a volver a Buñol algún día.
Pausa.
—Aunque probablemente vestida de negro.
La frase funcionó. La gente aplaudió. Clara volvió junto a Amparo, y la alcaldesa le apretó el brazo.
—Muy bien.
—Casi no he respirado.
—Eso también es muy español en actos públicos.
La subasta empezó aquella misma mañana. Paqui publicó el anuncio con fotos del antes y del después. Clara subió su vídeo por la tarde, después de editarlo con cuidado. No puso música dramática ni efectos exagerados. Dejó que la historia respirara. Mostró la fiesta, el accidente, la disculpa, la reacción de Amparo y la presentación de la subasta. En la descripción explicó lo ocurrido y pidió apoyo para la biblioteca.
El vídeo explotó.
No como explota un tomate, aunque casi. En pocas horas, miles de personas lo habían compartido. Algunos comentaban la elegancia de la alcaldesa. Otros se enamoraban de Encarna sin conocerla. Muchos elogiaban a Ramón por donar el vestido. Y, por supuesto, había bromas.
“Cuando la vida te da tomates, subasta el vestido.”
“Buñol inventa el vestido de novia con denominación de origen.”
“Clara, reina accidental de la Tomatina.”
Al principio, Clara leyó los comentarios con miedo. Esperaba encontrar crueldad, burlas duras, ese tipo de juicio rápido que convierte cualquier error en una condena. Había algún comentario desagradable, claro. Internet nunca llega tarde a su cita con la mala leche. Pero la mayoría eran cariñosos. La gente se reía con ella, no solo de ella. Eso marcaba la diferencia.
Una semana después, Clara volvió a Buñol para el cierre de la subasta. No estaba previsto que se quedara tantos días en la Comunidad Valenciana, pero cambió billetes, reorganizó trabajo y aceptó la invitación de Amparo. Marta incluso viajó desde Madrid para acompañarla.
—Necesito conocer a la alcaldesa de la lasaña nupcial —dijo.
—No la llames así.
—No delante.
El acto final se hizo en la biblioteca. La sala infantil estaba llena de niños, padres, vecinos y periodistas. El vestido, ahora oficialmente llamado “Pasión de Buñol” pese a las quejas poéticas de Julián, había alcanzado una cifra mucho mayor de la esperada. Lo compró una asociación cultural de Valencia que quería exponerlo como ejemplo de humor, tradición y participación ciudadana.
Cuando Paqui anunció la cantidad final, Teresa, la directora de la biblioteca, se tapó la boca emocionada. Ramón abrió los ojos como si acabara de vender un palacio. Julián aplaudió con la carpeta bajo el brazo. Encarna dijo:
—Pues mira, para haber empezado con una caída tonta, no ha salido mal.
Marta, sentada junto a Clara, susurró:
—Tu biografía acaba de volverse mucho más interesante.
—Prefería una biografía aburrida.
—Mentira. Tú querías contenido auténtico.
—No tanto.
Amparo subió a hablar por última vez. Aquella vez llevaba una chaqueta clara, pero no blanca. La decisión fue aplaudida por varios vecinos.
—Hoy cerramos una historia que empezó con un susto —dijo—. Un susto pegajoso, sí, pero susto. Y la cerramos con libros nuevos, muebles nuevos y una sala infantil que dentro de poco estará llena de niños leyendo. No se me ocurre mejor final para un vestido que no llegó intacto al álbum de fotos, pero sí llegará a la memoria del pueblo.
Miró a Clara.
—También quiero agradecer a Clara su valentía. Porque pedir perdón delante de muchos es difícil. Quedarse después para ayudar es más difícil todavía.
Clara bajó la mirada, emocionada. Marta le apretó la mano.
—Y a Ramón, por su generosidad. A Paqui, por convertir una crisis en campaña. A Julián, por sobrevivir a un horario destruido. Y a Encarna, porque nadie la invitó oficialmente a nada y aun así tuvo razón en casi todo.
Encarna levantó el abanico como quien recibe una medalla.
Después del acto, hubo merienda en la entrada de la biblioteca. Tortilla, empanadillas, horchata, café y comentarios cruzados. Clara se encontró hablando con vecinos como si los conociera de toda la vida. Una niña le pidió una foto.
—Mi madre dice que tú ayudaste a traer libros.
Clara se agachó a su altura.
—Bueno, primero hice un desastre.
—Pero luego lo arreglaste.
Clara sonrió.
—Lo intenté.
—Mi profe dice que eso cuenta.
La niña se fue corriendo. Clara se quedó quieta unos segundos, con esa frase dándole vueltas.
Amparo se acercó con dos vasos de horchata.
—Toma.
—Gracias.
—¿En qué piensas?
—En que vine a grabar una fiesta y me voy con una lección moral. Me parece excesivo para una escapada de dos días.
—Buñol es así. Te da tomate y filosofía.
Clara bebió un sorbo.
—¿Sabe? Me daba mucho miedo que todo esto me definiera como la torpe del vestido.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que quizá me define más lo que pasó después.
Amparo asintió.
—Exacto. Los accidentes no siempre se eligen. La respuesta, casi siempre sí.
Ramón pasó junto a ellas con una bandeja de empanadillas.
—Perdón, frase profunda detectada. Voy a equilibrar con comida.
—Gracias, Ramón —dijo Amparo—. La solemnidad se nos estaba yendo de las manos.
Julián apareció detrás.
—He preparado un pequeño documento con aprendizajes para próximos eventos.
Amparo lo miró con sospecha.
—¿Cuántas páginas?
—Doce.
—Julián.
—Con anexos, diecisiete.
—Resume.
Julián respiró hondo.
—No vestir de blanco cerca de tomates.
—Perfecto. Eso cabe en una servilleta.
Encarna, desde una silla, añadió:
—Y escuchar a las señoras con gafas de bucear.
—Eso también —dijo Clara.
Marta se acercó, mirando a Amparo con admiración.
—Alcaldesa, soy Marta, amiga de Clara. Solo quería decirle que gestionó usted esto con una elegancia tremenda.
—Gracias.
—Yo habría gritado.
—Yo grité por dentro.
—Se notó poco.
—Años de plenos municipales.
Marta asintió, impresionada.
—Entrenan mucho, por lo que veo.
La tarde fue cayendo despacio. La biblioteca se fue vaciando. Clara ayudó a recoger vasos, aunque Teresa insistió en que no hacía falta. Ramón guardó los materiales de la exposición. Paqui revisó las últimas publicaciones. Julián perdió un bolígrafo y lo buscó con más angustia que la que había mostrado durante el accidente. Encarna se llevó un plato “para no desperdiciar”, aunque nadie había sugerido desperdiciar nada.
Al final, Clara salió a la calle con Amparo. Buñol estaba tranquilo, casi irreconocible sin la multitud y sin los tomates volando. Las fachadas limpias, las persianas medio bajadas, el eco de la fiesta ya convertido en recuerdo.
—¿Volverás el año que viene? —preguntó Amparo.
Clara miró la calle donde todo había empezado.
—Sí.
—¿Segura?
—Sí. Pero me quedaré lejos de cualquier comitiva.
—Buena idea.
—Y de cualquier cesta.
—Mejor idea.
—Y si veo algo blanco, cruzo de acera.
Amparo soltó una carcajada.
—Entonces estarás preparada.
Clara respiró hondo. Ya no olía tanto a tomate, aunque algo quedaba en el aire. Tal vez era imaginación. Tal vez era el tipo de olor que una memoria conserva para siempre.
—Gracias por no odiarme —dijo.
Amparo la miró con ternura.
—Clara, en los pueblos la gente no odia tan rápido. Primero comenta, luego exagera, luego te pone un mote y, si aguantas con dignidad, te adopta.
—¿Tengo mote?
—Varios.
—No quiero saberlos.
—El más suave es “la novia del tomate”.
Clara cerró los ojos.
—Podría ser peor.
—Mucho peor. Julián propuso “la agente orgánica del cambio”.
—Por favor, deténgalo.
—Ya lo hice.
Ambas rieron. Luego se quedaron en silencio, mirando la plaza.
Clara pensó en la vergüenza del primer momento, en el golpe húmedo de los tomates contra el vestido, en la cara de horror de Ramón, en las risas nerviosas del público, en la voz firme de Amparo diciendo que siguieran adelante. Pensó en lo fácil que habría sido huir. En lo fácil que habría sido borrar el vídeo, coger un tren y fingir que todo aquello le había pasado a otra persona. Pero se había quedado. Había pedido perdón. Había ayudado. Y de alguna forma, lo que empezó como su peor momento de viaje se había convertido en una de esas historias que no se cuentan para presumir, sino para recordar que incluso el ridículo puede abrir una puerta si nadie la cierra de golpe.
Antes de irse, Amparo le dio una pequeña bolsa de tela de la biblioteca. Dentro había un libro infantil, una postal de Buñol y un tarro de tomate triturado artesanal.
Clara levantó el tarro.
—¿Esto es una amenaza?
—Un recuerdo.
—No sé si estoy preparada.
—Úsalo con responsabilidad.
Marta, que esperaba junto al coche, gritó:
—¡Clara, vámonos antes de que te nombren hija adoptiva!
Encarna apareció en la esquina como si hubiera estado escuchando desde otra dimensión.
—Para eso hace falta otro pleno.
Julián, detrás de ella, levantó la carpeta.
—Técnicamente, sí.
Clara se echó a reír. Abrazó a Amparo, luego a Encarna, luego a Paqui, y hasta a Ramón, que le dijo:
—Si algún día te casas, no te preocupes. Te hago descuento.
—¿Aunque sea yo?
—Sobre todo porque eres tú. Pero nada de tomate en la ceremonia.
—Prometido.
Subió al coche con Marta. Mientras salían de Buñol, Clara miró por la ventana. La plaza se alejaba lentamente. Allí quedaba la escena del desastre, pero también la del perdón, la risa y la biblioteca llena de promesas nuevas.
Marta condujo unos minutos en silencio antes de decir:
—Entonces, ¿cómo vas a titular el vídeo final?
Clara miró el tarro de tomate en sus manos.
—No sé. Algo sencillo.
—¿Como qué?
Clara sonrió.
—“La vez que arruiné un vestido y un pueblo me enseñó a arreglarlo”.
Marta la miró de reojo.
—Demasiado bonito. Falta gancho.
—¿Y tú qué pondrías?
Marta lo pensó.
—“Fui a la Tomatina y casi me adopta una alcaldesa”.
Clara se rió.
—Ese sí tiene gancho.
—Soy profesional de aguantar tus desgracias. Algo he aprendido.
El coche tomó la carretera hacia Valencia. El sol caía sobre los campos y el verano parecía más amable que el día anterior. Clara apoyó la cabeza en el asiento, cansada pero ligera. Por primera vez desde el accidente, no sintió el peso de la vergüenza, sino la calidez extraña de haber sido perdonada en público, con humor, con comida y con una lección envuelta en tomate.
Y mientras Marta encendía la radio y decía que bajo ningún concepto pensaba parar en una tienda de ropa blanca, Clara entendió que algunas historias no empiezan bien, ni limpias, ni elegantes. Algunas empiezan con un tropiezo, una cesta rota y un vestido imposible de salvar.
Pero si hay suerte, terminan con risas, libros nuevos y alguien diciendo:
—Anda, hija, come algo, que ya bastante has pasado.