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Una joven aristócrata lo pierde todo por un humilde sirviente en Madrid hasta que una carta falsa destruye su futuro juntos

Una joven aristócrata lo pierde todo por un humilde sirviente en Madrid hasta que una carta falsa destruye su futuro juntos

PARTE 1

En Madrid, cuando todavía los coches de caballos hacían más ruido que los vendedores de lotería y las señoras de buena familia juzgaban el mundo desde detrás de un abanico, la casa de los Valdeolmos era conocida por tres cosas: sus balcones de hierro negro, sus cenas en las que nadie comía por miedo a mancharse el encaje, y doña Beatriz, la marquesa viuda, capaz de congelar una sopa solo con mirarla.

La mansión estaba en una calle elegante, de esas donde hasta los gatos caminaban como si tuvieran apellido compuesto. Allí vivía Clara de Valdeolmos, hija única, veintidós años, ojos inquietos, educación perfecta y una paciencia cada vez más pequeña, como si se le hubiera encogido de tanto usarla.

—Clara, hija, siéntate recta —decía doña Beatriz cada mañana.

—Madre, estoy desayunando, no posando para una estatua.

—Las estatuas no contestan.

—Por eso tienen tantos admiradores.

Su madre dejaba la taza en el platillo con un tintineo seco.

—El ingenio no es una virtud si no viene acompañado de obediencia.

Clara sonreía con esa dulzura peligrosa de quien ya se ha cansado de perder discusiones antes de empezarlas.

—Entonces Madrid está lleno de santos, madre, porque aquí obedece todo el mundo menos los cocheros.

La marquesa suspiraba mirando al techo, como si pidiera a Dios una hija menos habladora y un techo más alto para aguantarla.

En aquella casa, cada gesto tenía una norma. La hora del té era a las cinco, aunque nadie tuviera sed. Las visitas se recibían en el salón azul, aunque el salón azul fuera helador en invierno. Las criadas entraban por la puerta de servicio. Los hombres de clase baja no levantaban la mirada. Las mujeres de clase alta no bajaban la voz. Y Clara, que había nacido con el destino bordado en oro, debía casarse con don Álvaro de Luján, un caballero de fortuna amplia, bigote estrecho y conversación tan emocionante como una pared recién encalada.

Don Álvaro acudía dos veces por semana con flores, siempre las mismas, porque era de esos hombres que cuando descubren una idea no la abandonan ni aunque se incendie el salón.

—Señorita Clara —decía inclinándose—, he traído rosas.

—Qué sorpresa, don Álvaro. Por un instante temí que trajera un tratado de filosofía.

Él reía tarde, como si necesitara autorización para entender la broma.

—Tiene usted mucho humor.

—Y usted mucha constancia.

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