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Una estudiante sin recursos compite contra una chica rica que finge ser descendiente de la princesa española que ella misma fue hace siglos

Una estudiante sin recursos compite contra una chica rica que finge ser descendiente de la princesa española que ella misma fue hace siglos

Parte 1

A Lucía Martín siempre le había parecido que las universidades prestigiosas olían diferente. No era solo a madera encerada, libros caros y café de máquina que costaba como si lo hubieran molido monjes en un monasterio suizo. Era otro tipo de olor. Un olor a gente que nunca había tenido que contar monedas antes de pedir un menú del día. Un olor a abrigo bueno, a apellido compuesto, a tarjeta de crédito que no sudaba.

La Universidad Real de San Anselmo, en pleno corazón de Toledo, era preciosa hasta doler. Tenía patios con columnas antiguas, fuentes donde el agua caía con una elegancia absurda y aulas con techos tan altos que a Lucía le daban ganas de preguntar si allí también daban clase a las nubes. Cada vez que cruzaba el claustro principal, con su mochila medio rota colgada del hombro y sus zapatillas limpias pero gastadas, sentía que el edificio entero la miraba como diciendo: “¿Tú estás segura de que perteneces aquí, hija?”

Y ella, que era pobre pero no tonta, le contestaba mentalmente: “Pues de momento sí, porque aprobé el examen de acceso, así que vete acostumbrando.”

Aquella mañana llegó antes que nadie, como siempre. No porque fuera una de esas personas disciplinadas que se levantan a las seis para meditar, beber agua con limón y conquistar el mundo. Llegaba temprano porque el autobús barato la dejaba cuando podía, no cuando ella quería. También porque, si entraba la primera en la biblioteca, podía coger el sitio junto al radiador, el único rincón donde estudiar sin que se le congelaran los dedos.

Llevaba en la mochila un bocadillo de tortilla envuelto en papel de aluminio, dos bolígrafos mordidos, una libreta con las esquinas dobladas y una carta oficial que había leído tantas veces que ya casi podía recitarla con los ojos cerrados.

“Finalista para la Beca de Excelencia Histórica Princesa Elvira de Almar.”

Cada vez que veía ese nombre, algo se le movía dentro.

No era orgullo. Tampoco miedo. Era una sensación rara, como si alguien tocara una campana en una habitación cerrada de su memoria. Princesa Elvira de Almar. Nadie hablaba mucho de ella salvo en asignaturas muy concretas. Una figura casi legendaria del siglo XV, una joven noble vinculada a la corte castellana, famosa por su inteligencia, sus cartas políticas y una misteriosa desaparición antes de un matrimonio concertado. Los profesores la describían como “una mujer adelantada a su tiempo”, que era una forma fina de decir que había pensado demasiado para la época que le tocó vivir.

A Lucía, sin embargo, ese nombre le producía escalofríos.

Desde pequeña soñaba con pasillos de piedra, vestidos pesados, tinta negra sobre pergamino y una ventana estrecha desde la que se veía un patio de naranjos. Soñaba con una mano. Su propia mano, aunque más blanca, más fina, con un anillo de oro viejo en el dedo índice. En los sueños escribía siempre la misma frase:

“La verdad sobrevive incluso cuando la entierran con seda.”

Lo peor no eran los sueños. Lo peor era que, al despertarse, Lucía podía recordar la forma exacta de la letra. La inclinación de la pluma. El pequeño giro final en la “d”. El modo peculiar de dibujar una flor al revés junto a la firma. Una manía sin sentido que ella jamás había aprendido, pero que su mano repetía sola cuando se despistaba.

Su abuela, que había sido mujer de pocas palabras y muchas supersticiones, siempre le decía:

—Niña, tú has venido al mundo con memoria de otra. No te rías, que estas cosas pasan.

—Abuela, eso suena a película de domingo por la tarde.

—Pues mira, mejor. Así por lo menos no tienes anuncios de detergente cada cinco minutos.

Lucía sonrió al recordarlo mientras entraba en la cafetería de la universidad. Necesitaba un café. No uno de esos con nombre italiano y espuma como nube de Instagram, sino un café normal, de los que despiertan hasta a un notario. Miró la máquina, metió una moneda de un euro y esperó.

La máquina hizo un ruido dramático, como si estuviera sacrificando algo en su interior, y luego soltó medio vaso de líquido oscuro.

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