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Una estudiante sin dinero ve cómo los ricos pagan millones por un collar antiguo que ella misma usaba para jugar en su vida pasada

Una estudiante sin dinero ve cómo los ricos pagan millones por un collar antiguo que ella misma usaba para jugar en su vida pasada

Parte 1

A Clara le habían dicho que trabajar en una casa de subastas de Barcelona era “una experiencia cultural”. Se lo había dicho su compañera de piso, Mireia, con esa seguridad con la que la gente llama “experiencia” a cualquier cosa que implique estar de pie ocho horas cobrando poco.

—Tú míralo por el lado bueno —le había dicho Mireia mientras Clara se ataba el pelo frente al espejo del pasillo—. Vas a ver joyas, cuadros, gente rica… Eso siempre inspira.

—A mí lo que me inspira es que me paguen a final de mes —contestó Clara, intentando que la coleta no le quedara como una antena mal puesta.

—Bueno, también habrá canapés.

—Los canapés no pagan el alquiler.

—Pero consuelan.

Aquella frase se le quedó en la cabeza mientras cruzaba la entrada principal del Palacete Vidal-Rovira, un edificio modernista cerca del Passeig de Gràcia que parecía diseñado específicamente para hacer sentir pobre a cualquiera que entrara con zapatos de rebajas. Clara se detuvo un segundo bajo una lámpara enorme, de cristal tallado, que colgaba del techo como si quisiera recordar a todo el mundo que allí hasta la luz tenía pedigree.

El mármol brillaba. Las columnas parecían recién peinadas. Había flores blancas en jarrones dorados, camareros con guantes negros, azafatas con sonrisas perfectas y señores con relojes que probablemente costaban más que toda la carrera universitaria de Clara, incluyendo apuntes, cafés, matrículas y dramas existenciales.

Ella llevaba uniforme de camarera: camisa blanca, pantalón negro, chaleco ajustado y unos zapatos que al principio parecían cómodos, pero que ya estaban empezando a negociar una guerra civil con sus talones.

—Tú debes de ser Clara —dijo una mujer con auricular, carpeta y cara de no haber dormido desde 2018—. Soy Nuria, coordinadora del evento. Hoy no respiramos sin permiso, ¿vale?

—Vale —respondió Clara.

—No lo digo de broma.

—Ah.

Nuria la miró de arriba abajo como si estuviera evaluando una obra de arte que no acababa de convencerle.

—Bandeja siempre recta. Sonrisa discreta. No hables con los invitados salvo que te pregunten. Si te preguntan algo raro, respondes “un momento, se lo consulto a la organización”. Si alguien te mira como si fueras invisible, no te lo tomes personal. Aquí la mitad de la gente cree que las sillas se colocan solas por amor al arte.

—Entendido.

—Y por favor, no tires nada encima de nadie.

—Intentaré que sea mi principal objetivo vital.

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