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Una Estudiante Prometedora ABANDONA Su Futuro Por Un Amor De Instituto Y Descubre El TERRIBLE Secreto Que Arruinará Su Vida Para Siempre

Una Estudiante Prometedora ABANDONA Su Futuro Por Un Amor De Instituto Y Descubre El TERRIBLE Secreto Que Arruinará Su Vida Para Siempre

PARTE 1

Lucía Medina siempre había sido la clase de alumna que hacía quedar mal a los demás sin intentarlo. No porque presumiera, ni porque levantara la mano con cara de “yo sé la respuesta y vosotros sois mobiliario”, sino porque estudiaba con una tranquilidad casi insultante. Mientras media clase de 2º de Bachillerato vivía permanentemente al borde del colapso, con ojeras, cafés de máquina y subrayadores fosforitos como si estuvieran preparando una oposición a juez, ella llevaba sus apuntes ordenados por colores, sus esquemas hechos a mano y una agenda donde hasta el hueco de “llorar un poco por la EBAU” parecía planificado.

En el Instituto Público Clara Campoamor, en un barrio del sur de Madrid donde el viento levantaba bolsas del supermercado como si fueran palomas sin dignidad, Lucía era una especie de leyenda discreta. Tenía dieciocho años recién cumplidos, pelo castaño recogido casi siempre en una coleta alta, ojos oscuros, expresión serena y una manera de explicar derivadas que hacía que hasta Marcos “el Repetidor”, que llevaba más años en el instituto que algunas persianas, dijera:

—Tía, cuando lo dices tú parece fácil. Luego lo intento solo y el número se me ríe en la cara.

Lucía quería estudiar Biomedicina. No “a ver qué sale”, no “ya veremos”, no “me meto en lo que me dé la nota”. Ella lo decía con esa seguridad de quien no había elegido una carrera, sino una dirección en la vida.

—Quiero investigar enfermedades raras —le dijo una vez a Marina, su mejor amiga, mientras comían un bocadillo en el patio.

—Yo quiero investigar por qué el bocata de tortilla del bar cuesta dos euros veinte si la tortilla tiene el grosor emocional de un posavasos —respondió Marina—. Cada una con sus causas sociales.

Marina era lo contrario de Lucía en casi todo. Llevaba el pelo rizado, las uñas pintadas de colores distintos y una capacidad admirable para convertir cualquier tragedia académica en una frase digna de grupo de WhatsApp. No sacaba malas notas, pero tampoco vivía con la obsesión de la excelencia. Su objetivo era aprobar, entrar en Psicología y sobrevivir a la EBAU sin acabar abrazada a una farola.

—Tú vas a cambiar el mundo —decía Marina—. Yo, con poder entender a mi padre cuando dice “yo no estoy enfadado”, ya me doy por satisfecha.

La profesora Navarro, tutora de Lucía y profesora de Biología, la tenía marcada desde primero de Bachillerato. Navarro era una mujer de cincuenta años, pelo corto, gafas rojas y una voz capaz de atravesar tres paredes y la autoestima de un alumno desprevenido.

—Medina —le decía siempre—, tú no eres lista. Tú eres constante. Y eso es mucho más peligroso.

—Gracias, creo.

—Es un cumplido. Los listos se confían. Los constantes les pasan por encima en junio.

Gracias a ella, Lucía se había presentado a una beca de investigación para estudiantes preuniversitarios. Un programa de verano en un centro científico de Barcelona, con alojamiento, prácticas en laboratorio y posibilidad de recomendación para la universidad. Era de esas oportunidades que parecen hechas para otra gente, gente con padres médicos, inglés perfecto y casas donde hay una estantería solo para diplomas. Pero Lucía la consiguió.

Cuando llegó el correo de aceptación, estaba en la cocina de su casa, con el portátil sobre la mesa y su madre friendo croquetas. Carmen, su madre, trabajaba en una residencia de mayores y medía el amor en tuppers. Si Lucía estaba triste, hacía lentejas. Si estaba estresada, hacía tortilla. Si estaba feliz, croquetas. Si no sabía qué pasaba, también croquetas, por si acaso.

—Mamá —dijo Lucía, con la voz temblando—. Me han cogido.

Carmen se giró con la espumadera en la mano.

—¿Dónde te han cogido? ¿Quién te ha cogido? ¿Qué has hecho?

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