Una Chica Con Intuición SOBRENATURAL En Sevilla Descubre Que Su Madre La Usó Y El Final Te Dejará SIN PALABRAS
Parte 1: El azahar, el calor y las prisas de Loli
El calor en Sevilla a mediados de mayo no es simplemente un fenómeno meteorológico; es un ente físico, un vecino más que se te sienta al lado en el sofá, te respira en la nuca y te quita las ganas de vivir. Alba estaba frente al ventilador de pie —ese que hacía un ruido metálico como si estuviera masticando tornillos— intentando que el aire caliente le secara el sudor de la frente. Tenía veinticuatro años, un trabajo a media jornada en una papelería donde solo vendía cartulinas a madres estresadas, y un don que, francamente, le estaba amargando la existencia.
Alba tenía sueños. Pero no sueños en plan “quiero ser cantante” o “me gustaría viajar a Tailandia”. No. Alba soñaba cosas raras que luego, de una forma u otra, resultaban ser ciertas. Intuición sobrenatural, lo llamaba su abuela antes de fallecer. “Una maldita condena”, lo llamaba Alba.
Hace un mes, soñó que el panadero del barrio, un hombre calvo y con bigote de morsa llamado Paco, se ahogaba en un mar de crema pastelera mientras una mujer vestida de faralaes le tiraba zapatos de tacón. Al día siguiente, la mujer de Paco descubrió que este se entendía con la profesora de flamenco del centro cívico. Hubo gritos, sartenazos y, efectivamente, un tacón volando por la calle pureza. Alba lo vio todo desde su ventana, dándole un sorbo a su Cruzcampo y suspirando. Su intuición nunca fallaba, pero siempre venía en formato de metáfora barata.
Esa tarde de martes, la puerta de la calle se abrió con la sutileza de una estampida de rinocerontes. Era Loli. Su madre.
—¡Niña! ¡Quita ese trasto que me vas a coger un pasmo con el aire frío! —gritó Loli, cerrando la puerta con un portazo que hizo temblar los azulejos de la Virgen de la Macarena que adornaban el pasillo.
Loli era una mujer de cincuenta y tantos años, el pelo teñido de un rubio ceniza que desafiaba la gravedad gracias a cantidades industriales de laca, y una afición desmedida por aparentar lo que no tenían. Venía cargada con tres bolsas del Mercadona y sudando como si hubiera cruzado el desierto del Sáhara en chándal.
—Mamá, el ventilador echa aire a treinta y cinco grados. Si cojo un pasmo, será por combustión espontánea —respondió Alba, sin moverse del sofá, viendo cómo su madre dejaba las bolsas en la mesa de la cocina con un golpe seco.
—Tú siempre contestando, qué cruz de criatura. Hazme el favor de levantarte y meter los yogures en la nevera, que vengo que no siento las piernas. Me he cruzado con la Paqui, la del quinto, y me ha tenido media hora hablando del yerno. Que dice que se ha comprado un Audi. Un Audi, la muy fantasma, si el yerno trabaja en un desguace. —Loli se desabrochó el primer botón de la blusa de lunares y empezó a abanicarse con un folleto de Carrefour—. En fin, déjate de yogures. Siéntate, que te tengo que contar una cosa que te vas a caer de espaldas.
Alba entrecerró los ojos. Cuando su madre usaba ese tono —mezcla de conspiración y entusiasmo comercial—, significaba problemas. La última vez que Loli le dijo que se iba a “caer de espaldas”, la había apuntado a un casting de figurantes para un anuncio de chorizos donde Alba tuvo que ir disfrazada de tripa natural.
—Mamá, por favor, dime que no me has apuntado a nada que implique vestirme de embutido.
—¡Ay, qué tonta eres cuando quieres, Alba! —Loli soltó una carcajada exagerada, aguda, de esas que usaba cuando estaba nerviosa o tramaba algo—. Esto es una oportunidad de oro, hija. De oro macizo. ¿Tú sabes quiénes son los Montenegro y Silva?
Alba frunció el ceño.
—¿Los del Palacio ese que hace esquina en el Barrio de Santa Cruz? ¿Los que tienen un escudo de armas en la puerta que es más grande que nuestro piso?
—¡Esos mismos! —Loli dio una palmada que resonó en toda la cocina—. Pues resulta, fíjate tú las vueltas que da la vida, que doña Cayetana de Montenegro y Silva, la marquesa viuda, necesita… digamos… compañía. Una chica joven, de buena presencia, educada, que le haga recados, que le organice un poco las agendas de la casa, que le lea el periódico… Cosas de ricos, ya sabes.
Alba dejó de mirar el ventilador y clavó la vista en su madre.
—Mamá, yo vendo bolígrafos Bic y gomas Milán. No tengo “buena presencia”, tengo ojeras crónicas de no dormir por culpa del calor, y la última vez que pisé el Barrio de Santa Cruz me perdí tres horas por los callejones y acabé llorando en un patio cordobés que ni siquiera era Sevilla. ¿De qué me estás hablando?
Loli se acercó a la mesa, apoyó las dos manos sobre el hule de flores y miró a su hija con una intensidad casi cómica.
—Alba, escúchame bien. He movido mis hilos. He hablado con Rosario, la prima de la cuñada de la que les limpia los cristales. Le he dicho que mi hija es una señorita, finísima, que sabe de protocolo y que tiene un don para tratar con gente de la alta sociedad.
—¿Protocolo? ¿Yo? Mamá, ayer cené gazpacho de bote mojando picos de pan directamente del cartón.
—¡Detalles! ¡Esos son detalles sin importancia! —Loli agitó la mano, restándole valor a la realidad—. El caso es que mañana a las cinco de la tarde te esperan en el palacio para tomar un té. Un té, Alba. Nada de café con leche en vaso de cristal, ¡un té en taza de porcelana! Tienes que ir impecable. Te he sacado del armario el vestido azul marino, el que te compraste para la boda de tu primo el Kiko.
Alba sintió que un nudo frío se le formaba en el estómago. No era solo la idea absurda de ir a hacer de “damita de compañía” para una familia de aristócratas estirados. Era algo más profundo. Su intuición, esa especie de alarma sísmica interna, acababa de encenderse. Un pitido agudo en el fondo de su cabeza.
—No voy a ir —dijo Alba, cruzándose de brazos.
—¡Ah, no! ¡Por encima de mi cadáver! —Loli se llevó la mano al pecho, teatral y excesiva—. Yo me mato a trabajar para sacarte adelante, yo me humillo pidiendo favores para que tú tengas un roce con la gente bien de esta ciudad, para que salgas de esta mediocridad, ¡y tú me lo pagas así!
—Mamá, deja el drama de Antena 3. ¿Por qué tienes tanto interés en que vaya a esa casa? Si nosotros no tenemos nada que ver con esa gente. Nos mirarían por encima del hombro hasta para darnos los buenos días. No tiene sentido. ¿Te van a pagar a ti una comisión o qué? —Alba lo dijo como una broma, una de sus habituales pullas sarcásticas, pero por una fracción de segundo, la expresión de Loli cambió.
Fue un instante brevísimo. Un parpadeo irregular, un endurecimiento en la mandíbula, un tragar saliva disimulado. Pero Alba lo captó.
—Qué tonterías dices, niña, de verdad, tienes una imaginación que no es normal. Qué comisión ni qué niño muerto —Loli se dio la vuelta rápidamente hacia las bolsas del supermercado y empezó a sacar cartones de leche con movimientos bruscos—. Lo hago por ti. Porque te pases el día rodeada de obras de arte y no de niños que te piden cartulinas de colores. En esa casa hay dinero, Alba. Hay contactos. ¿Tú sabes la de puertas que se te pueden abrir si le caes en gracia a doña Cayetana? A lo mejor hasta te presenta a su nieto, el Borja, que es abogado o notario o algo de eso que da mucho dinero y lleva jerséis atados al cuello.
—No me gustan los tíos que llevan el jersey atado al cuello, mamá. Parecen que llevan a un enano haciéndoles una llave de judo.
—¡Mira, no me saques de mis casillas! Vas a ir mañana y punto. Y más te vale sonreír, sentarte con las piernas cruzadas y no decir ni una de tus barbaridades. Te juegas mucho, Alba. Nos jugamos mucho.

Esa noche, Alba no pudo pegar ojo. El calor seguía apretando, pero no era eso lo que la mantenía despierta. Era la frase de su madre: Nos jugamos mucho.
Finalmente, cerca de las cuatro de la madrugada, el cansancio la venció y cayó en un sueño profundo y pegajoso.
El sueño llegó sin avisar, directo y sin filtros.
Alba estaba de pie en un salón inmenso, las paredes forradas de seda verde y espejos con marcos dorados. Sin embargo, el suelo no era de madera ni de mármol, sino que estaba cubierto de barro fresco, como si estuviera en las marismas del Guadalquivir. Ella intentaba caminar, pero sus pies estaban atrapados. De repente, miraba sus manos y veía que estaba sosteniendo una bandeja de plata reluciente. Sobre la bandeja, no había té ni pastas. Había una cadena gruesa de hierro.
Frente a ella, en una silla de época, estaba sentada una figura sin rostro vestida completamente de luto, con mantilla y peineta. La figura alargaba una mano blanca, huesuda y enjoyada, tomando la cadena. En ese momento, desde las sombras del salón, salía Loli. Su madre no la miraba a ella; miraba a la figura de luto. Loli extendía ambas manos, y la figura sin rostro dejaba caer en las palmas de Loli monedas, no de euro, sino monedas antiguas, grandes y pesadas, que sonaban con un chasquido metálico y sordo. Clink. Clink. Clink. Loli sonreía de oreja a oreja, se daba la vuelta y salía por una puerta, dejándola a ella atrás, encadenada a la bandeja de plata.
Alba se despertó de golpe, empapada en sudor frío, con el corazón latiéndole desbocado contra las costillas. Se sentó en el borde de la cama, agarrándose la cabeza.
—Qué narices ha sido eso… —murmuró en la oscuridad de la habitación.
Sabía interpretar sus propios sueños. No necesitaba a Sigmund Freud para entender el simbolismo de estar atrapada en el barro entregando una cadena mientras su madre recogía dinero. El problema era que esta vez no era el panadero liándose con la del flamenco. Esta vez se trataba de su propia madre, vendiéndola literalmente en un salón de lujo.
Pero, ¿vendida? ¿En pleno siglo XXI en Sevilla? “Se me está yendo la olla por culpa del terral”, intentó autoconvencerse Alba mientras iba al baño a echarse agua en la cara. Loli era muchas cosas: pesada, cotilla, superficial, adicta a las revistas del corazón y a los dramas innecesarios. Pero ¿venderla a una familia rica? Era absurdo. Una madre no hace eso. O al menos, eso es lo que Alba necesitaba creer.
A la tarde siguiente, Alba caminaba por las callejuelas empedradas del Barrio de Santa Cruz. Llevaba el famoso vestido azul marino y unos zapatos de medio tacón que le estaban destrozando el meñique del pie derecho. A medida que se adentraba en el laberinto de callejuelas estrechas, con sus rejas de hierro forjado y sus balcones a reventar de geranios, sentía que el aire se volvía más denso.
Llegó a la dirección indicada. No era una casa, era una fortaleza. Una portada de piedra tallada, un portón de madera tachonada que parecía sacado de un decorado de Juego de Tronos y, a un lado, un pequeño timbre de bronce con la inscripción “Montenegro y Silva”.
Alba respiró hondo, se frotó el brazo intentando quitarse la piel de gallina que le había salido a pesar de los treinta y seis grados que caían sobre la ciudad, y pulsó el timbre.
Tardaron un minuto entero en abrir. La puerta pesada chirrió, y apareció una mujer de mediana edad con un uniforme gris impecable y un delantal blanco almidonado. Parecía enfadada con el mundo.
—¿Sí? —preguntó la empleada del hogar con un tono de voz que cortaba el hielo.
—Hola, buenas tardes. Soy Alba. Vengo a ver a la marquesa, a doña Cayetana. Me espera a las cinco. —Alba intentó sonar lo más educada y “fina” posible, tal como Loli le había machacado toda la mañana.
La mujer la repasó de arriba abajo con la mirada. Fue un escáner rápido y despiadado que evaluó la calidad de la tela de su vestido, el estado de sus zapatos y la ausencia de apellidos compuestos en su presentación.
—Pase. La señora la espera en el salón verde. Sígame y no toque nada, por favor.
El salón verde. Alba tragó saliva. Su sueño volvió a su mente como un flash.
Atravesaron un zaguán que daba a un patio porticado impresionante. Había una fuente de mármol en el centro donde el agua caía con un murmullo relajante, palmeras enanas, helechos y paredes cubiertas de azulejos sevillanos del siglo XVII. Era precioso, de una belleza abrumadora, pero Alba solo sentía claustrofobia.
Entraron en el interior de la casa. El aire acondicionado estaba tan alto que Alba casi estornuda. La empleada abrió unas puertas dobles de madera noble y se hizo a un lado.
—La señorita Alba, señora —anunció.
Alba dio un paso al frente y entró. El salón era enorme. Y sí, las paredes estaban enteladas en seda de un tono verde musgo. Había espejos con marcos dorados, muebles oscuros y pesados, y una atmósfera cargada a polvo caro, cera de abejas y perfume floral rancio.
Sentada en un sofá orejero de terciopelo, con la postura tan recta que parecía que le habían introducido un palo de escoba por la espalda, estaba doña Cayetana de Montenegro. Era una mujer enjuta, de piel translúcida llena de pequeñas manchas de la edad, con el pelo completamente blanco recogido en un moño bajo y perfecto. Vestía una blusa de seda oscura y llevaba más perlas de las que Alba había visto en toda su vida.
A su lado, de pie y apoyado en la chimenea (que obviamente estaba apagada), había un joven de unos veintitantos años. Camisa Oxford azul celeste arremangada, pantalones chinos color crema, mocasines sin calcetines y, coronando el estilismo, un jersey azul marino atado al cuello. El famoso Borja.
—Buenas tardes, Alba —dijo doña Cayetana. Su voz era áspera, seca, como el sonido de dos piedras de afilar rozándose—. Pasa. Cierra la boca y acércate para que pueda verte bien.
Alba no se había dado cuenta de que tenía la boca medio abierta. La cerró de golpe, sintiendo que le subían los colores a las mejillas. Avanzó unos pasos, intentando no tropezar con la inmensa alfombra persa que cubría el suelo de mármol impoluto (afortunadamente, no había barro, como en su sueño).
—Buenas tardes, señora. Y buenas tardes a usted también —dijo Alba, mirando de reojo al chico del jersey.
Borja la miró como quien mira a un insecto peculiar que acaba de aterrizar en su mesa. Le dio un sorbo a un vaso de cristal que sostenía en la mano, probablemente ginebra con tónica, a las cinco de la tarde. No respondió.
—Mi madre me dijo que necesitaban asistencia. Compañía, quiero decir. Para… organizar cosas —empezó Alba, sintiéndose estúpida, intentando recordar el discurso que Loli le había ensayado en la cocina.
Doña Cayetana la interrumpió con un ligero movimiento de su mano huesuda, la misma mano que Alba había visto en su sueño cogiendo la cadena.
—Tu madre —dijo la marquesa, paladeando las palabras como si tuvieran un sabor agrio—, Dolores, ¿verdad? Es una mujer muy… pragmática. Muy decidida a resolver sus problemas financieros.
Alba se quedó paralizada. ¿Problemas financieros? ¿Su madre? A ver, nunca habían nadado en la abundancia. Loli siempre se quejaba de la luz, del agua, de lo caro que estaba el aceite de oliva, pero de ahí a hablar de “problemas financieros” con una marquesa…
—No sé a qué se refiere, señora —dijo Alba, manteniendo el tipo aunque el corazón le iba a mil por hora.
Borja soltó una risita seca desde la chimenea.
—Vaya, la niña no sabe nada. Abuela, te dije que estas cosas de la caridad traen malentendidos. Va a pensar que la vamos a adoptar o algo.
—Cállate, Borja —le espetó su abuela sin mirarle—. Alba, seré clara contigo, porque en esta casa no nos gusta perder el tiempo. Tienes veinticuatro años, ninguna formación académica que me interese y, por lo que veo, unos modales que habrá que pulir a base de disciplina. Pero tu madre y yo hemos llegado a un acuerdo. Un acuerdo muy beneficioso para ambas partes.
—¿Qué acuerdo? —la voz de Alba sonó más firme de lo que esperaba, perdiendo la impostura de “niña fina”. El acento de barrio bajo empezó a asomar—. Mi madre no me ha contado nada de ningún acuerdo. Me dijo que usted buscaba una secretaria o algo así.
Doña Cayetana soltó un pequeño suspiro, como si la ignorancia de Alba fuera una carga insoportable. Abrió un cajón de una mesita auxiliar que tenía junto al sofá y sacó una carpeta de cuero. La abrió y extrajo un documento de varias páginas grapadas.
—Verás, Alba. Tu madre tenía unas deudas considerables. Deudas de juego, me temo. El bingo es un vicio terrible para las clases populares.
El mundo se detuvo para Alba. ¿El bingo? ¿Loli debía dinero del bingo? Era cierto que su madre iba todos los jueves y domingos, pero siempre decía que jugaba “los cartones sueltos” y que se tomaba un sándwich mixto.
—Acumuló una deuda con personas… poco recomendables —continuó la marquesa, con frialdad—. Y, paralelamente, yo necesitaba a alguien joven, maleable y sin distracciones externas para que se encargue del cuidado absoluto de esta casa y de mis necesidades, 24 horas al día, 7 días a la semana. Las empleadas de hoy en día exigen libranzas, vacaciones, derechos sindicales… Un fastidio absoluto. Así que, tu madre vino a mí buscando un préstamo. Yo no hago préstamos. Yo compro exclusividad.
Alba sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—No la entiendo.
Borja dio un paso adelante, sonriendo con suficiencia.
—Que te ha vendido, chata. Tu madre ha firmado un documento ante mi notario, el señor de la Vega, donde renuncia a cualquier vínculo legal y económico contigo, y cede tu tutoría… bueno, más bien tus servicios exclusivos a esta casa durante los próximos diez años, a cambio de que le limpiemos la deuda del bingo y le demos un remanente en efectivo. Eres, a todos los efectos prácticos y en un vacío legal que mi abogado ha redactado muy bien, nuestra propiedad laboral no remunerada.
El sueño. El barro. La cadena de hierro. Las monedas sonando en las manos de Loli. Todo cobraba un sentido aterrador. Alba retrocedió un paso, negando con la cabeza.
—Eso es ilegal. Es esclavitud. ¡Estamos en Sevilla, por el amor de Dios, no en la Edad Media! —gritó Alba, perdiendo por completo los estribos—. ¡Ese papel no vale ni para limpiarse el culo!
—¡Modales, niñata! —ladró doña Cayetana, golpeando el suelo con un bastón que Alba no había visto que tuviera—. El papel es un contrato de prestación de servicios vitalicios abonados por adelantado. Si te niegas a cumplirlo, tu madre irá directamente a la cárcel por fraude, y sus acreedores del bingo le romperán las dos piernas antes de que llegue a la comisaría. Tú eliges.
Alba se quedó sin aire. La rabia, el dolor, la traición absoluta le quemaban la garganta. Loli. Su propia madre. La había entregado para seguir jugando al bingo y comprarse bolsos de imitación en el mercadillo. La sensación de abandono era tan profunda y abisal que las lágrimas se agolparon en sus ojos, pero se negó a dejarlas caer frente a aquellos dos monstruos estirados. Apretaba los puños hasta clavarse las uñas en las palmas.
Quería libertad. Y su intuición, en ese mismo momento de desesperación, le mandó otro chispazo mental, una imagen fugaz pero clara de la caja fuerte oculta detrás del cuadro de cacería que colgaba justo encima de Borja…
Parte 2: El cuadro de los perros feos y la habitación del pánico
El silencio en el salón verde era tan espeso que se podría haber cortado con un cuchillo jamonero. Alba mantenía la mirada clavada en el cuadro de cacería que colgaba justo encima de la cabeza de Borja. Era un óleo horrendo: tres perros escuálidos con cara de tener pulgas acorralando a un jabalí bizco en un bosque oscuro. Pero Alba no miraba la técnica del pintor; su mente, guiada por ese chispazo sobrenatural, estaba atravesando el lienzo. Veía el metal gris de una caja fuerte incrustada en el ladrillo, el teclado numérico desgastado en los números 1, 4 y 9, y fajos de billetes atados con gomas elásticas junto a unos sobres manila que olían a chantaje.
—¿Te has quedado muda, niñata? —insistió doña Cayetana, golpeando otra vez el suelo con su bastón—. Tu silencio no cambia los hechos. Perteneces a esta casa.
Alba parpadeó, volviendo a la realidad de la seda verde y el aire acondicionado polar. La rabia pura le había secado las lágrimas. Miró a la marquesa y luego a Borja, que seguía con su sonrisa de pijo triunfador y su ginebra en la mano.
—No, no me he quedado muda —dijo Alba, y su voz sonó sorprendentemente fría, desprovista del pánico inicial—. Estaba admirando el cuadro. El de los perros feos.
Borja frunció el ceño, desconcertado por el cambio de tema.
—Es un cuadro flamenco del siglo XVIII, inculta. Vale más que el piso en el que vives.
—Seguro que sí —Alba dio un paso hacia él, cruzándose de brazos—. Pero lo que de verdad vale dinero es lo que hay detrás, ¿no? En la cajita fuerte. Esa que tiene la combinación con los números uno, cuatro y nueve bastante sobaíllos.
El efecto fue inmediato y espectacular. Borja estuvo a punto de atragantarse con el hielo de su copa, tosiendo y derramando parte de la ginebra sobre su impecable pantalón chino color crema. Doña Cayetana se enderezó tanto en el sofá que pareció crecer diez centímetros. Sus ojos, normalmente dos rendijas frías, se abrieron de par en par.
—¿Cómo… cómo sabes tú eso? —tartamudeó Borja, limpiándose el pantalón con la mano libre, perdiendo toda su compostura—. Abuela, ¿tú le has…?
—¡Yo no le he dicho absolutamente nada, idiota! —bramó la marquesa, mirando a Alba como si acabara de ver al mismísimo demonio entrar por la puerta—. ¿Quién te ha dado esa información, muchacha? ¿Ha sido la empleada? ¿La del notario? ¡Habla!

Alba sintió una pequeña y retorcida satisfacción. No tenía ni idea de qué había exactamente en esos sobres manila, pero su intuición le decía que no eran estampitas de la Virgen del Rocío. Su don le estaba amargando la vida, sí, pero acababa de darle la única carta que podía jugar en ese momento.
—Digamos que tengo muy buen ojo para las cosas ocultas —Alba sonrió, una sonrisa torcida y nada amable—. Y sé que mi madre es una ludópata egoísta que me acaba de vender por un cartón de bingo y un puñado de euros. Y sé que si me largo por esa puerta ahora mismo, le van a partir las piernas a Loli.
Hizo una pausa, tragando el nudo de dolor que amenazaba con cerrarle la garganta al pronunciar el nombre de su madre.
—Así que me voy a quedar —continuó Alba, bajando el tono de voz para que sonara casi como una amenaza—. Me voy a quedar y voy a limpiar la plata, o a pasear a los perros escuálidos, o lo que sea que ponga en ese contrato ilegal de esclavitud encubierta. Pero que les quede una cosa clara a los dos: no soy una sirvienta sumisa de los años cincuenta. Si me tocan las palmas, yo bailo. Y si me intentan pisotear más de la cuenta… a lo mejor me da por adivinar qué hay en los sobres manila que guardáis detrás del jabalí bizco. Y a lo mejor se lo adivino a la Policía Nacional.
Doña Cayetana apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su cuello se tensaron como cuerdas de guitarra. Estaba acostumbrada a que la gente se encogiera de miedo ante ella. No esperaba a una chabacana de barrio con información confidencial y actitud de kamikaze.
—Eres una insolente —siseó la marquesa—. Carmen te enseñará tu cuarto y tus obligaciones. Empiezas a las seis de la mañana. No tolero retrasos. Y como vuelvas a amenazarme en mi propia casa, me encargaré personalmente de que tú y tu madre acabéis en el fondo del río Guadalquivir. Borja, llama a Carmen.
Borja, que todavía estaba pálido, se acercó a la pared y pulsó un botón dorado. Un minuto después, las puertas se abrieron y apareció la mujer con cara de acelga que le había abierto la puerta a Alba.
—Llévala a sus dependencias, Carmen. Que se cambie de ropa y empiece por limpiar la plata del comedor de gala. Hasta que vea su reflejo en cada cuchara —ordenó la marquesa, sin mirar a Alba.
—Sí, señora —dijo Carmen, seca como la mojama—. Sígame, niña.
Alba no se despidió. Dio media vuelta y siguió a la empleada, dejando atrás el salón verde, la ginebra derramada y la sensación de haber ganado una pequeña batalla en una guerra que tenía perdida de antemano.
Atravesaron pasillos y más pasillos. El lujo asfixiante de la planta baja fue desapareciendo gradualmente. Pasaron de las alfombras persas a las baldosas de cerámica gastada, y de los tapices flamencos a las paredes pintadas de un blanco que pedía a gritos una segunda mano. Llegaron a la parte trasera de la casa, cerca de las cocinas y los cuartos de servicio.
Carmen se detuvo frente a una puerta de madera desvencijada al final de un pasillo oscuro. Sacó una llave de su delantal, abrió y encendió una luz amarilla y mortecina.
—Este es tu cuarto —dijo la mujer, haciéndose a un lado.
Alba asomó la cabeza. Era un espacio minúsculo, no más grande que el trastero de su piso en Triana. Había una cama individual con un colchón que parecía tener forma de canoa, un armario de chapa metálica, una silla coja y una pequeña ventana a la altura del techo que daba a un patio interior sin luz. El calor allí dentro era denso, pegajoso, impregnado de un olor a humedad y a lejía barata.
—Aquí te vas a asar como un pollo en julio —comentó Alba, dejando escapar un suspiro de agotamiento. Toda la adrenalina del enfrentamiento con la marquesa se estaba esfumando, dejando paso a una tristeza pesada.
—En esta casa no se paga a los empleados para que estén frescos —respondió Carmen, cruzándose de brazos—. En el armario tienes los uniformes. Dos de diario, uno de gala. Tallas estándar. Si te quedan grandes, le metes un dobladillo. Si te quedan pequeños, comes menos pan. El baño de servicio está al final del pasillo. El agua caliente se acaba a las siete de la mañana, así que más te vale madrugar. A las seis te quiero en la cocina.
Carmen se dio la vuelta para marcharse, pero Alba la detuvo.
—Oye… Carmen, ¿verdad? —La mujer se giró lentamente, levantando una ceja—. ¿Tú sabías lo de mi madre? ¿Lo del contrato ese rarísimo?
Carmen la miró fijamente durante unos segundos. Bajo su fachada de empleada implacable, Alba creyó atisbar un destello fugaz de lástima, o tal vez solo era cansancio acumulado.
—En esta casa, niña, yo solo sé dónde va el polvo y a qué hora se sirve la cena. El resto no es asunto mío. Y te daré un consejo, ya que pareces tener la lengua muy larga: no te metas en líos con el señorito Borja. Es tonto, pero es rencoroso. Y la marquesa… bueno, la marquesa es la marquesa. Cámbiate y baja a las cocinas. Tienes una montaña de cubiertos esperándote.
La puerta se cerró con un clic definitivo. Alba se quedó sola en la habitación del pánico, como decidió bautizarla.
Se sentó en el borde de la cama y el colchón se hundió emitiendo un quejido metálico. Se quitó los zapatos de medio tacón, frotándose el meñique del pie derecho, que ya estaba rojo y palpitante. Miró el vestido azul marino, el de la boda de su primo Kiko. Loli se lo había planchado esa misma mañana con un esmero inusual. “Te juegas mucho, Alba. Nos jugamos mucho”.
Alba se cubrió el rostro con las manos. Por fin, lejos de las miradas altivas de los Montenegro y de la severidad de Carmen, se permitió derrumbarse. Lloró. Lloró con rabia, con frustración, moqueando y maldiciendo en voz baja. Lloró por la traición de la persona que supuestamente más debía quererla en el mundo. Su madre había preferido saldar sus deudas de cartones y máquinas tragaperras entregando la vida de su propia hija a un par de tiranos estirados.
—Me cago en el bingo, en los picos de pan, en Sevilla entera y en la madre que me parió —sollozó Alba, limpiándose los mocos con el dorso de la mano.
Estuvo así unos diez minutos, hasta que se dio cuenta de que si seguía llorando con ese calor, iba a morir deshidratada antes de llegar a la plata del comedor. Respiró hondo un par de veces, infló las mejillas y exhaló ruidosamente.
—Bueno. Llorería cerrada —se dijo a sí misma en voz alta, levantándose de un salto.
Abrió el armario de chapa metálica. En efecto, colgaban tres vestidos grises horribles con delantales blancos que parecían sacados de un orfanato de los años cuarenta. Cogió uno, se quitó su vestido azul con desprecio y se embutió en el uniforme. Le quedaba enorme de hombros y le apretaba en el pecho. Parecía un pingüino embutido en un saco de patatas.
—Glamour puro. Si me viera la Rosalía me dedicaba una canción triste —murmuró, mirándose en el pequeño y rayado espejo que había pegado en el interior de la puerta del armario.
Salió de su cuarto y encontró el camino hasta las cocinas siguiendo el olor a sofrito y a limpiametales. La cocina era inmensa, industrial, con encimeras de acero inoxidable que brillaban bajo la luz fluorescente. Allí había dos mujeres más, mayores que Carmen, trajinando con ollas y cazuelas.
Carmen le señaló una mesa en un rincón. Sobre ella descansaba un cofre de madera forrado en terciopelo verde (al parecer, el verde era el fetiche de la casa), repleto de tenedores, cuchillos, cucharas soperas, cucharillas de postre, cacitos de salsa y utensilios que Alba no sabía ni para qué servían. Todo de plata maciza, ennegrecida por el desuso. Al lado, un bote de pasta rosa y una docena de trapos viejos.
—Frota hasta que veas tu propia alma reflejada en el cucharón de la sopa —le ordenó Carmen.
Y Alba frotó. Frotó durante tres horas seguidas. Le dolían los dedos, las uñas se le mancharon de negro y el olor químico de la pasta limpiadora le provocó dolor de cabeza. Mientras pulía compulsivamente un tenedor de pescado, su mente trabajaba a la misma velocidad.
No iba a quedarse allí diez años. Eso estaba más claro que el agua del Guadalquivir (lo cual no era decir mucho, pero se entendía). Tenía que buscar una salida. Denunciarlos era complicado. La marquesa tenía razón en algo: ella tenía abogados caros, y Loli tenía una deuda con prestamistas peligrosos. Si Alba iba a la policía, el contrato se consideraría nulo, sí, pero los matones irían a por su madre. Por mucho asco y dolor que sintiera hacia Loli en ese momento, no quería verla con las rodillas partidas en un callejón.
Tenía que encontrar algo que anulara el poder de la marquesa. Algo que obligara a doña Cayetana a romper ese estúpido contrato y a perdonar el dinero. Y la respuesta estaba arriba, en el salón verde, detrás de los perros feos.
Esa noche, cuando por fin cayó exhausta en el colchón-canoa de su minúscula habitación, el agotamiento físico no impidió que su cerebro siguiera en guardia. El calor era asfixiante. Abrió la pequeña ventana, pero solo entró el zumbido de un mosquito con intenciones homicidas.
Cerró los ojos y, casi inmediatamente, la intuición sobrenatural volvió a actuar. Esta vez no fue un sueño simbólico con barro y cadenas. Fue más bien como sintonizar una radio mal conectada en su propia cabeza.
Escuchaba la voz de Borja. Sonaba lejana, distorsionada, como si hablara a través de un tubo.
—… no puede enterarse, joder. Si la abuela sabe lo de Marbella, me deshereda. Te lo juro, me corta el grifo.
Otra voz masculina, más grave, respondía entre risas.
—Pues ya sabes, Borjita. Tienes hasta el viernes para hacer la transferencia. O el vídeo de la fiesta en el yate se lo mando a doña Cayetana con un lacito rojo.
Alba abrió los ojos de golpe en la oscuridad de su cuarto. Una sonrisa depredadora, absolutamente letal, se dibujó en su rostro.
—Borjita de mi vida y de mi corazón —susurró a la habitación vacía—. Resulta que tú también tienes deudas. Y las tuyas tienen pinta de ser mucho más divertidas que las del bingo de mi madre.
A la mañana siguiente, a las seis en punto, Alba estaba de pie en la inmensa cocina. Tenía ojeras, el pelo recogido en un moño desordenado y el uniforme gris que le seguía quedando como un tiro. Carmen le entregó una bandeja de plata (irónicamente, una de las que ella misma había pulido la noche anterior) con una taza de porcelana fina, una jarrita con leche, tostadas en un soporte metálico y un tarrito de mermelada de naranja amarga.
—Desayuno del señorito Borja. Su habitación está en el ala este, la segunda puerta a la derecha después de la armadura medieval. No hagas ruido al entrar, tiene mal despertar.
—¿Armadura medieval? ¿Qué se creen, que están en el castillo de Drácula? —refunfuñó Alba, cogiendo la bandeja. Pesaba más que un remordimiento.
Subió las escaleras de servicio, que eran mucho más estrechas y oscuras que las principales. Siguió las indicaciones de Carmen, pasó de largo una armadura de latón que le dio un susto de muerte y llegó a la puerta de madera tallada. No llamó. ¿Para qué? Era una “propiedad laboral no remunerada”, no tenía por qué tener educación.
Abrió la puerta con el hombro y entró.
La habitación de Borja era un santuario al pijerío extremo: raquetas de tenis colgadas en la pared cruzadas como espadas, fotos enmarcadas esquiando en Baqueira, una cama de tamaño ridículamente grande y ropa tirada por todas partes. Había un fuerte olor a perfume caro mezclado con sudor de resaca.
Borja estaba tirado boca abajo en la cama, en calzoncillos de marca, roncando como un jabalí (probablemente primo del que salía en el cuadro del salón).
Alba caminó hasta la mesita de noche. Vio el teléfono móvil de Borja, un iPhone de última generación, cargando junto a un vaso de agua medio vacío y un bote de ibuprofeno.
Alba no dejó la bandeja suavemente sobre la mesa. La dejó caer desde una altura de cinco centímetros. El golpe del metal contra la madera de caoba sonó como un disparo en el silencio de la habitación.
Borja pegó un grito, se revolvió entre las sábanas y se sentó de golpe, agarrándose la cabeza. Tenía el pelo revuelto, los ojos inyectados en sangre y una expresión de furia homicida.
—¡Me cago en todo lo que se menea! ¿Qué coño haces? —gritó, viendo a Alba de pie junto a su cama, con los brazos cruzados.
—Buenos días, señorito Borja. Le traigo su desayuno. La tostada está en su punto crujiente —dijo Alba, usando un tono exageradamente servicial pero con una mirada afilada.
—¿Tú eres retrasada? Has estado a punto de provocarme un infarto. ¡Largo de mi cuarto, sirvienta de mierda!
Alba no se movió. Se inclinó ligeramente sobre la mesita de noche, acercando su rostro al de él.
—Cuidado con ese tono, Borjita —susurró ella, saboreando cada sílaba—. No querrás que, con el susto, se me caiga la bandeja y haga tanto ruido que despierte a tu abuela. Porque si baja la marquesa y me pregunta qué ha pasado… a lo mejor, sin querer, se me escapa que he tenido una visión muy fea sobre ti.
Borja frunció el ceño, apretándose las sienes palpitantes por la resaca.
—¿Qué dices, loca?
—Digo que, en mi visión, aparecía un yate. En Marbella. Y una fiestecita que, por lo visto, no ha salido gratis. —Alba ladeó la cabeza, observando cómo el color desaparecía del rostro de Borja a una velocidad asombrosa—. Alguien espera una transferencia el viernes, Borja. Y tiene un vídeo. Un vídeo muy poco protocolario, supongo.
El pijo tragó saliva ruidosamente. El terror absoluto asomó a sus ojos. Alba supo en ese instante que tenía la sartén por el mango. La intuición nunca fallaba, y esta vez, le había servido en bandeja de plata la cabeza del heredero de los Montenegro.

Parte 3: El Pacto del Colacao y el código de Colón
Borja se quedó paralizado, con la boca entreabierta y los ojos muy abiertos, con esa expresión vacía que solo consiguen los que han nacido con la vida solucionada y de repente ven el abismo. El silencio en la habitación era absoluto, solo interrumpido por el leve zumbido del aire acondicionado centralizado y el tintineo de la cucharilla de plata vibrando ligeramente sobre el plato de la tostada.
—¿Quién eres tú? —susurró Borja, y por primera vez desde que Alba lo conoció, no sonaba arrogante. Sonaba aterrorizado—. ¿Te ha mandado el ruso? O sea, te lo juro por Snoopy, le dije a Dimitri que le pagaba el viernes a primera hora. El banco me ha retenido la transferencia por un tema de blanqueo de capitales, o sea, un malentendido de mierda con Hacienda, pero yo tengo la pasta.
Alba tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no soltar una carcajada allí mismo. ¿Dimitri el ruso? ¿Blanqueo de capitales? La alta sociedad sevillana era mucho más entretenida de lo que pintaban en las revistas del corazón. Loli pagaba sus deudas de bingo con lágrimas y vendiendo a su hija; Borja, por lo visto, jugaba en la liga de las mafias de la Costa del Sol.
—No me ha mandado ningún ruso, Borjita —dijo Alba, cruzándose de brazos y apoyando la cadera contra el marco de la cama, adoptando una postura de absoluta superioridad—. Ya te lo dije abajo. Tengo muy buen ojo para las cosas ocultas. Y las cosas ocultas me han dicho que estás con el agua al cuello, que te van a mandar un vídeo muy poco favorecedor a tu abuela, y que si doña Cayetana ve ese vídeo, te corta el grifo, te deshereda y te manda a trabajar a un McDonald’s. Y tú, Borja, no tienes pinta de saber darle la vuelta a una hamburguesa sin quemarte las cejas.
El pijo tragó saliva con dificultad. Se frotó la cara con ambas manos, revolviéndose aún más el pelo.
—Si la abuela se entera de lo del yate… me mata. Literalmente, me mata. Tiene una escopeta de caza menor en el despacho y no dudará en usarla —Borja miró a Alba con desesperación—. ¿Qué quieres? ¿Dinero? ¿Cuánto quieres por callarte? Te doy lo que sea.
—Ese es tu problema, que crees que todo se compra con billetes. Como hizo tu abuela con mi madre —Alba se inclinó hacia delante, bajando la voz y endureciendo la mirada—. Yo no quiero tu dinero manchado de vodka. Yo quiero largarme de esta casa del terror. Quiero mi libertad. Y quiero ese contrato de mierda que firmó mi madre para quemarlo y tirarle las cenizas a tu abuela por la cabeza.
Borja parpadeó, procesando la información a la velocidad de un módem antiguo.
—O sea… tú quieres que yo te ayude a robar el contrato de la caja fuerte de la abuela. A cambio de que no vayas con el chisme del vídeo de Marbella.
—Premio para el caballero de la resaca
—¡Estás loca! —Borja se levantó de la cama, quedándose en calzoncillos y camiseta interior frente a ella, gesticulando histéricamente—. ¡Es mi abuela! Es doña Cayetana de Montenegro. Si nos pilla, nos entierra vivos en la cripta familiar del cementerio de San Fernando. ¡Y la caja fuerte está en el salón verde! Ella se pasa ahí metida todo el puto día leyendo el ABC y bebiendo té. Es imposible.
—Nada es imposible si tienes un plan, Borja. Y yo tengo la ventaja de que nadie en esta casa me ve. Soy el servicio. Soy un mueble gris con delantal. Para tu abuela, tengo menos entidad que el paragüero de la entrada. Y tú… bueno, tú vas a tener que echarle un poco de valor, pijales.
Alba cogió la tostada fría de la bandeja, le dio un mordisco con total descaro, masticó haciendo ruido y se la tragó.
—Mira, el trato es sencillo —continuó ella con la boca medio llena—. Yo sé que la caja fuerte está detrás del cuadro de los perros feos. Sé que la combinación empieza por uno, cuatro y nueve. Y sé que ahí dentro, además de mi contrato de esclava moderna, hay fajos de billetes. Tú necesitas dinero para pagarle al ruso ese antes del viernes. Yo necesito mi papel. Hacemos equipo, abrimos la caja, tú te llevas la pasta, yo me llevo lo mío, y si te he visto no me acuerdo.
La mención del dinero en efectivo hizo que a Borja se le iluminaran los ojos. Estaba claro que su desesperación económica era mayor que el miedo a su abuela.
—La combinación… ¿estás segura de que empieza por uno, cuatro y nueve? —preguntó él, bajando la voz, casi en un susurro conspiratorio.
—Segurísima. Pero falta un número. Son cuatro cifras.
Borja empezó a caminar en círculos por la habitación, pisando calcetines de rombos y revistas de coches.
—Uno, cuatro, nueve… Uno, cuatro, nueve… ¡Claro, joder! ¡Mil cuatrocientos noventa y dos! El año del Descubrimiento de América. Un antepasado nuestro financió parte del viaje de Colón. La abuela está obsesionada con eso. Lo pone de pin en el iPad, en la alarma de la casa, en todo. ¡Eres una genia, sirvienta!
—Me llamo Alba, pedazo de clasista. Y sí, es un código patético, muy de señora facha. Vale, ya tenemos la caja y la clave. Ahora hay que sacar a Drácula de su ataúd. ¿A qué hora sale tu abuela del salón verde?
Borja suspiró, dejándose caer en una butaca de diseño.
—Nunca. Come allí, cena allí, recibe a las visitas allí. Solo sale para dormir y para ir a misa los domingos. Y hoy es miércoles.
Alba cerró los ojos un instante. Intentó forzar su intuición, buscar esa frecuencia de radio en su cabeza que le adelantaba los acontecimientos. Quería visualizar el salón verde, la tarde, algún evento. Al principio no vio nada, solo oscuridad, pero de repente, escuchó un ladrido estridente. Un ladrido agudo, insoportable. Luego, el sonido de macetas rompiéndose y los gritos escandalizados de doña Cayetana.
Abrió los ojos con una sonrisa triunfal.
—A las cinco y media de esta tarde —dijo Alba, señalando a Borja con el dedo—. La marquesa viuda va a abandonar el salón verde. Porque el caniche de doña Asunción, la vecina de al lado, se va a colar en el patio principal y se va a poner a escarbar en las petunias premiadas de tu abuela. Doña Cayetana va a salir al patio a montar un pollo monumental. Será nuestra oportunidad.
Borja la miró como si le hubieran salido tres cabezas.
—O sea… ¿cómo coño sabes tú que el perro de doña Asunción va a hacer eso a las cinco y media? ¿Qué eres, Aramís Fuster sin los vestidos de lentejuelas?
—Llámalo intuición sobrenatural. Llámalo magia de Triana. Me da igual. Tú solo asegúrate de estar en el pasillo del salón verde a las cinco y veinticinco. Yo estaré pasando el polvo. Cuando escuches a tu abuela gritar, entramos.
El resto de la mañana fue una tortura psicológica y física para Alba. Carmen, la gobernanta, pareció oler que la nueva sirvienta tramaba algo, porque no le quitó el ojo de encima. La puso a limpiar los rodapiés de toda la planta baja con un cepillo de dientes viejo. Alba, arrodillada en el mármol frío, tragaba polvo mientras ensayaba mentalmente cada paso del plan. No podía permitirse fallar. Si su madre la había vendido, ella misma iba a comprar su libertad, aunque tuviera que aliarse con el ser humano más inútil del hemisferio norte.
A las cinco y veinte de la tarde, el calor en Sevilla era un insulto personal. Alba, armada con un plumero de plumas de avestruz y un bote de Pronto, fingía limpiar un jarrón de la dinastía Ming en el pasillo que daba al salón verde. Estaba sudando, el uniforme gris se le pegaba a la espalda y el corazón le latía en la garganta.
Unos pasos sigilosos llamaron su atención. Borja dobló la esquina. Venía vestido completamente de negro: un polo oscuro con el cuello levantado, unos vaqueros ajustados negros y unas zapatillas deportivas oscuras. Parecía un ladrón de dibujos animados.
—¿Te puedes creer que me he tenido que poner ropa de invierno para camuflarme? Me estoy cociendo, o sea, esto es inhumano —susurró Borja, acercándose a ella apoyado contra la pared, como si estuviera en una película de espías.
—Pareces un mimo de la calle Sierpes, Borja. Relájate e intenta actuar normal —le susurró Alba, sin dejar de pasar el plumero por el jarrón.
—¿Segura que lo del perro va a pasar? Falta un minuto para las cinco y media y aquí no se oye ni una mosca. Como me estés tomando el pelo…
No pudo terminar la frase.
Desde el patio principal, un ladrido agudo, frenético e irritante rompió el silencio majestuoso de la casa. Inmediatamente después, el sonido inconfundible de cerámica estrellándose contra el suelo de piedra.
Dentro del salón verde, se escuchó un golpe seco. La puerta doble de madera se abrió de par en par y doña Cayetana salió disparada hacia el patio, apoyándose en su bastón pero moviéndose con una agilidad que Alba no le habría supuesto a una mujer de su edad.
—¡Ese chucho asqueroso! ¡Otra vez mis petunias de exposición! ¡Asunción, pedazo de analfabeta, controla a tu rata peluda! —bramaba la marquesa, desapareciendo hacia el zaguán sin siquiera reparar en la presencia de Alba y Borja en el pasillo.
Alba y Borja se miraron. Era el momento.
—¡Vamos, vamos, vamos! —Alba tiró el plumero al suelo y entró corriendo al salón verde, seguida de cerca por Borja.
El salón seguía siendo igual de opresivo que el día anterior. La luz entraba filtrada por los pesados cortinajes de terciopelo. Alba no perdió un segundo. Corrió hacia el cuadro de cacería con los perros feos.
—Ayúdame a descolgar esto, pesa un quintal —ordenó Alba.
Borja, sorprendentemente útil por una vez, agarró el marco dorado por un lado y Alba por el otro. Tiraron hacia arriba y lo apartaron, dejándolo apoyado contra el sofá orejero.
Allí estaba. La caja fuerte empotrada en la pared, de acero gris mate, con un pequeño teclado numérico electrónico.
—Venga, Colón, pon el mil cuatrocientos noventa y dos —apremió Alba, mirando frenéticamente hacia la puerta abierta del salón. Desde fuera, los gritos de la marquesa contra su vecina seguían resonando, amenazando con llamar a la Guardia Civil, a la Interpol y al Papa si era necesario.
Borja, con el dedo tembloroso, pulsó los botones.
Pi, pi, pi, pi.
Hubo un segundo de silencio agónico. Luego, un clic mecánico sonó en el interior de la pared y la luz del teclado se puso en verde. La puerta de acero, gruesa como la de un búnker, se entreabrió.
Alba tiró del tirador.
El interior de la caja fuerte no decepcionó. En la balda inferior había fajos ordenados de billetes de quinientos euros, agrupados con gomas elásticas. A Borja se le cayó la mandíbula.
—¡Bingo! —exclamó él, lanzándose a por los billetes—. Con esto pago al ruso, me sobra para un viaje a Ibiza y me compro el silencio de…
—Cierra el pico y coge lo tuyo. Yo busco lo mío —le cortó Alba, empujándolo a un lado para acceder a la balda superior.
Había varias carpetas de cuero y sobres manila de distintos tamaños. Alba empezó a revisar los títulos rotulados a mano con la perfecta caligrafía cursiva de la marquesa. Testamento. Propiedades Huelva. Donaciones Iglesia. Y entonces, lo vio.
Un sobre manila grueso, con un nombre escrito en rotulador negro: DOLORES FLORES – ACUERDO ALBA.
A Alba se le cortó la respiración. Sus manos temblaban mientras cogía el sobre. Era asombroso cómo un simple trozo de papel podía contener el peso de su vida entera, de su libertad, del amor traicionado de una madre. Lo abrió apresuradamente.
Dentro, efectivamente, estaba el contrato. Varias páginas llenas de jerga legal, firmas ante notario, y la firma inconfundible de Loli, con sus florituras habituales, en la última página. Alba sintió una punzada de dolor físico en el pecho al ver la firma de su madre allí, estampada con la frialdad de quien vende un coche de segunda mano.
Lo enrolló rápidamente y se lo metió dentro del delantal, pegado al estómago.
—Ya lo tengo —susurró Alba—. Cierra la caja. Tenemos que irnos antes de que Drácula vuelva.
Borja ya había metido varios fajos de billetes en los bolsillos de sus pantalones ajustados, que ahora abultaban de una forma bastante cómica. Estaba a punto de empujar la pesada puerta de acero para cerrarla, cuando Alba notó algo más en el interior de la caja fuerte.
Debajo de donde estaba su sobre, había otro, mucho más antiguo, amarillento por los bordes. El título no estaba escrito con la letra de la marquesa, sino impreso con máquina de escribir antigua.
El texto decía: PRUEBA DE MATERNIDAD – DOLORES FLORES. CONFIDENCIAL.
La intuición sobrenatural de Alba, que había estado tranquila durante el robo, de repente explotó en su cabeza como una bomba nuclear. No fue un sueño, ni una voz. Fue una ráfaga de imágenes violentas, un dolor de cabeza fulminante que la obligó a agarrarse a la pared para no caer al suelo.
Vio a una joven Loli, hace más de veinticinco años, vestida con un uniforme de sirvienta idéntico al que Alba llevaba ahora, llorando en esa misma habitación. Vio a doña Cayetana entregándole un fajo de billetes, mucho más pequeño que los que había ahora. Vio a Loli con una barriga de embarazada, subiendo a un autobús con destino a un barrio marginal. Y sintió un secreto, un secreto oscuro y venenoso que llevaba enterrado en esa casa desde antes de que ella naciera.
—Alba, ¿qué te pasa? ¡Estás blanca! —susiseó Borja, zarandeándola por el hombro.
Alba volvió a la realidad. Respiraba con dificultad. Miró el sobre antiguo, el que decía “Prueba de Maternidad”.
No. Loli no la había vendido por una deuda de bingo. Loli había vuelto al lugar del que huyó hace décadas. Loli no era solo una adicta al juego; Loli había sido la sirvienta de esta casa. Y el secreto que guardaba ese sobre conectaba a Alba con los Montenegro de una forma que le heló la sangre en las venas con más fuerza que el aire acondicionado.
—Borja… —Alba levantó la mano, temblando, hacia el sobre amarillento.
Pero antes de que sus dedos rozaran el papel, un sonido helador cortó el aire del salón verde.
—Qué estampa tan pintoresca —dijo una voz áspera y seca desde la puerta.
Alba y Borja se giraron lentamente, congelados en el sitio.
Doña Cayetana estaba en el umbral, apoyada en su bastón. No parecía enfadada. Parecía algo infinitamente peor: parecía divertida. Su sonrisa era una fina línea de maldad pura. Detrás de ella, con los brazos cruzados y una expresión impasible, estaba Carmen, la gobernanta.
—Veo que has encontrado la caja fuerte, querida —dijo la marquesa, cerrando las puertas dobles a sus espaldas con un golpe seco—. Y veo que mi inútil nieto te ha ayudado. Realmente, los jóvenes de hoy sois tan predecibles que resulta aburrido.
Borja empezó a hiperventilar, retrocediendo hasta chocar con el sofá.
—Abuela… yo… yo te lo puedo explicar, o sea, ella me obligó, tiene poderes raros y me amenazó con…
—Cállate, pedazo de imbécil —le espetó Cayetana sin subir el volumen, con una frialdad cortante—. Tú no pintarías nada en todo esto si no fueras tan sumamente estúpido de endeudarte con mafiosos de poca monta. De ti me encargaré después.
La marquesa clavó sus ojos grises en Alba. Avanzó dos pasos hacia el centro de la sala, golpeando el mármol con el bastón. Tac, tac.
—Tú eres igual de insolente que tu madre, Alba. Dolores siempre se creyó más lista de lo que era. Creía que podía robar en mi casa hace veinticinco años, quedarse embarazada de mi difunto hijo, y huir pensando que yo nunca la encontraría.
El mundo de Alba se detuvo por completo. El zumbido del aire acondicionado desapareció. El sonido de su propio corazón se silenció.
¿Hijo? ¿El difunto hijo de la marquesa?
Alba miró a doña Cayetana. Luego miró a Borja, que seguía temblando en el rincón.
—¿Qué estás diciendo? —susurró Alba. La voz se le quebró. No quería escuchar la respuesta. Su intuición ya se lo estaba gritando, pero escucharlo en voz alta era una condena.
Doña Cayetana sonrió de nuevo.
—Que tu madre no te vendió por una deuda de bingo, niña tonta. Tu madre te vendió porque yo la obligué. Porque yo quiero lo que me pertenece por sangre. Tú no eres una sirvienta, Alba. Eres una Montenegro. Eres la tía de ese inútil que tienes al lado. Y te he traído aquí para reclamar lo que es mío.