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Una Chica Con Intuición SOBRENATURAL En Sevilla Descubre Que Su Madre La Usó Y El Final Te Dejará SIN PALABRAS

Una Chica Con Intuición SOBRENATURAL En Sevilla Descubre Que Su Madre La Usó Y El Final Te Dejará SIN PALABRAS


Parte 1: El azahar, el calor y las prisas de Loli

El calor en Sevilla a mediados de mayo no es simplemente un fenómeno meteorológico; es un ente físico, un vecino más que se te sienta al lado en el sofá, te respira en la nuca y te quita las ganas de vivir. Alba estaba frente al ventilador de pie —ese que hacía un ruido metálico como si estuviera masticando tornillos— intentando que el aire caliente le secara el sudor de la frente. Tenía veinticuatro años, un trabajo a media jornada en una papelería donde solo vendía cartulinas a madres estresadas, y un don que, francamente, le estaba amargando la existencia.

Alba tenía sueños. Pero no sueños en plan “quiero ser cantante” o “me gustaría viajar a Tailandia”. No. Alba soñaba cosas raras que luego, de una forma u otra, resultaban ser ciertas. Intuición sobrenatural, lo llamaba su abuela antes de fallecer. “Una maldita condena”, lo llamaba Alba.

Hace un mes, soñó que el panadero del barrio, un hombre calvo y con bigote de morsa llamado Paco, se ahogaba en un mar de crema pastelera mientras una mujer vestida de faralaes le tiraba zapatos de tacón. Al día siguiente, la mujer de Paco descubrió que este se entendía con la profesora de flamenco del centro cívico. Hubo gritos, sartenazos y, efectivamente, un tacón volando por la calle pureza. Alba lo vio todo desde su ventana, dándole un sorbo a su Cruzcampo y suspirando. Su intuición nunca fallaba, pero siempre venía en formato de metáfora barata.

Esa tarde de martes, la puerta de la calle se abrió con la sutileza de una estampida de rinocerontes. Era Loli. Su madre.

—¡Niña! ¡Quita ese trasto que me vas a coger un pasmo con el aire frío! —gritó Loli, cerrando la puerta con un portazo que hizo temblar los azulejos de la Virgen de la Macarena que adornaban el pasillo.

Loli era una mujer de cincuenta y tantos años, el pelo teñido de un rubio ceniza que desafiaba la gravedad gracias a cantidades industriales de laca, y una afición desmedida por aparentar lo que no tenían. Venía cargada con tres bolsas del Mercadona y sudando como si hubiera cruzado el desierto del Sáhara en chándal.

—Mamá, el ventilador echa aire a treinta y cinco grados. Si cojo un pasmo, será por combustión espontánea —respondió Alba, sin moverse del sofá, viendo cómo su madre dejaba las bolsas en la mesa de la cocina con un golpe seco.

—Tú siempre contestando, qué cruz de criatura. Hazme el favor de levantarte y meter los yogures en la nevera, que vengo que no siento las piernas. Me he cruzado con la Paqui, la del quinto, y me ha tenido media hora hablando del yerno. Que dice que se ha comprado un Audi. Un Audi, la muy fantasma, si el yerno trabaja en un desguace. —Loli se desabrochó el primer botón de la blusa de lunares y empezó a abanicarse con un folleto de Carrefour—. En fin, déjate de yogures. Siéntate, que te tengo que contar una cosa que te vas a caer de espaldas.

Alba entrecerró los ojos. Cuando su madre usaba ese tono —mezcla de conspiración y entusiasmo comercial—, significaba problemas. La última vez que Loli le dijo que se iba a “caer de espaldas”, la había apuntado a un casting de figurantes para un anuncio de chorizos donde Alba tuvo que ir disfrazada de tripa natural.

—Mamá, por favor, dime que no me has apuntado a nada que implique vestirme de embutido.

—¡Ay, qué tonta eres cuando quieres, Alba! —Loli soltó una carcajada exagerada, aguda, de esas que usaba cuando estaba nerviosa o tramaba algo—. Esto es una oportunidad de oro, hija. De oro macizo. ¿Tú sabes quiénes son los Montenegro y Silva?

Alba frunció el ceño.

—¿Los del Palacio ese que hace esquina en el Barrio de Santa Cruz? ¿Los que tienen un escudo de armas en la puerta que es más grande que nuestro piso?

—¡Esos mismos! —Loli dio una palmada que resonó en toda la cocina—. Pues resulta, fíjate tú las vueltas que da la vida, que doña Cayetana de Montenegro y Silva, la marquesa viuda, necesita… digamos… compañía. Una chica joven, de buena presencia, educada, que le haga recados, que le organice un poco las agendas de la casa, que le lea el periódico… Cosas de ricos, ya sabes.

Alba dejó de mirar el ventilador y clavó la vista en su madre.

—Mamá, yo vendo bolígrafos Bic y gomas Milán. No tengo “buena presencia”, tengo ojeras crónicas de no dormir por culpa del calor, y la última vez que pisé el Barrio de Santa Cruz me perdí tres horas por los callejones y acabé llorando en un patio cordobés que ni siquiera era Sevilla. ¿De qué me estás hablando?

Loli se acercó a la mesa, apoyó las dos manos sobre el hule de flores y miró a su hija con una intensidad casi cómica.

—Alba, escúchame bien. He movido mis hilos. He hablado con Rosario, la prima de la cuñada de la que les limpia los cristales. Le he dicho que mi hija es una señorita, finísima, que sabe de protocolo y que tiene un don para tratar con gente de la alta sociedad.

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